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Elecciones en México

Carambola en el infierno

Fuentes: Rebelión

«En la situación desesperada en que nos encontramos, enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir el coraje y simplemente abstenernos de votar. Abstenerse y empezar a pensar.»  Slavoj Zizek, con motivo de la elección francesa de 2017 entre Marine Le Pen y Emmnuelle Macron   En el elegante mundo del billar, el pináculo de la […]

«En la situación desesperada en que nos encontramos, enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir el coraje y simplemente abstenernos de votar. Abstenerse y empezar a pensar.» 

Slavoj Zizek, con motivo de la elección francesa de 2017 entre Marine Le Pen y Emmnuelle Macron

 

En el elegante mundo del billar, el pináculo de la habilidad son las partidas de carambola a tres bandas. En ellas, los jugadores hacen que el golpe de la punta de un taco de madera impulse una bola de marfil sobre una mesa rectangular forrada de paño verde. El objetivo del juego es que la bola referida toque tres lados de la mesa antes de golpear dos bolas perdidas en aquella pradera en miniatura. La carambola sólo cuenta cuando la excéntrica secuencia de colisiones se cumple a pie juntillas. Se trata de un derroche de precisión, un alarde de concentración geométrica, un desafío para pulsos de acero finamente templado.

Jorge Volpi, en su artículo publicado el 31 de mayo en el País Votar en el infierno, consigue una carambola propia del vago de secundaria que entrena su brazo con esmero en algún antro de mala muerte: «no es esta una elección ideológica: por primera vez se vota por tres candidatos conservadores, que van de la visión social anticuada de AMLO a la derecha católica de Meade -y a la ultraderecha de su candidato a la Ciudad de México-, con Anaya como paradójico pivote».

En efecto, es posible argumentar correctamente que el talante católico y tradicional de José Antonio Meade (o del infame Mikel Arreola) y la conocida reticencia de AMLO a apoyar abiertamente causas como las del matrimonio igualitario, la legalización del aborto o la despenalización del uso recreativo de la mariguana, denotan una dimensión conservadora en las campañas de dichos candidatos. El conservadurismo del «pivote» Anaya queda poco claro en las líneas de ese artículo de Volpi, aunque posiblemente es explorado implícitamente en un texto previo del mismo autor publicado en Reforma el 19 de mayo: El hablador.

Sin embargo, el conservadurismo no sólo puede leerse en clave cultural. Un conservadurismo mucho más fundamental reside en el hecho de que ninguna de las tres propuestas tiene intenciones serias de enfrentar a los grandes poderes económicos y políticos que oprimen a la vasta mayoría de la población en México. Ni Meade se rebelará contra la tecnocracia de la que ha formado parte por tanto tiempo; ni Anaya traicionará a la exótica combinación de políticos y empresarios que lo apoyan; ni AMLO es ninguna amenaza para la hegemonía capitalista y criminal que asola al país. Al parecer hay otro candidato en la boleta: uno de patas de oro y de papel, bronco a más. Como éste no es un ensayo de suertes ecuestres, potrillos y palenques, dejaré que la temporada de jaripeos dé cuenta de él. 

La elección de este año se da entre candidatos cuyas posiciones y proyectos conservan el régimen de desigualdad e injusticia que prevalece en nuestro país. Es una elección entre candidatos, sirva el oxímoron, radicalmente conservadores: un conservadurismo mucho más profundo y lamentable que cualquier especificidad cultural. Vale la pena abundar en esta premisa.

El experimentado

Cuando uno desinstala el montaje de funcionario honesto y preparado de José Antonio Meade, lo único que queda es una inteligencia más bien elemental que aprendió a operar una lista de recetas dogmáticas primero en el ITAM y después en Yale, universidad norteamericana en la que el candidato priista ─que dice no ser priista─ obtuvo su doctorado. Meade no es más que un eficiente miembro de esa élite privilegiada que se prepara en las universidades de la Ivy League para difundir en sus países de origen el neoliberalismo, un credo con base mucho más ideológica que científica.

Aunque los «estudiados» siempre han inspirado admiración y respeto, uno de los efectos de ese neoliberalismo es que buena parte de la gente se apantalla: suele pensar que el gobierno es una cosa sólo de expertos con conocimientos técnicos acreditados con series de diplomas como estampitas de colección. Por el contrario, los posgrados y títulos no garantizan mucho más que la disposición y condiciones propicias que tienen las personas para seguir programas académicos. En el caso particular, es evidente que además lo Doctor no quita lo Meade. La torpeza del tecnócrata lo lleva incluso a defender su «experiencia» en los gobiernos que han llevado a México ya no al despeñadero como lo dijera AMLO, sino al abismo.

