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Entrevista a Asier Arias, profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

El escapismo virtual de la hipótesis de la simulación

Fuentes: Rebelión

¿Es la realidad que percibimos una sofisticada simulación informática? La pregunta, propia de la ciencia ficción de Philip K. Dick o William Gibson, lleva años convertida en tema de debate entre físicos, filósofos y gurús tecnológicos, y viene además filtrándose de una manera inquietante en la cultura de masas a través de películas como Matrix o el progresivo hiperrealismo de los videojuegos. Asier Arias, profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid que acaba de publicar el primer tratado sistemático en castellano sobre neurobiología, psicología y filosofía de la conciencia, nos aproxima en esta entrevista a las dimensiones sociales, científicas y filosóficas de esta «hipótesis de la simulación», cada vez más inserta en la deriva global hacia la conspiranoia.

¿Cómo encaja la hipótesis de la simulación en la historia de la filosofía? Es algo que, de alguna manera, se lleva planteando desde el mito de la caverna de Platón o el genio maligno de Descartes.

Sí, desde luego. Ideas similares se han discutido en diferentes contextos a lo largo de toda la historia de la filosofía. No en vano, la distinción entre apariencias y realidad fue una de las claves de los orígenes de la filosofía griega: si el mismo objeto se nos presenta con diferentes cualidades en diferentes circunstancias, es claro que esas cualidades no pueden coincidir con lo que quiera que ese objeto sea en realidad. Por esta vía, algunos llegaron a la conclusión de que el mundo real no podía tener ninguna de las cualidades que nos muestran los sentidos. No obstante, desde los griegos hasta nuestros días, la idea fue siempre la de emplear la razón para comprender el mundo, no la de improvisar argumentos para fingir que no existe. Tuvieron que suceder al menos dos cosas para que alguien llegara a tomarse en serio la idea de que el mundo no existe: que nuestras sociedades se volcaran sobre pantallas y que la tecnolatría transhumanista se convirtiera en moneda corriente.

Lo de las pantallas no requiere acotaciones, porque todo el mundo tiene experiencia de primera mano, pero ¿qué es eso del transhumanismo?

Es una corriente de pensamiento que recoge y refleja la fe tecnocientífica de nuestras sociedades celebrando un futuro supuestamente inminente en el que seremos capaces de cultivar cosechas de seres humanos tecnológicamente mejorados. Surfeando esta ola, tipos como Elon Musk publicitan tecnologías extremadamente rudimentarias asegurándonos que servirán para curar cualquier enfermedad mental y, por disparatadas que resulten estas campañas de marketing, cada día son más los que sueñan con descargar su conciencia en un chip y lanzarla al espacio exterior a través de autopistas láser. De hecho, son cada día más los que creen que todo eso está a la vuelta de la esquina.

En el mundo real, lo que está a la vuelta de la esquina es, como mínimo, una drástica simplificación de la civilización tecnoindustrial ocasionada por la escasez material. Ciñéndonos a los desvaríos acerca de chips, cerebros y conciencias descargadas en ordenadores, lo que nos encontramos al echar un vistazo a los hechos es que seguimos sin saber cómo emerge la conciencia de la neurofisiología. Los hay que entienden que la neurofisiología es sólo una parte de la película, y los hay también que consideran que, tenga la película las partes que tenga, nunca podremos verla, nunca podremos explicar científicamente la conciencia. Pero situémonos en el supuesto más amable y sencillo: la conciencia puede explicarse y para ello no es necesario atender a ningún factor ajeno a la neurobiología. Ahora imaginemos que logramos desentrañar el tipo de actividad neurofisiológica responsable de la emergencia de la conciencia. Sólo quedaría implementarla computacionalmente, ¿no? El problema estriba en que simular un par de microsegundos de la actividad de un par de neuronas es una tarea computacionalmente inabordable, a no ser que nos decidamos a simular aspectos extremadamente simples y abstractos de esa actividad. Si esos aspectos fueran los relevantes, los que sueñan con «descargarse» en un chip estarían de enhorabuena. No obstante, nada indica que dispongan de ningún motivo para lanzar las campanas al vuelo.

A pesar, en fin, del abismo que media entre la ciencia real y los sueños transhumanistas, gran cantidad de gurús culturales parecen estar interesados en fomentar esa confianza ciega en las capacidades ilimitadas de la tecnociencia. Volviendo a la historia de la filosofía, la confianza ciega es exactamente lo contrario de la reflexión crítica a la que siempre se dirigió el pensamiento filosófico.

¿Cuáles son las últimas teorías que aporta la neurociencia sobre la conciencia subjetiva? De alguna manera, ¿vivimos cada uno en nuestra propia simulación?

Actualmente hay unas cuantas teorías diferentes en neurobiología de la conciencia, pero todas ellas comparten una buena cantidad de supuestos. El más importante es el de la activación sincrónica: las neuronas que participan en la generación de un estado consciente determinado se disparan coordinadamente, a un mismo ritmo. En la mayoría de las teorías esta activación sincrónica se presenta como el mecanismo que permite la integración de una escena unificada: las neuronas relacionadas con la percepción del color, el movimiento, el sentimiento de miedo o de sorpresa, todas ellas forman mediante su activación sincrónica un mismo todo funcional que subyace, por ejemplo, al susto que nos llevamos al ver inesperadamente un coche rojo avanzando hacia nosotros.

