El escándalo en torno a Fernando Cerimedo, consultor político argentino vinculado a las campañas de Javier Milei, Jair Bolsonaro y el presidente boliviano Rodrigo Paz, ha irrumpido con fuerza en la política boliviana. Cerimedo enfrenta graves acusaciones judiciales y se ha relacionado su nombre con el hallazgo de una “granja de bots” en una propiedad vinculada a él. Todo esto debe ser investigado con rigor y sin contemplaciones.
Sin embargo, reducir el problema a la figura de Cerimedo como un “delincuente individual” es una trampa política. Es la operación del chivo expiatorio, que consiste en concentrar sobre una persona la responsabilidad de una contradicción que es mucho más amplia. El chivo expiatorio puede ser culpable, pero su función no es esa, sino despolitizar el escándalo y evitar que se investigue la estructura que lo produjo.
La contradicción es evidente. El propio gobierno de Paz reconoció que Cerimedo participó en su campaña y asesoró en los inicios de su gestión. Ahora, ante el escándalo, intenta distanciarse afirmando que “jamás tuvo autorización” para representar al gobierno o a la familia del presidente. La secuencia es reveladora. En principio señala “fue parte de nuestro entorno”, posteriormente que “no forma parte del Gobierno”, ahora “es un problema individual”. Esta volatilidad discursiva debe ser interrogada políticamente.
Por eso, la pregunta central no puede ser ¿Qué hizo Cerimedo?; la interrogante política es: ¿Quién produjo las condiciones que permitieron que un operador extranjero adquiriera semejante influencia en el gobierno?
Cerimedo no llegó a Bolivia como un actor aislado; forma parte de una red internacional de la nueva derecha continental. El problema no es el individuo, sino la estructura que lo recibió, lo legitimó y lo utilizó.
¿QUÉ TIPO DE ESTRUCTURA DE PODER PROPICIÓ LA EMERGENCIA DE UNA FIGURA COMO LA DE FERNANDO CERIMEDO?
Esta estructura no es una conspiración, sino una constelación de actores, intereses y dinámicas que convergen en un proyecto común. Sus componentes son:
· Un proyecto de derecha regional transnacionalizado: Cerimedo no es un caso aislado. Está inserto en una red que conecta a los equipos de Milei, Bolsonaro, Paz y otros gobernantes de extrema derecha. Esta red comparte discursos, estrategias, consultores y plataformas digitales. La estructura necesita operadores que puedan circular entre países para transferir know-how (saber hacer), es decir, el conjunto de conocimientos prácticos, habilidades, técnicas y experiencia acumulada que permiten realizar una labor, de manera eficiente; en este caso, manejo de imagen electoral y comunicacional en redes sociales para articular luchas políticas locales con una agenda regional de derecha más amplia: Anticomunismo, guerra cultural, defensa del mercado, ataque al “progresismo”, creación y estigmatización de un “enemigo público”.
· Apoyo electoral para un gobierno que necesita legitimidad y eficacia comunicacional: Paz y su equipo recurrieron a Cerimedo porque necesitaban ganar una elección y luego gobernar. En un contexto de crisis del MAS y de tránsito del ciclo de capitalismo de Estado al neoliberal, la nueva derecha boliviana no podía presentarse únicamente como “la oposición”; necesitaba construir una narrativa potente, movilizar emociones, amplificar sus mensajes y desacreditar a sus adversarios. Cerimedo, como “experto” en comunicación digital y guerra cultural, era el instrumento ideal. La estructura de Paz lo contrató, legitimó y posicionó en el núcleo del poder. Participó en la campaña, asesora al gobierno y mantiene contacto con altos funcionarios, a pesar de estar aprehendido.
· Un ecosistema mediático y digital: La estructura incluye medios de comunicación afines, analistas que construyen agenda y una esfera digital donde las “granjas de bots”, los influencers y los algoritmos amplifican determinados discursos. Cerimedo no opera en el vacío, llega a un terreno donde ya existe una infraestructura para la producción de sentido común de derecha. La estructura necesita a Cerimedo para profesionalizar y escalar esa operación comunicacional.
· Instituciones estatales no neutrales: Siguiendo a Nicos Poulantzas, se puede señalar que el Estado no es un árbitro por encima de la sociedad, sino un campo de condensación de relaciones de fuerza. La estructura de poder que “necesita” a Cerimedo también tiene capacidad de presión e influencia sobre la Asamblea Legislativa, el sistema judicial y la Fiscalía. Esto no significa una “conspiración perfecta”, sino que esas instituciones están atravesadas por las mismas correlaciones de fuerza que hicieron posible la llegada de la nueva derecha al gobierno.
· Comités cívicos y actores extraparlamentarios: Son actores políticos con poder real en Bolivia, especialmente en regiones como Santa Cruz. Forman parte de la estructura porque han sido históricamente vehículos de presión de la derecha y de disputa por la orientación del Estado.
En síntesis, la estructura que produjo a Cerimedo es el bloque de poder de la nueva derecha boliviana y regional, que necesitaba un operador con su perfil para ganar la elección, articular hegemonía y comenzar a reconfigurar el Estado en una dirección favorable a sus intereses económicos, políticos e ideológicos. Cerimedo es un engranaje de esa maquinaria, no su inventor.
¿QUÉ PROYECTO DE SOCIEDAD SE ESCONDE DETRÁS DEL ESCÁNDALO?
