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El primer debate en la elección presidencial

Fuentes: Rebelión

El 6 de mayo se llevará a cabo el primer debate, de dos programados oficialmente, entre los candidatos que contienden por la presidencia de la República. La expectativa no es muy halagüeña para los adeptos a las elecciones debido a que, en ese mismo día, uno de los dos oligopolios privados de la televisión, TV […]


El 6 de mayo se llevará a cabo el primer debate, de dos programados oficialmente, entre los candidatos que contienden por la presidencia de la República. La expectativa no es muy halagüeña para los adeptos a las elecciones debido a que, en ese mismo día, uno de los dos oligopolios privados de la televisión, TV Azteca, decidió trasmitir en vivo y en directo, y a la misma hora, un partido de fútbol «arguyendo» el clima de «libertades» existente en el país. Obviamente que esto ha desatado todo un escándalo entre quienes exigen la transmisión del debate en cadena nacional y los que, por el contrario, argumentan que hacer esto último sería un acto de autoritarismo.

Por supuesto que las exclamaciones, desencuentros y desacuerdos de tirios y troyanos no se hicieron esperar. Así, el candidato de las autonombradas «izquierdas» inmediatamente protestó y dijo que si no se transmitía el susodicho debate en cadena nacional, entonces se comprobaría la intención de las televisoras de «imponer» al candidato puntero en las encuestas que es el del PRI -curiosamente nunca refiere la intención del gobierno panista de promover e imponer a su candidata oficial-. De la misma forma reaccionó el representante del PAN y de su candidata, al solicitar a la Secretaría de Gobernación la transmisión obligatoria del debate en cadena nacional en franca violación a la libertad de los ciudadanos para elegir la mejor forma de ocupar y distribuir su tiempo y los programas que sean de su interés.

En un país donde lo que existe es una «democracia formal» neoliberal, aunque prendida con alfileres, en el mercado electoral y televisivo tanto da ver un partido de fútbol, la lucha libre, un juego de tenis, un talk show, hurgar en las redes sociales o bien, aburrirse con el susodicho debate porque todo está y se mueve en la lógica mercantilista de los intereses empresariales reflejados por los medios de comunicación.

Finalmente, dentro del show mediático en que están envueltas las campañas electorales, se justifica la premisa romana que reza que al pueblo hay que darle «pan y circo», mientras candidatos y partidos hacen sus arreglos, fraguan sus alianzas, se «reparten el pastel» y determinan el acontecer político del país.

De manera mediática y completamente reduccionista, las expectativas del debate están limitadas a ganar votos en las preferencias electorales. Cada uno de los contendientes tiene en mente golpear a su adversario (que es el candidato del PRI debido a que encabeza las preferencias electorales en las encuestas), y en esta empresa parece haber una «alianza implícita entre las «izquierdas» y las «derechas» para derrotarlo. Otros opinan que la pugna entre estos últimos es por la segunda posición, debido a la distancia de 20 puntos que en promedio les lleva el puntero. Por último, hay quienes opinan que prácticamente este último tiene ganada la elección y sólo es cuestión de tiempo, es decir, de que se realicen las elecciones para sancionar los resultados configurados y proyectados en todas las encuestas.

Los temas del debate son fiel reflejo de negociaciones previas entre los representantes de los partidos políticos y sus candidatos y las autoridades del Instituto Federal electoral. Es decir, reflejan la ideología y los intereses políticos de cada uno de sus partidos en el contexto de las estructuras de clases del país. Por lo tanto, no existe como a veces se quiere presentar una «objetividad inocente» en los contenidos de los temas, sino más bien, aspectos temáticos que corresponden a la compleja problemática en que se desenvuelve el capitalismo dependiente mexicano.

