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Cuando la política sostiene la economía

Fuentes: Le Monde Diplomatique

Comencemos el balance por la política. Partiendo de la representación parlamentaria más débil desde la recuperación de la democracia, el gobierno logró sortear la amenaza del bloqueo legislativo articulando coaliciones que le permitieron aprobar leyes controvertidas, como el acuerdo con los fondos buitre o el blanqueo de capitales. La oposición, formalmente mayoritaria pero políticamente astillada, […]

Comencemos el balance por la política. Partiendo de la representación parlamentaria más débil desde la recuperación de la democracia, el gobierno logró sortear la amenaza del bloqueo legislativo articulando coaliciones que le permitieron aprobar leyes controvertidas, como el acuerdo con los fondos buitre o el blanqueo de capitales. La oposición, formalmente mayoritaria pero políticamente astillada, consiguió imponerle una sola iniciativa, la ley anti-despidos, que el presidente vetó sin pagar, al parecer, un gran costo de imagen, tal como había sucedido con el 82 por ciento móvil aprobado por el Grupo A y vetado por Cristina (se buscan politólogos con tiempo ocioso que encaren el paper pendiente sobre las consecuencias políticas del veto presidencial). Del mismo modo, el deterioro del cuadro social no desembocó en el esperado paro general de los sindicatos ni en movilizaciones de las organizaciones sociales capaces de alterar el statu quo.

En otras palabras, el diagnóstico de «ajuste sin rebelión» que formulamos dos meses atrás se mantiene vigente, aunque el macrismo aún debe demostrar que es capaz de superar diciembre, el temido «mes de la gobernabilidad» de la democracia argentina. Como nos recuerdan los episodios de Cromañón, los saqueos, la devaluación y el Indoamericano, desde el 2001 todos los diciembres son la amenaza de un 2001. Mauricio Macri lo sabe y, bien aconsejado, actúa de la única manera posible: recurriendo al viejo truco de distribuir recursos a través de iniciativas como el bono a los estatales, la eximición de ganancias del medio aguinaldo y la emergencia social. En definitiva, la caja, tan mentada durante el kirchnerismo pero misteriosamente desaparecida del lenguaje periodístico actual: clonazepam en gotas para la paz social.

En cambio, el balance económico resulta negativo, se mire por donde se mire. El PBI caerá cerca del 2 por ciento en 2016, lo que equivale al peor año de la larga década kirchnerista, en tanto la inflación marcará la tasa más alta desde el lejano 2002 y las exportaciones, medidas en cantidades, no sólo terminarán disminuyendo sino que además, por efecto de la quita de retenciones, profundizarán su primarización (1). Los efectos sociales son conocidos: pérdida del poder de compra del salario del 5 por ciento (2), más pobreza (32,2 por ciento) y más desigualdad (el Gini pasó de 0,400 en 2015 a 0,417 en 2016) (3).

Al revisar la economía del año que se va, la impresión es que, luego de la seguidilla de shocks iniciales (eliminación de retenciones, devaluación, tarifazo, liberación por decreto del mercado de las telecomunicaciones), el gobierno se fue quedando sin ideas y que ahora, puesto ante la evidencia de que los resultados no son los esperados, se encuentra desorientado. ¿Por qué, si hicimos todo lo que «había que hacer», las cosas están saliendo mal? Un mix entre el candor propio de los niños-burbuja de Zona Norte y el dogmatismo característico de los dueños del capital parece guiar algunas de las convicciones económicas fundamentales del PRO, como aquella que sostiene que eliminar las regulaciones estatales liberará las energías dormidas de la sociedad generando un boom schumpeteriano de emprendedorismo popular que multiplicará los descubrimientos rupturistas y las startups revolucionarias (y no se trata por supuesto de cuestionar la apuesta a la innovación, decisiva en cualquier estrategia de desarrollo, sino de apuntar que difícilmente pueda prosperar bajo una macroeconomía hostil que premia la especulación con Lebacs antes que el riesgo empresarial).

De la misma forma, la tesis de que la búsqueda de relaciones cuasicarnales con las potencias occidentales redundará en algo más que gestos diplomáticos de amistad se está demostrando equivocada. Si se mira bien, los dos ciclos políticos que lograron estabilizar la economía y relanzar el crecimiento desde la recuperación de la democracia, el menemismo y el kirchnerismo, supieron sintonizar con un cierto momento del mundo: en el primer caso, dominado por la globalización, la apertura comercial y la abundancia de capitales baratos (hasta el Tequila); en el segundo, por el boom de los commodities, el ascenso de las nuevas potencias y la integración política latinoamericana (hasta Lehman Brothers). Malo, bueno o regular, el plan económico del macrismo parece diseñado para un mundo que ya no existe como tal, en un contexto geopolítico en el que son precisamente los países a los que quiere abrirse los que eligen presidentes que denuncian los tratados comerciales y proponen un regreso al viejo y maltratado proteccionismo. Como demostró la cumbre de la APEC, el libre comercio hoy está más en China que en Estados Unidos.

Enfrentado a una realidad que con la crueldad inapelable de las estadísticas le demuestra cada día que las relaciones de causalidad que desde siempre dio por seguras -emisión-inflación, desregulación-inversiones- no necesariamente se verifican en la práctica, el macrismo sufre la penúltima reedición del clásico dilema weberiano entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. ¿Girar hacia lo que llama «kirchnerismo responsable» (definición que hasta hace poco era obviamente un oxímoron) o seguir confiando en los viejos principios?

