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Crítica al esquematismo maniqueo

Fuentes: Rebelión

          Dedicado a Raquel Gutiérrez Aguilar, guerrillera y combatiente comunitarista, feminista y descolonizadora. Inventora de Comuna, que fue producto de su pasión, su dedicación, su convocatoria, así como de sus jaladas de oreja. A esta luchadora indomable y escritora desbordante.                       […]


 

 

 

 

 

Dedicado a Raquel Gutiérrez Aguilar, guerrillera y combatiente comunitarista, feminista y descolonizadora. Inventora de Comuna, que fue producto de su pasión, su dedicación, su convocatoria, así como de sus jaladas de oreja. A esta luchadora indomable y escritora desbordante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Jucio» maniqueo

Asistimos desde hace un buen tiempo a una reducción juzgadora que llamaremos maniqueísmo. Decimos que se juzga, pues se ha sustituido el análisis por el juicio, en el sentido de condena, no en el sentido racional. Para este maniqueísmo el mundo se divide entre buenos y malos, entre justos e injustos, entre realistas y utopistas, entre amigos y enemigos; en fin, la lista puede ser larga. Entonces los maniqueos se colocan del lado de los buenos, de los justos, de los realistas, de los amigos; los demás son condenados. El gobierno ha hecho gala de este maniqueísmo, llevándolo al extremo de la vulgarización; la llamada oposición de derecha también lo hace, reclamándose de institucionalista y defensora del Estado de Derecho; incluso las izquierdas, sobre todo tradicionales, son maniqueas, cuando anteponen su proyecto «revolucionario» como valedero, desconociendo y desechando lo que ocurre efectivamente, descalificando la crítica. Una de las formas de expresión del maniqueísmo se muestra en la simple hipótesis de la teoría de la conspiración; el supuesto es que hay grupos de conspiradores que dirigen la historia; de aquí se deduce la conclusión de que hay traidores; en nuestro caso se dice que hay traidores del «proceso» de cambio. Entonces toda la explicación histórica se reduce a personas, al problema de las personas, de lo que son y de lo que no lo son. Esta explicación maniquea de la teoría de la conspiración se parece al guión de una novela, pero sin los atributos literarios e intuitivos de la novela.

El acontecimiento político es complejo, supone multiplicidades de singularidades, por lo tanto de posibilidades; no puede reducirse a la perspectiva insuficiente del realismo político, menos al cuento sospechoso de la teoría de la conspiración. El decurso de un «proceso» no depende de personas, de lo que hagan o dejen de hacer, sino que se encuentra «producido», por así decirlo, por múltiples composiciones, juegos, interrelaciones, que podemos identificar hipotéticamente como «estructuras», puestas en práctica, puestas en escena, alianzas, relaciones, intereses, conflictos. Dicho en términos resumidos, no aconsejables para tratar la complejidad, en relación a la incidencia en el «proceso», nos enfrentamos a «estructuras» y mapas institucionales, a subjetividades constituidas, a relaciones enquistadas y dominaciones internalizadas. De lo que se trata, con el objeto de incidir en el acontecimiento, es de desmantelar estas composiciones, estas «estructuras», estas instituciones, de suspender las relaciones enquistadas, estas relaciones de dominación internalizadas. Ahora bien, estas tareas no se efectúan solas, como vanguardias incomprendidas, insufladas de gran voluntad. Las incidencias son posibles si se logra compartir perspectivas críticas y voluntades de cambio con los colectivos sociales, si se participa en las dinámicas moleculares sociales, que son como la materialidad social e histórica de la alteratividad y de creación de alternativas. De lo que se trata entonces es de compartir, convivir, con las dinámicas moleculares, buscando que su alteratividad micro-social, se convierta, en un momento, en alteratividad molar, transformando las instituciones y las «estructuras», ocasionando nuevas composiciones a escala molar.

¿Qué queremos decir con todo esto? Que los llamados «procesos» políticos y sociales, encaminados a transformar, no se dan por los buenos deseos de las vanguardias, ni tampoco como resultado de una estrategia «revolucionaria», se dan como acontecimientos en momentos de crisis múltiple del Estado, de las representaciones, de los valores institucionalizados, obviamente en el contexto de la crisis orgánica del capitalismo, dependiendo de su ciclo vigente. Lo que se experimenta como «proceso» es lo que compartimos como acontecimiento; no se trata de que sea una condición dada, como en el caso de las hipótesis del realismo político, sino de una complejidad, la misma que hay que comprender y entender en sus dinámicas moleculares y molares. Por lo tanto, no es, de ninguna manera, pertinente, desentenderse del «proceso» experimentado, sino de vivirlo plenamente buscando romper las resistencias y los obstáculos históricos. Parafraseando nuevamente a Albert Camus, si las «revoluciones» caen en la decadencia, sufrir con ellas, sufrir el «proceso», no alegrarse de su decadencia, sacando lecciones de esta experiencia dramática. En otras palabras, de lo que se trata es de prolongar su decurso, buscando la oportunidad de realizar sus posibilidades y potencialidades.

 

El esquematismo «leninista»

Hay un maniqueísmo heredado en la izquierda tradicional, se reclame leninista, trotskista, maoísta, hasta estalinista; este maniqueísmo parte de dos reduccionismo evidentes. Uno de ellos es reducir la historia a las leyes económicas, lo que hemos llamado determinismo económico; considerar que la historia puede ser interpretada «dialécticamente»; esto quiere decir, interpretar la historia hegelianamente, como superación ininterrumpida de contradicciones; en la hermenéutica marxista, «dialéctica» entre fuerzas productivas y relaciones de producción. El otro reduccionismo es reducir la historia a un mito moderno, el mito del partido; el de que el partido «revolucionario» representa al proletariado, que es su consciencia para sí realizada. Este mito supone una imagen «metafísica» del proletariado; su referente no es el proletariado real, diverso, disperso o concentrado, articulado a su devenir clase, por lo tanto conectado por el tejido social de sus procedencias. Como dice Antoni Gramsci, proletariado vinculado a su fragmento territorial de clase. Este mito moderno supone que la historia está escrita; de alguna manera hay que esperar o mejor ayudar a que se cumpla el destino. La astucia de la historia cosiste en lo siguiente: la lucha de clases, concepto que corresponde al conflicto social, a los enfrentamientos y contradicciones sociales, desatadas desde la víspera, la alborada y su época inaugurada y extendida de la modernidad, es pensada como «dialéctica», donde la superación de la contradicción de clases se resuelve en el socialismo. Es decir, la superación «dialéctica» (Aufhebung) de la contradicción de clase principal, proletariado-burguesía, es el socialismo. La «dialéctica» de la historia marcha a ese decurso. Lo que hace el partido es hacer de partero.

La tesis leninista expresa claramente esta concepción de la historia y del papel protagónico, de vanguardia, del partido. Como dice Vladimir Ilich Lenin en el ¿Qué hacer?, la «ideología» revolucionaria, es decir, la consciencia de clase, se introduce desde el exterior de la clase, desde el partido, a una clase, el proletariado, que, en su lucha espontánea, encuentra sus límites en las reivindicaciones económicas. No accede a la lucha política, a la consciencia política, sino a través del partido. El partido es para Lenin la organización de los militantes profesionales, de los conspiradores revolucionarios, de los intelectuales imbuidos de la «ideología» revolucionaria. Ocurre como si el partido conociera la astucia racional de la historia y empujara su decurso, ayudando a hacer emerger la «revolución». Este es el mito de Prometeo actualizado, modernizado. Prometeo roba el fuego a los dioses para entregárselos a los hombres. El partido bolchevique «roba» a la providencia de la historia, que es la razón, su secreto, para entregárselo al proletariado. Sobre este mito moderno, el del partido revolucionario, se ha dado lugar una de las manifestaciones más patentes de lo que puede la voluntad, la condensación de la voluntad, la organización de la voluntad enfocada a la realización de un ideal. Al contrario de lo que los bolcheviques creen, en el determinismo económico, en la astucia de la historia, lo que ha mostrado la revolución de octubre es la capacidad de la voluntad, la fuerza de la voluntad, además de mostrar que la historia es una invención de la creatividad humana. Lo grandioso de este acontecimiento, la revolución rusa, comprendiendo su largo, mediano y corto ciclo, es mostrarnos de lo que es capaz la intrepidez humana. Contra todo pronóstico marxista, por lo menos del marxismo hasta la segunda internacional, del marxismo «occidental», la revolución proletaria se da en un país atrasado, como llamaba Lenin, semi-colonial, de aplastante mayoría campesina. En un territorio inmenso, conformado por las conquistas del imperio zarista; geografía que corresponde al eslabón más débil de la cadena de dominación capitalista, en su etapa imperialista. En otras palabras, la revolución socialista se da a pesar de la ausencia de las condiciones objetivas; débil composición industrial, herencia de lo que se nombra como «despotismo» asiático, incumplimiento de tareas democráticas, nacionalidades incorporadas al imperio. Como dijimos en otro texto, la revolución se da contra la historia y contra la realidad, como gasto heroico [1] .

Es difícil sostener que la revolución de octubre verifica las tesis marxistas; en primer lugar, por qué estas tesis son variadas y distintas. Empero, sólo quedándonos con las tesis leninistas; es difícil sostener que la revolución de octubre es el resultado del asenso del proletariado, asenso que corresponde a la «evolución» subjetiva de la consciencia de clase, que implica pasar de la conciencia en sí a la conciencia para sí, inoculada por el partido. La socialdemocracia, de ese entonces, marxista, no tiene incidencia en la revolución de 1905, que no deja de ser una revolución constitucional, una revolución democrática, que, empero, no logra realizarse completamente; se tiene que pactar con el zarismo y conformar una combinación política abigarrada. Las crisis vuelven a estallar con las huelgas obreras de 1914; hasta entonces el proletariado había crecido en las ciudades industriales, dónde el capital extranjero invertió cuantiosamente; sin embargo, el proletariado seguía siendo una minoría en un país demográficamente campesino. En estas condiciones no era concebible todavía una revolución socialista. Las condiciones históricas se pueden resumir, simplificando, en sus configuraciones política y económica panorámicas. Políticamente, la condición corresponde, en primer lugar, a un Estado monárquico, casi como una monarquía absoluta, Estado de un imperio zarista. Esta forma de Estado es reconocido, por cierta historiografía, como del «despotismo» asiático, asentado sobre un constitucionalismo abigarrado y pactado. Estado sustentado sobre un enorme ejército; empero ineficiente, en los contextos de la guerra moderna; contando con el gobierno de partidos liberales y monárquicos condescendientes; teniendo en frente a una gama de partidos socialistas, que dejaron en el recuerdo a la lucha heroica campesinista de los populistas rusos. Económicamente, usando el concepto de las tesis orientales (Lenin, Trotsky y Mao), la condición histórica de la economía, su caracterización, corresponde a la de un país cuyo perfil configura la composición de un capitalismo atrasado, de desarrollo desigual y combinado.

Es la primera guerra mundial la que va cambiar radicalmente la situación; la institucionalidad del imperio zarista se desmorona, la combinación democrática y monárquica se derrumba, un gigantesco ejército, por el número de soldados en combate, mayormente campesinos, se estanca en un frente también gigantesco. Cuando la crisis llega lejos, cuando el vacío político es evidente, en febrero de 1917, se conforman soviets, es decir consejos de soldados, campesinos y obreros. La coyuntura es la del poder dual, el doble poder; el institucional, que prácticamente no tenía fuerza, y el de los soviets, que conjunciona a las fuerzas reales y armadas del proletariado, los campesinos y los soldados. En los soviets no eran mayoría los bolcheviques, sino las otras conformaciones socialistas, los socialistas revolucionarios, entre ellos. En ese contexto, los kadetes, demócratas liberales, con sus alianzas circunstanciales, instauran un gobierno provisional revolucionario y convocan a la Asamblea Constituyente.

De abril a octubre de 1917 el proceso es dramático e intenso. Los aliados piden al nuevo gobierno continuar la guerra, los soldados querían paz, los campesinos tierras y el pueblo en general pan. El nuevo gobierno intenta con el general Kornilov una estrategia militar en el frente, empero fracasa. Ante el claro intento de continuar la guerra, el gobierno provisional se queda sin apoyo; la situación ya es prácticamente insostenible. Los alemanes, por su parte, pedían el retiro de Rusia de la guerra, para facilitarles la movilización y concentración de fuerzas en el frente occidental. Lenin lanza la consigna conocida de paz, pan y tierra, ganándose la simpatía de la mayoría de los soviets. Sin embargo, había que resolver un problema en el partido bolchevique, que siendo minoría en los soviets, deben ganar la convocatoria de la mayoría de estos consejos de obreros, soldados y campesinos; por otra parte, el partido no estaba convencido con la tesis de abril de todo el poder a los soviets, para resolver el dilema del poder dual. Lenin, si se quiere, se convierte en la vanguardia de la vanguardia. Trotsky, menchevique, asimilado a los bolcheviques, tiene el mandato de Lenin de preparar la toma del poder; tampoco está muy convencido. Casi todos los bolcheviques consideran que hay que esperar la maduración de las contradicciones. En octubre ya no hay movilizaciones de masas como en febrero, cuando efectivamente se derrumba la institucionalidad del imperio, como si fuese un castillo de naipes, tampoco hubo movilizaciones obreras como en julio, cuando cayeron 1700 obreros; las calles prácticamente están vacías, lo que se da es un golpe de Estado, como lo reconoce el mismo León Trostky e Historia de la revolución rusa [2] .

Viendo en perspectiva, retrospectivamente, y de una manera crítica, podemos decir que, en realidad, octubre es el momento donde se produce el evento cuando concluye la revolución de febrero. A principios de año, los barrios obreros de San Petersburgo toman la ciudad y los palacios, enfrentándose a la policía, contando con la simpatía o la neutralidad de los cosacos, después ganándose a los soldados, incluso a algunos oficiales. Es cuando se evidencia categóricamente el desmoronamiento del régimen y la institucionalidad zarista, cuando el zar Nicolás, perdido en su tren, es detenido en varias estaciones y se ve obligado a retroceder, hasta que es arrestado y obligado a abdicar al trono. Se instaura un gobierno provisional revolucionario, que tampoco cuenta con la aquiescencia de las fuerzas sublevadas, que se organizan en los soviets. Los soviets están representados por las distintas tendencias socialistas de obreros y soldados radicalizados. La revolución como tal se da en febrero, de febrero a octubre se vive el intenso dilema y contraste del poder dual. La habilidad de Lenin y Trotsky, no de todos los bolcheviques, es preparar el golpe de Estado para concluir definitivamente en quién queda el poder; en la institucionalidad ficticia representada en el Palacio de Invierno o en el partido bolchevique, que termina asumiendo la representación del proletariado, desplazando a los soviets, desplazando incluso a la coalición de partidos socialistas sobre las que se apoyó la revolución y los soviets.

Por eso, se puede decir, desde una perspectiva histórica, haciendo un análisis retrospectivo, que octubre también es el momento cuando se clausura la revolución, para ingresar a una etapa de la dictadura del partido, que habla a nombre de la dictadura del proletariado. Se trata del paso a la construcción de un Estado, no de transición, como el concebido por la dictadura del proletariado, sino permanente, rígido, militarizado, en constante defensa; primero, contra la guerra civil, cuando la intervención imperialista apoya a los «rusos blancos»; después, contra la amenaza imperialista constante, defendiendo la «patria socialista», aislada en un gigantesco territorio, heredado del imperio zarista. Sin embargo, la guerra civil permite llevar la «revolución» institucionalizada al resto de lo que van a ser las repúblicas socialistas de la Unión Soviética. La historia del «socialismo en un solo país» es la historia dramática de un mal entendido [3] . Mientras el proletariado real se sumerge en la expansión de la producción, la representación del proletariado emerge apoteósicamente como mito, el mito de la universalización de la misión del proletariado de la emancipación mundial del capitalismo, cuando es un partido de intrépidos el que se ha hecho cargo de las transformaciones, bajo la imposición de una férrea disciplina, que lleva más lejos el diagrama disciplinario de los estados occidentales del capitalismo y la modernidad. Se trata de un Estado policial absoluto que emprende la más rápida revolución industrial militarizada.

A fines de 1917, después de la toma del palacio de invierno, se dan las elecciones por la Asamblea Constituyente. Los resultados son ilustrativos de la composición de fuerzas elegidas, aunque no de la correlación de fuerzas en el campo político; los bolcheviques obtienen el 24% de la votación y de los escaños; la victoria corresponde al socialismo revolucionario, que obtiene el 40% del sufragio; los mencheviques obtienen el 2% de los escaños, el mismo porcentaje consiguen los Kadetes. Martin Malia dice que el 85% de los asientos electorales corresponde a las distintas corrientes socialistas; también dice que en la Asamblea Constituyente no hay preponderancia bolchevique, tampoco un claro reconocimiento del gobierno de los soviets. El 6 de enero de 1918 se dispone la dispersión de la Asamblea Constituyente; para tal efecto intervienen los marinos de la flota del báltico [4] . El argumento de Lenin es que la democracia de los soviets es superior a la democracia burguesa. Por este camino se termina optando por abandonar la democracia constitucional a nombre de la democracia de los consejos de obreros, soldados y campesinos; empero, el problema va a ser, que incluso, después, se abandona la democracia de los soviets por el comunismo de guerra, con la emergencia de la guerra civil. Cuando acaba ésta no se deja el comunismo de guerra, que concentraba y centralizaba el poder en el gobierno; los soviets no recuperan su potestad democrática proletaria; lo que ocurre es que el poder se transfiere al partido, del partido al comité central, del comité central a la dictadura de un hombre.

