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Hacia la construcción de nuevas herramientas políticas de la izquierda

Fuentes: Cultura Compañera

Noviembre quedó marcado por expresiones de disconformidad y protesta contra el Gobierno que, más allá de distintos componentes sociales y ambigüedades políticas, revelan un profundo malestar social. El telón de fondo es una crisis política (ruptura con Moyano y guerra sucesoria en el peronismo), a la que se suma el impacto de la crisis económica […]

Noviembre quedó marcado por expresiones de disconformidad y protesta contra el Gobierno que, más allá de distintos componentes sociales y ambigüedades políticas, revelan un profundo malestar social. El telón de fondo es una crisis política (ruptura con Moyano y guerra sucesoria en el peronismo), a la que se suma el impacto de la crisis económica internacional, la doble asfixia de la deuda externa y del endeudamiento público y los acumulativos desastres en el área energética, en el sistema de transporte, en la salud, la educación, etcétera, que se agrava con el des-gobierno de Provincias y Ciudad autónoma. La Presidenta no se cansa de hacer declaraciones anti-piqueteras y anti-sindicales y pro-patronales, estrecha relaciones con la UIA (Unión Industrial Argentina), los grandes sojeros, la minería a cielo abierto, Soros… ¡Y encara con Macri un descomunal negociado inmobiliario! Pero hace todo esto sin dejar de proclamarse adalid de la soberanía nacional contra los «fondos buitres» y llamando a la guerra contra el Grupo Clarín y el destartalado bloque derechista que lo acompaña. Destaco esto, porque lo notable es que el kirchnerismo mantenga la capacidad de presentar la pelea con la oposición burguesa que se coloca a su derecha, en términos tales que impiden o dificultan la irrupción de un genuino proyecto popular y anticapitalista. Éste es el contexto en que nos reunimos para discutir y aportar a la construcción de nuevas herramientas políticas de izquierda, al que aportaré 8 puntos. Y provecho para aclarar que lo hago sin mas representatividad que la de ser un simple militante del Frente Popular Darío Santillán.

