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El contenido popular y revolucionario de la independencia Argentina

Fuentes: Rebelión

Presentaremos brevemente en este artículo tres ideas fuerza para la interpretación de la independencia Argentina. Una, que fue una revolución popular, que tuvo gran participación de las masas, y que los objetivos y conclusiones de todo el proceso revolucionario estuvieron en disputa por varias décadas. Segundo, que la tarea de construir un Estado nación moderno […]

Presentaremos brevemente en este artículo tres ideas fuerza para la interpretación de la independencia Argentina. Una, que fue una revolución popular, que tuvo gran participación de las masas, y que los objetivos y conclusiones de todo el proceso revolucionario estuvieron en disputa por varias décadas. Segundo, que la tarea de construir un Estado nación moderno era uno de los desafíos revolucionarios, concientes, de los líderes que encabezaron el proceso y que la forma que tomara ese Estado y esa nación era una creación de la revolución que debía realizarse. Y tercero mostraremos como a través de las fuerzas militares que surgieron en el proceso revolucionario las masas impusieron parte de sus intereses en la orientación del la política de las dirigencias más permeables a su influencia.

El desarrollo de programas políticos solo es posible si encuentra, en la formación social donde se pretende desplegar, una posible base material y humana que le de potencia, sino solo es una «utopía abstracta». Por ello hay que encontrar la articulación de clases que constituyen el posible sustento de una política avanzada: democrática, agraria y proteccionista.

Plateamos en este sentido que a lo largo de las luchas que se inician con las invasión inglesa que se continúan hasta la consolidación del Estado nación los intereses de las clases, de los actores y grupos políticos se expresan en diferentes proyectos mas o menos antagónicos entre si. Hay dos grandes líneas dentro de las que los podemos agrupar. Por un lado un proyecto independentista que busca el desarrollo, se previene contra las nuevas posibles formas de dominación extranjera y que, en ese sentido, esta dispuesto a apelar a las masas (en diferente forma de acuerdo a cada momento y de que grupo político o liderazgo hablemos). Nunca «orgánico» pero siempre condicionado por esta necesidad de apoyo popular, y en este sentido fue permeable a algunos o muchos de sus reclamos. Mostraba una tendencia hacia el proteccionismo, hacia la conciliación con las masas rurales y urbanas, y fue más americanista.

Frente a otra tendencia que expresa una línea de absoluta confianza a los dictados del mercado mundial, y en ese momento del capital ingles que es el que lo domina. Un proyecto librecambista que busca siempre bajar las tasas aduaneras, y apela a la inversión extranjera. Que desconfía de la movilización de las masas y busca sacarlas de la escena política mediante mecanismos legales elitistas, excluyéndolas de toda forma de participación real que no fuera la rebelión. Que se apura a disciplinar sin concesiones al «bajo pueblo» y transformarlo a la mano de obra rural quitándole el acceso a la tierra. Que en lo geopolítico deviene en antiamericano.

Una estructura a crear

El virreynato del Río de la Plata fue creado en 1776 y ejercía jurisdicción sobre varios millones de km2, con una población que en los cálculos más optimistas no puede hacer exceder del millón y medio de personas. La Banda Oriental contaba con poco mas de 30000 habitantes 15 mil en Montevideo. Buenos Aires unos 40000 en la ciudad y un poco mas de 30000 en la campaña. Las provincias que hoy forman la Argentina rondaban las 300000 personas. La autoridad sobre este extenso territorio era, en parte, sólo jurídica. Se encontraba débilmente articulado en lo político y menos aún en lo económico. A sólo 30 años de su fundación entra en crisis a causa de la invasión inglesa a Buenos Aires y la Banda Oriental, y la posterior caída de España bajo el dominio napoleónico. O sea tuvo una corta vida, aunque sirvió para amalgamar (no unir) a formaciones sociales disímiles, cuyas relaciones anteriores eran muy débiles como para considerarlas bases sólidas para un Estado-nación. El virreynato había servido además para dos cosas de importancia posterior en nuestra independencia: una, el desarrollo de Buenos Aires; y dos, el enfrenamiento con Brasil. Además de potenciar la explotación ganadera de cara al mercado mundial y hacer crecer la población entorno al Río de la Plata.