Haciendo una digresión, en la misma perspectiva histórica, de análisis retrospectivo, vemos que las proximidades de Lenin, Trotsky y Stalin, son grandes, a diferencia de lo que las corrientes polémicas posrevolucionarias lo creen. La base «ideológica» compartida es el leninismo de antes de la toma de decisión por la Nueva Política Económica (NEP); esta base «ideológica» puede resumirse a la tesis del partido y a la tesis teleológica de la confluencia histórica en la revolución socialista. Ambas tesis llevan a atribuir plenos poderes al partido en el gobierno; ambas tesis sostienen el comunismo de guerra, que va a ser la estrategia y política privilegiada a lo largo de la dramática historia de la Unión Soviética, intercambiando, por etapas, por distintas versiones de la NEP, que es la del capitalismo de Estado y de la convivencia con los compañeros de ruta, los campesinos, sobre todo los kulak, abriéndose al mercado, empero sosteniendo la industrialización forzada. Durante la NEP, Trotsky va ser opositor de izquierda a esta política, decidida por Lenin, en tanto que Bukharin, apoyado por Stalin, en ese entonces, va apoyar esta ruta, además de teorizar sobre ella, concibiendo la tesis, basada en la tesis de Preobrazenski, de la acumulación originaria del socialismo. Trostky propone una revolución industrial militarizada; es decir, la radicalización del comunismo de guerra. Cuando en 1929, Stalin asume la dirección del partido, decide retomar la ruta del comunismo de guerra y de la industrialización militarizada. Desde esta perspectiva, se puede decir que Stalin es un trotskista consumado; también se puede decir que el trotskismo, como corriente posrevolucionaria, es un leninismo consumado, llevándolo hasta sus últimas consecuencias, por lo menos imaginarias. En este periodo dramático de la revolución rusa, dos, hasta tres, expresiones, se desplazan desde bolchevismo o leninismo. Primero, son los obreros y marineros de Kronstadt, vanguardia de la revolución, que, una vez que termina la guerra civil (1921), una vez que son derrotados los «rusos blancos», piden devolver el poder a los soviets, demandan la democracia obrera, dejando el comunismo de guerra, que era comprendido como recurso provisional y de emergencia para afrontar la guerra civil. La respuesta va a ser represiva; el ejército rojo, comandado por Trotsky, masacra a los sublevados, considerados aliados del imperialismo. Segundo, es Bukharin, que del otro lado, en contraste con los marineros y obreros de Kronstadt, participa y teoriza sobre la ruta de la NEP. Tercero, es el mismísimo Lenin, que en su testamento, propone una revisión de la estrategia del comunismo de guerra y de la concepción del socialismo, apegada esta estrategia, concibe un socialismo basado en cooperativas. Esta apreciación puede parecer sorprendente; empero, no debería serlo, forma parte de las paradojas en la historia. Corrientes, que se enfrentan, se contrastan, se contradicen, corrientes «enemigas», comparten un mismo suelo «ideológico» y epistemológico, constituyen la misma tendencia histórica, aunque los protagonistas no lo consideren así y se esmeren por diferenciarse.

A propósito, Lezek Kolakowski, en Las grandes corrientes del marxismo, dice que si entendemos por bolchevique a alguien que acepta todos los principios del nuevo orden; vale decir, poder ilimitado de un partido único, unidad granítica en el seno del partido, ideología excluyente de las otras ideologías, dictadura económica del Estado, considerando que todo esto es posible, en un determinado sistema, evitando el despotismo de una oligarquía o de un individuo, de gobernar sin recurrir al terror, preservando los valores bolcheviques, sostenidos a lo largo de la lucha por el poder. Poder definido como gobierno de los trabajadores o del proletariado, comprendiendo la libertad del desarrollo cultural, en relación al arte, a la ciencia y a las tradiciones nacionales. Si bolchevique significa todo esto, la palabra designa simplemente a un hombre incapaz de llegar a sus propias conclusiones a partir de sus propias premisas. Por otra parte, si la ideología bolchevique no es solamente un conjunto de ideas generales, sino que implica la aceptación de sus consecuencias inevitables, derivadas de los propios principios, entonces Stalin es, con todo derecho, de ser proclamado el más consecuente de todos los bolcheviques y de todos los leninistas [5] . Kolakowski concluye que Stalin es Trotsky e acción.

 

Esquematismos y maniqueísmos en Bolivia

Comencemos con los esquematismos y maniqueísmo de la izquierda tradicional. El mito del partido es el imaginario compartido en los partidos de la izquierda tradicional; en los que se clasifica por «estalinistas» por los grupos trotskistas, así como en los mismos grupos trotskistas, descalificados como «ultras» por los «estalinistas», incluso acusado por parte de los «estalinistas», así como por el vicepresidente, por terminar de coadyuvar a la «derecha». Mito del partido compartido innegablemente por el vicepresidente, quien parece haberse desplazado momentáneamente, por un lapso, a posiciones comunitaristas, cuando formaba parte de Comuna; sin embargo, ha vuelto al redil del mismo imaginario esquemático de la izquierda tradicional. Es sintomático observar que esta izquierda se esmera celosamente por ser la portadora del mito; son anecdóticamente controversiales las pugnas y guerras intestinas en esta izquierda. No es pues sorprendente que se acusen mutuamente de traición, de desviación, de revisionismo, incluso, como es el caso delirante del vicepresidente, de «derechismo», cuando creen que los otros no responden a la figura esquemática del imaginario maniqueo. Lo cierto, es que a pesar de sus diferencias, comparten celosamente el mito del partido y el esquematismo leninista, lo hagan de una manera o de otra, incluso solitaria, como lo hace el vicepresidente, sin contar con un partido bolchevique, sino con un partido populista, que él mismo llama gelatinoso. El vicepresidente sintetizaría, imaginariamente claro, en su persona el partido, la teoría leninista, la representación del proletariado, aunque también pretende, en vinculación con el presidente, representar a los pueblos indígenas, y el centralismo democrático. Los demás, el resto, el partido gelatinoso del MAS, los retrasados en la consciencia en sí, gremial, deben obedecer. No nos interesa entonces escuchar quién es el portador del fuego santo, el iluminador, si los residuos de la izquierda tradicional o el vicepresidente, sino detenernos a describir la incidencia del mito del partido y del esquematismo leninista en la dramática historia política de la izquierda en Bolivia.

Hemos visto, en la historia inicial de la Unión Soviética, como los bolcheviques descartan a los demás partidos socialistas, componentes de los soviets y partícipes de la revolución de 1917, desde comienzos del año; después asistiremos cómo un miembro del comité central del Partido Comunista, Joseph Stalin, hace asesinar a los demás miembros del comité central, quedando como único digno representante del comité central, del partido, de la Unión Soviética y del proletariado universal. Sorprende, que en los demás países, después de la revolución rusa, sean los mismos bolcheviques los que se descarten, incluso antes de la toma del poder, a la que no llegan, a pesar de todo, salvo excepciones, que comienzan la revolución fuera del esquematismo leninista.

En Bolivia, a partir de una coyuntura crítica, el golpe del general Banzer Suárez (1971), la derrota de la Asamblea Popular, la caída del gobierno nacionalista del general Juan José Torres, el trotskismo, aglutinado y organizado principalmente en el POR, se hace trizas, diseminándose en pedazos dispersos, cada uno de los cuales se reclama de partido de vanguardia. Si ya antes había ocurrido un desplazamiento, no necesariamente parecido, con el «entrismo» de militantes trotskistas al MNR, también con la formación del POR Combate, influenciados por el trotskismo de la cuarta internacional de Nahuel Moreno [6] , lo insólito acaece después de la Asamblea Popular. Lo mismo pasa con el PC, fundado por Sergio Almaraz Paz, después de la crisis del PIR, que se alía a la «rosca minera» para derrocar a Gualberto Villarroel. El PC expulsa a Sergio Almaraz por sus «veleidades» nacionalistas y por leer más a Albert Camus que Konstantinov. Más tarde, en pleno conflicto Chino-Soviético, después de la muerte de Stalin, los PCs se dividen; unos definidos según su tendencia moscovita, los otros definidos según su tendencia pequinesa. Cada uno se reclama más marxista leninista que el otro, es decir más bolchevique. Con la revolución cubana, va a aparecer, en América Latina, también en Bolivia, una tendencia clasificada, por los otros partidos «bolcheviques», de «foquista», refiriéndose a la estrategia guerrillera que devino en la revolución cubana. Esta tendencia se reclamará de guevarista, asumiendo la concepción y el recorrido del insigne guerrillero Ernesto «Che» Guevara. No olvidemos que es el PC de Cuba el que se constituye en el poder y el que imprime su concepción bolchevique a las transformaciones realizadas en la isla del Caribe, claro que combinadas con la tradición guerrillera recogida, asumida y teorizada por el propio partido. De todas maneras, lo que llama la atención son tantos bolchevismos que, en vez de unirse, por lo menos para efectuar la «revolución», se esmeran por diferenciarse como vanguardia respecto de los otros, calificados de revisionistas o «ultras».

Como dijimos, esta actitud insólita, no está exenta del vicepresidente; al contrario, esta expresada de una manera arrebatada y extrema, cuando se considera el «último bolchevique», solitario perdido en el desierto de la incomprensión. Estamos entonces ante un síntoma alarmante del imaginario esquemático y maniqueo «leninista». ¿Cómo explicar este fenómeno? ¿Cuáles fueron sus incidencias y repercusiones en las luchas sociales?

El imaginario bolchevique ruso se basa en la confianza racionalista del materialismo histórico, confianza sustentada en el supuesto de la astucia de la historia y apoyada en las tesis orientales, así como en la tesis del imperialismo. Esta confianza explica la gran voluntad acumulada, concentrada, intensificada, en la formación del partido revolucionario, partero de la historia. Hay como una sobreestimación de las fuerzas, supuestamente acrecentadas por la fuerza inmanente de la «dialéctica» histórica. La coyuntura de la primera guerra mundial, el desmoronamiento del imperio zarista, les otorga la oportunidad de efectuar la utopía marxista, en el contexto de una demoledora crisis del capitalismo, en su fase imperialista. La pregunta es: ¿sobre qué se sostiene la confianza de los bolcheviques bolivianos, fuera de heredar el mito del partido y el fundamentalismo racionalista de la astucia de la historia? Se puede decir que los bolcheviques bolivianos, así como los latinoamericanos, basan también su confianza en hecho de la revolución rusa y en la existencia de la Unión Soviética. Son atrapados por este pasado inmediato, se sienten apoyados por el peso del acontecimiento de la revolución rusa, después por el peso de la revolución china, más tarde por el peso de la revolución cubana. Son las imágenes de estas revoluciones las que sostienen su confianza y su incursión en la lucha política. Hay como un doble juego imaginario; primero, la de la astucia de la historia; segundo, el imaginario reforzado por irradiación de estas revoluciones. Hay también una doble sobrevaloración de las fuerzas; no importa que no se llegue a la escala organizacional de los bolcheviques rusos, basta con formar células, reconocerse como partido leninista, como para adquirir la fuerza histórica de los bolcheviques rusos. A cada partido bolchevique, por más pequeño que sea, por poco organizado que sea, le es suficiente imitar a los bolcheviques rusos como para seguir el mismo curso. Incluso se repite imaginariamente las mismas facetas; eclosión espontanea, gobierno provisional revolucionario, alguien que se parezca a Kerenski, después la revolución de octubre repetida. Cada bolchevique es portador del «espíritu» de la historia. La creencia de ser portadores de este poder mesiánico explica la excesiva confianza, además, también explica los insuflados egos, así como explica el desperdicio de tiempo en micro-guerras intestinas, divisiones, separaciones, defenestración de revisionistas o «ultras», llegando al extremo de minúsculos partidos, que no han perdido la certidumbre en ser los portadores de la gran revolución mundial. Este estilo de «bolchevismo» ha debilitado las fuerzas, ha ocasionado también divisiones en el proletariado, ha empujado a fracasos políticos, a pesar de los grandes esfuerzos de las masas, de las multitudes, del proletariado, de los pueblos. Por otra parte, este estilo «leninista» los ha aproximado al imaginario frenético de la revolución inminente, en cualquier circunstancia, más o menos conflictiva, alejándolos de una información y comprensión adecuada de la historia efectiva, las coyunturas y contextos concretos.

Estamos ante ejemplos de la alucinación intelectual radical. Estar atados al pasado, aunque sea el pasado inmediato, es una condena, como lo había descrito Marx en el 18 de Brumario de Luis Bonaparte. Los «revolucionarios» se invisten de los trajes y glorias de los fantasmas del pasado, creyendo que con esto se insuflan del espíritu acumulado de los héroes. Era preferible, como dice también Marx, aconsejando a los revolucionarios del presente, que no tengan nada que ver con el pasado, que comiencen una nueva historia, inventando sus propias interpretaciones y sus propios métodos. Con todo, los bolcheviques rusos tuvieron que inventarse una revolución sui generis, un capitalismo de Estado y un socialismo de guerra, propuestos por Lenin, como columna vertebral de un socialismo estatal, es decir, policial. En cambio, en la mayoría de los casos, en América Latina, los «bolcheviques» latinos quedaron atrapados en la telaraña tejida por los fantasmas del pasado. No son más que «bolcheviques» nostálgicos y melancólicos, arrepentidos de lo que pudo haber sido y no fue.

Ahora bien, con el «último bolchevique» hay una variante, quizás abrumado por su propia soledad buscada; el «último bolchevique» considera que el proceso boliviano, de 2000 al 2013, es ya la realización de la gran revolución, con el aditamento, que también sería una revolución indígena. Imaginariamente ha resuelto el problema de los «bolcheviques» andino-amazónicos; la «revolución» no hay que efectuarla en el futuro, sino que ésta ya se ha hecho, aunque nadie se dé cuenta de este acaecimiento. Ahora hay que consolidarla, aunque nadie sepa qué es lo que hay que consolidar.

Lo que hay que evaluar es la incidencia y repercusiones de este estilo de política y práctica «revolucionaria» en el decurso de las luchas emancipatorias y de liberación anticapitalistas, antiimperialistas y anticoloniales. Lo primero que hay que anotar al respecto es que se opta por la fuerza, por la violencia «revolucionaria», que no hay que confundir con la dictadura del proletariado, que más bien propone una transición en la desaparición del Estado; transición que se basa en la participación y la construcción colectiva del socialismo [7] . Al respecto, se puede considerar, incluso comprender, sin necesariamente aceptar, que la opción por la fuerza y la violencia responde, no sólo a las amenazantes circunstancias en las que nace el Estado Soviético, sino al entendimiento de que, en el fondo, incluso en democracia, la pugna se resuelve por la correlación de fuerzas. En el substrato político se mueven las fuerzas descarnadas. Nadie puede hacerse ilusiones de los buenos oficios de los contendientes, ni de que van a acatar las reglas del juego, al pie de la letra. Como se dice popularmente, esta es la cruda realidad. Sin embargo, el problema es la perspectiva emancipadora y liberadora, si se quiere, revolucionaria; ¿se puede emancipar, liberar, trasformar radicalmente la sociedad, mediante el uso privilegiado de la fuerza y de la violencia? ¿Imitar el uso del poder de las clases dominantes no es convertirse en clase dominante? Este es el tema crucial. La emancipación, la liberación, el socialismo, la descolonización, no se impone, se construye colectivamente. Si no se puede hacer esto, construir el socialismo con la sociedad, construir la alternativa social de-colonial, construir el comunismo, construir el comunitarismo, con la participación democrática de la sociedad, se termina construyendo una sociedad a imagen y semejanza del Estado, una sociedad disciplinada. La potencia social es reducida, inhibida, domesticada, capturada, obligándola a seguir los moldes diseñados por la ingeniera social burocrática. Sólo el autoengaño puede llamar a esta conformación socialismo, comunitarismo, comunismo, descolonización. Aunque se avancen en la resolución de los problemas de desigualdad, discriminación y marginamiento, con programas y ejecuciones gigantescas en lo que respecta a la salud y la educación, logrando, además el pleno empleo, como ocurrió en los países del los estados del socialismo real, el problema es que se ha convertido a la sociedad en rehén del Estado, inhibiendo sus capacidades creativas. Una sociedad disciplinada no es una sociedad liberada, aunque si se puede aceptar, con mucha reticencia, que pueda ser una sociedad emancipada. En otras palabras, este camino de la violencia «revolucionaria», condicionado por la cruda realidad, no resuelve el problema mayúsculo, que se encuentra en la matriz del problema; no resuelve el problema del poder.