En todo caso, lo más relevante en el conservadurismo de Meade es que profesa una ideología en que la mano oculta y fantasmagórica de la libertad de mercado es lo único que debe moldear el destino de los pueblos. Es una ideología profundamente conservadora en que la realidad sólo se puede entender en términos de propiedad privada, competencia libre, e individuos como meros consumidores de bienes y servicios. El presidente y el Estado en su totalidad lo único que deben hacer es planificar técnicamente las condiciones de competencia para dejar que los mercados actúen libremente.

Los propagandistas y defensores de esta corriente tienden a hablar en esa jerga insustancial llena de datos que le escuchamos a Meade, en donde índices como los de inflación, crecimiento, competitividad o eficiencia son lo único que importa. La educación, la salud, el territorio, la cultura o la libertad sólo son deseables si se les inserta en el mercado. Todo lo que interfiera en la libertad de mercado lo distorsiona y debe entenderse como una especie de maldición populista. El resultado general es que se sacrifica la política como espacio de creación de lo colectivo en el altar de la economía de mercado: los sindicatos, las comunidades autónomas, las asociaciones de vecinos o estudiantes, los movimientos sociales en general son sólo un estorbo que hay que cooptar o erradicar de ser posible.

Esta forma de pensamiento conservador no ha derivado en otra cosa que en injusticia y desigualdad, especialmente en los países pobres en los que se ha implantado. 

Quizá es comprensible que, en un contexto en que buena parte de los funcionarios del partido que lo postula están involucrados en casos de malversación de fondos o tráfico de influencias, se promueva a Meade como un «experimentado» y «honesto» funcionario. Sin embargo, si aplicamos «honestidad» y «experiencia» a alguien que ha trabajado en regímenes que han exacerbado la explotación en sus formas más salvajes en México, entonces ya podemos sacar ambas palabras de cualquier diccionario de la decencia política.

El chico maravilla

El mismo Volpi describió a Anaya con bastante precisión como un hablador. Volpi y otros comentaristas certeramente han señalado que detrás de toda esa gala y elocuencia nunca queda claro qué es lo que piensa o siente el candidato. Parece, con toda su pulcra exactitud, un androide ejecutando algoritmos específicamente programados para las elecciones.

Sin embargo, centrarse en cómo se entienden o perciben los gestos o mensajes de un candidato es psicologizar demasiado la política. Es como si lo más terrible de Anaya fuera su deficiente capacidad para conectar de verdad con la gente y no las condiciones políticas que permiten líderes como él.

No podemos pecar de ingenuidad: si no se percibe algo auténtico en Anaya no es porque le falte tomar algún curso sobre autenticidad frente a las cámaras. Todo lo contrario: Anaya se ha entrenado a conciencia desde el principio. Seguramente ganó de niño todos los concursos de oratoria de la primaria. Desde joven se suscribió a cuanta revista de comunicación social encontró y, ya maduro, perfeccionó su técnica de persuasión al nivel de los vendedores experimentados. Si alguna cadena de ventas como Liverpool o Sears lo hubiera reclutado antes, Anaya habría hecho una honorable carrera como vendedor estrella. Nada se le escapa: aunque lo más probable es que nunca haya comprendido la pasión de libro alguno, leyó muchos para que no lo agarraran en curva cuando le preguntaran cuáles son los tres libros que marcaron su vida.

No, el problema no es que no sea auténtico, sino que el performance que observamos es lo que Anaya auténticamente es. Ricardo Anaya en la superficie, que es el único fondo que posee, no es otra cosa que uno de esos engendros de la simulación y el cinismo que tanto abundan en la política mexicana. Aliado por años del mismo gobierno que ahora combate, Anaya respaldó, por ejemplo, en su momento las reformas energética y educativa, hoy evidentemente impopulares. A juicio de Anaya, dichas reformas son necesarias, pero han sido mal implementadas por el gobierno priista. Aun concediendo que fueran necesarias, cualquiera se pregunta por qué el chico maravilla denuncia ahora con tanto ardor tan deficiente aplicación de las reformas, mientras mantuvo un silencio cómplice y sonriente hasta antes de su campaña. Las preguntas se multiplican. ¿Por qué Anaya no acusó de corrupción a Enrique Peña Nieto durante un sexenio en que más bien se le vio colaborar de buen grado y aplaudir con entusiasmo la torpe gestión del priista? ¿Por qué Anaya no denunció en su momento la guerra contra el narco de su entonces jefe Felipe Calderón Hinojosa que acabó con decenas de miles de mexicanos? ¿Por qué Anaya no tronó de indignación contra los gasolinazos y ahora propone reducir el precio de la gasolina? ¿Por qué Anaya tuvo que esperar a la campaña para sentir nacer dentro de él al rebelde que, ahora dice, siempre fue?

