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Bolivia, el verdadero reto

Fuentes: Rebelión

En las elecciones del 18 de octubre en el Estado Plurinacional de Bolivia los sectores populares realizaron una demostración de fuerza, organización y movilización que hizo prácticamente imposible un fraude electoral que condujese a una segunda vuelta donde la derecha concentrase los votos en un único candidato.

No sólo se ganó, si no que se ganó de calle, con mayoría absoluta (55%, igualando los resultados obtenidos cuando llegó el MAS al poder político en 2005) y obteniendo la mayoría en las cámaras de diputados/as y senadores/as.

Esta incontestable victoria ha puesto de manifiesto varios aspectos.

La movilización popular ha sido clave. El gobierno golpista que, en principio, iba a permanecer en el poder 3 meses, encontró en la pandemia la excusa para retrasar las elecciones hasta en 3 ocasiones. Hasta que el pueblo organizado dijo basta y bloqueó en agosto las vías de comunicación de todo el país consiguiendo que se fijara por ley la fecha de las mismas. Miles de personas, organizados en torno a organizaciones sindicales, campesinas, populares obligaron a celebrar ya las elecciones. Y consiguieron derrotar en las urnas la maquiavélica maniobra que un año antes les hurtó la presidencia. Esto confirma una lección importante para la izquierda: los triunfos electorales solamente son posibles si primero se derrota a las fuerzas reaccionarias en la calle y con la movilización.

El MAS-IPSP sigue muy vivo. Si bien con un mensaje electoral más centrado en la recuperación económica y con la vista puesta en atraer a algunos sectores de la denominada clase media, el MAS-IPSP ha demostrado seguir siendo la fuerza que representa a la mayoría del pueblo boliviano. ¡Qué imagen tan distinta de la que nos mostraba hace un año la propaganda golpista de un MAS denostado por amplios sectores sociales! El montaje sobre el supuesto fraude en aquellas elecciones ha terminado de caer por su propio peso. Lo que no se les ha caído a algunos ha sido la cara de vergüenza tras aquella patraña. Dígase Luis Almagro (OEA) y varios líderes de derecha que alentaron y participaron del golpe y ahora, ante una derrota irrefutable, felicitan a Arce y Choquehuanca.

La victoria trasciende fronteras. La recuperación del gobierno por el MAS supone un varapalo para la estrategia imperial y autoritaria auspiciada por la OEA, el Grupo de Lima y la Administración estadounidense, a la vez que constituye un triunfo también para los demás pueblos de Abya-Yala/Latinoamérica y del mundo. Una nueva pieza de este tablero que insufla aire fresco al proceso de integración latinoamericana y que juega a favor de los intereses de los pueblos y las clases populares en su permanente lucha contra el imperialismo y la explotación de personas y naturaleza.

El contenido decolonial de esta victoria. No cabe duda que la violencia física y simbólica contra los pueblos originarios materializada en las masacres de Sacaba y Senkata, la quema de wiphalas, el calificar de “salvajes” a quienes protestaban exigiendo elecciones, la imposición de la Biblia y discursos “evangelizadores” negando la cosmovisión de los diversos pueblos indígenas que conforman Bolivia han influido en la enorme movilización de amplios sectores, fundamentalmente aymaras y quechuas, que han dejado claro que no están dispuestos a consentir el retorno al Estado colonial que pretenden las élites golpistas.

La necesidad del relevo. Más allá de las indudables cualidades como líderes políticos y sociales de Evo y Alvaro García Linera, su postulación para un cuarto mandato probablemente no fue la mejor opción. Un nuevo tándem presidencial, en unas condiciones excepcionales, ha logrado recuperar una gran parte del voto perdido en los anteriores comicios. La formación y promoción de nuevos líderes y, especialmente, de dirigencias colectivas sin figuras imprescindibles, es una garantía para los procesos de cambio. En Bolivia y en cualquier otra parte. El pueblo boliviano ha dejado claro que no apoya a una persona sino un proyecto político de emancipación de las clases populares y los pueblos originarios.

La fluctuante “clase media”. Es muy probable que una parte de la denominada clase media que no votó al MAS en 2019 lo haya hecho ahora. ¿Las razones? Probablemente una mezcla de diferente actitud frente al relevo al mediáticamente desgastado binomio Evo-García Linera, cierta toma de conciencia sobre qué es realmente la derecha y los poderes fácticos y de qué son capaces, y una mejor percepción de la gestión de gobierno del MAS frente a la desastrosa gestión y corrupción del gobierno de Añez. La permanente contradicción entre lo que se es y a lo que se aspira, la falta de conciencia de clase y su mentalidad colonizada hace de estos sectores un sujeto titubeante que, sin embargo, puede ser clave en determinados momentos.

Asimismo, el nuevo escenario que se abre ahora plantea varias dudas y retos, que van mucho más allá de cómo hacer frente a la pandemia y a la crisis económica.