1) Contra la épica que inventa el kirchnerismo, quiero recordar que Nestor y Cristina construyeron su liderazgo desde la Presidencia, mediante la acumulación y uso discrecional de poder manejando los fondos públicos y el aparato estatal. Con estos recursos se recluta y disciplina a la «propia tropa» y también se «descabezó» y/o dividió a las organizaciones populares. Con poder, dinero y audacia rayana en el aventurerismo, hicieron y deshicieron las alianzas más inverosímiles y contradictorias, según conveniencias del momento. En lo ideológico, el núcleo duro del Kirchnerismo es la reivindicación del «capitalismo serio», la conciliación de clases y la exaltación del Estado como expresión y garante del «interés general», envuelto en un discurso neo-populista en el cual las referencias a «la generación de los 70» fueron amputadas de toda connotación revolucionaria o socialista. Hasta aquí, nada original y mucho menos «épico». Pero el kirchnerismo sí aportó una novedad y fue política: advirtió la gravedad de la crisis orgánica del 2001-2002, con un sistema de partidos hecho trizas y el espacio público ocupado por masas movilizadas y respondió ofreciendo al bloque dominante otro esquema de gobernabilidad que a la opinión pública fue presentado con fanfarria de «Refundación Nacional». Nestor Kirchner llegó a Presidente de la mano de Duhalde y de Lavagna, pero se diferenció de las fracciones de la burguesía local que eran partidarias de mantener un neoliberalismo «de choque» al estilo de Chile o Colombia. Hizo política reclamando apoyo para «renegociar» el pago de la deuda externa con una fuerte quita, asumió postergadas banderas de la lucha por los derechos humanos y retomó los juicios a los genocidas. Pactó con la burocracia recuperación salarial a cambio de precarización, hubo medidas paliativas dirigidas a los sectores más sumergidos y prometió no reprimir la protesta social. Pero la gran jugada política del kirchnerismo fue presentarse como portador de un nuevo proyecto «nacional y popular» de país, un «modelo» orientado al desarrollo del mercado interno, la burguesía nacional y la «inclusión social» en un contexto de integración continental que permitía decirle No al ALCA de los yanquis.
2) Sobre el contenido real del «modelo», sabemos que es engañoso y auto-contradictorio. Los cambios en el rol del Estado, el proyecto neodesarrollista y los funcionarios «heterodoxos» apuntaron siempre a ese quimérico capitalismo normal o serio, a sabiendas de que lo hacían sobre las bases estructurales y relaciones de fuerza amasadas en el largo ciclo neoliberal. Y lo «normal» resulta ser que el gran capital transnacional y financierizado mantiene y profundiza un patrón de valorización y acumulación basado en bajos salarios relativos, desposesión y depredación de los bienes comunes, maximización de las exportaciones, primarización productiva. O sea: agudiza la inserción dependiente del país en el mercado mundial. Durante una década eso quedó disimulado porque aprovechando una fase excepcionalmente favorable por los precios de las exportaciones, el gran capital asentado en el país ganó como nunca, los sectores populares recuperaron gran parte de lo perdido durante el super-ajuste que implicó la salida de la convertibilidad. Y se mantuvo relativamente contenida la conflictividad. hasta ahora, cuando Cristina intenta pero no logra conjurar la crisis con medidas de «ajuste». Parecería que «el modelo» comienza a tropezar con sus propios límites. Se impone entonces intervenir avanzando un proyecto político integral con proyección anticapitalista, antipatriarcal y socialista, un proyecto de cambio con horizonte socialista y propuestas concretas de transición. Pero para intentarlo, conviene reconocer que el panorama político del país fue profundamente transformado por el kirchnerismo.
3) La rebelión popular logró que las expresiones políticas del neoliberalismo y la influencia directa de los yanquis quedaran jaqueadas tanto en nuestro país como a escala regional, pero los proyectos neodesarrollistas vinieron a neutralizar y fragmentar buena parte de la militancia popular, debilitando la perspectiva anticapitalista. Parece evidente que a las izquierdas (en plural) nos resultó más fácil ubicarnos políticamente en la lucha contra el neoliberalismo de Menem o De La Rúa, que frente al neodesarrollismo y neopopulismo de los Kirchner. En los 90 era muy difícil organizar la lucha, pero en cuanto se salía a pelear, los reclamos reivindicativos más mínimos se convertían en confrontaciones políticas contra gobiernos manifiestamente entreguistas. Las cosas cambiaron con el kirchnerismo esa ofensiva política a la que antes me referí. Frente a un pueblo hastiado de entreguistas, se presentaron como campeones de la soberanía nacional, embanderados con lo nacional y sentidas gestas populares. Y el gobierno encontró un «enemigo» funcional a esa imagen cuando, simétricamente, un sector de la burguesía y gran parte de la vieja «clase política» se puso en la vereda de enfrente. Allí (en «la Oposición») confluyeron los que rechazaban las retenciones y cualquier medida redistributiva, los que reclamaban represión a las movilizaciones populares, los partidarios de archivar los juicios, los enemigos furibundos del «chavismo», etcétera. En el 2008, la confrontación se escenificó en «el conflicto con el Campo» y, de allí en adelante, esa polarización reaparece una y otra vez, con ligeros cambios de personajes en uno y otro bando, pero siempre en términos que cierran el paso a una propuesta alternativa de izquierda. De hecho, muchos antiguos izquierdistas (incluyendo «autonomistas» de pura cepa) se sumaron al gobierno. Otra parte de la vieja izquierda cree correcto marchar con «la Oposición». La izquierda dogmática confunde independencia con aislamiento sectario y se entusiasman discutiendo entre ellos los respectivos catecismos. Y nosotros mismos, lo que ha dado en llamarse «izquierda independiente», tampoco fuimos hasta ahora capaces de responder adecuada y efectivamente a la encerrona. Pudimos mantener autonomía política sin caer en una oposición dogmática ni en brazos de la derecha. Pero no basta con haber mantenido alguna fuerza en el movimiento social, sindical o estudiantil, porque de lo que se trata es de formular propuestas superadoras con incidencia masiva. No debemos aferramos a recetas que fueron relativamente eficaces en el pasado, cuando estamos enfrentando a un adversario que evidenció una enorme capacidad para capitalizar en su propio beneficio esfuerzos, luchas y banderas que no puede luego sostener consecuentemente. Debemos batallar por una superación del modelo neodesarrollista desde la izquierda en vez de limitarnos a marcar diferencias con tales o cuales políticas de la derecha patronal tradicional y del gobierno. Para colocarnos en condiciones de construir y ofrecer una alternativa social y política, deberemos reforzar y mejorar nuestros respectivos trabajos de base, superar las tendencias al localismo, el aislamiento y las presiones corporativistas o economicistas. También debemos combatir la autocomplacencia sectaria que cultiva la diferenciación y disputa entre los que somos parecidos, en vez de celebrar la cercanía como posibilidad de articulación y mayor aproximación. Creo que todas nuestras organizaciones están haciéndolo o tratando de hacerlo. Pero no alcanza: no podremos desafiar y superar nuestra relativa insignificancia, sin proyectarnos audazmente en el plano político, disputando no solo en los espacios ganados por nuestras agrupaciones territoriales, sindicales y estudiantiles, sino interpelando abiertamente al pueblo y tratando de articular alianzas de la izquierda independiente que nos permitan tener presencia en lo electoral. Aportar al crecimiento e influencia masiva de un proyecto popular, anticapitalista, con vocación de poder debe ser el centro de nuestras preocupaciones.
 
