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Estallido social incruento

Fuentes: Rebelión

En la compulsa del 26 de octubre pasado, los candidatos del partido de gobierno obtuvieron el apoyo de sólo el 26% del padrón electoral, perdiendo más de cinco millones de votos en relación a las elecciones de 2023. Una situación similar se vivió en el nefasto 2001. El periodista Carlos Pagni, en su libro “El nudo”, recordaba al respecto que “el escenario para una catástrofe política ya estaba organizado. Faltaba que ocurriera. Y sucedió el 14 de octubre (de 2001). Las elecciones legislativas de ese día representaron un estallido social incruento. Se podría decir técnico”. Lo mismo se repitió, con creces, este año.

 Es necesario tener en cuenta que, desde la reforma constitucional de 1994, solamente se computan los votos afirmativos; ni siquiera los votos en blanco, aunque válidos, se cuantifican. Entre éstos, más los nulos y el ausentismo sumaron más del 36% del padrón, resultando la mayor fuerza política en las elecciones de ese día y la mayor abstención desde el regreso a la constitucionalidad en 1983.

Sin embargo, y a pesar de esta realidad, la totalidad de los medios masivos de comunicación transmiten la idea de que el gobierno triunfó de una manera abrumadora. Si bien es cierto que esta “victoria” les permite multiplicar considerablemente el número de legisladores, es necesario analizar las causas del engaño de los medios y las consecuencias de los resultados.

En primer lugar, examinar el origen y desarrollo de nuestra actual “democracia”. Cuando ésta se recuperó, resultó válida la frase de Raúl Alfonsín en el sentido de que «el pueblo argentino no tomó la Bastilla», refiriéndose así a que el esperado desenlace no fue fruto de cruentas luchas populares sino de negociaciones con los usurpadores del poder. Lo que nunca dijo es que más bien fue consecuencia del cambio de táctica del Departamento de Estado norteamericano en la década de los 80s. Después del triunfo sandinista, los yanquis presionaron el reemplazo de todas las dictaduras latinoamericanas (incluida la nuestra) por estas democracias de baja intensidad, manteniendo en todos los casos la misma estructura económica y social injusta. Aseguraron sus intereses – más los de las oligarquías locales – con menos riesgos de una sublevación como la ocurrida en Nicaragua. En este contexto actuaron todos los gobiernos desde 1983. No solo se mantuvo el orden socioeconómico heredado, manteniendo vigentes las leyes estructurales de la Dictadura, sino que se siguió legislando en favor de los grupos beneficiados en ese negro período, reconociendo y pagando la fraudulenta deuda externa legada por la Dictadura. Desde hace décadas, se mantienen vigentes las leyes más nefastas a los intereses populares. Podemos recordar, como ejemplo, la ignominiosa ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz que hoy permite el llamado “carry trade” (bicicleta financiera), beneficiando a los mismos grupos especuladores de siempre, en detrimento, cada vez más, del nivel de vida de los argentinos.

Una vez analizada esta victoria pírrica cabe preguntarnos por qué no se votó masivamente una opción que contrarrestara ese “triunfo” mileísta. Sumadas las distintas denominaciones con que se presentó el peronismo en las diferentes provincias, los números dan cuenta de que perdió casi tres millones de votos en relación al 2023. Teniendo en consideración estos datos, podemos concluir que el peronismo no fue una alternativa válida.

Es posible que, así como nadie vislumbró el espontáneo y sorprendente 17 de octubre de 1945, estemos a las puertas del nacimiento de un nuevo movimiento de masas que barra con tanta ignominia y gobiernos vergonzantes, como muchísimas veces aconteció en la historia argentina. Habrá que echar a andar, nuevamente, la esperanza.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.