Entonces al comenzar el siglo XIX el virreynato engloba dos sociedades distintas. Una: en la región rioplatense, que podemos definir como mercantil. Es la zona menos poblada donde las tribus nómades indígenas no representaban una fuente de mano de obra campesina sustancial para el tipo de explotación señorial que los terratenientes hispanos procuraban establecer en América. Pero se encontraba en proceso de rápida formación y crecimiento, gracias a sus fronteras abiertas, y a que las relaciones sociales se encontraban débilmente asentadas: era una sociedad poco densa. En el otro polo (social, geográfico y económico) estaba el Alto Perú una sociedad estamental con fuertes rasgos de feudalismo. Donde desde antes de la conquista española existía una civilización agrícola avanzada. Allí durante 250 años una casta hispana ejercía en domino sobre una masa de tributarios campesinos indígenas. Estos indígenas prestaban tributos en trabajo al conjunto de la casta y para la extracción de minerales, que eran la fuente mas importante de recursos del virreynato para el sistema colonial español. Entre esa región, de antigua tradición y una sociedad fuertemente establecida, y en Río de la Plata, de reciente formación y tradiciones más flexibles, se encontraban el resto de las «provincias». A su vez toda America se encontraba enmarcada dentro de la juridicidad del antiguo régimen absolutista colonial. Desde fines del siglo XVIII el mundo occidental estaba avanzando hacia transformaciones económicas, nacimiento de nuevas ideas y cambios políticos que proyectarían a la cada vez más dinámica burguesía hacia la hegemonía. Inglaterra completaba su primera revolución industrial y su presencia comercial en el mundo era abrumadora, pero todo occidente mostraba el ascenso de nuevas clases sociales y con ellas de nuevas formas de ver el mundo. La revolución francesa fue la expresión más importante, en el plano político, de esta transición. Por un lado las ideas de «libertad, igualdad y fraternidad» aparecían ante las masas como una muestra de las posibilidades, de las mejoras, que estos cambios podían implicar. Otro elemento era una nueva juridicidad y concepción del hombre como sujeto político, de la autoridad, etc., que dio nacimiento a la formación de Estado-nación. Y por último, pero no por eso menos importante, desató la crisis del imperio español y con ella la asunción de las soberanías por gobiernos locales. Entonces en el marco de la revolución burguesa clásica en su momento más crítico, en América hispana el cambio político daba sus primeros pasos con los desafíos y posibilidades que un periodo crisis y de cambios radicales siempre implica.

La revolución de la independencia como guerra popular

Ahora bien nuestra región tiene una característica que mencionamos más arriba y que simplificadamente es «feudalidad» en el Alto Perú y «mercantilismo» en el Río de la Plata. Sobre estas operaron dos fenómenos político militares de enrome envergadura. Uno: el Alto Perú fue directamente afectado por las rebeliones de Tomás Katari, Tupac Amaru, y Tupak Katari en 1780. La revolución levantó a las comunidades contra la secular opresión feudal y la discriminación étnica, y alertó a las clases dominantes andinas que ajustaron sus prevenciones sobre los riesgos de cualquier cambio radical. Una sociedad basada en la explotación de campesinos, en la que el desarrollo de otras clases sociales cuya riqueza sea obtenida por formas económicas se encuentra en pañales, tendrá tendencia a abroquelarse en la conservación del orden tradicional. Más aun si vivió y triunfo contra una amenaza de cambio reciente. En el Alto Perú la revolución tal como sería «llevada» por los ejércitos porteños implicaba la abolición de la servidumbre y con ella de la clase dominante, y no una transición o ruptura, costosa, solo para una minoría. Esta será la matriz con la que se puede explicar el fracaso de las revoluciones de la independencia en la actual Bolivia.