Detrás del escándalo mediático sobre Cerimedo, se está dirimiendo una disputa por el tipo de Estado y de sociedad que se quiere construir en Bolivia después del ciclo del MAS. El proyecto de sociedad que la nueva derecha impulsa (y que Cerimedo ayudó a instalar) tiene los siguientes rasgos, que el escándalo no debería ocultar:
· Un Estado que se retira de la economía y los servicios sociales: Se promueve la libertad económica, la inversión privada, la reducción del gasto público y la desregulación. Se critica al Estado “intervencionista” y se impulsan reformas que favorecen al gran capital privado, tanto nacional como extranjero. Esto implica una transformación radical de las empresas públicas, la gestión de los recursos naturales (como el litio y el gas) y la política energética. La discusión sobre privatizaciones, concesiones y alianzas público-privadas es central en este proyecto.
· Una sociedad basada en el mérito y la competencia individual: Se busca reemplazar la idea de derechos colectivos y redistribución social de la riqueza por la idea de que cada persona es responsable de su éxito o fracaso. Esto pretende debilitar la conciencia de clase, fragmentar la unidad de los trabajadores para justificar la precarización laboral, la flexibilización de contratos y reducción de la protección social. El discurso del “emprendedor individual” frente al “sujeto colectivo” es clave en esta operación.
· Un orden cultural conservador y antiprogresista: El proyecto incluye una “batalla cultural” contra el feminismo, el ambientalismo, los derechos de las minorías, la “ideología de género” y toda forma de progresismo. Se construye un enemigo interno (“la mujerzuela”, “el zurdo”, “los maricones”, “el indio subversivo”, “la dictadura sindical”) para unificar a su base electoral y desmovilizar a los sectores críticos. Esta “guerra cultural” no es un añadido; es el vehículo para desplazar el conflicto de clase al conflicto moral.
· Un orden político donde la confrontación y la polarización reemplazan a la deliberación democrática: La política se convierte en una guerra permanente contra un enemigo deshumanizado. El escándalo y la indignación son herramientas de gobierno. Esto debilita las instituciones democráticas, erosiona la confianza en el sistema y habilita un estilo de gobierno más autoritario y plebiscitario, donde el caudillo se presenta como el único que puede enfrentar al “Estado Tranca” o al “enemigo interno”.
· Una reconfiguración de las relaciones de poder regionales e internacionales: Este proyecto alinea a Bolivia con la nueva derecha continental (Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil, etc.) y con intereses geopolíticos que buscan redefinir el lugar de América Latina en el capitalismo global. Esto implica mayor apertura a Estados Unidos, menor integración regional autónoma (crítica al ALBA, CELAC), y una orientación más favorable a los organismos financieros internacionales (FMI, BM, BID) y a las corporaciones transnacionales.
La estructura de poder (el bloque de la nueva derecha) necesitó a Cerimedo para impulsar y legitimar ese proyecto de sociedad. Su condena, por tanto, es funcional a ese mismo proyecto porque pretende cerrar el escándalo en el individuo, impidiendo que la sociedad boliviana discuta el núcleo duro de las reformas que se están implementando. El operador cae, pero el proyecto de sociedad (el Estado retirado, la sociedad de mercado, la guerra cultural) sigue avanzando sin ser cuestionado.
EL CINISMO Y LA TAREA POLÍTICA
No se trata solo de mentir, sino de actuar como si no existiera la contradicción entre lo que se dice y lo que se hace. El cinismo, en este caso, consiste en denunciar al operador (Cerimedo) que antes fue funcional al poder, para presentar al sistema capitalista en su forma neoliberal como limpio y víctima de una anomalía. Es decir, la derecha puede condenar a su propio operador para salvar la estructura que lo produjo, utilizando el escándalo como un espectáculo mediático que desvía la atención de las transformaciones políticas y económicas que realmente importan.
El verdadero peligro no es Cerimedo. El peligro es que la sociedad se quede solo con el escándalo y el castigo de un individuo, mientras el sistema político, económico y mediático que lo hizo posible permanece intacto. “Cerimedo puede caer, pero si la estructura permanece, otro Cerimedo ocupará su lugar”. Esa es la advertencia central.
Para la izquierda, el desafío estratégico es no caer en la trampa de responder a la “guerra cultural” con otra “guerra cultural” (insultos y polarización). Su tarea debe ser diferente: Politizar los debates, volver a poner sobre la mesa las preguntas incómodas sobre quién controla la riqueza, quién se beneficia de las políticas públicas, qué intereses económicos están en juego y qué proyecto de Estado y sociedad se está construyendo. La izquierda debe recuperar la capacidad de explicar las estructuras económicas y sociales, y conectar la vida cotidiana de las personas con las grandes transformaciones en curso.
En conclusión, Cerimedo no es la causa de la nueva derecha, sino su síntoma. Su caso revela una nueva forma de hacer política que combina la comunicación digital, la polarización afectiva y la construcción del enemigo para ocultar las verdaderas relaciones de poder.
La pregunta decisiva no es si Cerimedo es culpable o inocente. La pregunta es: ¿Qué estructura de poder necesitó producirlo y qué proyecto de sociedad se esconde detrás del escándalo y la condena? El objetivo final es impedir que la caída del operador se convierta en la absolución del sistema.
La verdadera batalla, entonces, no es por Cerimedo. Es por la capacidad de definir el futuro del Estado y la sociedad boliviana. Mientras la derecha intenta reducir la política a un espectáculo moral, la tarea crítica debe ser mantener viva la pregunta que el poder quiere clausurar: ¿Qué Bolivia queremos construir? Esa es la disputa de fondo que el escándalo de Cerimedo no debe dejar ocultar.
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