Un hoyo sucio y humeante en la tierra de Techuitlán evidencia lo que el Estado ha negado sistemáticamente mediante cifras mañosas y discursos tramposos que buscan nublar nuestro juicio y nuestra capacidad de reaccionar ante lo evidente: que las masas más hondas del proletariado mexicano son sometidas a una guerra de exterminio donde la desaparición forzada es la medida de disciplinamiento de una sociedad que soporta lo intolerable para sobrevivir día con día, acudiendo obedientemente a un empleo precarizado esquivando balas y saltando cuerpos cercenados, inertes, calcinados.
Una coartada siniestra invocada por el Estado funciona nublando nuestro discernimiento: «ahora las desapariciones forzadas las realiza el “crimen organizado”, no el Estado». Y para el reforzamiento de este falaz discurso, encontramos una videograbación aparentemente realizada por el grupo paramilitar responsable de la operación del Rancho Izaguirre, hoy habilitado como campo de exterminio. Esa videograbación muestra, por una parte, un discurso bien articulado (como si de un comunicado de secretaría de Estado se tratara) y leído con una entonación enérgica y marcial, tal como los discursos y consignas castrenses del Ejército mexicano. Escuchamos a la “delincuencia organizada” hablando de ella misma en tercera persona haciendo una defensa firme del “Estado de derecho”, preconizando lo impecable de las investigaciones jurídicas del gobierno, las que califican de “eficientes, eficaces y apegadas a derecho”.
Para este grupo paramilitar los culpables de este “clima de enrarecimiento” en torno a las matanzas del rancho jaliciense son los mismos de siempre: el pueblo golpeado, entristecido, lastimado, sufriente en su existencia por esa guerra de exterminio a la que han sometido a sus familiares, nuestros familiares, proletarios en busca de trabajo para ganar algo que les permita comer y quizá… sonreír. Ahora los culpables son ubicados oportunamente: las madres y padres que cargan sobre su espalda y sobre su conciencia la ausencia de quien quizá está vivo por allí… o quizá yace muerta en una zanja, en un lote baldío o cercenado en un tambo con ácido, quién sabe; ese es el punto: carecer de certeza… una incertidumbre que mata.
El Estado y el paramilitarismo son la misma cosa, nada de “narcoestado”, nada de “la delincuencia organizada infiltró el Estado”, nada de “crimen organizado”. La “redes del narcotráfico” son paramilitarismo creado, administrado y dirigido por el Estado con la finalidad de disciplinar al pueblo mediante campañas de terror, donde el miedo es primordial para ejercer con consenso social la represión que siempre sufren y sufrirán –dentro de este capitalismo podrido– las clases proletarias y los sectores populares que ante el temor y la zozobra son capaces de aceptar la eliminación de sus derechos elementales con tal de que el Estado garantice una seguridad que, como hemos visto, jamás estará garantizada bajo este sistema. Estos grupos reaccionarios organizados por el poder político capitalista hoy se llaman “cárteles de la droga”, pero ayer se llamaron Ejército Blanco en Rusia, Freikorps en Alemania, Nacionalistas en China, Kaibiles en Guatemala, Contras en Centroamérica o Rondas Campesinas en el Perú, entre muchísmos otros nombres unificados por sus mismas bestiales prácticas asesinas. Son los mismos, son asesinos de pueblos: de obreros, de campesinos, de revolucionarios, de luchadores sociales, de periodistas, de hombres, de mujeres y de niños.
Pero ¿quien los manda?, ¿cuáles son sus intereses específicos? Y además, ¿qué podemos hacer ante tal despliegue de violencia?, ¿cómo enfrentar este poder inconmensurable?
Trataremos de profundizar sobre todo esto. Les compartimos nuestros juicios y puntos de vista para quien quiera escucharlos, analizarlos, debatirlos.
En el principio, el Estado
Muchas organizaciones revolucionarias o comunistas han repetido insistentemente en su literatura que el Estado es un aparato de dominación de clase, que su misión es mantener la dominación de las clases dominantes por sobre las dominadas (en nuestro contexto actual, la dominación de la burguesía sobre el proletariado); empero, parece no quedar suficientemente claro. Las masas populares no logran asimilar semejante concepción y terminan hundiéndose en una confusión que les postra ante su asesino, el Estado –y todos sus medios jurídicos–, con la esperanza de obtener de él algo de justicia. Pero, ¿por qué no queda claro este carácter clasista y represivo del Estado burgués entre el proletariado? Quizá porque no se ha explicado pormenorizadamente esta afirmación que, ciertamente, parece abstracta; o quizá porque en los hechos esas organizaciones denuncian el carácter clasista del Estado pero en sus prácticas ordinarias lo legitiman, solicitándole siempre mesas de diálogo o negociación con la finalidad de que resuelva el daño, la represión o la violencia que ha desatado en su ejercicio opresivo de dominación; es algo así como pedir al verdugo que defienda también a la víctima de su violencia negando su propia esencia y razón de ser. Un sinsentido que, sin embargo, es actitud permanente en esas organizaciones. Vaya, creemos que la correcta noción de Estado no ha quedado clara porque estas organizaciones –conscientemente o no– escinden las definiciones teóricas en las que creen de la práctica que realizan, terminando siempre en la esfera de la petición o la gestión de sus demandas ante el Estado; o sea, una práctica reformista (p.e. mediante “pliegos petitorios” o a través de “programas mínimos”) e incongruente que siempre terminará colocando al proletariado –por el que dicen luchar y querer emancipar– en la retaguardia del Estado.