Dos: en el Río de la Plata se produce la invasión inglesa. Fue una operación que alcanzó gran envergadura por la cantidad de efectivos puestos en juego por Inglaterra (llegó a haber 15000 hombres en 1807 una cifra muy elevada para una campaña colonial) y por la calidad de los jefes que la condujeron (el más famosos William Beresford, llego a ser un jefe de gran importancia en la organización de los ejércitos que derrotaron a Napoleón). Sin embargo esas fuerzas fueron derrotadas por un ejército constituido localmente, y por autoridades elegidas también localmente, ante la incapacidad de las autoridades virreynales de organizar una resistencia eficiente. Se movilizaron masas en una cantidad enorme para integrarse a «milicias»: 8151 hombres casi todas las personas en condiciones de combatir de los 40000 habitantes de la ciudad (también se crearon milicias en Montevideo, unos 2000 hombres, pero allí fueron licenciadas después de la derrota inglesa). Es interesante tener en cuenta que en aquel puerto oriental se encontraba la base de la flota española en el Atlántico Sur, una fuerza regular peninsular, clave de la resistencia montevideana a las fuerzas patriotas hasta 1815. Además de que la burguesía mercantil con asiento en Montevideo disputaba con la de Buenos Aires la autonomía de su comercio. Allí estaría la base de la resistencia hispana, de la contradictoria alianza con Artigas en su lucha con Buenos Aires y del posterior «cambio de bando» al lado portugués en la entrega de la Banda Oriental.

Las milicias eran fuerzas previstas por el ordenamiento militar español: milicias urbanas y rurales, más o menos regladas. Implicaban un número potencial de hombres en armas muy superior a los del «fijo» español. Elegían a sus oficiales, la integraban negros y castas para los cuales implicaba sin dudas un lugar de cierto prestigio y mayor libertad. Es conocido a través de las memorias de Belgrano el caso que puede considerarse como ejemplo. Allí el líder revolucionario relata que tenía a su cargo el recuento de los votos con los que los milicianos designaban al jefe de una unidad. Belgrano recuerda que el sufragio daba por jefe a una persona «mas conocida por sus vicios» que por virtudes militares y que tuvo que retocar el resultado para que este cayera en una persona acorde a la función. Son numerosas las fuentes que detallan el carácter deliberativo y político de todas las unidades militares porteñas. La intervención de San Martín contra el triunvirato en 1812 fue una movilización de tropas que acompañó la agitación de los grupos ligados al ex morenismo. Pero inclusive en una fecha tan avanzada como el año 1820, fue una decisión política deliberativa la que llevo a que el Ejército del Norte decidiera no obedecer la orden de reprimir al artiguismo, la que se combinó con una agitación en la ciudad y la campaña de lo que en ese entonces se denominaba «el partido popular», y que tenia como expresión en el campo a la inquietud de las clases pobres y «levantamiento de montoneras».

Las montoneras no son otra cosa que las herederas de las milicias rurales del ordenamiento militar español y la movilización que implico la guerra de la independencia y las luchas por definición de hacia donde se orientaría la organización del nuevo Estado. Por ejemplo, el proceso social y político que llevó al acenso primero de Manuel Dorrego y luego del rosismo, que madura durante la experiencia rivadaviana en Buenos Aires desde 1820, cuenta con numerosos testimonios sobre resistencias, que en varios casos las fuentes mencionan como «levantamientos de montoneras». Recordemos que la clave de la materialización del poder de Rosas para llegar al gobierno fueron las milicias rurales. Las milicias, las montoneras, e inclusive los ejecitos patriotas expresaron elemento más democrático y movilizador del periodo, abarcando a una porción sustantiva de la población en sus filas.

