El reciente ataque militar de Estados Unidos en Venezuela, que incluyó el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, ha destruido lo poco que quedaba del mentado «orden mundial basado en reglas» (Boron, 2026). Esta acción unilateral inaugura un nuevo capítulo internacional donde la fuerza prima sobre el derecho, sentando un precedente gravísimo: La soberanía latinoamericana sale profundamente amenazada tras este precedente. Si Estados Unidos pudo invadir un país de la región, derribar a su gobierno y llevarse a su presidente esposado –todo sin consecuencias inmediatas–, ¿qué impide que algo semejante ocurra contra otras naciones cuya política disguste a Washington? En pocas palabras, Trump ha abierto la caja de Pandora de la violencia global, jactándose de su victoria sin reparar en sus implicancias a largo plazo.
Intervención de EE.UU. en Venezuela: cinismo y denuncia
La operación contra Venezuela, planeada durante meses, culminó con la captura sorpresiva de Maduro y su esposa Cilia Flores. En una triunfalista conferencia de prensa, Donald Trump proclamó que esta acción demuestra que «Estados Unidos es el país más poderoso del mundo», mensaje dirigido abiertamente a China y Rusia, y se auto-ungió como administrador imperial de Venezuela diciendo que “conduciremos el país hasta que podamos hacer una transición juiciosa y apropiada”, aclarando que Washington no permitirá que “otro se haga con el poder en Venezuela sin tomar en cuenta los intereses de su pueblo” (Boron, 2026). El cinismo de estas declaraciones es evidente: Trump presume que el pueblo venezolano lo recibirá como salvador y no como lo que es a ojos de muchos venezolanos –un asaltante que vino a robar el petróleo, único interés real de Washington en este país. Nunca le importaron a Trump la democracia ni los derechos humanos en Latinoamérica, y esa hipocresía quedó nuevamente de manifiesto.
Basta ver las acusaciones de Trump tras el operativo: aseguró que Maduro inundaba EE.UU. con una “cantidad colosal” de drogas mediante el (ficticio) Cartel de los Soles, e incluso que enviaba criminales del Tren de Aragua disfrazados de migrantes, llegando a equiparar al gobierno venezolano con organizaciones terroristas globales. Sin embargo, estas afirmaciones resultan mentiras insostenibles, propias de un mandatario cuyo historial de falsedades es abrumador (30.573 mentiras registradas en su primer mandato, según The Washington Post) (Boron, 2026). La doble moral es flagrante: Trump dice preocuparse por las drogas que matan a estadounidenses, pero convenientemente olvida que indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández –condenado a 45 años de prisión en EE.UU. por introducir más de 400 toneladas de cocaína– sin mostrar igual afán justiciero. Queda claro que la ofensiva contra Maduro nada tiene que ver con el narcotráfico, y sí con ambición geopolítica: la finalidad de Washington “nunca fue la lucha contra el narcotráfico, sino apoderarse del petróleo venezolano y otros recursos naturales”.
El pronunciamiento boliviano: ¿defensa de la soberanía o complicidad?
La agresión a Venezuela suscitó enérgicas condenas internacionales por la violación a la soberanía y al Derecho Internacional. Incluso en Bolivia importantes voces alzaron su rechazo. El expresidente Evo Morales denunció el bombardeo estadounidense como una “brutal agresión imperial” (swissinfo.ch, 2026) y exhortó a la comunidad internacional a llevar a Trump ante la justicia, acusando que con “la fuerza de las armas, la ambición por los recursos naturales, el odio, la difamación y la criminalización de pueblos y líderes antiimperialistas, (Estados Unidos) invade, mata y asalta países impunemente, ante el silencio cómplice de muchos” (Xinhua / spanish.news.cn, 2026). alertando que Bolivia y Latinoamérica deben respetar la soberanía de las naciones y rechazar la instalación de bases militares extranjeras.
