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ESMA, la memoria argentina

Fuentes: laccent.cat

Argentina empieza a recuperar la memoria 32 años tras el golpe de estado. La presión popular lleva nuevamente a algunos de los represores más importantes ante de los tribunales por las desapariciones, tortura y muerte de militantes de izquierdas, y algunos de los principales centros de detención ilegal se han reconvertido en espacios abiertos a […]

Argentina empieza a recuperar la memoria 32 años tras el golpe de estado. La presión popular lleva nuevamente a algunos de los represores más importantes ante de los tribunales por las desapariciones, tortura y muerte de militantes de izquierdas, y algunos de los principales centros de detención ilegal se han reconvertido en espacios abiertos a la sociedad de recuperación de la memoria. Se calcula que aproximadamente 5.000 de los 30.000 detenidos desaparecidos fueron recluidos a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro en el cual se organiza un museo de la memoria, y donde el grupo de trabajo que lo conforma ha recibido a L’ACCENT.

En 1977 el general Videla, jefe de la Junta Militar, no lo podía decir más claro: «No podí amos fusilar miles de personas, la sociedad argentina no lo hubiera soportado. Hacía falta hacerlos desaparecer». Los diferentes cuerpos del ejército argentino ejecutaron un plan para detener ilegalmente, torturar y asesinar miles de militantes de izquierdas, para aniquilar las posibilidades de cambio social y poder aplicar las recetas económicas del Fondo Monetario Internacional (FMI). Uno de los cuerpos militares más destacados en la represión fue la Marina, y su campo de concentración más grande fue precisamente la sede de su escuela de instrucción, ESMA, hoy expropiada y cedida por el Ayuntamiento para crear un espacio de la memoria.

ESMA

La Escuela de la Marina ocupa 17 hectáreas en una de las principales salidas de Buenos Aires, constituída por 35 edificios, dónde se han formado generaciones de aspirantes a militares de la Marina desde hace más de un siglo. Consta de instalaciones para realizar prácticas de mecánica, comedores, dormitorios y todo lo que un aspirante a militar podía necesitar, sin casi salir del recinto.

Al centr o de este complejo militar, el general Massera decidió el 1975 ubicar el más grande de los campos de concentración de detenidos desaparecidos políticos, insertándolo en las «prácticas» de los estudiantes, y en la vida diaria de los oficiales. Se calcula que miles de militares, de todos los estamentos, colocaron y participaron activamente en la maquinaria de la muerte ideada por la Junta.

Hasta el día de hoy, un único funcionario castrense anunció que explicaría lo que había visto a ESMA, el teniente coronel Paul Alberto Navone. Pero no pudo decir nada, murió asesinado por un disparo en la nuca a principios de 2008.

Colaboración de todos los estamentos

Los ejemplos de la participación masiva de la práctica totalidad de los estudiantes y militares de ESMA son aterrorizadores. Los militantes de izquierdas estuvieron recluidos en las buhardillas, denominada «la capucha», encima de las habitaciones de los oficiales, dónde llegaron a haber 200 personas a la vez. Para traerlos a los interrogatorios los detenidos debían bajar, esposados y con capuchas, por las escaleras que diariamente utilizaban los oficiales para ir al comedor o a sus habitaciones. Los estudiantes aspirantes, por su parte, realizaban los trabajos de vigilancia de los detenidos durante las sesiones de tortura, y los centros de enseñanza de mecánica se utilizaban de espacios de trabajo esclavo en imprentas para falsificar documentos para operaciones de contrainsurgencia. Finalmente, las personas detenidas eran introducidas al centro por la calle principal de la Escuela, y los gritos de los torturados los oían incluso los vecinos más próximos. Miles de personas conocieron de primera mano el secuestro y tortura de los militantes populares, en una estrategia que los grupos de defensa de los derechos humanos han calificado «de enseñar la represión para crear miedo, sin reconocerla a nivel oficial».

Se calcula que hasta 5.000 militantes de izquierdas pasaron por ESMA, pero sólo 200 salieron con vida. La gran mayoría murieron en los tristemente famosos «vuelos de la muerte», lanzados al Atlántico desde aviones. Los que no sobrevivieron a las torturas eran quemados directamente en el campo de fútbol del centro.

La maternidad de la Marina

En el organigrama perfectamente planificado de la represión de la Junta Militar, ESMA también funcionó de centro de maternidad clandestino, dónde parieron muchas detenidas -desaparecidas embarazadas-. Las mujeres eran apartadas en espacios diferenciados, y al nacer sus hijos eran secuestrados y entregados clandestinamente a militares y personas afines al régimen.

Las Abuelas de la plaza de Mayo calculan que fueron 500 los menores secuestrados, de los que se han recuperado sólo 94. Los casos de recuperación de las identidades y historia de estos niños aparecen con cuentagotas: el pasado 9 de septiembre se dio a conocer la verdadera identidad del último hijo de desaparecidos nacido a ESMA, Federico Cagnola, secuestrado por la Marina el 1978 y que quedó en manos de un prefecto militar durante años.

Nuevos juicios a militares

La simple enumeración del listado de delitos de los dos nuevos militares condenados a cadena perpetua pone en evidencia la magnitud de la represión en Argentina. El tribunal ha considerado este pasado 29 de agosto culpables a los represores Antonio Bussi y Luciano Menéndez de «privación ilegítima de libertad, allanamiento de morada, torturas y maltratos reiterados, condiciones tortuosas de detención, desaparición forzosa, homicidio cualificado, asociación ilícita y genocidio». En su alegato final, Bussi declaró que su actuación fue «necesaria para evitar la instauración de un régimen comunista satélite de Rusia, y en el cual no podríamos pensar libremente», mientras que Menéndez gritó entre llantos que «sólo había luchado contra la subversión marxista».

Con este nuevo y histórico juicio a la ciudad de Tucumán ya son más de una docena los militares condenados por los delitos cometidos durante la dictadura, entre los que destaca el «cura castrense asesino», Christian von Wernich, también condenado a cadena perpetúa por su participación directa en los campos de concentración.

Los grupos de defensa de los derechos humanos han denunciado que muchos de los represores, a pesar de la gravedad de los delitos, están cumpliendo su condena debido a su adelantada edad en arresto domiciliario, muchos d e ellos en lujosos y exclusivos clubes privados.