Guemes: una reforma montonera

Un caso extremo en que las milicias implicaron un cambio en el status jurídico y la condición económica de la población pobre fue Salta. Con la instalación de la guerra en Salta como base de operaciones avanzada para la guerra en el Alto Perú, la provincia debió movilizar a una gran masa de su población, y lo hizo a través de milicias cuyo comandante era el Jefe de la vanguardia del ejército del norte Martín Miguel de Guemes. Eran 6610 hombres los que podían movilizar Guemes (4900 milicianos), en base a formaciones regionales que se agrupaban para combates concretos y para el control de la zona. En la practica una gran parte de los campesinos que en una sociedad como la Salteña eran dependientes (arrendatarios) de la clase dominante provincial aristocrática. La integración a las milicias implicaba para los campesinos sustraerse a la justicia «civil» que en realidad era la justicia de la clase señorial y dejar de pagar impuestos a los terratenientes. Las permanentes contradicciones del líder popular salteño con los liberales porteños pasa justamente por este eje. Mientras la guerra de la independencia se mantuvo como prioridad los liberales porteños se vieron obligados a «tolerar» a Guemes, ya que el «partido americano» con San Martín en sus filas se imponía como mayoritario. Sin embargo el alejamiento de la guerra con San Martín en Perú permitió que el norte fuera pacificado (aunque ello significara que las fuerzas sanmartinianas perdieran su último apoyo en la maniobra de pinzas planificada).

¿Por que sucedió esto? El sistema Guemes, cargaba el costo de la guerra en los propietarios acomodados y liberaba a la población a cambio de servicio militar en las milicias (situación que no los sustraía de sus tierras, al contrario). Implicaba reformas sociales y colocaban a un líder popular con proyección nacional en el mismo momento que se estaba combatiendo a Artigas en el litoral. La pacificación del norte, tanto en lo social como en la guerra con los españoles era central en los intereses de clase de la oligarquía salteña y de la fracción rivadaviana que en 1820 había logrado el poder en Buenos Aires después de aplastar al federalismo local. Quizás este sea un caso extremo; aunque no tanto, ya que Andresito a la cabeza de las fuerzas guaraníes o Artigas con sus movilizaciones de hombres y recursos implicaron una aún mayor disrupción en el orden tanto social, político o económico y hablamos de tres sociedades diferentes: la salteña, la oriental y la guaraní.

El carácter social de la guerra aparece con fuerza en el Alto Perú. Allí la revolución no prende inmediatamente, la primera expedición (la de Castelli) no logra sostenerse a pesar de su ímpetu reformista. Se han dado diferentes explicaciones para esto (no podemos desarrollarlas en este artículo). Lo que si sabemos es que a partir de la llegada de las tropas porteñas se desató un proceso que daría sus frutos en la segunda expedición conducida por Belgrano, a la que se sumarían amplias porciones de la población, implicando una movilización de masas de importancia (que se implicó en ambos bandos). Quizás en las recomendaciones de Belgrano a San Martín cuando le entrega el mando del ejército haya parte de la explicación de su éxito: respete las costumbres y la religiosidad de esos pueblos.

La población del Alto Perú es difícil de precisar, al igual de todas las poblaciones de America, dada cierta imprecisión de los censos para dar cuenta del conjunto de los habitantes, pero se encontraba en torno al millón (los censos vireynales dan cifras menores), de los cuales los 2/3 eran indígenas y solo la décima parte eran considerados blancos. El 90 % vivía en la campaña en su mayoría campesinos sometidos. La lucha guerrillera, miliciana y regular dada por la resistencia altoperuana desde 1812 movilizó en su apogeo a varios miles de soldados «regulares» (en tono a los 6000 quizás) y a varias decenas de miles de irregulares en su mayoría indígenas conducidos por sus propios oficiales (los jefes formales de las republiquetas en general combinaban un liderazgo popular con un grado militar oficializado por el jefe del ejercito del Norte). Nunca operaron juntos, no eran un ejército móvil, sino que se encontraban divididos en diferentes regiones donde organizaban a su base social de la cual dependían, desde Tarija hasta La Paz horadando las principales líneas españoles y amenazando el dominio de las ciudades.