Si algo ha desenmascarado la lucha del proletariado revolucionario a lo largo de su historia en todo el mundo es, justamente, el carácter burgués y represivo del Estado, particularmente en los momentos de mayor elevación de la lucha de clases que no pocas veces ha abierto coyunturas revolucionarias. En esos momentos ha sido nítida la brutalidad del Estado mediante sus aparatos de represión “legitima”: la policía y el ejército; pero también mediante la utilización de grupos paramilitares que, como una mascarada, realizan los actos más abominables fuera de su legalidad, dando la falsa impresión de que son grupos que actúan de manera independiente al Estado, aunque sus principios y planteamientos sean los mismos, desde luego. En estos contextos de confrontación, los grupos paramilitares –junto a las fuerzas represivas “institucionales”– se han batido a muerte contra el proletariado revolucionario respaldándose en las más inhumanas y bestiales prácticas represivas con el fin de aniquilar a los revolucionarios y cualquier tipo de disidencia.
México ha conocido abiertamente esta cara del Estado: la funesta etapa histórica conocida como Guerra Sucia. A lo largo de la historia mexicana del siglo XX atestiguamos cómo el Estado emanado de la Revolución Mexicana se esforzó por delinear el actual sistema político mexicano –incluyendo a los dos últimos gobiernos– que históricamente se ha ocupado en ofrecer una aparente amplia gama de organismos legales para la lucha política donde los partidos políticos burgueses han sido la única vía de competencia gubernamental para administrar el Estado. Todo aquello fuera de este sistema electoral ha sido manejado como una disidencia social que debe ser duramente combatida mediante la represión, no importando ni su carácter de clase ni la simpleza o no de sus demandas reivindicativas.
Con gran pragmatismo y una diluida definición ideológica se ha conformado el actual sistema de partidos en el México contemporáneo y son éstos, precisamente, las instituciones legales de manifestación política mediante las cuales se debe participar dentro de los parámetros que el Estado impone. Sin embargo, fuera del sistema legal también se desarrollaron movimientos de lucha política revolucionaria caracterizados por su vida clandestina y la vía armada como factor de transformación social. Estos grupos no fueron, ni han sido, expresiones aisladas o ajenas a la realidad mexicana; por el contrario, han respondido a momentos concretos de la historia de México. Las organizaciones político-militares han acompañado la historia política mexicana por más de medio siglo siendo, hasta cierto punto, ocultos protagonistas de sus significativas transformaciones.
La lucha armada por el socialismo ha tenido una historia de difícil acceso masivo pues, en las décadas de los años setenta y ochenta del siglo XX, fueron sometidos a una durísima represión por parte del Estado; así, su historia –fuera de círculos de estudiosos, académicos y algunos activistas– ha quedado desconocida particularmente para el proletariado más joven. En ese periodo se estableció una batalla feroz entre revolucionarios, policías y soldados que en las calles de las principales ciudades del país, así como en inhóspitas zonas serranas del sureste mexicano, dejaron tras de sí verdaderos baños de sangre con saldos negativos para las organizaciones insurgentes, sus bases sociales y hasta para las poblaciones de algún modo ajenas a esta confrontación. Es este periodo de Guerra Sucia el que ha mostrado la cara más atroz y sanguinaria de la política de terrorismo de Estado, expresión fundamental de la estrategia de Guerra de Baja Intensidad (GBI), doctrina totalizadora de la contrainsurgencia [1], o sea, una política militar para sofocar cualquier tipo de resistencia popular o lucha revolucionaria conducida en términos ideológicos. El Estado se lanzó al despiadado ataque a través de sus fuerzas represivas “institucionales” –el Ejército mexicano y la cruel Dirección Federal de Seguridad, hoy extinta–, pero también mediante la creación, entrenamiento e instrumentación de grupos paramilitares que ejecutaron los más execrables crímenes contra los revolucionarios.
Con el pasar de los años, estas experiencias fueron condenadas al silencio, al olvido. Pero, a pesar de todo, muchos se han negado a callar y han traído al presente la real significación de esa etapa de lucha mexicana. Hoy las secuelas son evidentes y siguen contándose en historias de horror, desesperanza y tristeza… la huellas de la represión, de las masacres, de la desaparición forzada. Historias que delinean el funesto presente lleno de muerte y violencia como una táctica de terror para combatir a los revolucionarios, para golpear a activistas y luchadores sociales, para concretar la dominación ideológica de la burguesía sobre nuestro alicaído proletariado, para garantizar la acumulación capitalista de la riqueza, para deshumanizar a los obreros, para devastar a los campesinos pobres, para despojar posesiones comunitarias, todo con la finalidad de acrecentar las tasas de ganancia del capitalismo imperialista y su oligarquía financiera.
Pero no siempre atestiguamos la elevación en la lucha de clases, hoy parece lejano que la lucha del proletariado ofrezca alguna coyuntura revolucionaria pues se encuentra ahogado ideológicamente por la aristocracia obrera –correa de transmisión de la ideología burguesa en el seno del proletariado [2]– y dominado políticamente por la socialdemocracia gobernante del partido MORENA; así, parece verificarse en la realidad una desactivación de la lucha de clases. Sin embargo, aún en estos momentos de descenso de la lucha de clases, en estos tiempos de “normalidad democrática”, el ejercicio de dominación hegemónica del Estado se encuentra presente mediante la violencia ideológica y el terrorismo de Estado instrumentado de forma selectiva [*]. Aquí es importante destacar que durante los momentos de menor lucha de clases, el Estado no privilegia la coerción, sino la construcción de su consenso entre las amplias masas (p.e. con el “sufragio universal”, con las “transiciones democráticas”, con el “gasto social” o con gobiernos de corte populista corporativista, entre otros elementos) para que la dominación sea aceptada por el proletariado de manera natural y cotidiana, como una forma natural de ser, como sentido común, como concepción del mundo.