4) Como hijos o tributarios de la rebelión del 2001, con su masivo y justificado rechazo a la vieja política, tuvimos una relación ambigua con lo político que es tiempo ya de clarificar. Se trata ahora de asumir, con todas sus consecuencias, que la lucha contra las injusticias del capital, los malos gobiernos de turno y el Estado, es necesariamente también una confrontación política que, para ser efectiva, debe realizarse con medios políticos y disputando  poder. El orden del capital es indisociable del Estado como estructura política de mando, que asegura su reproducción y evita que las contradicciones y antagonismos lo hagan estallar. Pero el Estado no es una cosa ni se reduce a un aparto de Gobierno. No es un artefacto externo a la sociedad. El Estado es una forma de relación social o, mejor dicho, un proceso relacional, dinámico, que se teje en interacciones recíprocas de los seres humanos, que se realiza en el conflicto y en cuya configuración participan también las clases subalternas. Una forma anclada, por un lado, en la política entendida como actividad que relaciona a los hombres en tanto copartícipes de la vida pública. Una forma contenida, asimismo, en la dialéctica de la dominación hegemónica, que supone al mismo tiempo un proceso de negación y de reconocimiento del dominado. Todo Estado se pretende soberano y casi omnipotente, pero es en realidad un proceso inestable. En su existencia y modo de manifestación, la forma-Estado expresa el permanente intento de unificar la sociedad, detener el conflicto, institucionalizar y domesticar la política, pero la estatización de la vida social está siempre atravesada por el conflicto y desafiada por la política autónoma de las clases subalternas, aunque ésta sea fragmentaria e intermitente.
 
5) Habiendo bajado del pedestal «metafísico» en que suele colocarse al Estado, podemos intentar una redefinición radical de lo político. Digamos en primer lugar que es un concepto que desborda lo estatal. La política está relacionada con esa cualidad humana que es la capacidad de actuar para construir las normas que regulan la convivencia. Así como hay actividades orientadas a la reproducción material de la vida y la satisfacción de necesidades, la política es el ámbito de la confrontación activa en el que se decide cómo organizamos -y no sólo «ellos», la clase dominante, sino también nosotros- la vida colectiva. Podemos dejar de lado la falsa opción entre «politicismo estatalista» y «antipolítico», para pensar y proyectar la confrontación en términos de otra política. Porque, me permito repetirlo, la lucha contra el capital es también una confrontación con otras políticas que, para ser efectiva, debe realizarse con medios políticos que se definen y dirimen en la lucha misma. La política no se reduce a la participación en elecciones o a la ocupación de bancas, aunque sería completamente equivocado ignorar que tales espacios, pueden y en muchos casos (por ejemplo, en nuestro caso) deben ser también utilizados por las clases subalternas para expresar inconformidad y rebeldía. Hacer política significa asimismo entender que la lucha contra el capital incluye la lucha por construir nuevas reglas de organización de la vida social: por redefinir las normas que ordenan la convivencia, lo que compete a todos. Esta redefinición permite impulsar construcciones políticas de y para los de abajo y supone, también, reconocer, valorar y potenciar las sutiles formas que suele adoptar la política autónoma de nuestro pueblo. Nadie es totalmente ajeno, siempre existe una vivencia política aunque sea desapercibida o desconocida, ella palpita en la cotidiana experiencia colectiva que, entre agravios, humillaciones y esperanzas, enlaza lo presente con la memoria de frustraciones, luchas, victorias y derrotas pasadas. Más en general, estratégicamente me atrevería a decir, pienso que siendo la lucha contra el capital una batalla por la construcción de una nueva forma de sociabilidad y por la recuperación de la condición humana, esta batalla requiere trascender la politicidad enajenada es decir, la situación en que los seres humanos son expropiados por el capital del derecho a organizar, controlar y decidir libremente la forma de organización de su vida social. Es un paso en la lucha por la construcción de lo que Marx denominaba una comunidad real y verdadera: una asociación política fundada en la libertad, en la plena realización de la individualidad concreta y en el reconocimiento recíproco como personas.