Cuando en 1816 los dos grupos más formales, los de Warnes y Arenales, son derrotados en combates regulares las republiquetas comienzan a decaer. Aunque la masiva y popular fuerza de Juana Azurduy (Padilla y Azurduy contaban con unos 10000 seguidores aunque una pequeña parte eran soldados regulares) continuó más tiempo hasta que junto con otros grupos guerrilleros se replegaron para unirse a las fuerzas de Guemes esperando al necesaria ofensiva libertadora que completara la maniobra sanmartiniana. Miles de rebeldes altoperuanos se replegaron hacia las provincias hoy argentinas y de ellos salieron los congresales que representaron al Alto Perú en el congreso de Tucumán en 1816. Hubo cientos de caudillos patriotas en la actual Bolivia, eran la expresión de una lucha de carácter popular y masivo que expresaba el renacer del carácter social de la lucha cuya raíz debería buscarse en las rebeliones andinas de 30 años atrás. El abandono de la visión Americana y el temor a las reformas sociales por parte del grupo rivadaviano, que se hizo del poder en Buenos Aires en 1820, condenó a San Martín a tener que ceder el mando a Bolívar. Y condenó a Bolivia a que sus libertadores fueran sus mismos opresores criollos colaboracionistas de los españoles, ahora devenidos en «republicanos».

Jacobinismo a la criolla

Al principio mencionamos una caracterización de la estructura social del antiguo virreynato: mercantil en Buenos Aires y semifeudal en el Alto Perú. Pareciera que para el caso porteño eso implicaba ventajas para una política revolucionaria popular, y es cierto, la abolición de la servidumbre y la movilización de esclavos no afectaban la estructura productiva articulada en el comercio con una base rural en expansión. Sin embargo esa misma base mercantil colocaba en la primera línea del proceso revolucionario a una clase cuyos intereses inmediatos tendían a articularse irresistiblemente con el capital inglés. Y el capital ingles necesitaba un tránsito hacia la construcción de Estados que produjeran bienes de la tierra baratos, tuvieran mercado internos débilmente articulados, que no fomentaran la producción de mercancías que compitieran con las importaciones, que fueran permeables y facilitadores a las diferentes oleadas de «inversiones» que los momento de excedentes financieros en el centro se necesitan colocar sin trabas. Ya en la Asamblea del año XIII Manuel García (el entregador de la Banda Oriental) promovía las «inversiones» mineras inglesas y en el año veinticuatro Rivadavia firmó el primer empréstito. Si una cara de la sociedad rioplatense era su capacidad de movilizar milicias y que estas tuvieran poder político, por la poca importancia económica de lo servil y esclavista en la región; la tendencia negativa era su voluntad de dependencia. Esas dos tendencias se enfrentaron, también en Buenos Aires y fueron las luchas entre el «partido popular» federal (en momentos claves encabezado por figuras como el Coronel Dorrego, Manuel Moreno, Manuel Pagola, etc.) y los liberales directoriales: apoyarse en la movilización armada de las masas abierta en la independencia o reprimirla.

Todo el proceso revolucionario que formó a nuestra naciente nación fue una larga guerra que combinó elementos y momentos de guerra nacional con los de guerra civil. En realidad todo el proceso de lucha por la independencia y posterior formación del Estado fue en parte nacional y en parte de luchas sociales y de clases. Por lo tanto no estaba determinado previamente que Argentina de la segunda mitad del siglo XIX se consolidaría como un estado oligárquico y una economía monolíticamente agroexportadora. La amplia movilización de la población que concéntricamente llegó a los confines del virreynato y con San Martín cruzo las fronteras, desorganizaba los lazos tradicionales de dependencia de la antigua sociedad colonial, y liberaba las contradicciones que encerraba la nueva sociedad. Nos interesa la lucha que se dio entre los intereses, aspiraciones más o menos difusas, sentimientos, que impulsaban a las masas en su participación armada, primero contra la reacción española y después contra la burguesía comercial y el mercado mundial.