A estas alturas de las historias políticas, debemos hacer memoria y evaluar críticamente las experiencias «revolucionarias». Contando con la caída de los estados socialistas de la Europa oriental, con el decurso contradictorio del «socialismo de mercado», optado por la Republica Popular de China, quizás también por Vietnam. Contando con la tremenda discusión en Cuba, respecto de la apertura dirigida y controlada hacia el mercado, que muy pocos «bolcheviques», fuera de Cuba, se han interesado e informado. La mayoría ha descalificado esta discusión y ha condenado a la revolución Cubana, en el momento crítico que le asiste asumir y resolver. A estas alturas de las temporalidades políticas acumuladas, no sólo se deben discutir las estrategias, las tácticas, los métodos de emancipación y liberación, sino que la discusión debe llevar a transformar las estrategias y las tácticas, las concepciones «revolucionarias», que parecen cuestionadas y contrastadas por la misma historia efectiva. Insistir en los mismos procedimientos, en las mismas concepciones, que acompañaron a las revoluciones pasadas, que ciertamente forman parte de la memoria de las luchas sociales, que hay que valorarlas y recordar, es creer en la eterna repetición de lo mismo. Ahora, hacer esto, repetir lo mismo, en las condiciones histórico-sociales-económicas-culturales del siglo XXI, las trasformaciones del capitalismo, del orden mundial de dominación, de la combinación y composición de los diagramas de poder, es apostar al fracaso, por más que se prologue por un lapso de tiempo la ilusión del cambio.

A estas alturas de la experiencia histórica-política de los pueblos, es indispensable evaluaciones críticas de esta experiencia, es urgente hacer otras rutas, que sean efectivas en la destrucción del poder y del Estado, que son los problemas, los límites, los obstáculos, que no han podido cruzar ni resolver las «revoluciones». Una de las rutas sugerentes y propositivas se encuentra en la experiencia zapatista en la selva lacandona. Experiencia maya y experiencia de resistencia social popular, combinada y compuesta de comunidades indígenas. Experiencia conformada por la confluencia guerrillera, así como de marxismos, puestos en cuestión en el escenario comunitario, también de prácticas y discursos de la teología de liberación, de los mismos modos puestos a prueba. Experiencia texturada por la emergencia colectiva, donde comienzan a desaparecer los perfiles individuales y protagónicos; lugar donde nace el enunciado de mandar obedeciendo, apropiado y usado por otros de manera demagógica, sin comprender que el sostén del enunciado es un conjunto de prácticas participativas y éticas. El zapatismo enseña a romper las jerarquías, las representaciones y delegaciones consabidas, los egos inflamados, aceptar humildemente y pacientemente la construcción deliberada de la decisión comunitaria. El logro de las autonomías indígenas, la realización integral de estas autonomías, sobre todo en la constitución de sujetos comunitarios, solidarios, complementarios, recíprocos, es ya una victoria sobre el Estado y el poder.

Si bien el zapatismo no se extendió a toda la formación social mexicana, a los Estados Unidos Federales de México, a la sociedad abigarrada mexicana, se debe a condicionamientos y factores que podemos considerar como de cristalizaciones conservadoras, coagulaciones institucionales, todavía ancladas en el imaginario recurrente y proliferante del poder. Tanto «izquierdas» como «derechas» han mostrado descarnadamente sus conservadurismos recalcitrantes [8] . La sociedad, el grueso popular de la sociedad, que en principio recibió con entusiasmo la emergencia, la guerrilla territorial y comunicacional zapatista (1994), empujada a reflexionar a partir de su propia memoria, de su propia matriz, la de la revolución mexicana (1910-1940), la revolución agraria, la movilización guerrillera de indígenas y campesinos de principios del siglo XXI, se vio en dificultades cuando el zapatismo preguntó a la sociedad qué se pone en el programa colectivo hacia una Asamblea Constituyente. Lejos de la predisposición a la participación, acostumbrados, los miembros de la sociedad, a seguir un programa, a un líder, a un partido, se vieron interpelados, empujados a ser responsables inmediatos de la construcción colectiva de la política. Este desafío no fue respondido o, mas bien, la respuesta fue optar por lo conocido, por seguir haciendo lo que antes se hizo, buscar opciones electorales de «izquierda». Cuando se ganó las elecciones, no se defendió a muerte la victoria, como corresponde, dejando escatimar los resultados con fraudes escandalosos, empero institucionalizados. Se puede decir, entre otras cosas, entre otras atribuciones, que el zapatismo es una pedagogía política.

Hay que aprender de esta experiencia, que ya se acerca a las dos décadas, cuyos resultados son altamente apreciables, cuando las comunidades zapatistas lograron no solo ejercer la autonomía y el autogobierno, la gestión territorial, la gestión social y la gestión comunitaria, de manera ejemplar, conformado sus entramados sociales comunitarios, su «economía» complementaria, su educación desescolarizada, su política de mandos rotativos y asambleístas, la constitución de subjetividades auto-determinantes. Hay que aprender del zapatismo a liberar la potencia social de-construyendo sistemáticamente las formas y los perfiles del poder.

 

La re-insurrección zapatista

Nicté Fabiola Escárzaga, en su tesis de doctorado La comunidad indígena en las estrategias insurgentes de fin del siglo XX en Perú, Bolivia y México, hace el análisis comparativo de tres insurgencias dadas en el continente, en su contemporaneidad intensa y crítica. Las tres experiencias subversivas tienen una vinculación importante con las comunidades indígenas mayas, en México, aymara y quechua, en Perú y Bolivia. La investigación de Fabiola Escárzaga es un gran aporte por su análisis comparativo, lo que falta hacer en América Latina y el Caribe, así también por los temas complejos e intensos que toca, porque aporta luces a la comprensión de estos movimientos insurgentes y, a través de estos movimientos, hacer inteligibles el presente de las formaciones sociales de Mesoamérica y los Andes. En lo que respecta a la emergencia zapatista escribe:

 

En la experiencia mexicana, un grupo de guerrilleros mestizos provenientes del norte capitalista y próspero del país, Nuevo León y de otras ciudades de provincia, las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN) se instalan en forma clandestina en territorio chiapaneco en 1969, que consideran el espacio más atrasado del país y por ello suponen que es el más propicio para organizar una insurrección campesina. Los campesinos se enfrentan al despojo de sus tierras por los terratenientes para el cultivo de café y por el propio gobierno para la extracción de petróleo, gas y la construcción de hidroeléctricas, en beneficio de los intereses del gran capital y de las trasnacionales. La única salida dejada por el gobierno federal a los campesinos sin tierras es la colonización de la selva lacandona.

 

Para afrontar la tarea de colonizar una tierra virgen, la población campesina mayoritariamente indígena, desarrolla un complejo proceso de reconstitución comunitaria, que es apoyado por la diócesis de San Cristóbal a cargo del obispo Samuel Ruiz, que aporta recursos materiales, promueve la organización comunal y estimula el desarrollo de la conciencia de su identidad étnica entre los campesinos y más tarde, reconociendo las limitaciones de sus recursos técnicos y políticos, convoca a trabajar en la diócesis a grupos militantes maoístas Unión del Pueblo y Línea Proletaria que ofrecen los recursos técnicos y políticos necesarios para la organización campesina de carácter regional y para la negociación con el estado. La forma de organización ejidal impuesta por el gobierno, es asumida por grupos de colonizadores indígenas y mestizos organizados como el soporte jurídico oficial que permite una organización comunal recreada. Los protozapatistas mestizos de las FLN se incorporan a esta dinámica y establecen, luego de un prolongado trabajo clandestino de infiltración, una alianza con los dirigentes indígenas formados en ese proceso, de su conjunción se constituye en 1983 el EZLN.

 

La insurgencia indígena zapatista hace visibles las fisuras del desgastado proyecto nacionalista revolucionario y del sistema de partido de estado construido por él, que han sido profundizadas por el neoliberalismo y pone en evidencia la fragilidad del proceso de democratización del país. El zapatismo saca a la luz y denuncia las grandes contradicciones del país: la no integración de los indígenas mexicanos a la nación mestiza que los excluye; la persistencia de mecanismos de opresión precapitalista en algunas regiones periféricas del país, particularmente en aquellas de predominio demográfico indígena, donde los mecanismos del racismo viabilizan la persistencia y legitimidad de tales relaciones productivas. Visibiliza también la recurrente apuesta por la lucha armada por grupos campesinos indígenas y mestizos y urbanos descontentos durante la segunda mitad del siglo XX, negada por el gobierno mexicano.

 

El zapatismo en su discurso juzga y condena desde la conciencia del México moderno el atraso de la periferia y la marginación de los indígenas que es solapado y aprovechado por los políticos del centro del país y por los grandes intereses económicos, nacionales y trasnacionales. El zapatismo se mueve en ambos mundos, el atrasado y el moderno, en ambos terrenos, en Chiapas y en el centro político del país, cuyas lógicas conoce gracias a la conformación heterogénea de sus cuadros. Aprovecha también el contexto internacional favorable a las reivindicaciones étnicas e inscribe parcialmente en él su propio proyecto. La estrategia zapatista desplaza desde lo militar hacia lo mediático gran parte de sus fuerzas y coloca el conflicto en distintos niveles: el local, el regional, el nacional y el internacional [9] .

 

En lo que respecta a la caracterización de las condiciones histórico-sociales-económicas y culturales donde va emerger la re-insurrección zapatista, Escarza las describe da la siguiente manera:

 

El caso de Chiapas no corresponde al patrón productivo dominante en la mayor parte del territorio mexicano (centro y norte), en donde las relaciones de producción capitalistas fueron dominantes desde las últimas décadas del siglo XIX, a través de la hacienda en la que no obstante persistieron mecanismos de explotación precapitalista, hasta el triunfo de la burguesía en la revolución de 1910-1920. En Chiapas, su vinculación al mercado mundial a pesar de su atraso fue la constante, mientras que permaneció prácticamente ajena al mercado nacional y a la intermediación de las élites económicas y políticas del centro del país, hasta muy avanzado el siglo XX, allí, a diferencia de lo que ocurrió en los países andinos, los grandes o medianos propietarios, los finqueros, tomaron en sus manos la dirección del proceso productivo en las tierras susceptibles de producir para esa demanda externa o para el mercado interno, para ello fueron despojando de la tierra a las comunidades indígenas e incorporaron a la fuerza de trabajo bajo el mecanismo del peonaje por deudas, permanentemente en algunas regiones del estado y temporalmente en otras, de acuerdo a las necesidades de la producción.

 

Este mecanismo permitió la sobrevivencia marginal de las comunidades indígenas en los Altos, que reproducen a muy bajo costo la fuerza de trabajo temporal que requerían otras zonas del estado, que eran contratados como peones por los enganchadores y retenidos mediante el endeudamiento. La cultura del desalojo como la denomina García de León, que vuelve a los indios dependientes de los finqueros, sometidos bajo mecanismos precapitalistas que se legitiman mediante relaciones paternalistas del patrón sobre los peones. Paradójicamente, este proceso de desintegración comunitaria convierte a la comunidad indígena autónoma, prácticamente inexistente, en la máxima aspiración de la población indígena, autonomía campesina que sólo podría ser alcanzada recuperando la tierra [10] .

 

 

Una primera pregunta debemos hacernos: ¿dónde está la matriz de la re-insurrección zapatista? Ciertamente, por el mismo nombre dado y asumido, nos trasladamos a la revolución mexicana de principios del siglo XX, desde la segunda década, cuando estalla. Emiliano Zapata es el símbolo de la revolución agraria; su fantasma es constitutivo de la memoria mexicana; sobre su cadáver, sobre su asesinato y traición, se erige el Estado mexicano. La institucionalidad del Estado-nación va poner la primera piedra imaginaria en este general campesino, enterrado para construir precisamente el Estado. Los muertos sirven para eso, para ocupar el lugar del origen de los que vienen. Sin muertos no hay nación, no hay sociedad, no hay Estado. Cuando los zapatistas de la selva lacandona retomaron el nombre del origen, removieron los cimientos imaginarios del Estado. Cuestionaron su legitimad, la del Estado; esta legitimidad estatal se encuentra cuestionada por otra interpretación del origen; nacimiento convocado para continuar la guerra, no sólo agraria, sino también indígena, descolonizadora.

Los zapatistas vencieron al invencible Partido de la Revolución Institucional (PRI), al partido-Estado, que también es Estado-partido. Después de los acontecimientos de 1994, cuando estalla la guerrilla, en pleno momento de la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, queda interpelado este tratado, el acuerdo multinacional neoliberal, la globalización privatizadora, así como también la política, la estrategia económica y la legitimidad del PRI. Una vez acaecido el contra-suceso, el contra-poder, el contra-tratado, enunciado como rebelión indígena, el PRI no va tener nunca más la consistencia aparente y coercitiva que tenía. Va a ser fácil vencerlo, incluso en las elecciones, como se ha evidenciado esto después. Pero, los zapatistas no estaban interesados en tomar el poder; la guerrilla se efectuó para obligar al Estado a dialogar con los hombres y mujeres invisibles o invisibilizados, los indígenas. Se trataba de una guerrilla distinta o de un uso distinto de la guerrilla, una guerrilla que reclama dignidad, reconocimiento por parte del Estado; poner en la mesa la cuestión olvidada, la cuestión colonial y de la colonialidad; colocar en la mesa, no como convidados de piedra, sino con voz propia, lengua propia, presencia propia, a los olvidados, a los indígenas. La guerrilla zapatista removió los cimientos del Estado y conmocionó al ser mismo mexicano.

Ciertamente esta es la matriz histórica, pero, ¿cuál es la matriz efectiva? El referente próximo. Indudablemente es Tlatelolco, la movilización estudiantil y concentración en la plaza donde se masacró y asesino a las multitudes estudiantiles congregadas (1968). Ante la revolución cultural estudiantil, que pedía autogestión, autodeterminación, los jerarcas del Estado vieron en esta movilización una afrenta a la nación y una fuga de la institucionalidad estatal coagulada. La respuesta fue de una violencia descomunal; se optó por el asesinato masivo, así como se había optado por la traición y el asesinato de Emiliano Zapata, para acabar con la revolución agraria y reducirla a una reforma agraria institucionalizada y controlada.

Algunos sobrevivientes de la masacre de Tlatelolco huyeron a la selva lacandona. Después de un tiempo, el grupo guerrillero, que huía del norte, perseguido, fue a buscar a sus compañeros, aquellos sobrevivientes de la masacre. La matriz entonces efectiva de la re-insurrección zapatista es este acontecimiento intenso y dramático de la revolución cultural estudiantil de 1968. Este acontecimiento es el referente de la guerrilla, la sublevación indígena zapatista. Se entiende entonces que sobre la base de esta revolución cultural, de esta nueva constitución subjetiva, se produzca ese desplazamiento de la formación enunciativa zapatista. Un nuevo discurso de-constructivo, autogestionario, auto-determinante y comunitario. Fueron las comunidades mayas, donde se insertaron estos guerrilleros, las que los re-educaron, interpelados por los saberes indígenas, por la fortaleza ética y cultural de las comunidades mayas. El marxismo de los guerrilleros tuvo que ser revisado.

Ahora bien, si hablamos de matrices, es la estructura de larga duración, es el ciclo largo, es la memoria larga, lo que entra en juego. Es la relación de las comunidades mayas con la tierra, el territorio, los ciclos del suelo, los ciclos del agua, los ciclos del aire, los ciclos de los bosques; es en definitiva, la relación con la vida, lo que está en el comienzo, diremos, metafóricamente, eterno de la vida. Lo que en lengua colonial se llama indígena es esto, lo común, las formas de dar curso a lo común, de efectuar lo común, de convivir en lo común. Es también la cultura de los cultivos, la cultura del maíz, la cultura de la milpa y los tejidos.

Los guerrilleros mestizos que llegaron a la selva lacando tienen en la constitución de su ser al «indígena»; no podía ser de otra manera. No hablamos biológicamente, pues todos lo somos, todos somos mestizos, sino de subjetividades, de mestizajes subjetivos; es decir, de afectividades, de sensibilidades, de imaginaciones e imaginarios, de reflexiones y memorias. Los y las mestizas son como espesores de intensidades en torbellinos encontrados, contrastados. Nunca saben quiénes son, aunque este dilema sea también de los no mestizos; empero, en los mestizos es un dilema desgarrador. Creyeron encontrar la realización en el padre blanco; pero, esta imitación los llevó a perderse en el laberinto del reconocimiento. Solo pueden encontrar la paz volviendo al vientre de la madre indígena. Por eso, cuando los mestizos se encuentran sinceramente, honestamente, abiertamente, humildemente, con los indígenas, se reeducan, aprenden, se des-constituyen para reconstituirse de otra manera. Es esta una enseñanza que se debe aprender de los mestizos zapatistas, que, a su vez, asimilaron de los zapatistas indígenas.

La primera enseñanza es no ser vanguardia, mejor dicho, no creerse vanguardia. Al contrario, ser «retaguardia», si podemos usar eta palabra, metafóricamente. Mucho mejor, ser parte de la comunidad, de las formas de organización de la comunidad. En principio, sobre todo en el momento militar, cuando estalla la guerrilla, había subcomandantes, los comandantes eran las autoridades de la comunidad. El EZLN contaba con ciertas atribuciones de decisión independiente; los subcomandantes, eran como las autoridades militares, el subcomandante Marcos era como el vocero del EZLN. Con el transcurrir del tiempo, sobre todo con la acumulación de experiencia, se han diluido estas jerarquías; todo queda a cargo de la comunidad. La educación, la «escuela», el ejército, la defensa, la vocería, la política, la economía, las relaciones, etc. Los últimos rangos individualizados se han diluido. Los que atienden a los visitantes, a los que van a recibir un poco de enseñanza comunitaria, son recibidos por los y las custodias, una familia se hace cargo de la visita, quien participa de las actividades cotidianas de la comunidad.

