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Fuentes: Le Monde diplomatique

Más por imperio de las circunstancias que por propia voluntad, el gobierno de Alberto Fernández estuvo condenado desde el comienzo a ser un gobierno monotemático.

Asumió en medio de una recesión y a las puertas de una crisis social que solo la expectativa de un cambio político inminente lograba contener, con el desafío de renegociar urgentemente la deuda heredada, y en eso estaba, hablando con los acreedores y tratando de asistir a los sectores más castigados, cuando irrumpió el coronavirus, que lo obligó a concentrarse en el nuevo mundo de cuarentenas, curvas y contagios. El manejo responsable, abierto y empático de la crisis produjo un “efecto estadista” que elevó su imagen a niveles impensados: entre 50 y 60 por ciento de apoyo a la figura del Presidente, entre 60 y 70 por ciento de aprobación al gobierno y un respaldo cerrado, que llegó a rondar el 85 por ciento, a las decisiones sanitarias (1). La cuestión no es entonces si la imagen de Alberto caerá, porque ningún gobierno puede prolongar semejante apoyo ad infinitum, sino qué hacer con ese capital político; en otras palabras, cómo gestionar el descenso.

Un camino posible es buscar nuevos temas de gestión, abrir la agenda de la pos-pandemia. María Esperanza Casullo lo sintetiza con inteligencia: “Alberto tiene que elegir un conflicto antes de que el conflicto lo elija a él” (2). Coincido, pero matizaría el apotegma señalando que tal vez no se trate exactamente de elegir un conflicto sino un tema: el tema puede conllevar, por supuesto, un conflicto, o muchos, pero no necesariamente supone una disputa en lógica amigo-enemigo, o en todo caso no es necesario empezar por ahí (la tesis kirchnerista de que la política es conflicto y que la tarea de un buen líder consiste en seleccionar a sus adversarios es falsa: puede ser conflicto pero también articulación, coordinación y consenso).

Quizás una forma de imaginar esta nueva agenda sea pensarla desde el territorio, una dimensión de la política que a menudo se pasa por alto, y hacerlo en un doble sentido. Por un lado, la evolución de los contagios ha permitido que casi todas las provincias pasaran de una fase a otra del confinamiento hasta recuperar una cierta normalidad, quedando el entramado denso que forman la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano como la zona de mayor peligro. Como señala Julio Burdman (3), esto puede afectar la lógica metropolitana de la política argentina, el hecho de que el destino del país radica básicamente en lo que ocurra en el AMBA, de donde surgieron o donde se consolidaron todos los fenómenos políticos importantes pos-reforma constitucional del 94 (la Alianza, el duhaldismo, el kirchnerismo, el cristinismo, el macrismo y el Frente de Todos).

La combinación entre la centralidad política del AMBA y la crisis sanitaria despierta en el interior sentimientos anti-porteños muy arraigados, cuyo origen puede rastrearse a la conformación misma de Argentina como Estado-nación: basta recorrer los comentarios en los medios y las redes para detectar críticas y burlas a la situación de Buenos Aires, una cierta sensación de que “por fin les tocó a ellos”, y la percepción del AMBA como un gueto malsano donde los superricos (que trajeron el virus de Europa) y los ultrapobres (que viven hacinados y no pueden mantener la distancia social) conviven mal y se contagian.

En este contexto, el gobierno tiene la oportunidad de desplegar políticas nacionales en las provincias que han liberado casi completamente su actividad económica. La buena relación del Presidente con los gobernadores es fundamental para una perspectiva de federalismo que debería también ser revisada: el federalismo entendido no como una invocación vacía ni como un reclamo de descentralización y recursos, que es como muchas veces se percibe en las provincias, sino como la posibilidad de construir un desarrollo más equilibrado (lo que en ocasiones implica centralizar: la educación secundaria, por citar un ejemplo clásico, ofrecía oportunidades más igualitarias cuando estaba bajo control del Estado nacional que después de ser transferida a las provincias). Pero no nos desviemos. Lo que quiero plantear es que la división entre el AMBA y el resto del país está más viva que nunca y que el gobierno puede aprovecharla para avanzar en una agenda extra-metropolitana de gestión.

El segundo aspecto de la reflexión territorial es un espejo del primero. Azuzadas por el pánico, las tres administraciones principales (nacional, bonaerense y porteña) mostraron a lo largo de estos meses niveles de coordinación inéditos, incluso cuando dos de ellas están bajo control político de los herederos de los polos de la grieta: el macrista Horacio Rodríguez Larreta y el kirchnerista Axel Kicillof. Este proceso, inédito desde la autonomización de la Ciudad en los 90, demuestra que la idea de que el virus está produciendo cambios radicales no es un sueño abstracto de filósofos excitados sino algo verificable, bien concreto.