Creemos que ahí se encuentra la base de los proyectos independentistas revolucionarios. Es en la articulación entre una base social popular con una elite «intelectual» que no pertenece orgánicamente a ella (en el sentido gramsciano, en nuestro caso cuadillos y/o «doctores», una fracción de la elite local dispuesta a crear un Estado nación independiente y modernizar las relaciones sociales con reformas de contenido popular). Una «alianza» que confluye en una serie de puntos clave y que genera la posibilidad (la acumulación originaria, la base material) de construir un centro de poder político militar que de forma a un Estado capaz de dirigir el proceso de formación nacional en una dirección que no sea la que naturalmente imponían las condiciones del mercado mundial. Es lo que Antonio Gramsci llamaba la «articulación de una voluntad colectiva nacional popular».

Proteccionismo posible

Cuando analizamos la primera mitad del siglo XIX debemos ver el comportamiento de los grupos gobernantes respecto de las tarifas aduaneras. Es importante aclarar que el comercio libre fue una importante conquista que significaba la ruptura del monopolio absolutista y la intermediación parasitaria de los comerciantes de Cádiz. Para nada la política colonial había sido «proteccionista» por el contrario, las disposiciones españoles buscaban aplastar cualquier tipo de progreso colonial, lo que implicaba reducirlo al mínimo. La discusión una vez conquistado el libre comercio, pasaba en términos modernos por: libre importación vs. proteccionismo aduanero.

En el Plan de operaciones, después de la idea de librecomercio, se desarrolla una posición «industrialista» y «dirigista» para crear una estructura económica nueva. «Las fortunas agigantadas en pocos individuos (…) que sirven a la ruina de la sociedad civil (…) con su poder absorben el jugo de todos los ramos del estado (…) y en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad». Propone confiscar esas fortunas «para luego de consolidar el estado sobre bases fijas y estables» aunque «parecerá duro para un apequeña parte de individuos (…) aparecerán después las ventajas públicas que resultan con el fomento de fábricas, artes ingenios y demás establecimientos a favor del Estado y de los individuos que las ocupan con sus trabajos». Y continúa mas adelante «la confiscación de 500 o 600 millones de pesos si bien descontentará a 5 o 6000 individuos, las ventajas habrán de caer sobre 80 o 100000 trabajadores». Propone usar esa fortuna para fortalecer el estado, formar un fuerte ejercito que (acertadamente augura) debería luchar contra los el Brasil, llevando los principios de la revolución y conquistar Río Grande. Y la mitad restante debería usarse para el incentivo económico industrial y de la agricultura «poniéndolo en el centro mismo del estado» donde a su vez se multiplicaría en pos del interés general. Se nota la pluma de Belgrano en este apartado del Plan. Si combinamos estas ideas con la voluntad escrita y puesta en práctica de movilizar a los gauchos de la Banda Oriental y a los indios del Alto Perú vemos la existencia de una idea que combina masas armadas con reformas sociales y económicas.

Es necesario en este punto tampoco ser anacrónicos. Es una descontextualización extrema pensar en una «revolución industrial» rioplatense en 1810, 20, 30 o mas adelante aun; o sea pensar en un proceso conciente de industrialización aun antes que en Alemania por ejemplo. Es también erróneo pensar en una industrialización sustitutiva en una sociedad muy poco poblada donde todos sus centros urbanos menos Buenos Aires no superaban con mucho los 5000 habitantes y se encontraban vinculados a actividades agrícolas en muchos casos simples. Lo que si había en el virreynato eran una gran cantidad de producciones artesanales que abastecían los mercados locales y algunas se comerciaban por la región, como ponchos, yerbas, vinos, artículos de cuero, sombreros, talleres navieros pequeños, carreteros, etc. Estos constituían una clase de artesanos no articulada a nivel «nacional», pero que en algunos casos eran pequeñas manufacturas con una cantidad de trabajadores (esclavos o libertos muchas veces) que, si seguimos la historia en detalle, se expresan desde los primeros tiempos con exigencias protección contra la importación a través de diversos petitorios. Solo el saladero apareció en el Río de la Plata como la más importante industria con elaboración de materia prima en gran escala y división de trabajo entre una mano de obra numerosa proletarizada. De hecho estos trabajadores urbanos también fueron base de las fuerzas militares de la revolución y expresaron sus intereses y adscripciones políticas a través de ellas.

