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Más cerca de la destitución

Empeora la situación política de Mauricio Macri

Fuentes: Rebelión

La jugada de Mauricio Macri, consistente en propiciar un juicio político con los votos de su propio bloque -y absolverse de este modo- cada vez resulta más problemática. A las dudas de sus aliados más cercanos, se suman las crecientes convergencias entre los diferentes grupos del mosaico opositor que es la Legislatura porteña. A ese […]

La jugada de Mauricio Macri, consistente en propiciar un juicio político con los votos de su propio bloque -y absolverse de este modo- cada vez resulta más problemática.

A las dudas de sus aliados más cercanos, se suman las crecientes convergencias entre los diferentes grupos del mosaico opositor que es la Legislatura porteña. A ese grupo se ha sumado el bloque de Proyecto Sur.

Todo parece indicar que el macrismo enfrentará un proceso largo y desgastante, donde el tiempo y el ritmo de la acusación quedará en manos de la mayoría simple opositora. Si esto ha de acabar en destitución o no, ello dependerá, antes que nada, de la capacidad de Macri para retener el control de su propio bloque.

Un trámite largo no es favorable a ese propósito, y Macri lo sabe. La popularidad medida por encuestas de opinión es variable, y al menor indicio de caída, varios de sus legisladores más fieles -que no son muchos, en verdad, no en el formato de construcción de PRO- pueden comenzar a buscar nuevos horizontes.

Como señala Natanson,

«Guste o no, Macri no deja de ser un fenómeno político, con características que se derivan tanto de su personalidad como del tiempo político que le tocó vivir (y que expresa de manera inmejorable): una construcción más individual que colectiva, un estilo de liderazgo radial y una mirada muy atenta respecto de los humores del mercado electoral expresado en la opinión pública. La decisión de pedir su propio juicio político se inscribe dentro de esta lógica de acción: lo devuelve al centro del escenario con un alto grado de visibilidad, le permite distraer la atención del trámite judicial, que no controla, y lo reubica en el lugar de víctima, que viene explotando con éxito desde hace años. Y que lo dejen hacer.

Pero la jugada encierra un riesgo. Desde el punto de vista institucional, es cierto que la composición actual de los bloques en la Legislatura le permitiría reunir los votos suficientes para zafar de la acusación, aunque por un margen más bien estrecho. El problema es que el escenario político porteño presenta algunas particularidades. Es como si reuniera, exacerbadas, algunas tendencias verificables en el orden nacional: la desagregación de las fuerzas políticas y el carácter precario de las coaliciones, la emergencia de partidos-personales de vida efímera, la supremacía casi total del formato personalizado.

[…]

El PRO no escapa a esta lógica: dispositivo de ocasión, está formado a partir de una figura rodeada de una serie de aliados pegados con plasticola, procedentes por lo demás de orígenes muy distintos: restos del viejo PJ Capital, tecnócratas de derecha, dirigentes provenientes de las ONG, tradicionales líderes conservadores, pequeños partidos tipo PDP. En fin, monotributistas políticos que orbitan alrededor de Macri pero cuya permanencia no está garantizada.

Retomando entonces el inicio de esta nota, la personalidad política de Macri lo empujó a dar un golpe de efecto de alta visibilidad mediática. Pero no solo las características del líder, también la estructura -el sistema político- definirán el proceso. El éxito de la jugada, que implica una alta exposición durante meses, descansa en el apoyo de los legisladores del PRO, que a su vez depende de la popularidad del líder. Si ésta se apaga, aquéllos se van. Como están las cosas hoy, lo más posible es que el resultado sea positivo: Macri conserva una buena imagen y su coalición parece sólida. Pero nunca conviene confiarse. Lo sabe bien Aníbal Ibarra, abandonado por legisladores aliados cuando su imagen comenzó a trastabillar, que había apostado a una construcción política similar, quizá la única posible en la Ciudad de Buenos Aires, muy posmo, muy como Macri.»

Efectivamente, algo de eso comienza a suceder. Las encuestas, por empezar, no lo absuelven tan fácil como estaba previsto. Y esto recién empieza: uno puede conjeturar que los números han de bajar, no al contrario, con el correr de los días.

Esto fortalece la vocación opositora de tomarse el tiempo para «analizar» la medida -esto es, para favorecer eventuales éxodos-. Y complica, también, el escenario del macrismo en lo referente a los aliados. Es difícil, en ese sentido, que los legisladores que responden abiertamente a De Narváez se despeguen del resto de la oposición para inmolarse en una estrategia que no los beneficia en sentido alguno.

Mirando los antecedentes y el perfil del grupo de legisladores oficialistas que decidirá la suerte de la acusación, la cifra de deserciones (cuatro sobre diecinueve) que podrían abrir el camino a la destitución no parece tan difícil de alcanzar.

Macri lo sabe, y por eso presiona, aprieta, insiste, a veces públicamente y en ciertos casos por otros medios, sobre los referentes de su partido que bien pronto podrían pasar a ser jueces y verdugos. Esta presión se siente especialmente sobre Cristian Ritondo y Diego Santilli, los dos dirigentes con mayor futuro y perspectivas fuera de PRO.

Pero incluso si logra sortear con eficiencia ejecutiva el juicio político, Macri expone mucho de su capital político en el modo en que lo haga. Una mayoría exclusivamente propia puede resultar contraproducente, como señala Ricardo Gil Laavedra:

«El macrismo no podrá decidir, sin asumir un costo político de proporciones, de espaldas a lo que surja de la averiguación pública de los hechos. Todo lo dicho supone una búsqueda sincera de la verdad. Cualquier manipulación que trasunte un montaje, un escenario prearmado, una farsa destinada sólo a conjurar los daños políticos del procesamiento producirá los efectos contrarios. Frustrará los reclamos de la sociedad y robustecerá las sospechas acerca de la conducta del jefe de gobierno.»

El mismo pensamiento fue expresado, en estos días, por Eduardo Duhalde, uno de los pocos defensores de la estrategia de Macri: la debilidad, y no la fortaleza, es lo que espera al macrismo en casi cualquier horizonte. Y, en las condiciones actuales del escenario político, ello bastaría para eliminar incluso su candidatura, que desde el vamos depende del acuerdo con otras fuerzas opositoras para alcanzar rango nacional.

En suma, el devenir político no parece tan favorable al macrismo como señalan, incansables, sus principales voceros. Aunque a la población no le interese demasiado, este no es un simple concurso de popularidad: su resultado se dirime en el seno de dos corporaciones, la judicial y la política, que tienen importantes cuotas de autonomía respecto de los humores populares. Y que bien pueden tener sus propias razones para enterrar definitivamente el sueño de una derecha democrática y moderna, tal cual surgió a la vida pública en 2007.

Blog del autor: http://ezequielmeler.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.