Entre las teoría neurobiológicas, la de Rodolfo Llinás podría considerarse la más cercana a ideas próximas a la hipótesis de la simulación. Lo que propone Llinás es que la conciencia de vigilia es una forma de sueño guiada por insumos sensoriales. En otras palabras, si en nuestros sueños el cerebro crea un mundo virtual que no se ve afectado por lo que sucede en nuestro entorno, mientras estamos despiertos hace exactamente lo mismo pero perfilando ese mundo virtual con la contribución de entradas sensoriales. En una línea similar, también el filósofo alemán Thomas Metzinger sostiene que la conciencia es una forma de realidad virtual.

¿En qué medida pueden servir de apoyo esas teorías a la hipótesis de la simulación?

En mi opinión, ninguna teoría neurobiológica, psicológica o filosófica de la conciencia puede ofrecer ninguna clase de sustento a esa hipótesis. De hecho, las teorías más prometedoras parten de un supuesto contrario al escapismo virtual transhumanista: el de que somos animales. Los animales somos cuerpos y, por tanto, la idea de huir del cuerpo carece de sentido. Las teorías neurobiológicas que se toman en serio este punto de partida, como la de Antonio Damasio o la de Jaak Panksepp, conciben la conciencia como el testimonio de la presencia de un cuerpo vivo. Los fundamentos de la experiencia consciente radicarían así en la lectura constantemente actualizada que el cerebro hace del estado del cuerpo. No obstante, no se trata de que el cerebro elabore una simulación virtual del estado del cuerpo, porque de hecho la frontera entre el cerebro y el cuerpo aparece desdibujada en estas teorías: en la medida en que quepa distinguirlos, ambos se hallan insertos en un bucle masivo de continuas señales en ambas direcciones.

Esta hipótesis de la simulación está a caballo entre la religión y la ciencia, la filosofía y la psicología. Un asidero habitual de quienes creen en ella está en los “errores del sistema”, como si fueran glitches de un videojuego.

En un contexto en el que cuesta cada día más obviar los síntomas sociales y ecológicos de nuestra trayectoria de colapso civilizatorio, uno puede evadirse huyendo hacia lo virtual, del mismo modo que puede hacerlo ensoñándose con futuros inviables de colonización extraterrestre. La huida virtual permite, por ejemplo, jugar a los detectives sci-fi tratando de detectar esos fallos fortuitos de la simulación. Ojalá también los fallos institucionales que determinan aquella trayectoria de colapso tuvieran algo de virtual o fortuito: se trata de fallos sistémicos que no ofrecen pretextos para ningún juego solipsista, sino más bien para la responsabilidad, el compromiso y el trabajo en lo colectivo. Curiosamente, en el mundo de los dispositivos de las TIC, sobre el que se modela la hipótesis de la simulación, los fallos tampoco tienen nada de fortuito: esos dispositivos están diseñados para estropearse en poco tiempo sin posibilidad de reparación.

¿Qué ramificaciones ha tenido la teoría de la simulación en el mundo académico?

Lo llamativo tiende a dar lugar a todo tipo de desarrollos, bien que normalmente de escaso recorrido. Las ideas llamativas dan tumbos de un departamento a otro durante unos meses hasta que la cosa se agota. Así, por ejemplo, de forma similar a la hipótesis de la simulación, algunas versiones fuertes del principio antrópico sugieren que el ser humano es el responsable de la creación del universo. Suena excitante y todo el mundo tiene algo que decir al respecto, pero el ruido no tarda en desvanecerse. Las investigaciones serias tienen más de tedioso que de excitante, y es muy normal que escaseen las ideas al tiempo sustanciales y revolucionarias.

La parte menos filosófica y científica de esta teoría entronca con la conspiranoia. ¿Hay una creciente expansión de teorías conspiranoicas o sólo somos más conscientes de ellas porque están amplificadas por nuestro mundo hiperconectado?

Siempre ha habido teorías de la conspiración, y es muy normal, porque siempre ha habido conspiraciones: tanto las empresas como los Estados ponen constantemente en juego recursos opacos –y a menudo ilegales– para alcanzar sus objetivos. Por lo demás, las teorías de la conspiración solían recurrir a poderes en la sombra para tratar de explicar el carácter disfuncional de nuestras instituciones. No sé si ahora hay más o menos teorías de este tipo, pero tengo la impresión de que las nuevas teorías de la conspiración son sólo narraciones fantasiosas sin ningún propósito definido –tan siquiera el de ahorrarnos la tarea de comprender las fuentes reales de las disfuncionalidades institucionales.

Creer que vivimos en una simulación, ¿es una forma sofisticada de huir de la realidad, de no responsabilizarnos de nuestros actos?

Hablar de «civilización» occidental es exagerar, pero da igual cómo lo llamemos: vamos a bordo de un Titanic que ha impactado ya con varios icebergs, y quien más quien menos, todo el mundo escucha los chirridos. La ausencia de horizontes de futuro puede derivar en la desafección o en la ira. Hay cientos de cauces por los que puede discurrir la desafección: el escapismo virtual es sólo uno de ellos, y muy minoritario, pero también muy elocuente. La alternativa de la irrealidad ofrece a la generación de la pantalla algo análogo a esa clase de bálsamo existencial que tradicionalmente proporcionaron las religiones. Ellas lograban ese efecto ubicándonos en el centro de un relato que dotaba de sentido a nuestras vidas por su conexión con la trascendencia, la naturaleza última del cosmos, etc. La hipótesis de la simulación lo hace ubicándonos en el centro de un relato, punto –aquello del sentido y demás, pues como el resto de las cosas en esta era nuestra de autoemprendedores atomizados: allá cada cual con lo que le apetezca.

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