Ambas “esferas”, por así decir, consenso y coerción, son elaboradas por los más importantes ideólogos de la burguesía, especialistas en guerra militar, política, económica, psicológica y de control social. Especialistas de altísimo nivel que delinean, a través de la investigación y experimentación científica y tecnológica, las actividades de dominación y subordinación necesarias para construir una doctrina de seguridad: doctrinas contrainsurgentes tanto en el ámbito de la prevención (consenso) como de la reacción (coerción). Es aquí donde el Estado burgués se vuelve hegemónico. Ciertamente, para que su posición hegemónica funcione debe predominar el consenso sobre la coerción, el convencimiento “democrático” sobre la violencia represiva. Para que la hegemonía del Estado burgués se consolide, es necesario que la clase capitalista asegure el soporte del proletariado y de todos los sectores y fuerzas sociales importantes. Tal soporte no brota sólo de la “falsa conciencia”, sino que está enraizado en la incorporación de ciertos intereses y aspiraciones del proletariado en la ideología dominante. La habilidad del Estado para conservar su hegemonía depende de su éxito de articular las luchas popular-democráticas con una ideología que sustente el poder de la burguesía y de las fracciones dominantes.
Por último, debemos tener en cuenta que el aparato de Estado se concreta objetivamente en un régimen de gobierno. El gobierno de tal o cual país no es otra cosa que ese grupo de burócratas profesionales que administran y conducen la política de Estado, siempre bajo los lineamientos de las necesidades de la gran burguesía imperialista. Una estructura de gobierno es algo muy complejo, nos recuerda Engels: «Este Poder público especial hácese necesario porque desde la división de la sociedad en clases es ya imposible una organización armada espontánea de la población. Este Poder público existe en todo Estado; no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género, que la sociedad gentilicia no conocía (…)» [3]. Ciertamente, el Estado no sólo está formado por hombres armados (cuerpos represivos), sino por una serie de instituciones que se encargan de mantener la dominación en todas las esferas de la vida del proletariado. Entre estas instituciones se encuentran las estructuras legislativas, las judiciales, las administrativas, las comerciales, las de política económica, las educativas, las productivas, las de salud, de cultura, deportivas, etc. Todas con un contenido ideológico definido que refuerzan la dominación ideológica y política; todas ellas operan en razón directa a la dominación de clase. Desde nuestro punto de vista y de forma general, es así que opera y se consolida el Estado burgués como aparato de dominación de clase.
El paramilitarismo y la coartada del “crimen organizado”
Los intereses económicos de las enormes corporaciones imperialistas en territorio mexicano transitan por una política de despojo y enajenación de amplias zonas geográficas con la intención de concretar la exportación de sus capitales y el usufructo de los diversos bienes contenidos en esas regiones. Estos intereses imperialistas van desde la utilización masiva de fuerza de trabajo precarizada para someterla a súperexplotación laboral; la construcción de rutas y vías estratégicas para un mayor y eficiente flujo comercial; hasta la apropiación de amplias zonas geográficas poseedoras de vastos recursos naturales, energéticos y minerales: «Mientras el capitalismo sea capitalismo, el excedente de capital no se dedica a elevar el nivel de vida de las masas del país, ya que esto significaría mermar las ganancias de los capitalistas, sino a acrecentar estas ganancias mediante la exportación de capitales al extranjero, a los países atrasados. En estos países atrasados las ganancias suelen ser generalmente elevadas, pues los capitales son escasos, el precio de la tierra es relativamente pequeño, los salarios bajos y las materias primas baratas. La posibilidad de exportación de capital está determinada por el hecho de que una serie de países atrasados ha sido ya incorporada a la circulación del capitalismo mundial, se han construido las principales líneas ferroviarias o se ha iniciado su construcción, se han asegurado las condiciones elementales de desarrollo de la industria, etc. La necesidad de exportación de capitales obedece al hecho de que, en algunos países, el capitalismo está ya “demasiado maduro”, y al capital le falta (dados el desarrollo insuficiente de la agricultura y la miseria de las masas) campo para su inversión “lucrativa”.» [4]
Desde luego, tanto la súperexplotación de la fuerza de trabajo como el despojo de territorios comunales engendran, necesariamente, luchas de resistencia obrera y/o comunitaria [5]. Esta lucha resistencialista de las comunidades afectadas por el establecimiento de industrias o corporativos trasnacionales experimenta una serie de actividades –tanto jurídicas como de movilización política y hasta de acción directa– tendientes a detener los proyectos productivos perfilados en esas zonas geográficas. Casos como la lucha reivindicativa de los obreros de maquiladoras automotrices organizados en el Movimiento Obrero Matamorense 20/32 en año 2019 [6], o los indígenas nahuas organizados por «la defensa del territorio, por la promoción y el ejercicio de su libre determinación como pueblos indígenas ante la llegada de empresas y proyectos que intentan industrializar sus tierras» y que se articulan en el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua de Morelos, Puebla y Tlaxacala, activos desde el año 2012 [7], entre muchos otros, son ejemplos de cómo la introducción de proyectos industriales de corporaciones imperialistas generan la oposición y resistencia de los pueblos afectados.
Todos estos “obstáculos” resistencialistas a la instauración de proyectos industriales o de infraestructura retrasan su funcionamiento. El Estado muchas de las veces se ve imposibilitado a ejercer la represión directa –ya por coyunturas electorales, ya por aparentar respeto a sus leyes burguesas o, de plano, por el costo político y mediático que le reporta la coerción contra pobladores de esas regiones– contra esas comunidades en lucha de resistencia. Es aquí donde el poder político echa mano del paramilitarismo denominado “crimen organizado” o “cárteles del narcotráfico” [8].