La protección del trabajo nacional mediante la política aduanera, el desarrollo de las fuerzas productivas en general y especialmente mediante una estructura agraria mas democrática, que favoreciera y no reprimiera las tendencias al asentamiento popular en el campo, la unificación del mercado nacional, el fomento de la manufactura local integrado las diferentes capacidades provinciales, articulado con la independencia de toda dominación extranjera, era el programa popular que alcanzo a movilizar a amplias masas. Con sus matices y posibilidades de acuerdo al contexto político y regional, era el programa de Artigas cuya política agraria era de vanguardia. Fue el que llevo adelante San Martín desde el Cuyo donde la activación de la manufactura con recursos propios para abastecer al ejercito produjo un despegue económico de importancia

Artigas: independencia y revolución

Es el 9 de setiembre de 1815 durante el «Congreso de oriente» cuando Artigas dicta el «Reglamento de derechos aduaneros», que es el primer reglamento orgánico claramente proteccionista del periodo. Se establecen fuertes aranceles del 40% para la introducción de «ropas hechas y calzados» y del 25% a los demás efectos de ultramar, menos «caldos y aceites» que serían del 30% para proteger los productos regionales. Mientras que los provenientes del Mendoza solo pagarían el 4%. Los lienzos, yerba y tabaco nueces, etc. de las demás Provincias Unidas también pagaban muy bajos impuestos, lo que mostraba una discriminación muy fuerte a favor de los productos de la nación frente a los extranjeros. Solo quedaban libres de impuestos los productos extranjeros que eran sumamente necesarios y no se fabricaban en el país como maquinarias, imprentas y armas tan importantes para la guerra.

Las tarifas de la aduana eran claves para el sostenimiento y desarrollo de la producción artesanal y las embrionarias manufacturas. Con los años con una estructura política y económica más madura (y una distribución de la tierra distinta) serían la base sobre el cual se pudiera plantear una sociedad en la que la producción industrial local tuviera peso. En realidad muchos procesos de desarrollo industrial comenzaron con estructuras que se encontraban muy retrasadas, pero la protección estatal y la «imitación» de los modelos mas desarrollados permitieron despegar hacia formas superiores de desarrollo técnico y capacidad de producción. En esos primeros pasos esta la alternativa de construir una estructura económica que no se recostara solamente en la importación relegando a la marginalidad o desaparición a los talleres.

Cómo se formara la propiedad rural era un tema clave del conjunto del proceso de desarrollo independiente. El 10 de setiembre el caudillo rioplatense dio a conocer el «Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados» en el que se proponía un ordenamiento integral y alternativo. Poblar la campaña, sedentarizar a los gauchos, creándole hábitos de trabajo. Consolidar las tenencias informales, formar una clase media rural, favorecer a la familia y a los más desposeídos según un criterio de justicia social. Crear un proletariado, aumentar la productividad e impedir la concentración de la propiedad. La tierra era el principal recurso productivo la resolución de la forma en que se organizara la apropiación de la misma determinaba en gran parte la evolución del nuevo Estado y las características de la formación social en creación. Fue sin dudas el más avanzado de los proyectos agrarios de toda la época, y el único que se plasmó en una ley integral y no solo en medidas aisladas. Junto con una política proteccionista y de acumulación y orientación de la riqueza constituían un proyecto orgánico de desarrollo nacional y posibilitaban una «alianza» entre las masas y una elite dirigente.