Ciertamente, el territorio zapatista es pequeño, en comparación con la geografía mexicana, además de estar rodeado por el ejército mexicano, las empresas capitalistas, y estar atravesados por comunidades no zapatistas. Empero, donde las comunidades zapatistas se encuentran, ejercen su autonomía, su autogobierno y su autodeterminación. Las diferencias se han dado entre las comunidades zapatistas y las comunidades no zapatistas; sobre todo son notorias las diferencias sociales, en lo que respecta a la salud, a la educación, a la cohesión social, a la soberanía alimentaria, a la formación y constitución de sujetos y subjetividades. El territorio y la sociedad zapatista, compuesta por comunidades autónomas, se ha transformado profundamente. Hablamos de territorios liberados, donde se ejerce una ruta distinta, alternativa. Estas transformaciones en las subjetividades, en el desenvolvimiento comunitario, en distintos planos, hablan de la fortaleza de la «estrategia» zapatista.

La segunda enseñanza es que no se debe tomar el poder, sino desmontarlo, des-construirlo; es decir, destruirlo, entendiendo que esto implica desarmarmarlo, desacoplarlo, en sus distintas formas polimorfas de manifestación. Tomar el poder implica tomar el lugar del poder, el espacio del poder, por lo tanto reproducirlo con sus nuevos ocupantes. Este es el error de todos los «bolcheviques», también de los nacionalistas revolucionarios y de los populistas. Cuando se toma el poder, el poder transfiere sus estructuras y sus funcionamientos a los nuevos detentores del poder, aunque estos hayan cambiado su institucionalidad, como en el caso de los socialismos reales, peor aún si esta institucionalidad no ha sido cambiada, sino tan solo barnizada, como en el caso de los nacionalismo y los populismo.

La tercera enseñanza es que no hay una «teoría revolucionaria», por lo tanto, tampoco hay iluminados. Lo que se tiene son saberes colectivos; en el caso de la sublevación comunitaria, saberes subversivos, saberes y prácticas alterativas, que tejen otras composiciones sociales, creando mundos alterativos. Las teorías críticas pueden ser incorporadas en las hermenéuticas e interpretaciones colectivas; empero, como parte de los tejidos, de las texturas, de las composiciones comunitarias. Todo entra en devenir, forma parte de la constante creación de la potencia social.

La cuarta enseñanza es ética. Hablamos no sólo del sentido comunitario, las sensaciones, los afectos, los valores compartidos comunitarios, sino de la renuncia a las jerarquías y a los protagonismos, que es una de las formas veleidosas del ejercicio del poder.

La quinta enseñanza es estratégica. No se renuncia a la defensa, por lo tanto a la organización militar; sin embargo, lo militar no se convierte en la preocupación principal, no se convierte en el plano principal de las actividades, como en el caso de los proyectos y experiencias guerrilleras dadas en el continente y todavía efectuadas. Lo militar no puede superponerse a la autonomía comunitaria, al ejercicio común de lo comunitario, al ejercicio comunitario de lo común, a la deliberación y decisión colectiva. Lo principal no es lo militar; es apenas una herramienta, un recurso, en el curso de la lucha, que ocupa múltiples planos. Lo principal está en la autodeterminación, autogestión y autonomía comunitarias. Lo principal son las transformaciones constantes, aunque sean imperceptibles, a veces.

La sexta enseñanza es política o, si se quiere, de pedagogía política. Se trata de enseñar con el ejemplo, de convertirse en referente, de irradiar por difusión, en el sentido del difusionismo cultural. No se pierde la comunicación con el pueblo y la sociedad mexicana abigarrada; al contrario, se mantiene un contacto permanente, mediante la interpelación a su ser. ¿Quiénes somos? No podemos seguir haciendo lo que nos ha convertido en subalternos, hay que escapar de esas prácticas reproductivas de lo mismo. Hay que crear otros mudos, mediante otras prácticas, emancipadoras, hay que constituir subjetividades libres y creativas, mediante la estética de otros imaginarios. Hay que hacer política, pero, no la política que quiere que se haga el poder, incluso con la invitación perversa y seductora de que se lo tome, de una u otra manera, violentamente o electoralmente. Pues esto es caer en la trampa de la reproducción.

No vamos seguir con la lista. Estas parecen las enseñanzas principales. Lo importante es señalar que otra estrategia revolucionaria es posible, que no sea la eterna reproducción del poder.

 

Subversiones en las periferias del sistema-mundo capitalista

El siglo XX se inaugura con la subversión de los «bóxer», calificados así, en inglés, por los británicos, quienes se llamaban a sí mismos los guerreros del cielo celeste (Tai-ping). Los guerreros del cielo celeste estaban inspirados en una combinación hermenéutica, que hoy podríamos llamar intercultural; eran taoístas y cristianos. Esto, si se quiere, en lo que respecta a la «ideología». En lo que respecta a la historia efectiva, que obviamente no se desentiende de la «ideología», ni de los imaginarios, sino haciendo hincapié, a pesar de las composiciones materiales e imaginarias, en las prácticas y en las relaciones, los guerreros del cielo celeste son monjes, relacionados también, con una parte de la burocracia monárquica, que decidió enfrentar a la ocupación colonial e imperialista de los puertos chinos. Este levantamiento es una de las insurrecciones más sugerentes del siglo XX, que quizás haga inteligible las insurrecciones desatadas en este siglo, que Alain Badiou llama ultimatista, en las periferias del sistema-mundo capitalista.

Los monjes taoístas son «intelectuales» dedicados a prácticas espirituales, de meditación, de auscultación íntima; intérpretes del devenir inherente a la vida y al cosmos, el ying yang. También son monjes maestros en las artes marciales, por lo tanto guerreros, en momentos de emergencia. La ocupación imperialista en los puertos chinos, sobre todo británica, que es el imperialismo que más han ganado con el usufructo comercial de los puertos, fuera de la ocupación francesa, alemana, japonesa, incluso rusa, remueve los cimientos legendarios y milenarios del gran imperio manchú. No son las mercancías británicas las que derrumban la muralla china, como metaforiza Marx; el capitalismo «moderno», es decir, europeo, ingresa por los puertos. Fueron los mongoles los que ya atravesaron la muralla china, siglos atrás, antes que Marx naciera. Los monjes, sobre todo taoístas, comprenden los alcances de la amenaza, pues destruía el devenir del curso de la vida. Una parte de la burocracia monárquica, que podríamos llamar «nacionalista», usando términos «modernos», también no corrupta, como la parte burocrática comprometida y cómplice de la ocupación, no solamente se opone, sino que prepara la resistencia y, después, la ofensiva contra los ocupantes extranjeros. La sublevación de los «bóxer» sorprende a las embajadas ocupantes, que eran territorios sojuzgados militarmente, que, además instauraron formas de vida occidentales. El ejercicio diplomático no era otra cosa que la decorosa forma «coctelera», mediante la que se ponían de acuerdo las potencias imperialistas, fuera de ser el mecanismo de coerción y de presión frente a la monarquía china y la burocracia.

Después de los enfrentamientos con los ejércitos imperialistas en las ciudades portuarias, los guerreros del cielo celeste realizan una larga marcha, que va a ser el antecedente matricial de la larga marcha del ejército rojo chino, bajo la conducción de Mao Zetung. Hay pues un substrato cultural que conecta las dos largas marchas, aunque este substrato sea negado por la «ideología» bolchevique del PC chino. No se trata de recurrir a la tesis del inconsciente colectivo del psicoanálisis de Jung, sino de comprender una conexión histórica entre las dos marchas. De visibilizar las estructuras de larga duración que explican ciclos largos y memorias largas, que terminan sosteniendo las rebeliones anti-imperialistas. Ciertamente el marxismo en China, el uso y la adecuación del marxismo a las condiciones chinas, va a ser un instrumento de análisis y de interpretación apreciable para descifrar las claves del mundo de los ocupantes, el llamado modo de producción capitalista. Arma con la que no contaban los guerreros del cielo celeste. Empero, llama la atención la represión consciente, en sentido psicoanalítico, de los marxistas chinos, de este substrato cultural, de la memoria larga china, a pesar que será el mismo ejército rojo que recorra casi el mismo decurso de la larga marcha de los Tai-ping, recogiendo simbólicamente las armas enterradas en aquella época inicial. Estos contrastes, estas contradicciones, nos muestran los intensos síntomas de las experiencias acumuladas en las memorias de los pueblos, en este caso de las periferias de este sistema-mundo capitalista.

Desde la perspectiva de las estructuras de larga duración, los guerreros del cielo celeste son los precursores del ejército rojo chino, y el taoísmo cristianizado es el precursor de la interpretación china del marxismo, de las tesis orientales. Que esto no sea consciente es otro problema. El marxismo es un acontecimiento imaginario e «ideológico», si se quiere, también teórico, transversal, en tanto que el substrato cultural sobre el que se asienta el taoísmo es un acontecimiento, por así decirlo, longitudinal. No es que el taoísmo sea un acontecimiento longitudinal, pues puede ser también transversal, aunque de un ciclo de más larga duración, sino el substrato cultural, el magma imaginario, usando la figura propuesta por Cornelius Castoriadis, sobre el que se asienta el taoísmo. Entonces, a partir de esta apreciación, podemos concluir en una hipótesis: La historia no es lineal, sino un espacio-tiempo curvo, que se curva por efecto de la masa gravitatoria de los acontecimientos intensos. Las dos largas marchas están más próximas de lo que creen, que están alejadas, los historiadores de la historiografía, de la historia universal y el propio materialismo histórico.

No estamos de acuerdo con la tesis de Martín Malia, que supone que la «ideología» marxista, en su versión bolchevique, explica el descomunal derroche de voluntad, que trasforma el ex-imperio zarista, en las condiciones experimentadas en la Unión Soviética, aboliendo la sociedad civil vulnerable y estatalizándola, creando una nueva «realidad» social. La «ideología» tomada como totalidad, como dice Malia, no puede convertirse en la «explicación» última de la revolución rusa y de su tragedia, incluso si se añaden condiciones catastróficas como las de la primera guerra mundial, sus efectos destructivos de la institucionalidad de la monarquía constitucional rusa. Pues faltaría explicar la fuerza de irradiación de la «ideología», que no puede hacerse sino por su propia arqueología. El marxismo ruso también ha escondido una de sus matrices culturales, el populismo ruso, si se quiere la concepción política y teórica de la vía campesina, diríamos hoy, rusa. Se produce la misma represión consciente, como en el caso chino, de este substrato politico-cultural, sobre todo en los bolcheviques, que son los que más van a develar esta proximidad.

El mujik, el campesino, es la alteridad de la vía occidental, de la vía capitalista, pero también de la vía marxista, sobre todo en la versión de los mencheviques. Estos temas ya habían sido planteados por Maksim Kovalevsky [11] a Marx, quién los retoma en sus cuadernos, haciendo anotaciones asombrosas. La comuna campesina, MIR, como vía alternativa hacia el comunismo, saltando el capitalismo. No son los bolcheviques los que replantean esta posibilidad abiertamente, sino el mismísimo Lenin, hermano de un populista revolucionario fusilado por la represión zarista. Aunque lo hace de una manera matizada, a partir de su interpretación del reparto negro, la reforma agraria, cuando todavía tenía apreciaciones positivas sobre la comunidad campesina rusa.

La lucha larga contra el zarismo la dan las distintas corrientes populistas; ellos son los que merman la legitimidad «ideológica» del imperio zarista. No se puede comenzar la historia de la revolución rusa sólo a partir de 1917 o, ampliando un poco más, sólo desde 1905, obviando la larga tradición de luchas de los populistas, sus teorías políticas y sus interpretaciones de esta conformación histórica-social-cultural euroasiática, de aplastante mayoría campesina. Que hayan triunfado los bolcheviques y no los populistas no es razón para obviarlos, desconociendo el substrato histórico-cultural del que forman parte. La caída de los bolcheviques, después de setenta y cuatro años, no habla precisamente de un triunfo de largo plazo. Los campesinos no desaparecieron, a pesar de los Koljoz, de la colectivización y mecanización obligada. Dieron varios dolores de cabeza, desde el comienzo, al flamante Estado Soviético, después al propio gobierno todopoderoso de Stalin. Los campesinos, la presencia abrumadora de los campesinos, no sólo expresaba la otra vía al comunismo, como creían los populistas radicales, sino que fueron la corporeidad social que contiene el substrato cultural de la alteridad a la vía occidental, en esa transición dramática del comunismo de guerra, después de la ruta contrastante de la NEP, para volver a un comunismo militarizado, que no era otra cosa que la concentración de fuerzas y voluntades para la realización de la revolución industrial militarizada, idea compartida tanto por Lenin, Trotsky y Stalin.

La matriz del populismo ruso es anarquista, con lo que quiere decir esta clasificación y conceptualización en toda su variedad y diferencias. Como notoria influencia en los populistas del periodo «Tierra y Libertad» (Zemelia y Volia) se encuentra el teórico y activista anarquista Mijail Bakunin, quien tiene fuertes discusiones con Karl Marx. Este periodo se caracteriza por la «ida al pueblo»; en principio la ida al campo, a convivir, aprender y organizar la lucha con los mujik, los campesinos; después por el recurso al terror, al comienzo como defensa y respuesta a la represión, seguidamente como propaganda y publicidad, como agitación y convocatoria al pueblo a luchar; para concluir, difícilmente y con desacuerdos, en la lucha política por los derechos y la Constitución, sin abandonar el objetivo socialista, que los había acompañado en toda su historia a los populismos rusos. En esta última etapa ya se produce el retorno de la lucha a las ciudades, convocando principalmente en las universidades. El periodo de «Voluntad del Pueblo» (Narodnaia Volia) ocupa a los populistas en desentrañar el fenómeno del capitalismo y sus consecuencias en el trastrocamiento de la formación y estructura social rusa, particularmente en el campo, donde el impacto del capitalismo era devastador. Consideran, en parte, al capitalismo ruso una promoción artificial del Estado y de la autocracia, un invento suspendido, al margen de la vitalidad del pueblo ruso, primordialmente campesino. Son muy sensibles al detectar la formación de clase de una burguesía rural, conformada por los kulak, aunque consideraban el fenómeno de la proletarización campesina como arbitraria e innecesaria, llenando las ciudades de desocupados, que no eran completamente empleados en las fábricas. El periodo de la «Voluntad del Pueblo» corresponde a la lucha populista contra el capitalismo; sin dejar de afincar el proyecto socialista en los campesinos, como lo habían hecho los anteriores populismos.

El populismo ruso atraviesa el siglo XIX, particularmente es importante su participación y difusión durante la segunda mitad, llega al siglo XX influenciando a las nuevas versiones socialistas, incluso a las corrientes marxistas. A pesar de la celosa demarcación de los bolcheviques, principalmente de Lenin, respecto de la herencia populista, en relación a sus interpretaciones sobre el particularismo ruso, diferenciándose de su opción campesinista, los bolcheviques, en la práctica, manifestaron efectivamente portar esta herencia. Las tesis orientales que postulan la alianza obrero campesina como articulación revolucionaria en la transición al socialismo, combinando tareas democráticas y socialistas, basados en la teoría del desarrollo desigual y combinado, hablan de ello, confirman compartir «inconscientemente» esta herencia. Mucho más cuando en la práctica se impone el comunismo de guerra, en plena guerra civil, se convoca a los campesinos pobres a combatir a los campesinos ricos. Si terminan instalando koljoz, que no tiene nada de campesino, sino es la «revolución industrial» llevada al campo, es porque la emergencia de la crisis alimentaria en las ciudades les obliga ello, adelantándose, aunque hubieran tenido en mente hacerlo en algún momento del «desarrollo de las fuerzas productivas».

La historia efectiva no es la historia imaginada, la reconstrucción teórica o «ideológica»; la historia efectiva despliega todos sus tejidos, texturas, redes, nudos conexiones, constantemente, en distintas composiciones y combinaciones coyunturales, periódicas, epócales. La historia efectiva es material, usando esta palabra tan conocida y problemática, es molecular, se mueve en un espesor de intensidades, que comprende distintos planos, que se curvan ante la gravitación de los acontecimientos. La historia imaginada, teórica o «ideológica», es una reducción, una interpretación reducida, usada políticamente, para legitimar las acciones en un presente. No se puede asumir como «verdad» lo que los protagonistas dicen de sí mismos, cómo se conciben, cómo narran su propia historia; esta es una apreciación ocasionada por una perspectiva, que privilegia una referencia como si fuese absoluta. Esta perspectiva no reconoce la relatividad de la perspectiva, la relatividad de la referencia; por lo tanto, no reconoce la complejidad del acontecimiento. No se trata de pedirles a los protagonistas que lo hagan, sino decir que, en un presente como el nuestro, no se puede seguir reconstruyendo historias lineales, historias teleológicas, historias a partir de la preocupación de la legitimación, sino que estamos empujados a comprender la complejidad de los acontecimientos históricos.