7) Paso a una cuestión muy actual. Cristina, que tanto habla de soberanía, lo hace en términos de «unidad nacional» y de autoridad del Estado, o sea, con palabras que ocultan el antagonismo social y dejan todo en manos de quien gobierna. Desde el punto de vista de la lucha de clases, creo que la soberanía nacional no debe traducirse o conjugarse como soberanía estatal, sino como soberanía popular. Santificar el poderío y la fuerza del Estado significaría agacharnos frente al maldito precepto constitucional que ordena: «el pueblo no delibera ni gobierna». A eso oponemos el protagonismo popular. Y mucho más: queremos que llegue a ser efectiva y continuada auto-actividad y contra-hegemonía. Queremos que se instituya como poder popular de hecho y de derecho, porque dicho sea de paso, no todo derecho requiere de la unción del Estado. Pero construir poder popular no tiene nada que ver con dar la espalda al Estado. Con análisis concretos de situaciones concretas podremos denunciar y combatir las insuficiencias y la inamovible hostilidad del aparato burocrático-estatal hacia lo plebeyo y su movilización, manteniendo una posición flexible y propositiva para reclamar, negociar e incluso apoyar cualquier medida que implique ganar soberanía frente los imperialistas, frente al mercado mundial o las exigencias del gran capital. En este sentido, la COMPA elaboró el documento titulado «A 10 años del 2010, 10 propuestas políticas emancipatorias», el año pasado realizamos el «Foro por un Proyecto Emancipador» y acabamos de realizar la Campaña Nacional «100% Soberanía Popular – Construyendo una Alternativa de país» en la que se desplegaron más de 300 mesas en Capital Federal, Gran Buenos Aires, La Plata, Mar del Plata, Córdoba, Rosario, Mendoza, Tucumán, Salta y Jujuy, destacando 4 ejes necesarios para construir un país soberano (los recursos naturales, el trabajo, el transporte público y el derecho a la tierra y la vivienda). Menciono estos textos y actividades simplemente para recordar que están sujetos a la discusión, aportando y apostando siempre a construir nuevas y mejores respuestas colectivas que, en definitiva, deberán ser puestas a prueba y corregidas tantas veces como sea necesario dialogando y luchando con el pueblo.
 
8) Para terminar, quiero recordar, porque nunca está demás hacerlo, que la construcción del poder popular incluye prever y prepararse para el momento en que deba afrontarse un momento de ruptura radical con el Estado capitalista y asumir la incierta conformación de un Estado radicalmente diverso (como en algún momento escribiera Lenin, aunque luego no pudo hacerlo). Pero digo también que ninguna «ley» histórica o «principio» teórico impone creer que todo cambio revolucionario queda supeditado a ese momento. Y mucho menos autoriza a pontificar que recién entonces podrían abordarse las cuestiones de la transición… Por el contrario, la Historia y la vida misma muestran que es posible y necesario desafiar desde ahora el orden del capital y poner en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social. El «Socialismo del siglo XXI» debe asumir que la revolución no consiste sólo en la expropiación del gran capital. Debe ser también una ruptura radical e irreversible con la división social jerárquica del trabajo, así como una redefinición completa del paradigma productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital. Debemos producir y consumir de otro modo, producir y consumir otras cosas. Terminar con la explotación del hombre pero también con la explotación de la naturaleza. Construir otras relaciones sociales en ruptura con la alienación y los fetiches del capital. Son cuestiones que parecieron secundarias a los revolucionarios del siglo pasado pero constituyen para nosotros desafíos insoslayables y urgentes. Los diversos frentes de lucha por la soberanía popular se proyectan como un combate por la libertad de escoger y construir nuestro futuro. Un combate que debemos asumir desde la convicción y la superioridad política y moral que nos da la conciencia de que lo que está en juego no es sólo la suerte de nuestros hermanos explotados y oprimidos, sino la supervivencia misma de la humanidad. 

 
* Intervención en el debate organizado por Cultura Compañera. Aldo Casas es miembro del Consejo de Redacción de la revista Herramienta: http://www.herramienta.com.ar/