La operación conjunta del Estado, la burguesía y el paramilitarismo con la finalidad de arrebatar y enajenar tierras, ejidos y hasta pueblos enteros para desarrollar sus actividades de apropiación de los recursos naturales es elocuente: el Estado proporciona a la gran burguesía concesiones para la explotación de los recursos naturales de alguna zona específica. Esto genera la inmediata organización para la lucha de resistencia de los pobladores directamente afectados por tales proyectos económicos. La movilización política y los recursos legales de los afectados logran detener la realización del proyecto. Aquí es cuando entran las actividades de grupos paramilitares quienes se encargan de sembrar intensas campañas de violencia, crímenes y terror en la población con absoluta impunidad y coordinados con las fuerzas represivas institucionales. La población incapaz de hacer frente a semejante despliegue de violencia, horrorizada por los crímenes más deleznables, abandona sus tierras y poblaciones dejando el camino abierto a las grandes corporaciones para la implementación de sus actividades extractivas o industriales. Las poblaciones que se habían organizado, luchado y resistido contra estos proyectos quedan prácticamente sitiadas y dominadas por los grupos paramilitares denominados “delincuencia organizada”.
En el discurso del Estado la denominación “delincuencia organizada” se ha convertido en una coartada perfecta para avanzar en esta política de despojo y opresión. El paramilitarismo ha sido utilizado por la burguesía y su Estado desde hace muchos años con la finalidad de destruir procesos organizativos, tanto revolucionarios como resistencialistas. El paramilitarismo también ha servido para realizar funciones de “ejércitos particulares o privados” tanto de la burguesía como de los cacicazgos políticos regionales para enfrentar a las disidencias políticas o, incluso, a las insurgencias armadas sin que, aparentemente, el Estado tenga que ver directamente en esta política de guerra y represión contra el proletariado y estratos populares. El paramilitarismo es una medida contrainsurgente que se inserta en la política de GBI y de terrorismo implementada por el Estado contra la clase obrera que se organiza y lucha.
Ante este desolador panorama gran cantidad de organizaciones políticas, sociales y de derechos humanos han denunciado por años esta táctica asesina del Estado y han logrado generar la presión política suficiente para situar este tema en la opinión pública, tanto del país como del extranjero, logrando con ello visualizar tan lamentable realidad. Sin embargo, el Estado aprende rápido y ahora su política de paramilitarismo es disfrazada de “delincuencia organizada”; esta situación le permite confundir a gran parte de la población. Es una coartada que le ha funcionado para ocultar su política de guerra y represión contra el pueblo.
Y es que hablar de “delincuencia organizada” es dar la apariencia de que ésta es una fuerza despolitizada y externa al Estado, o sea, una expresión que, en apariencia, “el Estado ha sido incapaz de combatir de manera adecuada y se le ha salido de las manos”. Complementa esta idea la aparente “infiltración de la delincuencia organizada en los diferentes niveles de gobierno”, de ello se desprenden nociones tales como “Narco-Estado” o “Estado infiltrado por el narco”, por ejemplo.
Consideramos que la realidad no es así. Admitir la idea de la “infiltración” es, primeramente, aceptar que la función del Estado burgués es garantizar justicia y seguridad a la sociedad, algo así como un árbitro neutral que concilia las contradicciones entre la burguesía y el proletariado –situación a todas luces falsa, como hemos visto–, pero que “en este momento histórico, producto de la corrupción, la impunidad y el tráfico de influencias, el Estado ha sido infiltrado por los intereses de la delincuencia organizada y ahora opera como un Narco-Estado”, cuestión que no pocas veces han “analizado” los medios de propaganda burgueses.
Es el conocido subterfugio de la “corrupción” como origen de todos los males. Entonces, con estas definiciones, tendríamos que aceptar que el gobierno ha sido infiltrado por corrupto. De lo que se deduciría que el “Estado ha sido corrupto, incapaz de autocontrolarse y por ello el narco sigue creciendo e influyendo en las decisiones de gobierno”. De esta lógica se desprendería que “con un gobierno incorruptible, ajeno a los intereses de la clase política tradicional y con reformas jurídicas y sociales las cosas podrían cambiar, pero como han sido tantos años del régimen de privilegios e impunidad, costará más tiempo limpiar la corrupción en el gobierno y de las fiscalías” (¿nos suena de algo?).
Desde nuestra percepción estos razonamientos son falsos. El Estado no es el garante de la paz, ni de la justicia, ni de la seguridad social. El Estado es el aparato de dominación de la burguesía sobre el proletariado y sectores subordinados; el derecho positivo que lo edifica no es otra cosa que la forma en que se organiza su poder político; el derecho penal como una técnica de control social con fines represivos –y como ejemplo tenemos a cientos de presos, ejecutados y desaparecidos por motivos políticos en el país–. Así que el Estado toma partido y ejerce la violencia de la clase dominante para garantizar sus intereses económicos, políticos e ideológicos.