En este sentido, decimos que el ejército rojo chino está más cerca, de lo que cree, de los guerreros del cielo celeste, así como los bolcheviques están más próximos, de los que consideran, de los populistas rusos. Lo mismo ocurre con la historia de las otras revoluciones dadas en la modernidad, temprana, media y tardía. Las teorías no son «verdades», en su sentido absoluto, son instrumentos provisorios para resolver problemas, no solo de interpretación y explicación, sino, sobre todo, para la acción y las prácticas. Que se haya autonomizado la teoría y se la haya convertido en la mirada privilegiada, lugar desde donde se ordenan los hechos, como si tuviese vida propia, es un fenómeno, por así decirlo «ideológico», un fetichismo de la teoría. Esto ocurre particularmente en las teorías llamadas «revolucionarias». Llama la atención que ocurra patentemente, fehacientemente y excesivamente, en el marxismo, que es donde se ha desarrollado la teoría de la «ideología», aunque esta se haya circunscrito al fetichismo de la mercancía y no haya expandido su acierto a la economía política generalizada.

 

La recurrente insurrección mexicana

La primera sublevación zapatista

Hay una imagen de México, entre otras, empero quizás recurrente, explotada cinematográficamente, fuera de otros estereotipos de la pantalla; esta es la imagen de México insurgente. No es una imagen desacertada; al contrario, se acerca a una veta perdurable en la historia política de México. Empero, habría que contextuar esta imagen en un campo configurante mayor, que es más pertinente, la de México intenso. Se puede decir que los mexicanos y las mexicanas viven todo de manera intensa y hasta desbordante. Hay como una inclinación pasional al momento de experimentar las vivencias, cualquiera sean éstas. En este sentido, las insurgencias se las vive con una intensidad mayúscula, sobre todo campesinas. La «cuestión agraria» forma parte inherente de la problemática histórica y social, la lucha por la tierra hace inteligible la formación social mexicana. La reforma agraria fue el tema de fondo de la revolución mexicana. La forma como se resolvió la «cuestión agraria» marca la historia posrevolucionaria. Sin embargo, el Plan de Ayala, la reforma agraria propuesta por el ejército campesino del sud, por el ejército zapatista, plantea el contraste, que forma parte del substrato del periodo revolucionario.

El Plan de Ayala dispone la devolución inmediata de las tierras a las comunidades, usurpadas por los hacendados en los gobiernos de Porfirio Díaz. La devolución se la arrancaba con las armas en la mano y ocupando tierras. Se planteaba la indemnización de las tierras con la tercera parte del valor, colocando al hacendado en la situación de que él debería demostrar ante los tribunales que la tierra les pertenecía, pues ya eran reconocidas de hecho como propiedad de las comunidades por el Plan de Ayala, validando la toma de tierra. La aplicación del Plan de Ayala significaba la conformación de lo que hoy llamaríamos territorios liberados; el establecimiento de milicias, es decir, un ejército popular, inmediatamente ligado a las comunidades; la construcción desde «abajo» de una forma política, si se quiere, de una forma de Estado. ¿Un Estado campesino? Es esto lo que hay que discutir. Es problemático aceptar la tesis de Adolfo Gilly, de que los zapatistas, de entonces, estaban entre el Estado burgués o el Estado proletario; en el periodo, ausente como propuesta política, pues el proletariado no estaba organizado como partido. Esta, obviamente, es una tesis bolchevique [12] . No por tal incorrecta, sino que, a luz de las teorías críticas del Estado, desprendidas de las dramáticas experiencias «revolucionarias» y de las experiencias restauradoras pos-revolucionarias, es difícil sostener este dilema simple entre dos opciones contrastadas, sostenidas en el papel histórico, atribuido a dos clases «fundamentales» del modo de producción capitalista.

Hay que hacerse algunas preguntas. ¿Los campesinos tienen en su imaginario al Estado, es propio de ellos? ¿Se plantean, de alguna manera, el dilema del Estado burgués o Estado proletario? Claro, que en la medida que el Estado les entrega tierras con una forma de reforma agraria, tienen en mente al Estado; también, cuando es el Estado el que les quita las tierras, conciben al Estado negativamente. Cuando el Estado participa en programas agrarios, el referente es el Estado. Pero, ¿es éste un imaginario propio, emergido del mudo campesino o es un imaginario compartido y asimilado, en sus relaciones con el resto de la sociedad y el Estado? ¿En la insurgencia campesina es este el imaginario radical campesino, usando este concepto de Castoriadis? ¿Puede darse una vía campesina? ¿Tiene que ser necesariamente Estado?

El problema de una buena parte de los historiadores de la revolución mexicana es que suponen un modelo histórico de antemano; es decir, suponen una direccionalidad dominante, una especie de fatalidad histórica; por otra parte, bastante reducida, bastante simple. Esta concepción de la historia no solamente es lineal, no solo es racionalista, en el sentido de la astucia de la razón, sino que ya tiene resuelto de antemano los problemas que debe resolver. No se trabaja la historia como espesor de posibilidades, menos como combinación abierta y composición desenvuelta de singularidades. No se responden a las preguntas cruciales: ¿Qué significaciones, qué implicaciones, tienen las insurrecciones campesinas? ¿Cómo explicar que las llamadas revoluciones socialistas proletarias se hayan dado en países de mayoría campesina? ¿Qué clase de formación social es la campesina? ¿Cuál es su racionalidad, ahora si racionalidad en el sentido de estrategias, inherente, en su relación con otras formaciones de las sociedades, con el mercado, con el capital, con el Estado? Tratar de comprender la insurgencia campesina desde el telos proletario ya es un sesgo grande, acallando al «sujeto» en cuestión, el campesino. También situar al campesinado como un bloque, más o menos homogéneo, siempre subordinado, al la nobleza, a los terratenientes, al mercado, al capital, a las ciudades, al Estado, es mirar al campesinado panorámicamente, desde las cumbres de la sociedad compacta. Llama la atención que no se haya considerado las formaciones campesinas desde sus articulaciones internas, desde sus potencialidades y posibilidades [13] . Entre los pocos que lo hicieron, se encuentran los populistas rusos.

Quizás los términos «cuestión agraria», «cuestión campesina», no sean términos lo suficientemente apropiados como para expresar el conjunto y los alcances de la problemática en cuestión. Recurriendo todavía al concepto marxista de capital como relación, diremos que se trata del capital, de la valorización del capital, de la acumulación del capital; cuando se expande, cuando se desarrolla, todo lo que toca lo convierte en capital, en sus distintas formas, en sus distintos grados de desvanecimiento. En lo que respecta a la tierra, la valorización a través de la renta, renta absoluta y renta diferencial.

Las tierras de comunidades, reconocidas desde la colonia, son expropiadas por los hacendados, por los latifundistas, por los agroindustriales, como los empresarios del azúcar en Morelos. La tierra se ha convertido en mercancía para el capital, aunque para los campesinos sea su herencia de la comunidad, su medio de subsistencia y, quizás, de un excédete que se lleva al mercado; es el ámbito de sus relaciones sociales, culturales y de reproducción. Los hacendados y empresarios, que, a vez, se afincan sobre la tierra comunal, expropiándola, que consideran que así se enriquecen, lo que es cierto, despojado a la gente que califican de improductiva, no dejan de ser también mediaciones en el decurso de la acumulación del capital. El Estado también, de alguna manera, lo es, una medición. El capitalismo requiere de azúcar para llevarlo al mercado internacional, en tanto que el mercado nacional requiere bienes alimenticios para nutrir a la población de las ciudades. Desde esta perspectiva, la propiedad comunitaria es desdeñable; la vulneración de derechos comunitarios se puede interpretar de otra manera, se puede establecer otras leyes que lo permitan. Esta legitimación de la violencia expropiadora es tarea fácil en un Estado, en gobiernos, al servicio del capital.

El problema aparece cuando se sublevan los campesinos y retoman sus tierras, expropiadas indebidamente por los hacendados, empresarios y el Estado, pues cortan el flujo de la acumulación de capital, hacen visible las otras caras de la tierra no-mercantiles, develan otras «realidades», que no son productos del poder ni del capital; cuestionan el Estado, el orden impuesto, la propiedad latifundista y empresarial, y abren rutas, en los nudos de posibilidad de un presente, a otros mundos. Por eso, el problema no concluye con la reforma agraria. Continúa, dependiendo de cómo se materializa la reforma agraria, de cómo se pacta, de cómo se constituye el Estado, que renace de la crisis revolucionaria, además de depender de cuáles son las demandas del sistema-mundo capitalista en otro presente.

En contraste y dualidad con los ciclos del capital, la revolución mexicana, que se prolonga desde 1910 a 1940, es una de las formas singulares y concretas de la insurrección permanente, de lo que llamaremos, provisionalmente, contra-capital. En otras palabras, de las resistencias sociales que se oponen a la reducción abstracta de la tierra, de los territorios, de los cuerpos, de la vida, a esta desposesión, a este despojamiento, a esta explotación y subsunción que se mide y significa como valorización del valor. Las insurrecciones, las sublevaciones, las rebeliones, de los campesinos, proletarios y pueblos, no pueden concluir mientras las formas del capitalismo los amenacen con subordinarlos y subsumirlos como formas mercantilizables.

Ahora bien, como dijimos en Devenir y dinámicas moleculares, no es que el Estado y el capital existan como tales, no tienen vida propia, no son «sujetos» que actúan, cuentan con autonomías aparentes [14] . Son imaginarios, son instituciones imaginarias. Lo que les anima, les insufla una aparente «vida», lo que ocasiona su reproducción institucional, son las dinámicas moleculares sociales capturadas. Son efectos de masa, son efectos estadísticos, de las dinámicas moleculares sociales. En este sentido, estas representaciones del poder, el Estado y el capital, son los fantasmas de diagramas de poder establecidos en el territorio.

Desde esta perspectiva, las haciendas, las empresas, su expansión, la burocracia local y nacional, la iglesia, el ejército federal, no son mediaciones, son, mas bien, dispositivos de poder, son dispositivos de diagramas de poder. En el texto mencionado, también dijimos que todo diagrama de poder, es decir, el poder, en general, tiene como obsesión, el control de la vida; en este sentido, es un biopoder. El sistema-mundo capitalista es como conjuntos de mallas, de redes, de tecnologías, de dispositivos, que desencadenan, en su funcionamiento integral, el control y el pretendido dominio de la vida, en sus variados ciclos, en sus distintas formas y dimensiones; este control y pretendido dominio tiene un alcance planetario. Las formas locales, nacionales, regionales y mundiales de la articulación del control y pretendido dominio de la vida, se complementan y coadyuvan, generando impactos a distintas escalas. Una pregunta, no adecuada, pero pertinente, es: ¿Para qué se quiere controlar y dominar la vida si una vez que se lo logre la vida muere, se detiene?

Es una ilusión estatal el creer que con el pacto posrevolucionario, que sirvió de cimiento al Estado institucional, al Estado-partido institucionalizado, se resolvió el problema de la convulsión y el conflicto social. En México no desaparecieron nunca las formas de expresión insurgente de la guerrilla, aunque se den de una manera diseminada, proliferante y micro. La estabilidad política aparente, institucionalizada, se dio desde 1940 hasta 1994, sin olvidar remesones ocasionales y circunstanciales. Y obviamente, sacando a luz, la crisis cultural de 1968, que interpeló, desde los estudiantes concentrados en la plaza de Tlatelolco, las bases imaginarias del Estado del pacto institucional. La guerrilla zapatista de 1994 volvió a poner en evidencia los vulnerables cimientos imaginarios sobre los que se sostienen el Estado-nación.

Dibujando un mapa de la distribución de fuerzas y tendencias en el campo configurante de la revolución mexicana, en sus etapas iniciales, vemos que por el norte campesinos y pequeños propietarios se levantan contra el Presidente Madero por el incumplimiento de promesas y acuerdos, denunciando patentemente su alianza con las familias porfiristas derrocadas. El levantamiento campesino en el norte, particularmente en Chihuahua, tiende a un reconocimiento de la propiedad privada familiar. En el sur, en cambio, las comunidades campesinas levadas en armas, al principio en Morelos, después extendiéndose a los estados vecinos, exigían el reconocimiento de las propiedades comunitarias, lo que implicaba el reconocimiento de formas de propiedad combinadas, comunes y privadas. En el centro, no sólo geográfico, sino político, no sólo en la capital federal, México distrito Federal, sede del gobierno federal, sino en el centro del campo burocrático, institucional y militar, los caudillos se disputan la representación presidencial, la silla de gobierno, el matiz y el perfil personal. Huerta, general de Madero, hace un golpe al presidente que lo acababa de designar para defender el gobierno y atacar a los golpistas que habían tomado el edificio de la Ciudadela, cuartel y almacén de la zona central de la Ciudad de México [15] . Cuando el gobierno es derrocado, da la orden de fusilamiento del derrotado presidente y de su vicepresidente. Con la llegada al poder de Huerta, la sublevación campesina no se detiene sino que se extiende, ahora contando con el legendario Francisco Villa como jefe de la insurgencia en el norte. El gobierno de Estados Unidos, preocupado por la extensión de la sublevación en el país vecino del sur, apoya el golpe de Huerta buscando, el retoro institucional y del comercio. En este panorama del campo social y del campo político en crisis, la composición de fuerzas que escapa redituar lo mismo, el círculo vicioso del poder, es la que corresponde la insurgencia campesina bajo el liderato de Emilio Zapata.

 

Bolivia: 1952, ¿revolución inconclusa o revolución nacional-popular?

Agustín P. Justo, conocido como Liborio Justo, así como por su nombre de guerra, «Quebracho», escribió La revolución derrotada [16] , refiriéndose a la revolución boliviana de 1952. De acuerdo a la teoría de la revolución permanente, las revoluciones proletarias y donde interviene el proletariado, deben concluir en una revolución socialista. Entonces, desde la perspectiva de la teoría, la revolución de 1952 es una revolución inconclusa, pues no ha devenido socialista. El «paradigma» para hacer esta interpretación de lo acaecido con la insurrección de abril de 1952 es la revolución rusa de 1917. El paradigma, no solamente contempla la transición, la conversión de la revolución democrática en una revolución socialista, sino también, el papel protagónico del partido del proletariado. Basándonos en lo que dijimos más arriba, esta interpretación corresponde a la exégesis de la voluntad revolucionaria. No vamos a caer en la discusión, también maniquea, de si esta interpretación es «subjetiva» u «objetiva», realista o utópica, pues, ¿en qué teoría, en qué ciencia, en qué interpretación, en qué «representación», no interviene el «sujeto»? La «objetividad», como dice Karl Popper, es un acuerdo intersubjetivo [17] . La interpretación por la voluntad revolucionaria es una forma de saber, una de las formas del saber activista. El activismo accede a la «objetividad», mejor dicho, construye la «objetividad, hegelianamente hablando; es decir, la construcción del concepto, por intervención de la acción. Se trata de un saber que logra un conocimiento de mayor profundidad, que el conocimiento pretendidamente alejado del compromiso, hablamos de la pose de «neutralidad», pues accede a palpar, a la sensibilidad, de las dinámicas sociales. Si bien este saber activista emplea la teoría voluntariamente o, si se quiere, produce una teoría voluntarista, la acción que desprende no está exenta de teoría. El problema no es éste, sino, que determinado tipo de saber activista, teleológico, ha transferido la voluntad, el deseo, proyectándola en la conjetura de la astucia de la razón, de las leyes de la historia, ocasionando, paradójicamente, algo inverso a lo que se buscaba. Se anula o inhibe la capacidad creativa de la voluntad, pues se actúa según las leyes «objetivas» de la historia.

Liborio Justo forma parte de los entusiastas intelectuales bolcheviques, en su caso, viniendo del PC y después convertido al trotskismo, que se impresionan con la insurrección armada boliviana, con la destrucción del ejército y con la existencia de las milicias obreras y campesinas. Por lo tanto, desde su punto de vista las condiciones «objetivas» de la revolución socialista estaban dadas. Lo que ha fallado son las condiciones «subjetivas»; el partido revolucionario, no ha podido ayudar a pasar al proletariado de la consciencia en sí a la consciencia para sí. Se trata no sólo de un discurso teleológico, sino de un una evaluación voluntarista que busca las fallas en la «ingeniería» insurreccional, en la «ingeniería» bolchevique. De ninguna manera se trata de descalificar estos discursos, ingresando, por otro lado, al esquematismo maniqueo, sino de comprender su episteme, su formación enunciativa, así como también, sus prácticas de poder.

El antecedente de la revolución de 1952 es la guerra civil de 1949; cuando en Chuquisaca, Potosí y en Oruro, sobre todo en estos últimos departamentos, se organiza una insurrección contra el gobierno del pacto oligárquico y del PIR, que había derrotado al general nacionalista Gualberto Villarroel, que gobierna desde 1943 hasta 1946. Participan en la guerra civil militantes del POR, la parte de izquierda y obrera del PIR y el MNR, que había sido desplazado del poder, con la caída del gobierno nacionalista que apoyaba. La insurrección termina en una represión incruenta; se dice popularmente, que en Potosí faltaban los faroles para colgar a los insurrectos.