Las contradicciones de una revolución que debía crear sus propias bases

Otro problema que se encontraron los revolucionarios fue el de las finanzas del nuevo Estado. A partir de la pérdida de las minas del Alto Perú solo tenían dos fuentes principales: los empréstitos forzosos y la recaudación aduanara. Siendo la aduana por lejos la mas importante y constante fuente de ingresos. Es por ello que cuando estudiamos las tarifas no solo debemos pensar en como los diferentes gobiernos pensaban en subir o bajar tarifas de acuerdo a sus intereses de clase o proyectos relacionados con la estructura económica, sino que muchas veces las tarifas eran condicionadas por las necesidades del Estado de dinero para su funcionamiento o por conflictos militares (aunque como ya mencionamos la fracción liberal considero desde el inicio los empréstitos y la inversión extranjera como fuente principal de recursos, pero eso dependía de un orden político firme y acorde a las necesidades del capital inglés).

Los gobiernos y líderes rioplatenses debieron resolver una cuestión geopolítica global: como estando en guerra con España no malquistarse con Gran Bretaña. Y el problema de Gran Bretaña era como siendo aliada de España no perjudicar su propio comercio con America. Para los locales la cuestión se resolvía por dos vías distintas. Una fomentar el libre comercio sin trabas extendiendo ampliamente la presencia británica en comerciantes y productos por toda la región: fue la política en el primer triunvirato, en las exposiciones sobre economía de Gracia en la asamblea del Año XIII y en la polémica entre Roxas y Patrón con Ferre. Sin embargo, para los patriotas mas lúcidos, si bien era claro que el comercio de nuestros productos con Inglaterra (dueña indiscutible de los mares por décadas) era una necesidad para aprovechar nuestros recursos mas redituables en el mercado mundial (Belgrano ya había intuido que «las vacas eran las minas del Plata»), estaban prevenidos. Sabían que el endeudamiento y la afluencia masiva de productos extranjeros perjudicarían el desarrollo de la producción local y la extensión de la agricultura y el poblamiento del campo, con lo que se hipotecaría el futuro del país.

Esta contradicción entre la tendencia del mercado mundial y la necesidad de proteger los intereses de sectores populares vinculados al la producción, local y regionalmente, se manifiesta en todos los líderes y programas revolucionarios del periodo. Esta inscripta en la misma «Representación de los hacendados», en el «Plan de Operaciones», en la política artiguista, en la sanmartiniana tanto en Cuyo como en Perú (el desarrollo en Cuyo hace pensar en una planificación económica moderna para abastecer el ejercito con recursos propios) y reaparece en la política rosista con la contradicción entre la «Ley de Aduanas» de 1835 y la polémica con Ferré de de 1831.

O sea, los «partidos» que tienen tras de si la presión de grupos que dependen de la producción manufacturera artesanal o que dependen para desarrollar sus políticas del apoyo de sectores populares se ven impulsados a levantar las tarifas aduaneras, privilegiar la producción local y ser influenciados por las masas rurales pobres. Por eso si nosotros seguimos a lo largo del periodo las tarifas de la aduana y específicamente las políticas económicas de los diferentes gobiernos veremos que en general el código aduanero de Artigas o los efímeros gobiernos federales porteños establecieron tarifas «proteccionistas». Y en el campo encontraremos desde amplias políticas reformistas como el «Reglamento» de Artigas, hasta una tolerancia conciente como la de Rosas.

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Hace 200 años el 9 de julio de 1816, finalmente, se declaró la independencia de «toda dominación extranjera». La idea de «toda» y no solo de España, fue una imposición de los patriotas sanmartinianos y de la gran movilización popular que en esos momentos inundaba el territorio virreinal en el norte y el litoral, frente a los liberales porteños que buscaban dejar las puertas abiertas a conseguir la protección británica o de alguna potencia. La independencia no pudo ser llevada a fondo, pero la historia y los proyectos de esos patriotas siguen siendo para nosotros el programa de nación que debemos concretar.

Artículo publicado en Marcha.org y Contrahegemoníaweb.com

Blog del autor: http://quedudarnoteparalice.blogspot.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.