La respuesta a esas y otras preguntas es obvia. Su rebeldía es el simple disfraz necesario para distanciarse en la percepción de una clase política desprestigiada con la que siempre ha estado de acuerdo. Ciertamente su actuación es envidiable. Inteligente encarnación del sueño y aspiración de millones de mexicanos que compran la idea del joven güerito, rico, políglota y hábil en el discurso, Ricardo Anaya se pavonea fresco y cool por universidades privadas y televisoras. Con todo ello, Anaya no se aleja un ápice del mismo conservadurismo que caracteriza a Meade. Ambos son miembros de clases privilegiadas que nunca abandonan el poder a menos que se les arranque de él. Ambos están dispuestos a defender los intereses de los grupos a los que pertenecen y que han encontrado un nicho cómodo y propicio en el neoliberalismo en boga.

Es cierto que el joven maravilla ha sido objeto de una persecución judicial por parte del gobierno federal en estos meses, pero eso no quita que Anaya sea hoy lo que siempre ha sido: un sofista en la peor acepción del término. Ése que esconde la verdad, que le da vuelta a la pregunta, que esconde los argumentos detrás de 40 diapositivas, una cita de Einstein y una retórica que parece haber estudiado todas las posibilidades. No parece; de hecho Anaya las estudió: siempre hace la tarea por triplicado.

Es decir, con toda su aplicación, Anaya no es más que un farsante: es el Chanfalla de Cervantes que vende maravillas con su retablo de pueblo en pueblo; el Loki de Los Vengadores que vence a Thor a fuerza de palabras y espejismos; el merolico de la merced que vende pomadas de uña de lombriz en las esquinas. Un hablador, como dice Volpi. Sin embargo, se trata de un hablador especial. Anaya fascina con su labia de la misma forma que fascinan la rapidez de las manos del croupier clandestino afuera del metro o en alguna feria de pueblo. Con vértigo y agilidad esconde la bolita debajo de una de tres corcholatas: ahora la ve, ahora no la ve. Juras haberla visto y pones 200 pesos sobre la mesa improvisada. El croupier levanta una de las tres corcholatas para descubrir el inconcebible vacío: Anaya te deja sin desayuno…

El moralista

El caso de Andrés Manuel López Obrador es por supuesto más intrincado. Habría que empezar por reconocer que hasta junio del año 2018, la ventaja de AMLO sobre sus contrincantes es tan abrumadora que sólo un fraude de proporciones inauditas puede evitar que Andrés Manuel sea el próximo presidente de México. No es que sea imposible: el fraude electoral en México es casi tan característico de nuestro folclore como el mole o el tequila: ya sea porque se cae el sistema, algún líder sindical negocie con un candidato o se regalen tarjetas Monex. Sin embargo, parece que un fraude a estas alturas y en estas condiciones sería tremendamente costoso ―en términos de estabilidad social― para empresarios, militares y políticos interesados en conservar sus privilegios. Sobre todo cuando ya no es necesario efectuar tal fraude para asegurar la continuidad del sistema.

Como Jorge Volpi y otros analistas han señalado, el triunfo de AMLO está impulsado sobre todo por el enojo y la desesperación. Sólo por nombrar una de las salientes más dolorosas de nuestra realidad, México es hoy un país en ruinas cuya violencia en número de asesinados, desaparecidos y desplazados ya supera en magnitud la de la mayor parte de las dictaduras latinoamericanas del siglo pasado. Lo más parecido al México del siglo XXI es un cadáver andante y oloroso similar a los de alguna mala serie de televisión de moda en estos días.

En este contexto de desolación, importan muy poco las discutibles virtudes del candidato morenista y su propuesta política. Lo que se expresa en la aplastante ventaja de AMLO, más que la adhesión y simpatía por el tabasqueño, es el voto de castigo en contra de un régimen que lleva décadas explotando a la población y que ha convertido a México en una fosa de proporciones aterradoras. El voto que le dará el triunfo a AMLO no es un voto ni por la república amorosa ni por la paz ni por la concordia; es un voto de rabia de un país que agoniza sin que se quiera admitir en voz alta. Es un voto de lo que en cierta forma se puede entender como una «política negativa»: un voto que escasamente implica la movilización de la gente más allá del marcado de la boleta del 1 de julio. El hartazgo puede generar reacciones; en sí mismo, no ocasiona movimientos sociales: no abre un nuevo horizonte de política. 