En 1951 se dan las elecciones nacionales, donde votaban sólo hombres; propietarios privados e ilustrados; incluyendo a «clases» medias y artesanos. El MNR gana las elecciones. Como respuesta a esta victoria electoral, la oligarquía responde con un golpe militar, instaurando una junta, a la cabeza del general Ballivián, que desconoce los resultados electorales, impidiendo que el MNR asuma el gobierno. Ante esta violación de derechos y vulneración de la democracia, el MNR decide conspirar y preparar un golpe militar, involucrando al ministro de gobierno, general Antonio Seleme. Cuando estalla el golpe, el 9 de abril, que involucra a la policía, la reacción del gobierno es inmediata, moviliza al ejército, y el golpe comienza a ser derrotado. En su desesperación el gobierno convoca a los sindicatos, los que responden inmediatamente, salen a las calles a luchar. Los obreros en Villa Victoria combaten heroicamente al ejército, los mineros de Milluni se descuelgan de la ceja de El Alto y toman la ciudad de La Paz. Los mineros de Oruro toman los caminos, así como la ciudad, cortando la posibilidad de la llegada de refuerzos a la sede de gobierno desde el sud. En tres días de combate se vence al ejército. Varios cuarteles se rinden; por último, los cadetes del Colegio Militar de Irpavi terminan rindiéndose a los comandos de Juan Lechín Oquendo. El golpe militar se transformó en una insurrección victoriosa.

En Historia y lecciones de la revolución boliviana, Tinta Roja escribe:

Se llega a una situación donde la rosca se ve obligada a llamar a elecciones y gana el MNR el 14 de Mayo de 1951. Sin embargo, el presidente, Gral. Ballivián, las declaró nulas y continuó su gobierno hasta el 9 de Abril de 1952. Víctor Paz Estensoro, el presidente electo, se ve obligado a exiliarse en la Argentina de Perón, hasta el estallido de la revolución.

Sucede que uno de los hombres del gabinete de Ballivián, el Gral. Antonio Seleme, en una conspiración conjunta con el MNR, planean un golpe de Estado. Previamente -el 6 de Abril-, en una reunión secreta entre la elite del partido y el general, éste hace un juramento de lealtad al mismo. Todo era parte del plan que terminaría por llevar al poder a Seleme apoyado por el MNR, las tropas bajo su mando directo y la policía paceña que debía aportar armas para abastecer las milicias del partido. El plan debía ser un golpe rápido aunque, conociendo lo conflictivo del país, los implicados temían que la situación escape de su control.

Hacia el 8 de Abril, Seleme entregó algunas armas para miembros del MNR y preparó los aspectos técnicos del levantamiento. Por esas horas, el Gral. Ballivián, con serias sospechas, por los movimientos de Seleme, lo cuestiona para saber qué estaba tramando y éste le jura lealtad por enésima vez.

Desde tempranas horas de la madrugada del día 9 de Abril, el MNR se encontraba literalmente listo para la acción, esto es, esperar el llamado para copar las calles y los espacios públicos del Estado, llevando a cabo el plan predeterminado. El líder del partido era Paz Estensoro, pero al hallarse en Buenos Aires exiliado, la dirección política del levantamiento recae en manos de Hernán Siles Zuazo. En una acción coordinada, los carabineros y las milicias del MNR, se apoderan de los lugares estratégicos del Estado y tras el aparente éxito de los rebeldes, se proclama por radio a las 6 de la mañana el triunfo . Pero desde entonces, las tropas leales se lanzan a reprimir la insurrección y empieza el combate cuerpo a cuerpo por toda la capital. El presidente Ballivián, dirige las operaciones junto a su Estado Mayor, desde el Colegio Militar de La Paz.

La capital del país se hallaba dividida en dos partes. De un lado, colmada de militares leales al gobierno y por otro las milicias del MNR que a cada instante se empiezan a sumar masivamente las clases más humildes, los pobres de la ciudad, estudiantes y trabajadores. Se levantan barricadas en cada esquina que se nutren de cada vez más y más trabajadores.

Se amplifican las milicias, de a poco van dejando de ser exclusivas del MNR. Las patrullas revolucionarias -que se improvisan en el mismo instante de la lucha-, prácticamente van al combate sin disciplina y mal armadas, contra el ejército. Pero se combate con heroísmo y alta moral revolucionaria y de querer acabar con el gobierno, de años de represión, censuras y mentiras.

Las milicias se organizan para asaltar las armerías y con éxito saquean la plaza militar de Antofagasta. Se combate incesantemente, se derrama sangre y hay muertos de ambos bandos, pero ni siquiera hay tiempo de recoger los cadáveres. El Gral. Ballivián, desesperado, llama a todas las tropas más cercanas a la capital a sofocar el levantamiento que pronto llegarían al rescate.

A través de las radios la noticia de los acontecimientos en la capital, se expande como un rayo por todo el país. Mientras tanto, empiezan los preparativos en los campamentos mineros que acuden al socorro del levantamiento y pronto lo harán suyo. Dunkerley nos comenta que:

«En términos netamente militares, los rebeldes estuvieron en franca desventaja en abril de 1952. Empero, conviene no olvidar que un ejército de conscriptos, solamente tiene ventaja marginal ante un grupo de civiles armados cuando muchos de éstos tienen entrenamiento militar y mayor decisión que los jóvenes y nerviosos reclutas estrictamente comandados. Este factor indudablemente fue esencial la noche del 10 de abril, cuando una luna llena anuló totalmente la superioridad lograda por el ejército al ordenar un corte de energía eléctrica en toda la capital. A medida que descendían las columnas de El Alto y subían desde Miraflores y San Jorge, las tropas tomaron conciencia de que los trabajadores fabriles organizados en grupos guerrilleros maniobraban mejor que ellos por su mayor conocimiento del terreno y porque en su mayoría, obraban por iniciativa propia [18]    

La decisión y valentía de los obreros fabriles, influye en el enemigo: muchos reclutas se rinden voluntariamente, otros se pasan del lado de la revolución, pero la gran mayoría empieza a desmoralizarse.

A la mañana siguiente, el 10 de Abril, los combates no cesan, las patrullas revolucionarias van por todo y por todos sus enemigos. Es ahí cuando hacen su entrada los mineros de Milluni, armados de fusiles y cartuchos de dinamita, atacan sorpresivamente a la retaguardia del ejército. El pánico se apodera de los soldados. Mientras tanto en Oruro las jornadas de abril son realmente violentas. Los regimientos Ingavi, Camacho y Loa, fueron derrotados por las milicias mineras y el pueblo luego de intensos combates.

Lo auténticamente heroico se da cuando los mineros de Milluni, vencen a las fuerzas del Regimiento ‘Camacho’, toman la estación de tren de El Alto, se apoderan del mismo y se siguen repartiendo armas y municiones entre los pobladores. Arrojan dinamita a lo que queda del ejército, ya sin mando militar, en franca retirada. En La Paz se reinician el avance hacia La Ceja , pegados al cerro, reptando, desde cuya cima los soldados aún disparan [19] .

Una de las conclusiones descriptivas del texto expresa los resultados:

Para el 11 de Abril, siete regimientos profesionales de las FFAA son vencidos. Queda claro, que el gran vencedor de las jornadas de Abril: es la clase obrera, que con su intervención, logró quebrar en dos al ejército, ganando a un sector del mismo para la revolución.

Siguiendo con la narración, se continúa con una cita:

Veamos como caracteriza Guillermo Lora a la clase obrera en este periodo:

«La combatividad explosiva del proletariado boliviano es excepcional y denuncia la influencia campesina (cuya historia está llena de actos de heroicidad incomparable y de actos sanguinarios). Su extremada juventud (no solamente por haber aparecido recientemente, sino por la excepcional juventud física de sus miembros, cuyo promedio de vida no alcanza los 30 años) es otra de las causas de esa combatividad. Nuestros sindicatos no presentan capas aristocráticas, formadas por el pago de salarios preferenciales y por la concesión de una serie de privilegios, lo que hay es una especie de nivelación en la miseria [20]  

Y mas adelante caracterizando el proceso abierto y el lugar que le toca al MNR en el poder dice:

«El MNR se vio a la cabeza de un movimiento motorizado por el programa que le era totalmente extraño (…) Dos eran, pues, los objetivos inconfundibles de la revolución, desde el primer día, y se puede decir que sintetizaban las aspiraciones nacionales y toda la historia del movimiento revolucionario: la liquidación del latifundio (vale decir del gamonalismo como sistema) y la nacionalización de las minas [21]  

El día 15 de abril Víctor Paz Estensoro vuelve del exilio en Buenos Aires y asume como presidente «prisionero de las masas», dependiendo del apoyo de los sindicatos y «ministros obreros». Las milicias obreras armadas, todavía son dueñas de la ciudad de La Paz y en varios centros mineros como Oruro, los trabajadores, también permanecen armados. Todos los sindicatos en las grandes minas asumen elementos de «control obrero» de la producción y se da una situación de «doble poder». Decimos doble poder, porque el 17 de abril se funda la Central Obrera Boliviana, a lo que como Liborio Justo, la caracteriza como un «soviet» (que en ruso, significa «consejo»).

Veamos con que mecanismos el MNR en el poder, que sube con «traje prestado», es decir con un léxico político «revolucionario» y «progresista» cuyo verdadero objetivo es reconstruir el Estado burgués, las FFAA y la policía para volver a la normalidad burguesa, o sea, a la explotación cotidiana de la clase obrera, y por ende, a frenar la revolución. Justo nos comenta que:

«A las pocas semanas del 9 de abril, el «prisionero del Palacio Quemado», se dio maña para postergar la nacionalización de las minas, principal demanda del pueblo de Bolivia, apelando al subterfugio de designar una comisión que estudiara el paso y dictaminara al efecto, paso en el que tuvo la colaboración de la burocracia del Lechín, y este hecho, capital en el propósito de frenar la revolución, produjo un detenimiento del ritmo con el que se manifestaba el fervor de la masa, siendo aprovechado por el oficialismo para tomar medidas que señalan el comienzo de la contrarrevolución. Y tales medidas se orientaron, desde el primer momento, hacia la destrucción de la democracia sindical y la burocratización del poder adversario: la COB, y para eso contó con la activa colaboración del estalinismo [22]  

Mientras los obreros desfilaban en las calles de la capital, y hacían gigantescas asambleas, con el fusil al hombro, querían convertir a cada fábrica, mina y unidad productiva en una trinchera de la revolución. El MNR, empieza a transformar a las milicias en exclusivas de su partido y bajo su dirección y disciplina. En este sentido Liborio Justo, plantea otro mecanismo para desactivar la revolución en lo que respecta al sufragio universal:

«La concesión del voto universal, establecido por decreto el 21 de julio de 1952, con lo que se ponía fin al voto calificado que había existido hasta entonces, el que dejaba al margen de las urnas a los analfabetos. La concesión del voto universal , que en otras circunstancias hubiera significado una medida altamente progresiva, tenía un sentido muy distinto en el momento en que se decreto, primero, por ya existía en los hechos una voluntad universal que se expresaba por conducto más efectivo de los sindicatos y de las armas, y para manifestar la cual ya se había dejado sin efecto la discriminación alfabética , y el llamado a las urnas en estas circunstancias solo trataba de distraer al pueblo del camino que llevaba e ilusionarlo para que obtuviera con los votos lo que ya había obtenido con las balas; y , segundo , porque con el camino electoral se trataba de ahogar al proletariado bajo la masa del campesinado [23]  

Otra de las cuestiones, que el MNR hace para frenar el movimiento iniciado el 9 de Abril es, el desmantelamiento del control obrero de la producción. Aquí también lentamente se vuelve a la «normalidad» del trabajo a reglamento convencional. Finalmente Liborio Justo da cuenta de la medida más importante de esta política:

«La medida contrarrevolucionaria mas importante tomada por el gobierno del MNR fue la reorganización del Ejército, que había sido disuelto y desarmado por el pueblo, decretada el 24 de julio del 1953, y la reapertura del Colegio Militar. El pretexto fue la necesidad de crear el Ejército de la Revolución Nacional, embebido en el espíritu de la misma, cuyas filas estarían abiertas a la clase obrera, y a pesar de la decidida animadversión del proletariado a la adopción de tal medida, manifestada en numerosas decisiones al respecto, la propia dirección de la COB, con Lechín al frente, coadyuvó en dicha tarea [24]  

Será recién el 31 de Octubre de 1952 el día donde Víctor Paz decreta la nacionalización de las minas, en términos burgueses y pactando con los «barones del estaño» garantizándoles una suculenta indemnización.

Nótese como se tarda tanto tiempo, con una dirección burguesa como la del MNR en tomar medidas urgentes por las que se derramó tanta sangre. Es muy grande la diferencia si comparamos los decretos firmados por Lenin ni bien se hacen cargo del poder en Octubre de 1917: el decreto de la Paz y el de la reforma agraria. Tardo menos de una hora en proponer la firma de ambos decretos en el II Congreso de los Soviets de toda Rusia, irradiado por el calor mismo que generó haber tomado el poder para los trabajadores, soldados y campesinos el 25 de Octubre de 1917.

Y el 2 de Agosto de 1953 el gobierno dicta la reforma Agraria para canalizar en los marcos legales burgueses la insurgencia rural, que desde hacía un año antes, se expandía por todo el altiplano y el valle cochabambino. Ya para los años 1954-55 el gobierno se estabiliza, asume rasgos más de derecha, abandona progresivamente el léxico «revolucionario» y «progresista». Con este giro a la derecha, va desapareciendo el poder dual en el movimiento obrero y campesino.

Hacia Junio de 1956 hay elecciones generales, gana el MNR y asume el nuevo presidente Siles Suazo, con Ñuflo Chávez como vicepresidente. El nuevo gobierno profundiza el acercamiento a EE.UU. y lanza una ofensiva contra la COB y los obreros. Esta situación represiva, caracterizada por la ausencia cada vez más marcada de las grandes movilizaciones armadas de los trabajadores, se lleva a cabo con la cooptación de los dirigentes de los sindicatos campesinos.

Para despejar dudas de este giro represivo, ya en 1960, entre el 22 y 24 de enero, se produce la masacre de Huanuni: el combate entre los mineros y los comandos movimientistas duró tres horas y cayeron 12 muertos y 32 heridos (entre ellos mueren tres militantes del POR). En este mismo año se inicia la segunda presidencia de Paz Estensoro, con Juan Lechín como vicepresidente [25] .

 

La pregunta que atormenta a los bolcheviques, sobre todo trotskistas, no sólo del POR, sino también los voluntarios que llegan a Bolivia a apoyar a la COB, principalmente argentinos, es: ¿Por qué los proletarios no tomaron el poder si el ejército estaba destrozado, la policía era extremadamente débil como para contener a las milicias obreras y campesinas, además de que eran los milicianos mineros los que cuidaban las puertas del palacio quemado? ¿Qué les costaba subir un piso, de la puerta, del primer piso, donde se encontraban armados, al segundo piso, donde se encontraba la silla presidencial? Esta pregunta ha sido respondida de varias maneras; dos son sintomáticas. La que dice que la revolución ha sido derrotada, que es lo mismo que decir que ha quedado inconclusa o ininterrumpida. La que dice que la consciencia del proletariado está retrasada, era solamente economicista y no política. La primer es la hipótesis de Liborio justo, la segunda es la hipótesis de Guillermo Lora.

Respecto a estas hipótesis las preguntas son: ¿Una revolución, cuando estalla está predestinada a convertirse en revolución socialista? ¿No hay otras vías posibles? ¿No es que la revolución es la manifestación catártica de la crisis del poder, estructura de dominaciones que renace, como el ave fénix de sus cenizas, resolviendo su crisis, incorporado a los «revolucionarios» a su seno?

Si comparamos la magnitud del trabajo organizativo y de formación de los bolcheviques rusos y lo desempeñado por los bolcheviques bolivianos, vemos que hay grandes diferencias. Los bolcheviques bolivianos se contentaron con aprobar la Tesis de Pulacayo, exagerado un poco, para ilustrar, y esperar que, después de esta gran «verdad», de esta revelación histórica, los acontecimientos se sucedan, de acuerdo a la dialéctica de la historia. Empero, aunque lo que acabamos de decir, sea una constatación descriptiva, un tanto anecdótica, no explica ni resuelve el problema planteado. Desde una perspectiva mayor de los saberes activistas, de lo que se trata no es de subsumir la «realidad», es decir, el acontecimiento, a la teoría, sino de reconocer, en la pluralidad de singularidades del acontecimiento, el campo de posibilidades y actuar en el juego de las mismas como una posibilidad más. Esto equivale, en lenguaje marxista, al conocimiento de lo concreto, como síntesis de múltiples determinaciones; a comprender la lógica específica del «objeto» especifico. Por lo tanto, idear estrategias adecuadas, no solamente al momento histórico, sino a la composición singular de fuerzas y procesos que hacen a una coyuntura, a un contexto, a una formación social dada, en un espacio-tiempo determinados. Los bolcheviques terminaron atrapados en su «verdad», la cual debería verificarse en el decurso de la historia. Lo increíble es que, cuando no se verifica esta «verdad», tampoco la revisan, no hay autocrítica, al contrario, la mantienen incólume, inventando hipótesis ad hoc para explicar las anomalías.