El problema fundamental no es la “corrupción del Estado”, el problema fundamental es el carácter histórico del Estado actual, y su carácter es plenamente burgués, su función histórica es mantener el poder y los intereses de acumulación de riqueza de la burguesía por todos los medios, consensuales o coercitivos. Así podemos afirmar que el Estado no fue “infiltrado” por el narcotráfico, ni es un “Narco-Estado”; Estado y narcotráfico actúan orgánicamente, el narco –como todo paramilitarismo– es creación de aquel y actúa como elemento de aseguramiento de los intereses ideológicos, políticos y económicos del imperialismo: «El narco no florece ante la ausencia del Estado o cuando este resulta “fallido”, por el contrario, las empresas criminales requieren del Estado para su pleno funcionamiento, de la complicidad de funcionarios de todos los niveles del aparato estatal, políticos, gobernantes, burócratas, jefes policiales y militares, etc. Por ello los afanes de las empresas criminales superan en muchos casos el mero interés mercantil, les importa convertir su poderío económico y comercial en poder político, se trata, en muchos casos, de burgueses que buscan adueñarse de espacios de poder en lo local y regional y lo hacen no sólo mediante la violencia directa contra sus competidores inmediatos, sino también, al estilo de las empresas legales, mediante la incidencia directa o indirecta en las elecciones y gobiernos locales, hostigando a defensores de los derechos humanos y a periodistas, violentando a vecinos organizados, etc. Es el Estado el que con su acción u omisión configura el espacio propio del narco, la frontera entre lo legal y lo ilegal aparece como el terreno donde las empresas criminales despliegan la violencia y el terror social que les permiten asegurar rentas monopólicas y poder político.» [9]
¿Cómo enfrentar esa violencia? ¿qué podemos hacer?
Primero, nosotros pensamos que no se puede mirar para otro lado mientras el proletariado y los sectores populares somos masacrados por la depredación imperialista. No debemos eludir la responsabilidad histórica de transformar revolucionariamente nuestra realidad, una realidad de despojo, violencia, abandono y marginación, como hemos podido ver. No debemos ser indiferentes ante el sometimiento y el expolio a que son sometidas las clases trabajadoras, mucho menos al atraso ideológico y político del proletariado que se encuentra sometido a los mezquinos propósitos de la burguesía imperialista. Creemos firmemente que, quienes reivindicamos la ideología y la teoría revolucionarias –el marxismo, por supuesto–, los comunistas, debemos cuestionarnos seriamente si queremos luchar sólo por remozar el estado actual de cosas a través de reformas o si de verdad queremos anular y superar todo lo existente para construir un mundo mejor. De responder honestamente esta disyuntiva podrán emanar las tareas que debemos realizar para revolucionar nuestra sociedad.
El problema de las desapariciones forzadas y del paramilitarismo es muy grave y seguramente nos interpela a hacer algo para tratar de remediar esta situación. Pero como podemos ver, esta problemática es irresoluble bajo el capitalismo; por más que nos empeñemos en solucionarlo es imposible si no barremos con todas las relaciones sociales que estructuran este sistema de opresión burguesa. Nosotros consideramos que el problema más urgente, de fondo, que debemos comenzara resolver, es cómo enfrentar todo este sistema de dominación con posibilidades reales de vencerlo. En este sentido, debemos apuntar nuestros esfuerzos de lucha contra esa poderosa máquina especial de represión: el Estado. Nunca dejaremos de insistir que el Estado burgués «es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del “orden” que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases.» [10]
Vistas así las cosas, lo urgente no es cómo enfrentar al paramilitarismo –aunque efectivamente resulte intolerable su acción criminal–, para ello colectivos y organizaciones de búsqueda y hasta de autodefensa se las apañan para intentar resistir sus criminales embates. Creemos firmemente que de lo que se trata es de cómo enfrentar al Estado burgués, pues de él depende todo el entramado de dominación ideológica y política sobre el proletariado. Así las cosas, es necesario comprender que el Estado burgués sólo puede ser destruido mediante la revolución, no hay otro camino, no hay otra manera.
Sin embargo, el avance hacia un proceso revolucionario se muestra lejano e incierto. Esto debido al grado de consolidación del capitalismo y sus instituciones y, sobre todo, a la forma en que la burguesía –mediante el Estado– ha integrado al proletariado a las relaciones burguesas tanto ideológicas como políticas y económicas. Así, la burguesía es quien dota de direccionalidad a la clase obrera sirviéndose particularmente de la aristocracia obrera que funciona como correa de transmisión de los intereses capitalistas en el seno del movimiento obrero, convirtiéndose en un dique infranqueable para que el proletariado desate su potencial revolucionario.
Lamentablemente, los comunistas poco hemos logrado incidir para que la situación sea diferente. El atraso político e ideológico del proletariado es, fundamentalmente, responsabilidad de los comunistas quienes nos hemos mostrado impotentes para generar movimiento revolucionario, y nuestra “acción política” siempre termina a la retaguardia del movimiento espontáneo de las masas. Los comunistas hemos sido incapaces de incidir en el proletariado para transformarle en movimiento revolucionario.
Como podemos ver, la historia reciente del comunismo es de crisis, de derrota, que se evidencia en el sometimiento de los comunistas a la espontaneidad de su clase. Aunque nominalmente nunca han dejado de existir organizaciones y colectivos que nos reivindicamos comunistas; el comunismo, como ideología revolucionaria del proletariado, realmente ha desaparecido del combate desde hace mucho tiempo dejando, con ello, sometida a la clase obrera a su espontaneidad.
Esta época del imperialismo ha permitido a la burguesía refinar sus métodos de dominación ideológica, particularmente a través de las reivindicaciones económicas del proletariado, consolidando su hegemonía con una fuerza nunca antes vista.
Las gigantescas ganancias que obtiene la burguesía monopolista permite que una pequeña parte de ellas se distribuya en ciertos sectores del proletariado para convertirlos en agentes de la dominación burguesa; este es el primer obstáculo con que se topa la lucha espontánea reivindicativa (incremento salarial, mejora contractual, legalidad laboral, democracia sindical, etc.) de la clase obrera en la actual fase de desarrollo del imperialismo y, en consecuencia, también es óbice para los comunistas.