¿Podría ser el origen de una gestión más articulada en el principal conglomerado urbano de Argentina? En un momento difícil, Alberto ha demostrado capacidad para moderar los conflictos y lograr la cooperación de la Ciudad y la Provincia, trascendiendo diferencias abismales de tamaño, nivel socioeconómico, perfil ideológico… El virus anestesió la grieta y engendró lo más parecido a un gobierno de unidad nacional que registra nuestra historia reciente, una modesta Moncloa epidemiológica. Y como la experiencia histórica demuestra que el trabajo conjunto contribuye a desarmar prejuicios, funda lazos de confianza y crea mecanismos burocráticos que perduran, quizás los incipientes avances en materia de coordinación sanitaria y de transporte puedan replicarse en áreas cuya gestión también requiere una estrategia conjunta: educación, medioambiente y, sobre todo, vivienda y seguridad (en este último aspecto la actitud de Sergio Berni resulta, por decirlo de alguna manera, escasamente constructiva).

Volviendo al planteo inicial, la relegitimación popular de la figura de Alberto, un dirigente que llegó a la Presidencia tras una decisión de Cristina y al frente de una coalición amplia y heterogénea, formada a partir de una reacción al macrismo, constituye una oportunidad impensable hace dos o tres meses. Como la mayonesa, el poder vence si no se lo usa; se escurre. Pero hay que usarlo con astucia. La reforma de la Justicia, anunciada antes de la irrupción del virus y retomada ahora, es un proyecto tan importante como limitado en su interés a la superestructura política, puro círculo rojo. El tratamiento de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, que también había comenzado a analizarse en marzo, se encuentra suspendido ante el temor a que su aprobación en una sesión semi-presencial habilite una catarata de reclamos judiciales posteriores que pongan en riesgo su implementación.

La intervención de Vicentin, la gran iniciativa del oficialismo en estas semanas, su rescate, por usar las palabras del Presidente, genera efectos profundos, por el tamaño de la empresa, los intereses directamente involucrados y las eventuales consecuencias de que el Estado opere directamente en el complejo mercado de granos. Pero también demostró los riesgos que implica adoptar una decisión de gran calado sin medir cabalmente las consecuencias legales, sin articular una coalición amplia de apoyos sociales y políticos y sin planificar antes una comunicación clara y consistente. La palabra expropiación generó ecos profundos que no solo despiertan el rechazo de los teflones de Recoleta sino de un universo mucho más grande, a punto tal que coincidieron en cuestionar la decisión oficial los legisladores por Córdoba, las entidades del agro (incluyendo a la Federación Agraria), buena parte de los productores a los que supuestamente se pretendía salvar y el lavagnismo, en tanto que se mantuvieron en un silencio sugestivo Sergio Massa, casi todos los gobernadores y el santafesino Omar Perotti, que terminó elaborando un proyecto alternativo.

Bueno, malo o regular, el proyecto de estatización reavivó los espectros de la batalla cultural entre cristinismo y macrismo, una batalla cuyo origen se sitúa también en una iniciativa orientada a intervenir sobre el sector agropecuario y decidida sin consultas previas por funcionarios porteños que conocían poco el tema. Como hojas agitadas por una tormenta, volaron en estos días tópicos como “populismo”, “Venezuela”, “propiedad privada” y “libertad” (y “oligarquía”, “medios concentrados”, “corporaciones”). Felizmente, Alberto decidió desactivar a tiempo el conflicto y aceptar la propuesta más moderada de Perotti, y al hacerlo demostró dos cosas: que la tónica del retroceder nunca/rendirse jamás del kirchnerismo no es la suya, y que, también en contraste con el pasado, su gobierno no está dispuesto a resignar la relación con las provincias del centro y entregar la zona núcleo –los votantes de la soja– al macrismo.

Sucede que, con su indisimulable aire a 125, el caso Vicentin producía una división de la política y la sociedad en mitades, que es justamente lo que terminó llevando al kirchnerismo a la derrota y lo que Alberto debería tratar de evitar: el 48 por ciento obtenido en las elecciones presidenciales no está tan lejos de un hipotético 44, y el 41 del macrismo no está tan distante de un posible 45. Aunque categórico, el triunfo del Frente de Todos fue contingente, un proceso cuya reversión siempre está a la vuelta de la esquina en el contexto de democracias fluidas y hegemonías breves.

Como señala Martín Rodríguez, Alberto es un creador de fotos: la foto de Cristina con Massa y su famoso “cafecito” durante la campaña, así como la foto con Kicillof y Rodríguez Larreta, son ejemplos de esta voluntad del Presidente, que podría recurrir a su destreza de fotógrafo para que otra foto –la que ilustra a Mauricio Macri y Elisa Carrió conversando preocupados por el anti-republicanismo del gobierno– sea la única foto opositora posible. En otras palabras, aislar a los sectores más radicales de Cambiemos, una coalición que no es menos amplia ni menos heterogénea que la oficialista, a partir de temas que trasciendan el apoyo de los votantes naturales del Frente de Todos: la transformación del Ingreso Familiar de Emergencia a una renta básica universal y la construcción de una estructura impositiva más progresiva pueden ser los ejes de una “épica de la reconstrucción” que le permita a Alberto bajar, pero despacito y sin tropezarse.

Notas:

1. www.pagina12.com.ar/265390-una-encuesta-muestra-un-alto-respaldo-a-la-cuarentena-y-a-la

2. www.tiempoar.com.ar/nota/maria-esperanza-casullo-el-presidente-tendra-que-elegir-un-conflicto-o-se-lo-van-a-imponer

3. “La crisis de la lógica metropolitana”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, junio de 2020.

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