AMLO, por su parte, ha sabido acumular la experiencia de sus dos candidaturas previas y consolidar un discurso político y una posición que le permite capturar el voto de todo ese descontento social. López Obrador ajustó bien sus redes para pescar, sin mucho esfuerzo, en un estanque casi seco, pero pletórico de desesperada vida acuática. 

¿Qué fue lo que cambió en AMLO de manera tan eficiente para esta elección? La respuesta es simple, pero desalentadora. Muy lejos del luchador social que, pese a sus limitaciones, por décadas defendió la necesidad de trascender el pragmatismo y restaurar la ética en la política, AMLO es hoy uno de los mejores alumnos de Nicolás Maquiavelo. El autor florentino, como es sabido, en tono pedagógico y paternal instruye al Príncipe no para mejorar la vida de un pueblo ni mucho menos para liberarlo; sino sobre todo para conquistar y conservar el poder. La política entonces se reduce a decisiones pragmáticas con ese fin. En la mejor versión del maquiavelismo, si el fin es alcanzar el poder para transformar la sociedad para bien, entonces casi cualquier medio es legítimo. No importa si esos medios no son limpios, honestos o deseables; siempre queda el recurso de hacerse de la vista gorda. En el fondo, AMLO aprendió de Felipe Calderón Hinojosa la esencia del método maquiavélico con que éste lo derrotó en 2006: lo importante es ganar, «haiga sido como haiga sido».

De manera paradójica, hoy cómo nunca, AMLO ha creado un discurso esencialmente centrado en la moral: el mal de todos los males es la corrupción. La solución a la tragedia que vivimos es que la virtuosa honestidad del presidente pueda filtrase desde arriba y purificar como una cascada de agua bendita el gobierno y la pirámide social. Los discursos dominicales de mi abuelita eran menos moralistas y por supuesto menos mentirosos. No hay forma de que por la mera virtud de un presidente se erradique la corrupción de un gobierno; mucho menos de una sociedad. Más aún, hay evidencia empírica de lo contrario. Baste un ejemplo: concediendo la virtud de AMLO cuando gobernó el DF, resulta inexplicable que la policía y el sistema de administración de justicia siguieran corruptos, a la fecha lo siguen siendo.

En otra ocasión[1] ya analicé, en tono de farsa, el pragmatismo extremo que ahora forma parte de la práctica política de AMLO. En este texto sólo enumeraré algunos de los principales aspectos que hacen de su candidatura una vía perfecta para conservar el statu quo.

  • AMLO ha reiterado muchísimas veces que no va a afectar los intereses de los grandes capitalistas de este país. Su principal operador y probable coordinador de gabinete, Alfonso Romo, se ha empeñado en convencer a los dueños de México de que AMLO no representa ningún peligro para sus intereses. Es decir, se ha comprometido a respetar las condiciones de privilegio en las que trabajan la mayor parte de las grandes empresas en México.

  • MORENA desde el principio abrazó la estrategia política de los partidos atrapalotodo: cualquiera dispuesto a trabajar con el líder puede sumarse a su proyecto. En especial si tiene poder político y aporta su influencia para conseguir votos para la causa. En este camino, MORENA ha recogido generosamente cantidades tremendas de cascajo: tránsfugas priistas, panistas, perredistas o cualquier clase de dudoso líder social. No importa si están acusados de las peores prácticas políticas: clientelismo, represión, compra de votos, fraude o tráfico de influencias. La lista a estas alturas es larga y sigue creciendo: desde partidos completos como el conservador Partido de Encuentro Social hasta cuadros mayores como Tatiana Clouthier, Germán Martínez o Esteban Moctezuma y un sinfín de pequeños oportunistas. ¿Esta gente brinca a MORENA porque se convencieron de la propuesta AMLOísta? No, lo hacen porque no encontraron en sus partidos espacio para sus ambiciones. MORENA les asegura prebendas, presupuesto y beneficios electorales. Por ejemplo, una representación legislativa como nunca habría soñado el conservador partido PES o una candidatura al gobierno de Puebla como no la esperaría Miguel Barbosa. De esa forma los políticos neomeorenistas se sitúan en puestos en donde pueden seguir obteniendo pingües ganancias y poder político.

  • AMLO se ha comprometido a no subir impuestos ni siquiera a los que obtienen más ingresos en México. Eso implica que los grandes consorcios y capitalistas que hacen todo lo posible por pagar los menos impuestos posibles seguirán acumulando recursos en plena comodidad.

