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Clase obrera y proceso político en Bolivia

Fuentes: Rebelión

Hace cinco meses, estando yo en Tarija participando en un foro debate sobre el proceso político en Bolivia -proceso al que denominamos Revolución Democrática y Cultural- uno de los asistentes me preguntó si era posible profundizar esta revolución política hacia una revolución económica y social sin la participación de la clase obrera. Le respondí inmediatamente […]

Hace cinco meses, estando yo en Tarija participando en un foro debate sobre el proceso político en Bolivia -proceso al que denominamos Revolución Democrática y Cultural- uno de los asistentes me preguntó si era posible profundizar esta revolución política hacia una revolución económica y social sin la participación de la clase obrera. Le respondí inmediatamente que no, que para consolidar un período de transición hacia la construcción de una nueva forma de socialismo comunitario, es imprescindible la participación obrera dentro del bloque social revolucionario que gestó este proceso de transformaciones allá por el año 2000 en la denominada guerra del agua, cuando comenzó a derrumbarse el neoliberalismo.

Aquella pregunta era muy pertinente porque en ese momento, mayo del 2013, estaban en pleno auge las movilizaciones por la Ley de Pensiones que convocó la dirigencia de la Central Obrera Boliviana contra el gobierno de Evo Morales. Fuertemente influenciados por tendencias políticas de ultraizquierda aglutinadas en el denominado «Partido de los Trabajadores», los cobistas cometieron un error garrafal al movilizar a la base laboral con afiebrados discursos en los que se llegó a proponer el reemplazo de Evo por «otro gobierno», tal como afirmó un dirigente del magisterio urbano de Santa Cruz.

Esta orientación maximalista llevó a la COB inexorablemente al fracaso, ya que la huelga y las movilizaciones nunca lograron respaldo popular y al final la dirigencia sindical tuvo que retroceder casi como en desbandada. La desviación que llevó a la derrota tuvo por origen la caracterización que la ultraizquierda hace del actual gobierno como «burgués y proimperialista», una falacia simplificadora propia de las corrientes políticas de matriz ideológica limitadamente clasista y obrerista, lo que les impide comprender el abigarramiento de la formación social boliviana, cuyo análisis debe hacerse en clave compuesta de nación y clase.

El actual proceso de cambio se constituye por el despliegue dinámico de la lucha de clases sociales al interior del capitalismo que se combina, a momentos en forma contradictoria, con la lucha histórica de las naciones originarias contra el colonialismo interno. Esa es la naturaleza dialéctica de este proceso en el que las tendencias estructurales anticapitalistas y anticolonialistas, que se expresan en la acción política de clases explotadas y naciones oprimidas, posibilitan la transformación revolucionaria de las relaciones económicas de explotación, de las relaciones políticas de exclusión y de las relaciones culturales de opresión. Aunque siempre existe el riesgo de que este curso de transformaciones, debido a presiones externas, fragmentaciones internas o por concesiones programáticas, se agote o se revierta.

Volviendo al conflicto con la COB, luego de su desenlace el gobierno se planteó la tarea de recomponer rápidamente su relación con los sectores obreros, al mismo tiempo que los trabajadores de base comenzaron a ajustar cuentas con las dirigencias ultristas dentro de los sindicatos. Esto es lo que acaba de ocurrir en el Sindicato Mixto de Trabajadores Mineros de Huanuni, una organización emblemática porque en ese distrito ubicado en el occidental departamento de Oruro está la mayor concentración de proletarios de todo el país. Son cuatro mil quinientos mineros que habían elegido hace más de un año a una directiva sindical radicalmente confrontada con el gobierno. Esta directiva protagonizó la huelga de mayo, el bloqueo de carreteras en Caihuasi y la voladura de un puente ubicado en esa localidad. Hoy, debilitada y aislada, esa ultraizquierda que por un tiempo se había encaramado en el Sindicato Huanuni, terminó defenestrada por una masiva asamblea general de los trabajadores, que decidieron también aprobar la construcción de un nuevo pacto político de unidad con el gobierno de Evo Morales.

No cabe duda que tal reposicionamiento obrero tendrá un fuerte impacto en el futuro del PT pues este instrumento político ha perdido ya su columna vertebral; se sentirán los efectos también en la orientación de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia y en la propia COB.

Veamos otro sector, el de los trabajadores en construcción. Este sector laboral es uno de los que más ha crecido en número debido al ciclo expansivo de las inversiones públicas y privadas en el rubro de nuevas construcciones de inmuebles. En las ciudades de Bolivia se pueden ver por todas partes edificios y complejos habitacionales en plena ejecución, lo que conlleva la contratación -como mano de obra eventual o a destajo- de gran número de trabajadores. Pero la organización sindical de este sector es débil y dispersa, en parte porque su dirigencia suele estar controlada por las grandes empresas constructoras, pero también por la escasa regulación que efectúa el Estado.

Esta docilidad de los sindicatos ha comenzado a cambiar en el último congreso nacional de la Confederación Sindical de Trabajadores en Construcción de Bolivia, que se efectuó en la ciudad de Santa Cruz. Allí los obreros constructores eligieron una nueva conducción sindical y definieron como tarea la sindicalización masiva y obligatoria de todos los albañiles, maestros y ayudantes, pasando de los acuerdos verbales con los patrones a contratos colectivos de trabajo en todas las obras en construcción. Será también una forma de superar la situación de «obreros informales» que es una de las peores herencias del neoliberalismo, en un país en el que menos del 20% de los trabajadores está sindicalizado.

En cuanto a los obreros fabriles, fue uno de los sectores más duramente diezmado por los despidos masivos, eufemísticamente llamados «relocalizaciones» por el decreto supremo 21060 de agosto de 1985. Después el sector fabril fue sometido por casi dos décadas a las políticas de flexibilización laboral del neoliberalismo, cuyo objetivo era disminuir las cargas laborales en favor de las ganancias del capital.

Hoy el sector fabril pasa por momentos de rápida reorganización sindical lo que ha permitido potenciar a la Confederación General de Trabajadores Fabriles de Bolivia. Pero aún resta consolidar la organización de nuevos sindicatos, especialmente en las ciudades de El Alto y Santa Cruz, las dos mayores concentraciones de fábricas industriales de Bolivia.

La importancia de que los sectores obreros se reincorporen al proceso de transformaciones acordando una agenda programática con el gobierno de Evo Morales, radica no solamente en que permitirá cohesionar una fuerte base laboral de apoyo, sino también en que fortalecerá a las tendencias antiimperialistas y revolucionarias del proceso. La agenda programática a la que nos referimos podría contemplar los siguientes aspectos: 1) Una nueva Ley General del Trabajo que, preservando los avances logrados en la ley actual, permita avanzar en nuevos derechos para los trabajadores, 2) Una campaña nacional de sindicalización masiva en todos los sectores que carecen de organización propia, 3) El fortalecimiento del sector social y comunitario de la economía, en alianza con el sector estatal nacionalizado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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