Sin embargo, el actual gobierno boliviano adoptó una postura diametralmente opuesta y preocupante. En lugar de condenar la violación de la soberanía venezolana, Rodrigo Paz emitió un comunicado respaldando implícitamente la intervención. La Cancillería boliviana expresó su “apoyo de manera firme e inmediata al pueblo venezolano en este camino iniciado de recuperación de su democracia”, calificando de “ineludible” una “transición democrática real” en Venezuela tras el ataque de EE.UU. (swissinfo.ch, 2026). En el mismo pronunciamiento, el gobierno de Bolivia sostuvo que la crisis venezolana se debe al “colapso del Estado de derecho” y a la captura del Estado por “estructuras criminales”, por lo cual considera “ineludible el inicio de una transición… que ponga fin al narcoestado, desmantele los mecanismos de represión y corrupción, y restablezca la legitimidad institucional” (swissinfo.ch, 2026). En otras palabras, Paz repite el libreto de Washington al tildar a Venezuela de “narcoestado” y legitimar el cambio de régimen forzado como si fuese una cruzada democrática. Resulta alarmante que un gobierno latinoamericano avale semejante atropello a la soberanía de un país hermano, contradiciendo principios de no intervención que Bolivia históricamente defendió cuando estuvo gobernada por fuerzas populares.
Esta complicidad discursiva del gobierno boliviano con la agresión de Trump ha sido recibida con indignación por amplios sectores. No solo implica un alineamiento servil con la política imperial de Washington, sino que además socava la credibilidad de Bolivia en materia de defensa de la soberanía, dejándola del lado de los “cómplices silenciosos”. Cabe recordar que Bolivia, junto a toda América Latina y el Caribe, declaró la región Zona de Paz en 2014, comprometiéndose a evitar el uso de la fuerza en la solución de conflictos internos. Al aplaudir en los hechos la intervención militar extranjera en Venezuela –bajo la retórica de la “democracia” y los “derechos humanos”– la administración de Rodrigo Paz traiciona ese compromiso regional y se aleja de la tradición antiimperialista boliviana. No es casualidad que, tras asumir en noviembre, el gobierno de Paz se desmarcó de países hermanos como Cuba, Nicaragua y la propia Venezuela, al punto de ser suspendido de la alianza ALBA (swissinfo.ch, 2026). La Bolivia oficial de 2026 parece haber olvidado las lecciones de su propia historia reciente sobre injerencias foráneas y golpes alentados desde el norte.
Lo ocurrido en Venezuela es un serio llamado de atención. La arremetida de Trump puede haberle rendido réditos propagandísticos inmediatos, pero sus consecuencias son impredecibles y potencialmente desastrosas para el orden mundial y para la paz regional. Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otra nación incómoda a los designios de alguna superpotencia. Celebrar o justificar esta clase de intervención, como hace el gobierno boliviano, es jugar con fuego: significa validar la ley del más fuerte y socavar los principios que sostienen la convivencia internacional pacífica.
La historia no termina con la captura de Maduro. Los pueblos de nuestra América han demostrado antes que su dignidad y ansias de soberanía no se apagan con bombardeos ni secuestros. Puede que la reacción popular tarde en manifestarse, pero cuando se enciende es imparable. Y será esa fuerza de los pueblos la que, más temprano que tarde, pondrá freno a las aventuras imperiales y pasará factura tanto a los agresores externos como a sus cómplices internos. Venezuela no está sola, y la justicia histórica llegará para quienes hoy celebran prematuramente una victoria pírrica.
La intervención de EE.UU. en Venezuela representa la barbarie imperial en pleno siglo XXI: un retroceso civilizatorio que deteriora la legalidad internacional y amenaza con encender nuevos conflictos en el mundo. Ante este panorama, la única postura ética y sensata es la defensa inquebrantable de la soberanía y la paz, condenando sin ambigüedades la agresión. Cualquier gobierno que haga lo contrario –como el de Bolivia en este caso– se sitúa en el lamentable lugar de la historia reservado a quienes aplauden al imperio mientras los pueblos sufren. Las máscaras caen, pero la resistencia de los pueblos permanece. La última palabra, como siempre, la tendrán los pueblos decididos a ser libres.
Referencias
Boron, A. A. (2026, 5 de enero). Trump: bombardeo y secuestro en territorio venezolano. Rebelión. https://rebelion.org
Ministerio
de Relaciones Exteriores del Estado Plurinacional de Bolivia. (2026,
3 de enero).
Comunicado
oficial sobre la situación en Venezuela.
swissinfo.ch. (2026, 3 de enero). El Gobierno de Bolivia ve «ineludible» una «transición democrática real» en Venezuela. https://www.swissinfo.ch
Xinhua / spanish.news.cn. (2026, 4 de enero). Dos expresidentes bolivianos condenan operación militar de EE. UU. en Venezuela. https://spanish.news.cn
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