En adelante, optaremos por una interpretación que concibe el acontecimiento como diferencia radical, recurriendo a la mirada desde las dinámicas moleculares, con apoyo de la genealogía del poder y las metáforas geológicas [26] .

 

Bolivia: ciclo político, entre el gasto heroico y el conformismo

Al momento de interpretar, desde el presente que nos toca, tanto el contradictorio decurso político de un gobierno popular, como la historia política, que hace como de memoria sedimentada y estratificada, en constante recomposición y combinaciones, jugando con la comprensión variable de los acontecimientos, estamos empujados a la crítica, no solo de los actores del presente, no solo de sus discursos de legitimación, no sólo se sus pretendidas teorías, que los amparan, sino también toda pretensión teórica, que se situé como si estuviera fuera del acontecimiento, como si no formara parte de él. Lo importante es comprender que la teoría no es más que una herramienta; como una linterna, alumbra, enfoca, saca de la «oscuridad» la plural diferencia radical oculta. Lo importante de esta iluminación es tanto lo que muestra como lo que no logra mostrar, lo importante es la «relación» que se establece con «aquello», que se ilumina y no se ilumina, que se muestra y se oculta. Esta relación es la experiencia. La condición de posibilidad misma de la iluminación, de la mirada lograda, se encuentra en la experiencia. Lo que hay que descifrar no es la teoría, que es una herramienta para descifrar, sino los nudos, los hilos, las redes, los tejidos, las tramas, de la experiencia.

Sorprende tanta discusión y debate sobre las teorías, cuando lo que está en cuestión es lo que devela, percibe, sobre todo, comprende y contiene la experiencia, plegándose en la memoria. Ahora bien, la experiencia no es individual, aunque los individuos intervienen en su conformación, como receptores, sensores, de la misma; la experiencia es trans-individual, además de ser infra-individual, incluso individual, en tanto experiencia de vida o historias de vida. La experiencia es social y colectiva. Más allá y más acá de la teoría está la experiencia, como espesor de intensidades y como planos de constitución interconectados. La experiencia no solo muestra, como la teoría, sino que da lugar a la constatación de la vida, que es predisposición sensible y ciclo reproductivo de un constante desciframiento de la existencia. No se trata de negar la teoría, sino comprender que es parte de los recursos de la experiencia. Teorías particulares pueden ser desechables, la experiencia no. Tampoco es desechable la teoría como mirada elaborada de la experiencia.

La experiencia acumulada de los pueblos ayuda a comprender y a interpretar mejor que las teorías, el acontecimiento experimentado, sin necesidad de desechar la teorías, sino haciendo uso crítico de ellas, como decía Hugo Zemelman Merino. Intentaremos acercarnos a esta búsqueda de la experiencia de la memoria social con la intención de desentrañar algo de las complejidades del acontecimiento presente. Nuestro primer movimiento no deja de ser teórico, empero, en el sentido de uso crítico de la teoría, para orillar el umbral de la experiencia social, de la que formamos parte, pues somos una minúscula parte de ese proliferante saber práctico de la experiencia social. Todas las mónadas de la experiencia reciben, como en un holograma, la información no decodificada de la «modalidad» dinámica de la experiencia. De lo que se trata es de descifrar esa información, que no nos llega por signos, ni símbolos, sino por formas de la experiencia, lo que llamaremos expemas, palabra que combina experiencia y forma. Dejaremos la exposición de las tesis sobre estas formas de la experiencia para un ensayo temático, para una exposición teórica sobre el tema. Por el momento, nos basta señalar la diferencia de la memoria, constituida por la experiencia, y las expresiones discursivas y simbólicas. Nos concentraremos, en lo que dijimos, en un acercamiento al umbral de la memoria de la experiencia social.

 

Primera aproximación

Lo que está en juego es la experimentación en curso de lo que unos y otros, casi un sentido común, llama «proceso de cambio»; unos, para valorizarlo, otros, para descalificarlo. Término, que sin embargo, tiene referente; se trata del lapso histórico inmediato, que viene del 2000 y alcanza, hasta ahora, al 2013. La experimentación social tiene millones de entradas y de capturas de información, de retención seleccionada de la información, de constituciones singulares de «memorias» individuales. Estas millones de entradas y trayectorias, de mónadas, si se quiere, se comunican por el lenguaje; pero, no lo hacen entre todas y simultáneamente, sino con los próximos, los vecinos, los familiares, los amigos, los del barrio, la escuela, el taller, la comunidad, el trabajo, el tránsito, etc. También lo hacen masivamente mediante los medios de comunicación. Entonces, en este caso, reciben información organizada, elaborada, seleccionada, de una manera simultánea. Esta información no es la misma que la vivida, que la experimentada propiamente, es información trasmitida por las formas del lenguaje audiovisual. Sin embargo, estas transmisiones también forman parte de la experiencia, pues se produce una afectación en los cuerpos de la recepción. Desde el lugar de la experiencia es desde donde se asume la información trasmitida decodificada. En la medida que la memoria de la experiencia está activada, es decir, la memoria actualiza sus «recuerdos», los sedimentos de la memoria acumulada, la persona que recibe la transmisión puede mantener cierta distancia en relación a la transmisión, incluso puede llegar a ser crítica; sin embargo, en la medida que la memoria «duerme», por así decirlo, guarda la experiencia, no la actualiza, la persona es vulnerable ante la transmisión.

El anterior apunte es importante para dejar claro que no se trata sólo de contar con la experiencia, de tener memoria, pues si la memoria no se activa, concurre el olvido, y se asume, no sólo lo que se transmite, sino lo que ocurre, en un ámbito relacional estrecho y circunscrito a la fugacidad de los hechos, a la imposición inmediata de los significados e imágenes transmitidos. En otras palabras, se asume lo que acaece de una manera conformista.

La memoria se activa en momentos de emergencia, de convocatoria dramática, de crisis evidente, cuando la afectividad se hace intensa y expansiva, cuando la sensibilidad conecta a masas compactas, los discursos interpeladores se vuelven efectivos, son atendidos, y se motivan acciones colectivas.

 

Descripción de un plano de intensidades

La movilización prolongada, de 2000 a 2005, emerge después de una larga cadena de resistencias a las políticas neoliberales; primero, de shock, después, de ajuste estructural, luego de privatización del agua. Estas resistencias, focalizadas o de sectores, estallan de una manera desesperada, buscando detener el desmantelamiento de las empresas públicas, la perdida de los derechos sociales, el pretendido nuevo régimen de la tierra, orientado al mercado de tierras, contra las micro-deudas acumuladas, del micro-crédito inventado, convertidas en impagables. También se generaron movilizaciones por el territorio; esta vez, los pueblos indígenas de tierras bajas desplegaron las marchas indígenas por el territorio y la dignidad; la primera marcha indígena es la de 1990. Desde 1985 hasta 1999 se efectuaron múltiples resistencias, marchas, manifestaciones, protestas, demandas, incluyendo la marcha por la defensa de la vida del proletariado minero (1986), que intenta evitar el cierre de las minas y la privatización de COMIBOL. Desde mediados de la década de los noventa, también se despliegan marchas por la defensa de la hoja de coca, de parte de los productores de coca, tanto del Chapare como de Yungas [27] . En este conjunto de movilizaciones, que hemos llamado focalizadas y sectoriales, no todas son locales y circunscritas. La marcha de los mineros, la marcha indígena de tierras bajas y las marchas cocaleras son de magnitud, podríamos decir de impacto nacional.

En Movimientos sociales y Estado, escrito antes de las elecciones de 2005, como parte de un balance de la movilización prolongada, se escribe:

  Al iniciar el nuevo milenio de la era cristiana, en Bolivia estalla una de las más grades crisis de su historia, crisis múltiple, que atraviesa distintos planos de su composición estructural. Hablamos de una crisis económica galopante, en parte, por lo que tiene que ver con la crisis que arrastra el capitalismo desde la década de los setenta, en parte por los efectos destructivos de la aplicación de medidas neoliberales, llamadas del ajuste estructural, en pleno contexto de la globalización. Crisis política, que podemos caracterizar como crisis de la democracia formal, instaurada en 1982 como conquista popular, después de la huelga de hambre de las mujeres mineras (diciembre de 1978). Esta democracia sufre su primer colapso cuando el Congreso, copado en su mayoría por las representaciones de la derecha, termina haciendo imposible el gobierno de la Unidad Democrática (UDP) y popular. La conspiración de los sectores empresariales y de los parlamentarios conservadores termina creando una situación insostenible, desde el punto de vista de la ejecución y legalización de políticas de Estado. El gobierno de Hernán Siles Suazo se ve obligado a renunciar un año antes de cumplida su gestión. A esta situación colabora la oposición de los sindicatos obreros y de organizaciones de izquierda opuestas a la UDP, que demandan el cumplimiento de medidas concretas a favor de las clases explotadas y la nación dependiente. La caída de la UDP va traer como consecuencia la llegada al poder, después de las elecciones de 1985, de una coalición de derecha, llevando a la presidencia a nada menos que a Víctor Paz Estensoro, quien comienza el ciclo de políticas neoliberales, con un paquete de medidas de shock, conocido como el decreto 21060, para detener la hiperinflación. Este gesto político borra con el codo lo que se había escrito con la mano. El hombre que había firmado la ley de nacionalización de las minas en 1952 y la ley de reforma agraria en 1953, termina conculcando las medidas revolucionarias de aquel entonces, entregando en su última gestión los recursos naturales y la economía del país a las trasnacionales, en pleno desencadenamiento de la mundialización capitalista.

 

Los efectos de las políticas neoliberales se hacen sentir en la cuarta gestión de lo que se ha venido a conocer como el periodo de la democracia pactada (1985-2003), pactada entre los llamados partidos tradicionales de la derecha neoliberal. Los efectos perversos de las políticas de privatización se hacen sentir en la segunda gestión de la secuencia de los gobiernos intercalados de Gonzalo Sánchez de Lozada, esto es, en el lapso de la segunda mitad de la década de los noventa. Sin embargo, hay un anticipo en el pronóstico social, los efectos demoledores sobre la economía nacional y el bienestar social comienzan a desprenderse ya desde las primeras medidas de ajuste estructural aplicadas. Empero, la acumulación de los efectos es calamitosa después de doce años de políticas neoliberales. La pauperización alarmante de todas las clases, incluyendo a las clases medias, es una de las señales del deterioro extendido en la sociedad, salvo, claro está, con lo que ocurre con el pequeño sector oligárquico y la casta política, que terminan beneficiándose con la crisis y en la crisis. La desaparición del aparato productivo, el paro, la desocupación, la virtualización de la economía, son otras señales de los efectos destructivos del lapso neoliberal en los escenarios nacionales. Estos efectos negativos en las condiciones de vida de la población forman parte del caldo de cultivo de los movimientos sociales recientes en Bolivia y en América Latina.

 

Si bien es cierto que los movimientos sociales se gestan en una historia más larga, se enganchan con los ciclos largos de las luchas sociales, los recientes movimientos sociales comienzan, de manera determinada, al inicio mismo del periodo neoliberal, con la marcha por la vida de los mineros (1986), en un intento desesperado de revertir el curso de los acontecimientos que se venían encima. Este periodo de gestación forma parte de la etapa de resistencia de las organizaciones sociales a las políticas económicas. Indudablemente debemos contar en esta narrativa con le emergencia de los movimientos indígenas de la Amazonia y el Chaco. La marcha por la dignidad y el territorio marca un hito importante en la historia de los movimientos sociales (1990-1992). Se incorporan a las luchas sociales contingentes indígenas que habían sido ignorados por el Estado y sometidos a la sombra por los terratenientes y las oligarquías del oriente del país. Hasta el año 2000 se desarrollan una gama de movilizaciones de sectores afectados por las políticas privatizadoras y las políticas de interdicción de la hoja de coca y desarrollo alternativo. Todas estas movilizaciones son significativas por las formas de resistencia que desatan contra los gobiernos de los partidos de la coalición de derecha, contra el marco aplastante de privatización y transnacionalización, contra la espiral de corrosión y corrupción social, contra la desvalorización y deterioro de la política que acompañan al descarnado neoliberalismo. Empero, todos estos procesos son todavía de resistencia. Los movimientos sociales inician su ofensiva durante la guerra del agua, en abril del 2000, en Cochabamba.

 

A partir de la guerra del agua el mapa político de Bolivia se modifica sustantivamente. Quedan en suspenso los partidos tradicionales, quedan suspendidos los poderes tradicionales del Estado, el poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo. La iniciativa se encuentra en manos de las organizaciones sociales y de los instrumentos políticos de los sindicatos y comunidades. Después de la guerra del agua, en septiembre del 2000 se da lugar a un gigantesco bloqueo de caminos que paraliza el país. Es un bloqueo de campesinos e indígenas. Quizás el antecedente inmediato a este bloqueo se encuentre en el bloqueo nacional de caminos de 1979, cuando la Confederación Sindical Única de Campesinos de Bolivia (CSUTCB) de aquel entonces, bajo la dirección del legendario Genaro Flores, toma el control de los caminos, haciendo conocer una serie de demandas campesinas, además de oponerse a los fraudes electorales de los militares, que todavía se encontraban en el poder. La diferencia con aquel bloqueo de caminos es que el de septiembre del 2000 se genera en un contexto distinto y sin presencia de los partidos de izquierda, tampoco se encuentra presente el katarismo , la ideología indianista y las organizaciones políticas indígenas, conformadas en la década de los setenta. Es otro indianismo, más radical, vinculado a un marxismo crítico al izquierdismo, expresión de un marxismo indianista, expresión política que juega un papel importante en el desenvolvimiento de las acciones de masa. Las distintas marchas cocaleras cruzan el lapso de la ofensiva de los movimientos sociales. Sobresale en estas marchas, por su dramatismo, el recorrido de las mujeres del Chapare a la sede de gobierno; las coraleras burlan los puestos del ejército y llegan a la ciudad de La Paz, desplegando un magistral juego de tácticas territoriales. Se suman las marchas de prestatarios, jubilados y rentistas, además de los gremialistas y maestros. Reaparece la figura esporádica de los épicos mineros con sus guardatojos y dinamitas, después del motín policial de febrero del 2003. Llegamos así a una de las cumbres de la curva de los movimientos sociales, que se sucede en octubre del 2003. Acontecimiento conocido como la guerra del gas. Se expulsa al gobierno neoliberal de Sánchez de Lozada y se transita hacia una incierta transición política, después de una sustitución constitucional. Los movimientos sociales viven una especie de reflujo, expectando y esperando el cumplimiento de medidas favorables, durante el gobierno de transición de Carlos Mesa, quien fuera vicepresidente del anterior presidente expulsado por una insurrección urbano-rural. Se abre un nuevo horizonte político. Los movimientos sociales imponen una agenda, la llamada agenda de octubre, que de manera sintética se expresa en la exigencia de la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

La transición resulta siendo sinuosa además de incierta. El gobierno de Carlos Mesa y el Congreso no cumplen con la demanda de los sectores sociales. Prefieren oscilar hacia la derecha, dejándose presionar por las oligarquías regionales y por las empresas trasnacionales. Durante esta etapa de vacío político, vacío creado en parte por el reflujo de los movimientos sociales y por otra parte por la propia levitación del gobierno de transición, la derecha conspira con todos sus recursos, con el monopolio de los medios de comunicación, con el Congreso, con los organismos multilaterales, con las trasnacionales, y hasta con el mismo gobierno, al que le imponen su propia agenda, la llamada agenda de enero, a través de concentraciones y cabildos. A propósito de estas concentraciones, por lo menos dos son importantes, el cabildo de junio del 2004 y el de enero del 2005. Ambos efectuados en la ciudad de Santa Cruz. El gobierno de transición, en medio de dos agendas, las de los movimientos sociales y la de las oligarquías regionales, en medio de dos fuerzas encontradas, termina colapsando. El presidente renuncia. Este hueco en la presidencia obliga a una segunda sustitución constitucional, que trata de ser aprovechada por la derecha para imponer un gobierno de acuerdo a sus intereses. Conspira para imponer una sustitución constitucional que llegue al presidente del Congreso, Hormando Vaca Diez, hombre plenamente afín a los intereses de la oligarquía y de las trasnacionales. Empero, como saliendo de su letargo, los sectores populares reaccionan ante esta embestida, vuelven a tomar el territorio nacional y las ciudades importantes del país. La lucha esta vez se sucede en todo el territorio, trasladándose gran parte del conflicto al oriente, a Santa Cruz de la Sierra, donde concentraciones multitudinarias de colonos, campesinos e indígenas, bloquean por el norte y el sur a la ciudad de la sierra. Sin embargo, el desenlace de este conflicto, que parecía prosperar hacia una guerra civil es la capital del país, Sucre. El Congreso se traslada a Sucre para poder sesionar, escapando de la sede de gobierno, la ciudad de La Paz, que se encontraba completamente convulsionada. Una vez arribados los parlamentarios a Sucre, la capital es tomada por los movimientos sociales. Los ayllus, los sindicatos campesinos, los maestros, organizaciones cívicas y de estudiantes toman Sucre en la mañana, llegan en la tarde los mineros, quienes dan un ambiente de mayor beligerancia, enfrentándose con dinamitas a la policía. Llegan con un muerto en el haber, después de un enfrentamiento con el ejército, en las cercanías de la ciudad. El ambiente se encuentra completamente caldeado. En estas circunstancias, ante una gigantesca expansión del movimiento social, ante la evolución intensiva de los eventos, el desenlace no se deja esperar. El movimiento social detiene en seco la conspiración de la derecha. El resultado es otra sustitución constitucional, esta vez en la persona del presidente de la Corte Judicial, Eduardo Rodríguez Velzé. Ingresando con esto a una nueva coyuntura electoral, plagada de la huella de seis años de luchas sociales. Se llega a un acuerdo político, las elecciones deben garantizar la Asamblea Constituyente y el referéndum autonómico.