La disyuntiva, de por sí angustiante, se hace más urgente por dos motivos. El primero son las dificultades para gobernar con eficiencia el Estado, evidenciadas en la demora de gestión en áreas importantes de la administración pública y la subejecución rampante de todo tipo de planes y programas. Pero además, enamorado de la imagen de éxito individual que le devuelve el espejo, el gobierno del PRO se ha preocupado poco por desplegar políticas orientadas a amortiguar los efectos de la caída del consumo, la apertura comercial y la suba de tasas en ramas enteras de la producción industrial (textil, calzado, juguete, electrónica) que resultan poco competitivas. Desprovistos de la tecnología propia del primer mundo e imposibilitados de recurrir al dumping social asiático, se trata sin embargo de sectores intensivos en mano de obra y decisivos en ciertos territorios: la industria textil explica el 30 por ciento del empleo industrial registrado en La Rioja, la empresa Coteminas, productora de sábanas y toallas, es la principal fuente de mano de obra no estatal de Santiago del Estero, y tres compañías de línea blanca absorben la mayor parte del empleo privado industrial de San Luis, sin mencionar al Gran Buenos Aires, donde buena parte de los municipios dependen de la industria (4). Es la «economía de la ineficiencia» la que garantiza la paz de los conurbanos.

Y sin embargo, a pesar de su apuesta aperturista y su fe en el mercado, el macrismo disiente con el neoliberalismo puro en un aspecto crucial: no operó un ajuste drástico del gasto público (aunque sí alteró las prioridades y destina cada vez más recursos al pago de deuda) ni una rebaja impositiva global (aunque eliminó o redujo impuestos progresivos como retenciones y bienes personales). En términos generales, el análisis del Presupuesto 2017 confirma que el déficit fiscal se mantiene más o menos en los mismos términos que en el último año de Cristina y el primero del PRO (4,2 por ciento). Asimismo, como suelen recordar los economistas ultraortodoxos que ahora curten peinados extravagantes y modos de barrabrava, la presión impositiva permanece en torno al 37 por ciento, la más alta de América Latina. En realidad, la única idea económica realmente original del macrismo, dado un déficit fiscal estable, es reemplazar emisión por deuda, que crece peligrosamente (aunque se trata más de una tara cortoplacista que estrictamente neoliberal, como demuestran los casos de sobreendeudamiento bajo gobiernos populistas al estilo Venezuela).

Insistimos entonces con que el macrismo es una criatura política compleja imposible de captar con enfoques cerrados: el método de análisis preferido del periodismo (fijar una posición y luego reunir los argumentos para reforzarla) resulta poco útil a la hora de definirlo. Ocurre que, así como el kirchnerismo marcó una distancia con las experiencias nac&pop del pasado evitando las nacionalizaciones masivas y cuidando hasta el final que la macroeconomía no estallara, el macrismo no recorta el gasto público ni reduce la carga tributaria ni privatiza empresas. Un océano ideológico separa a un ciclo de otro pero ambos, contra lo que sostienen las miradas más dogmáticas, son diferentes a sus inspiradores del siglo XX. La historia se repite dos veces: primero como tragedia, después como puede.

Pero conviene no engañarse. Estos desvíos no significan que el PRO carezca de ambiciones sino que es lo suficientemente inteligente para reconocer los límites que los sindicatos, el peronismo, las organizaciones sociales y la opinión pública le imponen a su voluntad, que es tan refundacionista como la de toda alternativa ideológica que se precie de tal. El macrismo tiene un rumbo. Si no avanzó en una iniciativa general de flexibilización laboral (pese a las quejas por el «costo argentino» y el insólito convenio con Mc Donald’s), si no redujo la dotación de empleados públicos (pese al despido de funcionarios de carrera y su reemplazo por militantes del PRO) y si evitó las privatizaciones (pese a los recortes presupuestarios en las empresas públicas, el enfoque menos orientado al desarrollo de YPF y la tentación constante de liquidar el Fondo de Sustentabilidad del Anses), es sencillamente porque la sociedad no lo admitiría. ¿Hasta dónde llegará? Simple: hasta donde la correlación de fuerzas se lo permita.

Se nota también en la política social. Aunque la palabra «derechos» desapareció del lenguaje programático del oficialismo, los planes sociales son en esencia una continuidad apenas revisada de los del kirchnerismo. No hubo una ruptura en este aspecto ni, señalemos con cuidado, en otro punto fundamental: el protocolo anti-piquetes anunciado en las primeras semanas de gobierno fue dejado de lado por su inaplicabilidad y hoy alcanza con recorrer el centro porteño para comprobar que las manifestaciones y los cortes se mantienen más o menos como antes (5). Macri no sacó a los militares a las calles ni envió al Congreso una reforma del Código Penal para endurecer las penas. ¿Cuántos kilómetros de ideología separan a Patricia Bullrich de Sergio Berni? ¿Cuántos a Cristian Ritondo de Ricardo Casal? El modelo puede ser pésimo, pero no es cierto que no cierra sin represión.

El problema es la realidad. A un año de su llegada al poder, el macrismo choca contra un mundo que es menos libre de lo que imaginaba, una economía menos moderna de lo que creía y una sociedad que no es el flan inerme de la pos-hiperinflación sino un sujeto activo que lo acecha, vigilante.

Notas:

1. Datos del Informe de Comercio Argentino del INDEC para el primer semestre.

2. Datos del IERAL.

3. Datos del INDEC y Gini calculado por el CEPA.

4. Datos de la Consultora Radar.

5. La situación de la presa política Milagro Sala y el hecho de que siga detenida a pesar de la opinión de la ONU conforman un episodio gravísimo, responsabilidad compartida entre el gobierno de Jujuy y la administración nacional del PRO, que lo apoya y es, según los convenios internacionales, el responsable último de garantizar la justicia de los procesos y los derechos humanos.

Fuente: http://www.eldiplo.org/210-un-ano-despues/cuando-la-politica-sostiene-la-economia