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Babel, la comedia y la tragedia

Fuentes: La Jornada

Asignatura pendiente de los escritores honrados y libres será relatar las tragedias y comedias de estos tiempos caracterizados por la pérdida del valor de las palabras: la política ha sido más rápida que la vista, y los personajes que hoy defienden con energía unos colores, mañana amanecen haciendo lo mismo por otros. Es la comedia […]

Asignatura pendiente de los escritores honrados y libres será relatar las tragedias y comedias de estos tiempos caracterizados por la pérdida del valor de las palabras: la política ha sido más rápida que la vista, y los personajes que hoy defienden con energía unos colores, mañana amanecen haciendo lo mismo por otros. Es la comedia de los que engañan con la verdad y acusan a sus detractores de lo que harán o están haciendo.

Dante Alighieri haría con el México de 2007 una Divina comedia en la cual quedarían expresadas la exaltación de la demagogia, el sofista, los cortesanos, los fariseos, que, bajo la visión dantesca del infierno y el purgatorio, nos presentara el espejo que tanto necesitamos para ver lo que realmente somos.

El 94 aniversario de la Decena Trágica, que culminó con los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez, nos hace reflexionar sobre nuestra propensión a pasar de la tragedia a la comedia y hacer de ambas una interdependencia esencial. El gran escenario nacional es, sin duda, la política nacional y local con sus viejos y mismos actores estereotipados que, aunque una veces se presentan radicales y en ciertos actos son conservadores, siempre son los mismos.

Hace 94 años la tragedia fue la culminación de la mayor cantidad de traiciones. Del paso del recibimiento apoteósico y la adulación, a la soledad; vivir la ingenuidad infantil entre demonios y acabar con vocación de apóstol como salida al error político.

Madero quiso ahorrar una revolución al país, y su formalidad de juntar hienas con palomas acabó creando la guerra más grande entre mexicanos.

Hoy, con ánimo de comedia en cartelera, vemos pasar el tiempo y se tolera todo tipo de usos y abusos de los actores. Incriminados unos a otros, los gestos agresivos tratan de ocultar lo insustancial del debate y hacen de la realidad actual un purgatorio, un limbo donde todos dicen prometer el cielo y condenan a sus adversarios a trabajar para el infierno.

Todo parecería parte de la comedia, si no fuera porque con igual indiferencia vemos que mucha gente se muere. La guerra interna del narcotráfico y sus perseguidores hacen cada vez más grande el negocio de la droga y de está manera convivimos entre degollados, metralla y las ganas de ir a ver Babel para enorgullecernos de manera indigna viendo cómo se justifica el muro en la frontera: impedir que las nanas mexicanas irresponsables sigan criando futuros soldados invasores, cuyos padres eligen como espacio para la reconciliación un país árabe, donde a cuanto niño le cae un rifle tira a los turistas en conflicto existencial, ocultando las masacres entre adolescentes en colegios estadunidenses.

Una película mexicana así, bien vale un Oscar de Hollywood; después de todo, en esta comedia luchamos para convertirnos en los que criticamos o queremos ser como lo que en el discurso rechazamos. Merecemos ese premio porque somos los esclavos inteligentes que decimos al imperio lo que quiere oír para justificarse. ¿Quién mejor que los subordinados para decirnos que tenemos la razón? ¿Acaso Babel no hace justicia a los incomprendidos racistas de Arizona? Quizás sea una película para ganar un Oscar, pero sobre todo es para ser vista por los ojos de la segregación estadunidense. Es una venganza al discurso que dio Michael Moore contra George W. Bush en la Meca del cine.

Nada más parecido a los círculos de Dante que nuestra izquierda, centro y derecha. La izquierda contra la derecha buscando candidatos en la ultraderecha bajo la máxima de que «los enemigos de tus enemigos son tus amigos» o en la falta de responsabilidad como fue la ley Televisa o la candidatura de Ana Rosa Payán, ambas criaturas mecidas en la cuna por la misma mano, hasta que fue descubierto el monstruo y entonces no faltó quién se dijera autor de la criatura para proteger al verdadero padre.

Gracias a ello, ahora el PRI será un partido de izquierda y la derecha rebasará por la izquierda y todos en la alegría de la más grande confusión seremos el país de la pérdida de la razón.

En este país, donde la política se ha convertido en la gran comedia, las trasnacionales vendrán a liberarnos de los monopolios oligárquicos de las 15 familias disfrazadas de beneméritas nacionales. Entrarán a la nación a bajar tarifas, igual que como entró el ejército estadunidense en Europa: repartiendo chocolates, chicles y cigarros.

Para vivir con tantas contradicciones, sólo es posible hacer de la política una puesta en escena, reivindicar sin falsas modestias que la política es teatro y hacer que los políticos se sigan riendo de los ciudadanos.

El único defecto en todo esto es que la realidad es terca y los absurdos nacionales convertidos en comedia suelen terminar en tragedia. La gran tragedia es que lo único que queda de este país es la oligarquía y un Estado que habla al imperio como les habló la película Babel: con la sinceridad del cortesano