Es así que en la época del imperialismo, el sindicalismo, el reformismo u otras expresiones políticas que aparecen como un movimiento proletario genuinamente espontáneo son dirigidas, en realidad, por la aristocracia obrera, por la burguesía o por la pequeñaburguesía. Éstas usan al proletariado como herramienta política, como carne de cañón, para renegociar prebendas y ajustar cuentas entre ellas. Pero a pesar de lo que muchos comunistas creen, este movimiento espontáneo-reivindicativo no representa avance alguno en la construcción de su conciencia revolucionaria, sino que en realidad evidencia falta de dirección comunista, lo que ocasiona que tal movimiento termine reproduciendo también la ideología burguesa y se condene a su disolución prácticamente inmediata.
La expresión de la lucha espontánea-reivindicativa es el sindicato: «Hoy, los sindicatos mayoritarios son organismos plenamente burgueses, entidades subsidiarias del Estado. He aquí la razón por la que, en los últimos treinta años, el espontaneísmo proletario se ha manifestado con mayor vigor en sus emanaciones extralaborales. Y el Movimiento Comunista, encasillado todavía en métodos caducos de organización, ha intentado darle una explicación irónicamente reformista al reformismo laboral. Los sindicatos habrían sido “corrompidos”, su dirección comprada por la burguesía, y, en consecuencia, la solución pasaría por tomar por asalto estas organizaciones. Las mariscadas de la cúpula sindical, si son contrapuestas a la miseria de los trabajadores, parecen dar cuenta de ello. Pero esto es sólo una apariencia. Si los sindicatos no representan los intereses del proletariado raso y se dedican a aplastarlo a cambio de grandes dosis de ácido úrico no es por traición, sino por lealtad a su clase. Sucede que ésta no es la proletaria.» [11]
Comprendiendo así las cosas, es posible afirmar que el proletariado seguirá siendo incapaz de cumplir su misión histórica revolucionaria de emancipar a la humanidad si se muestra exclusivamente ocupado en sus estrechos intereses gremiales, si se limita únicamente a luchar por mejorar su propia situación económica, y sobre todo, si los comunistas seguimos a la zaga del sindicato, a la retaguardia de la lucha económica reivindicativa y renunciamos abiertamente a luchar por la revolución proletaria y por la destrucción del Estado burgués y la instauración de la Dictadura de Proletariado [12].
Algunas tareas urgentes para los comunistas
Por todo lo anterior, afirmamos que resulta evidente que la crisis del movimiento comunista internacional ha dejado en la orfandad al proletariado quien, en medio de la confusión y la desorientación en sus propias luchas espontáneas, no ha logrado constituirse como el sujeto revolucionario que con su propia emancipación, liberará a toda la humanidad de la explotación y la opresión.
Es posible que la clase obrera busque un referente que guíe su acción transformadora, pero no encuentra a ese destacamento revolucionario que le conduzca a su emancipación, terminando entonces postrado ante las propuestas reformistas y oportunistas que sólo le afianzan a la ideología burguesa; y no encuentra ese referente revolucionario sencillamente porque no existe en la actualidad. Y, sin embargo, a pesar del crítico atraso del proletariado, existe un segmento de comunistas consecuentes que, lamentablemente, poco o nada han incidido en sacar al proletariado de su postración. No tenemos duda que estos comunistas –solos o agrupados en colectivos– han estado dispuestos a continuar la lucha contra el capitalismo pero ante la crisis ideológica y política en la que se encuentra sumergido el movimiento comunista su acción se convierte en parálisis permanente (aunque se “hagan muchas cosas” del activismo político) que sólo les hace retroceder sin posibilidades reales de desafiar seriamente al Estado burgués y al capitalismo mismo.
Los comunistas nos hemos entregado a los pulsos espontáneos de las masas, sin perspectiva estratégica, aislados, fragmentados debido a una desconexión total con las luchas del proletariado. A pesar de nuestros esfuerzos, ningún comunista (o grupo de comunistas) puede reclamar para sí la representación del marxismo-leninismo en México. Ciertamente, muchos comunistas participamos en las actividades políticas del país a través de distintas agrupaciones gremiales o políticas, en pequeños colectivos o de manera individual sin abandonar nuestras convicciones, pero al carecer de un lineamiento político correcto, nos vemos en la imposibilidad de avanzar en nuestra unificación a través del desarrollo ideológico, político y organizativo en función de las tareas revolucionarias que deberíamos realizar.
Actualmente, el movimiento comunista se encuentra lastimosamente subyugado por el oportunismo y el reformismo, los que han cumplido cabalmente la tarea de llevar a la ruina la praxis revolucionaria, empujando las luchas proletarias a la esfera del legalismo y, fundamentalmente, del sindicalismo que no son otra cosa que la política bueguesa dentro del movimiento obrero. Gran parte de las organizaciones comunistas terminan reafirmando al proletario como capital variable, proveyendo contundencia ideológica a la esfera reformista del Estado burgués, lo que se objetiva históricamente en las concesiones económicas que otorga –a veces por su voluntad, a veces de mala gana– al proletariado organizado en torno a sus demandas inmediatas. Con esta práctica aparentemente “progresista”, el oportunismo y el reformismo afianzan la postración de la clase obrera ante las relaciones capitalistas y ante la aristocracia obrera, facilitando con ello la corporativización de las masas por el Estado y, desde luego, la amputación de su carácter revolucionario.