 

El panorama de los movimientos sociales, en lo que llamaremos la historia reciente, muestra ciertas tendencias, que es conveniente analizarlas. Una de ellas es la sorprendente acumulación de fuerzas que se ha dado lugar a lo largo de seis años de luchas sociales, desde la guerra del agua, abril del 2000, a la segunda guerra del gas, pasando de octubre del 2003 a mayo y junio del 2005. Este asenso constante de los movimientos sociales exige una ruptura política trascendental. Esta ruptura política es trascendental porque ocasiona el quiebre respecto a los horizontes históricos heredados, horizontes históricos y culturales heredados por la República criolla. Hablamos de los horizontes coloniales, pero también de los horizontes neo-coloniales, como los relativos a los periodos liberales, incluyendo el último periodo neoliberal, el modelo capitalista, en su cuarto ciclo, bajo la égida del ciclo norteamericano, particularmente en su versión dependiente, en lo que respecta a los países periféricos. Una Asamblea Constituyente, verdaderamente constitutiva, pensada como instrumento democrático del poder constituyente de las multitudes, parece ser una de las tendencias del proceso beligerante de las luchas sociales. Otra tendencia, que puede ser característica en esta historia reciente, es la preeminencia de las bases sociales, del control social, de la gestión asambleísta, impuesta por los actuales movimientos sociales. Esta situación nos muestra la emergencia de modalidades de la democracia radical. Estas prácticas pueden repercutir en las nuevas formas de Estado que emerjan de la crisis. Otra tendencia, compartida por los países de la región, tiene que ver con la inclinación electoral hacia las nuevas versiones de la izquierda. En Bolivia esto tiene que ver con el crecimiento del Movimiento hacia el Socialismo (MAS). Otra característica, que parece ser particular de los países con presencia demográfica indígena, es el condicionamiento de la complexión cultural multinacional. Esto exige pensar la democracia en el contexto de las demandas de las nacionalidades, identidades colectivas y pueblos indígenas. Tomando en cuenta, por el momento, estas tendencias y estas características de los movimientos sociales, se observa también, que quizás debido a la rápida evolución de los acontecimientos, el desplazamiento de las luchas sociales no termina dibujando el perfil de los sujetos sociales, no termina de conformar un contenido político, no se culmina en un proyecto político. Se viven las circunstancias como vienen, improvisando y con propuestas inacabadas. Por esta razón es indispensable, construir espacios de deliberación y reflexión colectivos, que permitan consolidar lo ganado en términos de un intelecto general autonomizado, en el diseño de un proyecto político compartido [28] .

Tomando en cuenta la primera anotación, que hicimos en la descripción del plano de intensidades, y la larga cita, que corresponde a una evaluación de la movilización prolongada, efectuada desde la perspectiva de fines del 2005, podemos observar algunos planos de yuxtaposición en el espacio-tiempo social y político. El plano de intensidades de la movilización prolongada se asienta, por así decirlo, en el plano de intensidades de las resistencias. Ambos planos de intensidades se colocan «sobre» el plano de intensidades de la crisis de la democracia conquistada, después de una larga lucha contra las dictaduras militares. Esta larga lucha, que corresponde a los años 1964-1982, conforma otro plano de intensidades, el de las resistencias, las luchas, la reorganización política del bloque popular, que comprende a sindicatos, obreros y campesinos, a estudiantes, principalmente de las universidades, así como a los llamados partidos de izquierda. Los anteriores planos de intensidad se «asientan», por así decirlo, «sobre» este plano de intensidades, que corresponde a la lucha contra las dictaduras militares.

Desde esta perspectiva «geológica», usando la metáfora como «geología» social-política, vemos que todos los planos de intensidad comprenden un espesor de planos de intensidad. El plano de intensidades de la movilización prolongada se pliega y despliega sobre ese espesor histórico-social-político. Un plano de intensidad no se da solo, aisladamente, como si no tuviera nada que ver con los otros planos de sedimentación y des-sedimentación. Esto no podría tener lugar. Al respecto llama la atención las interpretaciones que hacen un corte, sólo retoman la temporalidad de este plano de intensidades de la movilización prolongada, como si la historia hubiera comenzado recién. Este mismo corte se produce tanto en quienes hacen apología del gobierno, así como en quienes descalifican al gobierno como a todo el «proceso de cambio». Desde la izquierda tradicional opuesta al gobierno y al «proceso» se considera que este plano de intensidades no forma parte de la historia política y social del proletariado boliviano. El plano de intensidades de la movilización prolongada no existe sin el espesor de planos de intensidad histórico-social-político; tampoco el espesor de planos de intensidades existiría sin la actualización de sus memorias en el plano de intensidades de la movilización prolongada. Si las luchas legendarias del proletariado minero existen, si las luchas del proletariado y de los movimientos campesinos existen, si las luchas indígenas existen, si las luchas nacional-populares existen, es porque han sido actualizadas por las luchas de la movilización prolongada. El pasado no existe como tal, como una materialidad a la que se la puede encontrar, «viajando» en el tiempo. El pasado existe como memoria, constantemente actualizado en un presente, que si existe como materialidad histórica. El pasado se pliega en el espesor del presente y se despliega en el plano de intensidades del presente.

Ahora bien, el problema cosiste en comprender cómo el espesor de intensidades histórico-social-político se actualiza en el plano de intensidades, cómo se da la dinámica de los planos de intensidad y yuxtapuestos, sedimentados. Por lo tanto, también el problema radica en comprender cómo se constituye la memoria social, que corresponde a la experiencia social, que corresponde, a su vez, a las dinámicas de la vida.

Ahora bien, antes de seguir, debemos anotar que, obviamente el espesor de intensidades descrito, que corresponde a las temporalidades que se dan desde 1964 hasta 2005, no se da sólo; se «asienta» sobre otro espesor de intensidades, el que corresponde a la experiencia nacional-popular, cuyos planos de intensidad, se pliegan y se despliegan desde la guerra del Chaco (1932-1935) hasta 1964, pasando por la irrupción de la revolución de 1952. A su vez, este espesor de intensidades relativo a la experiencia nacional-popular, se asienta sobre el espesor de intensidades de la crisis del liberalismo, interpelado por resistencias y luchas de las comunidades indígenas, de las organizaciones gremiales y de las primeras organizaciones sindicales. El espesor de intensidades, que está por «debajo» del espesor de intensidades que corresponde a la experiencia de la crisis del régimen liberal, es el espesor de intensidades del siglo corto inaugural de la República de Bolívar, llamada después Bolivia; corresponde entonces al primer ciclo de crisis del Estado-nación. En este mapa «geológico» político, debemos seguir con los espesores y los planos de intensidad de la época colonial, sobre todo concentrarnos en el plano de intensidades del levamiento indígena pan-andino del siglo XVIII, por la conexión que tiene con las resistencias y luchas indígenas en los primeros periodos de la república, en los periodos liberales, en los periodos de las dictaduras militares, desembocado en las resistencias anti-neoliberales y en la movilización prolongada.

Siguiendo con las metáforas geológicas, definiremos como «corteza» del Estado-nación boliviano al conjunto de espesores de intensidades que comprenden la época que viene desde la independencia (1825) hasta nuestros días, primera y segunda décadas del siglo XXI. La «corteza» de intensidades sobre la que se asienta esta «corteza» de intensidades del Estado-nación, es la que corresponde a los periodos coloniales; llamémosla «corteza» colonial. Ahora bien, la conquista del Perú, efectuada como campaña del virreinato de Nuevo México, por lo tanto, también comprendiendo la conquista de Tenochtitlán, por lo tanto de México, ocasionan un quiebre, un cataclismo, en las formaciones histórico-sociales, en los sistema-mundo, del continente de Abya Yala. En este sentido, desde el entendido de una ruptura y un quiebre, distinguiremos dos «placas», otra metáfora geológica; la «placa» moderna, con toda su arqueología, los distintos ciclos de la modernidad, que comprende tanto a la «corteza» colonial como a la «corteza» del Estado-nación; y la placa autóctona, que comprende las «cortezas», los espesores, los planos de intensidades, de las genealogías, las arqueologías, las constituciones e intuiciones, en sentido constituyente y de constituido, en sentido instituyente y de instituido, los mapas institucionales y culturales, de las sociedades conformadas en el continente.

Entonces tenemos dos «placas» históricas que se friccionan, chocan, produciendo sismos y alteraciones en la geografía histórica-social-política de los planos de consistencia y de los planos de intensidad. De los sismos de mayor escala, que se convirtió en terremoto, se encuentra el registrado como rebelión indígena pan-andina, en el siglo XVIII, prolongada como irradiación en la guerra federal (1898-1899), por la intervención del ejército aymara, dirigido por Zarate Willka; el otro «sismo» de gran escala es el lo que llamamos la movilización prolongada, cuando la movilización indígena se articula a la movilización nacional-popular, otorgándole a la movilización un contenido anti-colonial y descolonizador; este «sismo», que también se convirtió en terremoto, fue anunciado por la movilización katarista durante la segunda mitad de la década de los setenta.

La revolución de 1952 corresponde a la crisis política y de legitimidad, además de crisis social y económica, del Estado-nación. Se podría decir que incumbe a una conmoción ocasionada por la presión irresistible de los espesores de intensidad de la «corteza» del Estado-nación; el espesor liberal y el espesor nacional-popular, de manera más específica, el plano de intensidad de la crisis liberal y el plano de intensidad de la emergencia nacional-popular, «chocan», ocasionando un quiebre en la continuidad liberal, abriendo o, mejor dicho, articulando lo que venía formándose, el ciclo del nacionalismo-revolucionario, comprendiendo su fase ascendente, desde 1952 hasta 1956, y su fase descendente, desde 1956 hasta 1964. Proyectando rayos moribundos en los celajes de 1969-1971, en 1982-1984, y anunciando una alborada barroca desde el 2006; empero, alborada nublada y gris, cuyo día parece corto. Ciertamente esta convulsión de los espesores de intensidad en la «corteza» del Estado-nación, tienen como substrato el movimiento de las «placas», la fricción de las «placas», colonial y autóctona, que terminan ocasionando volcanes. La toma de tierras por parte de las comunidades campesinas, de los «pongos», al servicio de las haciendas, en el Altiplano y los valles, es la manifestación de la emergencia indígena en la revolución nacional.

Teniendo en cuenta las perspectivas «geológicas», genealógicas, arqueológicas, territoriales, dinámicas moleculares, dinámicas molares y dinámicas tectónicas, trataremos de elaborar una interpretación de dos planos de intensidades, el de la movilización prolongada y el de la crisis de las gestiones de gobierno popular. Dos planos de intensidades, que en conjunto forman el ciclo del «proceso de cambio», con su etapa ascendente, relativa a la movilización, y su etapa descendente, relativa las gestiones de gobierno.

Antes de seguir debemos hacer algunas anotaciones. Como dijimos antes, no es que el pasado existe como materialidad, que nos estuviera esperando, a la que llegaríamos medite un «viaje» en el tiempo. Ese pasado no existe. Lo que ha quedado del pasado son sus huellas, sus monumentos, sus registros, sus fuentes, sus archivos; también, y sobre todo, su memoria, la constitución de la memoria, a partir de la experiencia social acumulada. El pasado sólo puede existir actualizándose en el presente. Puede darse una actualización más integral o, de lo contrario, fragmentada, dispersa, circunscrita. Todo depende de la capacidad de activar la memoria, lo que, a su vez, significa remover los sedimentos de la experiencia. Ciertamente, la actualización del pasado, no sólo implica activar la memoria, sino también efectuar prácticas, acciones, que irrumpan en la superficie del presente, configurando el plano de intensidades. La actualización es virtual y efectiva.

 

Hipótesis interpretativa

La movilización prolongada comprende la confluencia de la experiencia social; es decir, de experiencias sociales concurrentes. Actualizando planos de intensidad y planos de consistencia, renovando espesores de intensidad, restableciendo «cortezas» históricas, siendo afectada por el movimiento tectónico de «placas» de formaciones históricas-sociales-políticas-culturales; es decir, de matrices culturales. La movilización prolongada fue el resultado, no sólo de la crisis múltiple del Estado-nación, sino también de la activación de la memoria social; es decir, de las memorias. Reminiscencias largas, medianas y cortas; haciendo presente los planos de intensidad, los planos de consistencia, los estratos de intensidades, las «cortezas» históricas, la fricción de las «placas» civilizadoras y las consecuencias de estos choques, que ocasionan emergencias volcánicas. Esta actualización, este hacerse presentes, este choque civilizatorio, que responde a la condición virtual de la memoria, se hace efectiva en la gramática de las movilizaciones. Esta escritura corporal, fáctica, pasional, desbordante, multitudinaria, escribe una trama no resuelta. Las multitudes se conmueven y se desplazan, abigarradamente, entre la entrega, el gasto heroico, y la el retorno expreso del conformismo.

 

 



[1] Ver de Raúl Prada Alcoreza La subversión comunitaria. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[2] León Trotsky: Historia de la revolución rusa. Editorial Tilcara, Buenos Aires.

[3] Revisar el libro de Martin Malia La tragédie soviétique. Histoire du socialisme en Russie 1917-1991 . Éditions du Seuil; Paris 1994.

[4] Ibídem: Pág. 168.

[5] Leszek Kolakowski: Las grandes corrientes del marxismo.

[6] [6] Nahuel Moreno (1924-1987). Teórico trotskista argentino. Organizador del Secretariado Latinoamericano del Trotskismo Ortodoxo (SLATO) y luego de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (LIT-CI).

 

[7] Revisar de Etiene Balibar Dictadura del Proletariado.

[8] Ver de Raúl Prada Alcoreza Conservadurismo recalcitrantes. Bolpress, La Paz 2013; Rebelión, Madrid 2013; Dinámicas Moleculares, Horizontes nómadas; La Paz 2013.

[9] Nicté Fabiola Escárzaga: La comunidad indígena en las estrategias insurgentes de fin del siglo XX en Perú, Bolivia y México. Tesis de Doctorado en Estudios Latinoamericanos Facultad de Ciencias Políticas y Sociales Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

[10] Ídem.

[11] Maksim Kovalevsky: ‘Obshchinnoe Zemlevladenie’ (Posesión comunal de la tierra).

[12] Ver de Adolfo Gilly La revolución interrumpida. Ediciones El caballito, México 1980. Págs. 65-66.

[13] Ver de Raúl Prada Alcoreza Fragmentos territoriales. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[14] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Devenir y dinámicas moleculares. Dinámicas moleculares; La Paz 2013.

[15] Ver de Adolfo Gilly La revolución ininterrumpida. Ob. Cit.; pág. 84.

[16] Ver de Liborio Justo Bolivia: La revolución derrotada. También, del mismo autor, Estrategia Revolucionaria ; Buenos Aires, 1957. Entre o tras obras tenemos a Nuestra patria vasalla y Pampas y lanzas.

[17] Ver de Karl Popper Lógica de la investigación científica. Tecnos; Madrid.

[18] Dunkerley James (2003). Rebelión en las venas. La Paz; Plural.

[19] http://tintarojablog.wordpress.com/2012/12/19/historia-y-lecciones-de-la-revolucion-boliviana-parte-2/ http://tintarojablog.wordpress.com/2012/12/08/historia-y-lecciones-de-la-revolucion-boliviana-parte-1/

[20] Lora Guillermo (1978). Contribución a la historia política de Bolivia. La Paz; ISLA.

[21] Ibídem. También ver, del mismo autor, Historia del movimiento obrero. La Paz; Amigos del Libro.

[22] Justo Liborio (2007. Bolivia: La revolución derrotada. Razón y Revolución; Buenos Aires.

[23] Ibídem.

[24] Ibídem.

[25] http://tintarojablog.wordpress.com/2012/12/19/historia-y-lecciones-de-la-revolucion-boliviana-parte-2/ http://tintarojablog.wordpress.com/2012/12/08/historia-y-lecciones-de-la-revolucion-boliviana-parte-1/

[26] Revisar de Raúl Prada Alcoreza Devenir y dinámicas moleculares. Dinámicas moleculares, La Paz 2013.

[27] A propósito de las marchas cocaleras, en Movimientos sociales y Estado escribimos lo siguiente: Sobresale en estas marchas, por su dramatismo, el recorrido de las mujeres del Chapare a la sede de gobierno; las coraleras burlan los puestos del ejército y llegan a la ciudad de La Paz, desplegando un magistral juego de tácticas territoriales . Comuna; La Paz. Dinámicas moleculares; La Paz 2003.

[28] Raúl Prada Alcoreza: Movimientos sociales y Estado. Ob. Cit.; págs. 1-6.

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