  • López Obrador propone que para lidiar con la inseguridad y la violencia prolongará la estadía del ejército en las calles en una Guardia Nacional que coordinará también a otras instituciones de seguridad. A pesar de que Portugal, Holanda, Uruguay y otros países y estados de los Estados Unidos, han mostrado que la descriminalización de las drogas puede ser parte de una estrategia adecuada para detener la industria de la muerte derivada del tráfico, AMLO no se compromete a impulsar la despenalización de las drogas.

  • AMLO no se aleja del modelo extractivista de desarrollo. El ejemplo más claro es su empeño en centrar el desarrollo a partir de la venta de petróleo. Más grave aún es su disposición para impulsar la minería canadiense en el país, no obstante de que es una de las industrias más denunciadas por las comunidades afectadas[2]

  • AMLO ha ofrecido reiteradamente no impulsar medidas judiciales contra quienes se hayan visto involucrados en crímenes o fraudes en los gobiernos previos.

Así pues, el proyecto de AMLO es profundamente conservador al no tener la intención de afectar los intereses de los principales capitalistas que explotan a México ni de modificar las condiciones de la industria de la muerte que ha hecho de nuestro país el drama que todos sufrimos. Además, AMLO no llega al gobierno solo: suena tremendamente improbable que el cascajo corrupto y la podredumbre reaccionaria que lo acompañan no terminen por hundir el barco.

Los defensores de la propuesta política de AMLO argumentan que tal pragmatismo maquiavélico es necesario pues «hay que ser realistas». Uno de los más honestos e inteligentes defensores de AMLO, el muy respetable Doctor Lorenzo Meyer, lo explica claramente en ocasión de una entrevista, en febrero de 2018[3], en que analiza el cascajo político que MORENA acumula:

¿Se justifican todos estos movimientos Doctor?

–Usted lea a Maquiavelo y dígame si se justifica o no […] Es una fórmula que el renacimiento italiano saca y dice: en política no se puede seguir la ética individual. […] Maquiavelo le dice al Príncipe que hay que mentir, que hay que hacer todas las cosas que la ética personal dice que no.

Por supuesto, lo malo de entender así la política, es que el diagnóstico de la realidad de un realista de este tipo es tan bueno que él termina enamorado de ella. Cegado por su infatuación, el realista termina reproduciendo la corrupción que diagnosticó en la realidad. Dicho de otra forma, de nada sirve diagnosticar por décadas la mafia del poder si, para acceder al poder, uno termina vestido de sus mismas ropas.

En este sentido, es evidente que la amnistía que ofrece Andrés Manuel López Obrador debe entenderse de manera extensa. De ganar AMLO, Peña Nieto, Fox, Calderón, los gobernadores y ex-gobernadores y demás sátrapas de gobiernos previos no serán perseguidos ni castigados. Los jugosos negocios de Carlos Slim, Alfonso Romo, Ricardo Salinas y demás emporios capitalistas tendrán todas las ventajas para perpetuar sus reinados. La corrupción y la impunidad se conservarán, al menos, en las malas mañas de los correligionarios de AMLO. En concreto, la desigualdad y la injusticia se conservarán incólumes como esos amargos pepinillos que nadan en el vinagre de las latas de supermercado.

Lo que AMLO nos ofrece es una propuesta en la que, en el mejor de los casos, se distribuyen recursos ahorrados de la lucha contra la corrupción al interior del gobierno para dedicarlos a los sectores más vulnerables y empobrecidos de la sociedad. Una fórmula no distinta a un viejo refrito de los neoliberales que, ya desde sus inicios, postulaban optimizar el funcionamiento del Estado y dedicar recursos únicamente a sectores desfavorecidos. AMLO intenta convencernos de que el problema es la corrupción y no la estructura de capitalismo criminal que vivimos.

Su propuesta es un neoliberalismo moral: mejor administrado, pero igual de rapaz y conservador.

Notas:

[1] Ramírez Trrejo Luis. AMLO en milenio: la otra entevista. http://homovespa.blogspot.com/2018/03/amlo-en-milenio-la-otra-entrevista.html.

[2] Rueda, Rivelino. El decálogo de López Obrador para enfrentar amenazas de Trump. Se puede consultar aquí: http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/lopez-obrador-presenta-decalogo-para-enfrentar-amenazas-de-trump.

[3] La entrevista se puede consultar aquí: http://www.youtube.com/watch?v=82E_azifrvo

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.