Estas condiciones en que se encuentra el movimiento obrero se objetivan justamente en los comunistas que, imbuidos en el practicismo más grosero o en el teoricismo más estéril, abandonan de manera general –a veces de manera inconsciente y muchas otras complacientemente– la lucha revolucionaria circunscribiéndola a luchas de resistencia que terminan por profundizar aún más su debilidad y dispersión. Los comunistas hemos perdido el rumbo leninista y nos hemos dedicado a reproducir las formas y maneras de hacer política que aprendimos de nuestros predecesores, llenas de actividades artesanales, floclorismo y seguidismo; con ello, terminamos ahogados en las minucias del sindicalismo y del movimiento espontáneo de las masas. Con estos desastrosos y desalentadores resultados producto de la crisis general del comunismo, el proletariado está desarmado ideológica, política y organizativamente situación que evidencia la grave crisis de su conciencia de clase.
Por todo lo anterior, se hace ineludible el desarrollo consciente de las siguientes tareas inmediatas:
- Los comunistas debemos abandonar la dinámica del movimiento espontáneo del proletariado y realizar la tarea primordial de elaboración teórica, asimilando conscientemente la doctrina comunista a través de la experiencia histórica de la Revolución Proletaria Mundial, así como el análisis del desarrollo actual del capitalismo. En otras palabras, los comunistas primeramente debemos separarnos del movimiento espontáneo de la clase obrera para dedicarnos de forma basta y profunda en asimilar la teoría comunista a través de la investigación y síntesis crítica de la historia de los procesos revolucionarios del proletariado; así como el desenvolvimiento histórico del capitalismo y sus contradicciones. Una vez recuperada y asimilada críticamente esta experiencia histórica del proletariado revolucionario, podremos insertarnos en la clase obrera desde una correcta línea de masas.
- Los comunistas debemos realizar un arduo y profundo trabajo agitativo y de difusión de la teoría marxista. Esta tarea de propaganda debe estar enfocada a aquellos elementos más avanzados del proletariado, a aquellos que aspiran a desarrollar un nivel de consciencia elevado; comunistas que participan en alguna organización revisionista o que carecen de ella. La propagación de la teoría revolucionaria tiene como finalidad inmediata re-situar hegemónicamente al marxismo como la teoría revolucionaria que es.
- Los comunistas debemos luchar por lograr el esclarecimiento ideológico y el análisis objetivo del capitalismo actual, lo cual sólo se puede lograr en lucha ideológica contra el revisionismo y con la mira puesta en reconstituir los vínculos ideológicos, políticos y organizativos con las masas proletarias: «La única línea marxista en el movimiento obrero mundial consiste en explicar a las masas que la escisión con el oportunismo es inevitable e imprescindible, en educarlas para la revolución en una lucha despiadada contra él» [13].
- El desarrollo de estas tareas urgentes e inmediatas tiene como objetivo cristalizar la unidad ideológica y la compactación de los comunistas más avanzados que tengan la voluntad de separarse del practicismo espontaneísta y centrarse en la discusión, análisis, debate, crítica y reorganización de un auténtico destacamento revolucionario. Es por ello que, fundamentalmente, nuestra propaganda y agitación debe ser dirigida a esos comunistas más avanzados. Para cristalizar esta compactación de comunistas consecuentes y avanzados es necesario despojarnos de todo fetiche en torno a siglas de organizaciones pasadas o presentes y en torno a la aceptación acrítica de tal o cual experiencia histórica revolucionaria del pasado; sólo las exigencias ideológicas y políticas, en suma estratégicas, de este proceso de reorganización comunista serán la auténtica ruta de una futura constitución del destacamento de vanguardia del proletariado revolucionario: el Partido Comunista.
Notas:
[1] La Guerra de Baja Intensidad (GBI) es una doctrina contrainsurgente desarrollada y perfeccionada a partir de las guerras intervencionistas estadunidenses desatadas en la segunda mitad del siglo XX. La GBI se dirige fundamentalmente contra movimientos y gobiernos revolucionarios. Esta doctrina se implementa cuando en el conflicto bélico no puede ser eliminado el “enemigo” por medio del exterminio físico, esto debido al gran respaldo popular que lo sustenta. Este tipo de guerra se presenta como una opción menos costosa en términos políticos, económicos y militares; es una estrategia más completa o integral para enfrentar y superar los conflictos que cuestionan y cimbran el sistema de dominación. La GBI tiene una estrategia que combina aspectos militares, políticos, económicos, psicológicos y de control de población. Esta guerra “alternativa” también tiene como parte de su estrategia la promoción de movimientos contrarrevolucionarios como punta de lanza para resolver el conflicto. En este sentido una de las principales distinciones de este tipo de conflictos con las guerras convencionales es el tipo de fuerzas que se emplean y la estrategia que las estructura y organiza. Muchas veces este tipo de fuerzas son de corte paramilitar: «En una guerra de este tipo, la formación de grupos paramilitares se traduce en una necesidad casi imperiosa para los gobiernos que desean anular la base social de su adversario. Su función suele ser doble: lograr legitimidad de las fuerzas armadas en la población y causar debilitamiento político en la fuerza enemiga. Uno de los resultados buscados es el incremento de los conflictos y diferencias organizativas a modo de que se enfrenten entre sí los grupos antagónicos internos; caos del que en el momento propicio se aprovechará la parte promotora para aniquilar al adversario rebelde política y militarmente». La GBI tuvo su etapa de plena madurez en los conflictos centroamericanos (Guatemala, El Salvador y Nicaragua) donde el paramilitarismo jugó un papel sustancial en la desarticulación de los movimientos populares y en la instauración del terror como mecanismo de inmovilismo político y social. Cfr. Bermúdez Lilia, Guerra de Baja Intensidad. Reagan contra Centroamérica, México, Siglo XXI, 1989.