No se ha recuperado la democracia. A pesar de que esta expresión se ha repetido profusamente estos días, lo que se ha recuperado (a falta todavía de la investidura…) es el poder político. Ello dista mucho de ser sinónimo de democracia. El poder económico va a seguir en gran medida en manos de una oligarquía golpista y, sin control popular sobre los medios de producción, el Estado es débil y vulnerable frente a un previsible sabotaje económico. En este sentido, el MAS tendrá que dar prioridad a las vertientes de economía comunitaria y al control estatal de los sectores claves planteada en la Constitución y olvidarse de pactos con la oligarquía agroindustrial, actor importante del golpe de Estado.

Los medios de difusión principales, aquellos que resultaron claves para que se fraguara el golpe y para legitimar al gobierno de facto, siguen en manos privadas. Sin una verdadera democratización de la información resulta difícil avanzar hacia una verdadera democracia.

¡Y qué decir de la violencia organizada del Estado! Las armas, la fuerza bruta y mortífera, sigue en manos de aquellos policías que se sublevaron contra el gobierno y de aquellos militares que “invitaron” a Evo a renunciar. Hace un año quedó patente que detentar el poder político y controlar el Estado son cosas muy diferentes. ¿Cómo intentar cambiar la correlación de fuerzas dentro de unas instituciones armadas imbuidas de mentalidad colonial, racista, valedora del poder oligárquico local y sumisa al imperialismo yanqui, cuando en la década y media previa no se consiguió? Tal vez ese sea el principal reto del nuevo gobierno. En este sentido, la creación de milicias populares podría ejercer cierto contrapeso.

¿Habrá justicia y reparación? ¿Se procesará a los/as responsables del golpe? ¿y a quienes tomaron decisiones que no correspondían a un gobierno provisional, como privatizar empresas públicas, cambiar embajadores, expulsar al personal médico cubano…? ¿y a los responsables de las masacres de Sacaba y Senkata, y de otras tantas personas asesinadas, encarceladas, perseguidas…? Los llamados a la unidad y a la reconciliación no pueden servir para sellar la impunidad. Se trata de una cuestión de justicia, de dignidad y de credibilidad para el propio nuevo gobierno ante su pueblo.

¿Aceptarán su derrota? Si bien el golpe electoral recibido les ha podido dejar desconcertados y debilitados, es evidente que las élites económicas de Bolivia y la administración de EEUU no se resignarán a aceptar que el pueblo boliviano tome en sus manos su futuro. Aunque formalmente lo reconozcan, intentaran desde hoy mismo desgastarlo, probablemente utilizando una guerra híbrida que puede combinar agresiones económicas, mediáticas, psicológicas, así como la utilización de grupos dentro de la policía y fuerzas armadas para desestabilizar al gobierno. De forma similar a como llevan años haciendo en Venezuela. Si dieron un golpe para descarrilar el proceso de cambios y apoderarse de Bolivia es ingenuo pensar que ahora aceptarán democráticamente el resultado. No hay más que estudiar un poco la historia de los pueblos.

Autocrítica y tensión imprescindibles. Lo sucedido en Bolivia este último año indudablemente condicionará el accionar del nuevo gobierno del MAS. Será necesario esperar un tiempo para ver el grado de radicalidad de las medidas que se tomen desde el gobierno y si se buscará acelerar el proceso de cambio o si, simplemente, se intentará restaurar un Estado asistencialista que asegure unos servicios básicos a toda la población y que promueva derechos de los pueblos originarios y colectivos sociales pero sin avanzar notablemente en cambios estructurales, evitando el choque frontal con la burguesía boliviana y los demás poderes ligados a ella, eludiendo traspasar ciertas líneas rojas (procesamiento de políticos y funcionarios implicados en el golpe, intervención contra determinados intereses económicos y medios de comunicación, remoción sustancial de mandos policiales y militares…). Ciertamente, la amenaza velada del ejército y la policía, conjuntamente con las élites económicas y sus grupos de choque paramilitares, puede condicionar en gran medida las decisiones del nuevo gobierno, llevándolo a una versión “light” de los años de Evo y García Linera. En este sentido, es imprescindible un ejercicio de autocrítica permanente, así como de mantenimiento de la tensión dentro de las bases y las estructuras del MAS, para que no haya desviaciones respecto al proyecto original y se responda a las necesidades de los sectores que representa y de los cuales es el instrumento político. Es evidente que no ocurrirá como en Ecuador con Moreno (el MAS-IPSP no es, ni de lejos, Alianza País), pero será necesario mantenerse siempre alerta y sin rehuir la inevitable lucha entre el poder burgués y el imperialismo contra la clase trabajadora y los pueblos.

Un año después, ¿volvemos al mismo punto? Sí y no. De la respuesta que se vaya dando a estas cuestiones dependerá el afianzamiento de un cambio necesario para el pueblo boliviano, para los pueblos del Abya Yala y del mundo.

Iñaki Etaio y René Behoteguy son militantes de Askapena