Por otro lado, debemos mencionar que por supuesto no está en el interés de ninguno de los partidos políticos en contienda debatir, siquiera, algo semejante que pudiera estar más allá de superar las principales problemáticas de la dependencia, el subdesarrollo y el atraso de un país dependiente como México que afectan de manera contundente y negativa a las grandes masas de la población, sus condiciones de vida y de trabajo y sus intereses ciudadanos tales como los derechos al trabajo, a la educación, a la alimentación y, en general, a una vida digna y humana. Esto no debiera sorprender a nadie en la medida en que estos tres partidos que disputan, hasta con la guerra sucia, la presidencia de la República y nominalmente estereotipados como derecha, centro e izquierda, son constelaciones políticas de intereses partidarios y de clase incrustados y reproducidos dentro del orden existente; es decir, dentro de un orden que no debiera cambiar, tal como el sistema capitalista, sino simplemente ajustarse y reformarse en función de las condiciones que marcan las políticas neoliberales todavía hegemónicas en el mundo y de la división internacional del trabajo comandada por el gran capital, las empresas trasnacionales y los organismos financieros y monetarios como el Banco Mundial BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). De aquí que sea perfectamente comprensible la generalidad, desconexión y ambigüedad de los temas escogidos para el debate que a nadie compromete: ni a candidatos, ni a partidos y, mucho menos, al gobierno en turno y al próximo que surja de las elecciones.

Al respecto, el Instituto Federal Electoral (IFE) acordó 4 temas para el primer debate presidencial que se va a celebrar el 6 de mayo: a) Economía y empleo, b) Seguridad y justicia, c) Desarrollo social y, ch) Desarrollo sustentable.

Como se puede inferir estas grandes áreas temáticas dan para todo y para nada: por ejemplo, sobre el primer punto, «economía y empleo», se puede decir que hay que crear más empleos eficientes y productivos, crear microempresas, reformar y ajustar las leyes laborales, aumentar la productividad del trabajo y hacer éste más eficiente y rentable y un sinfín de afirmaciones que sólo conducen a un callejón sin salida.

Lo mismo podemos decir respecto al tema de «seguridad y justicia», donde los candidatos pueden hablar de qué hacer con el ejército si mantenerlo en las calles o regresarlo a los cuarteles; crear una guardia nacional o unificar a las policías municipales para crear policías a nivel de los estados y éstas coordinarlas a nivel federal, etc. etc.

Como vemos, también se puede hablar sobre desarrollo sustentable sin definir qué es desarrollo y que es sustentabilidad, y cómo se equiparan y articulan esta dos categorías en un país capitalista como México, cuyo eje fundamental de crecimiento está basado en la tasa de ganancia y en la rentabilidad general de los capitales nacionales y extranjeros, y no así en el «desarrollo armonioso» de la naturaleza y en la explotación racional de los recursos naturales.

Ni de lejos, se puede comparar, por ejemplo, este debate con el francés donde se disputa la presidencia del país. «El futuro de la política de austeridad» fue uno de los temas nucleares abordados por François Hollande y Nicolas Sarkozy donde , de acuerdo con los sondeos, el primero prácticamente resultó vencedor frente a una audiencia de más de 18 millones de personas.

El debate mexicano no pretende de ninguna manera resolver los problemas fundamentales que en un país capitalista no tienen solución como son la profunda crisis económica, el desempleo, la pobreza y la miseria, la devaluación salarial, la crisis agrícola, el hacinamiento en las grandes ciudades, la precarización del trabajo y la creciente informalidad del mismo; la escasez de servicios de salud y la insuficiencia de las instituciones educativas públicas para satisfacer la demanda anual de educación de millones de jóvenes que requieren ingresar a las aulas para cualificarse en los mercados de trabajo; la creciente dependencia estructural del país del capital extranjero y de las empresas trasnacionales que hacen botín político de nuestros recursos naturales y humanos, aseguran la transferencia de riqueza y de plusvalor hacia las economías centrales, en el caso de México, principalmente hacia Estados Unidos; los problemas congénitos de corrupción en la que participan tanto las instituciones estatales y privadas, como los mismos partidos políticos íntimamente ligados al Estado y a los gobiernos en sus tres niveles: nacional, estatal y municipal.

Inaugurados en 1994 en México, los debates presidenciales son un verdadero ritual de repetición dogmática de temas ya esgrimidos plenamente en las campañas, muy lejos de una discusión y profundización sobre problemáticas fundamentales por las que atraviesa el país. El propio formato del debate: rígido, ríspido y acartonado impide abordar detalladamente y en serio una sola temática para contemplarla y tratarla en todas sus aristas.

Porque lo que verdaderamente importa es que, al final del debate, se proclame un «ganador» que, probablemente, mejorará su posición porcentual en las encuestas respecto a sus contrincantes.

Esperemos pues, en la próxima semana, que el sistema anuncie quien fue el ganador de la contienda en esta primera etapa.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.