[2] Lenin ha caracterizado a la aristocracia obrera a partir de las reflexiones de Federico Engels sobre el aburguesamiento de un segmento del proletariado inglés. Engels distingue entre una «pequeña minoría, privilegiada y protegida», en especial miembros de los «viejos y conservadores sindicatos» por una parte, y la «gran masa obrera» en la otra: «En la práctica el proletariado inglés se está aburguesando cada vez más; de modo que esta nación, la más burguesa de todas las naciones, aspira aparentemente a tener una aristocracia obrera y un proletariado burgués además de una burguesía. Para una nación que explota al mundo entero, esto es, naturalmente, hasta cierto punto justificable» (Engels, F. La situación de la clase obrera en Inglaterra).
De esta reflexión, Lenin profundiza –en Imperialismo, fase superior del capitalismo– argumentando que «la exportación de capital proporciona unos ingresos de entre ocho y diez mil millones de francos anuales, a precios anteriores a la guerra y según las estadísticas burguesas de entonces. Naturalmente, ahora los rendimientos son mucho mayores. Es evidente que una súper ganancia tan gigantesca (ya que los capitalistas se apropia de ella, además de que la exprimen a los obreros de su “propio país”). Y esto es justo lo que están haciendo los capitalistas de los países “avanzados”, corrompiéndolos de mil diferentes maneras, directas e indirectas, abiertas y ocultas. Esta capa de obreros aburguesados, o “aristocracia obrera”, completamente pequeños burgueses en cuanto a su manera de vivir, por la cuantía de sus emolumentos y por toda su mentalidad, es el apoyo principal de la II Internacional, y, hoy día, el principal apoyo social (no militar) de la burguesía. Pues estos son los verdaderos agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero, los lugartenientes obreros de la clase capitalista, los verdaderos portadores del reformismo y del chovinismo».
Ahora bien, el contenido y la forma actual de la lucha sindical otorga la razón a Lenin, pues ésta obedece estrictamente a los intereses de la aristocracia obrera que se encuentra integrada ideológica y políticamente al pacto de Estado. O sea, la lucha sindical mantiene al proletariado de base en posición pasiva y al margen de la lucha política. La mayor prueba de esto es la forma en que los sindicatos se encuentran plenamente integrados en el aparato político-administrativo del Estado, integración pactada previamente entre la burguesía y la aristocracia obrera.
[*] Decimos selectiva porque se puede apreciar como esta política de represión está dirigida muy concretamente a sectores sociales que han resultado “incómodos” para el Estado: jóvenes proletarios reclutados de manera forzosa para el sicariato de las organizaciones paramilitares llamadas “delincuencia organizada”, ciertos activistas en defensa del territorio, integrantes de organizaciones de madres y padres buscadores de personas desaparecidas, integrantes de organizaciones sociales, periodistas y hasta militantes de organizaciones político-militares.
[3] Engels, Federico. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
[4] Lenin, V.I. Imperialismo, fase superior del capitalismo.
[5] El colectivo GeoComunes ha realizado un mapa interactivo que permite visualizar información actualizada sobre amenazas a los bienes comunes en México. Consultar: https://geocomunes.org/
[6] Consultar: “20/32: el movimiento obrero que impactó en Matamoros”, en Pie de Página: https://piedepagina.mx/20-32-
[7] Consultar: “Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y el Agua de Morelos, Tlaxcala y Puebla (FPDTA-PMT)”, en Pbi México: https://piedepagina.mx/20-32-
[8] Son muchas la investigaciones que dan cuenta de la incidencia de los “cárteles del narcotráfico” en las zonas que presentan conflictos en torno a la construcción de proyectos económicos imperialistas. Aquí sugerimos algunas de estas lecturas:
Azamar Alonso, Adela (coordinadora), Disputa por los bienes naturales. Militarización y fuerzas armadas en México, México, Terracota, Universidad Autónoma Metropolitana, 2023.
Rodríguez Wallenius, Carlos A. “Proyectos autonómicos de las resistencias socioambientales contra las obras de infraestructura en el sureste de México”, en Revista Veredas, núm. 44, Universidad Autónoma Metropolitana – Xochimilco, México, 2022, pp. 95-113.
Tejiendo Organización Revolucionaria, “Desgarrar y fragmentar al pueblo. La estrategia de guerra capitalista”, en Revista Palabras Pendientes, núm. 13, México, 2018, pp. 16-23.
Zavala, Oswaldo. Los cárteles no existen. Narcotráfico y cultura en México, México, Editorial Malpaso, 2018.
Zavala, Oswaldo, La guerra de las palabras. Una historia intelectual del narco en México, México, Debate, 2022.
[9] Tejiendo Organización Revolucionaria (TOR), Militarización, guerra contra el pueblo y empresas criminales en México, junio de 2024, consúltese en: https://tejiendorevolucion.
[10] Lenin, V.I. El Estado y la revolución.
[11] Kursant. Las tareas de los comunistas, consúltese en: https://kursant.website/las-
[12] «La Comuna de París tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento. (…)
En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, es un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, lo mismo que hizo la Comuna de París, no podrá por menos de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entre tanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo este trasto viejo del Estado.
Últimamente, las palabras “Dictadura del Proletariado” han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber que faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la Dictadura del Proletariado!».
(Engels, Federico. Introducción a la guerra civil en Francia.)
[13] Lenin, V.I. El imperialismo y la escisión del socialismo.