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Ilusión de poder

Fuentes: Rebelión

La celebración de los actos de posesión para la nueva gestión del Presidente Evo Morales permiten reflexionar acerca de algunos aspectos que entraña el ejercicio del poder y el gobierno, en vista de la forma cómo se lo ha puesto en práctica en estos últimos años. Uno de los fenómenos paradojales que resalta y despierta […]

La celebración de los actos de posesión para la nueva gestión del Presidente Evo Morales permiten reflexionar acerca de algunos aspectos que entraña el ejercicio del poder y el gobierno, en vista de la forma cómo se lo ha puesto en práctica en estos últimos años.

Uno de los fenómenos paradojales que resalta y despierta un sinnúmero de interpretaciones, tiene que ver con el significativo respaldo electoral y popular que goza el Presidente. Recientemente y en diversas ocasiones, ha surgido la pregunta de por qué, siendo que el Presidente Evo Morales tiene más del 60% de apoyo electoral, sin embargo se ha hecho patente un descontento generalizado, que inclusive amenazó y ahora también repite, traducirse en un voto castigo en las elecciones. La explicación inmediata y no exenta de razón, la dieron las propias organizaciones y sectores sociales donde se expresó el fastidio: la imposición vertical de candidatos no consensuados…

Sobre el tema, valdría la pena considerar una interpretación diferente (aunque no necesariamente excluyente). Teniendo en cuenta que muy en contrario de adoptar una forma de gobierno y liderazgo acordes a un proceso de transformación alternativa al sistema y los regímenes de gobierno tradicionales; lo que ha sucedido es la repetición de una lógica de la competencia y el individualismo, generalmente orientadas a granjearse los favores del caudillo mayor. Bajo esos términos, se ha impuesto una lucha fratricida por imponer liderazgos individuales (quién hace más obras, quién arrastra más seguidores, quién invierte más y termina obras primero, etc.), lo cual ha terminado sustituyendo a las organizaciones sociales, al debate colectivo y a la construcción de consensos y propuestas, que han sido sustituidos por caudillos, jefes y mandamases, que terminaron imponiendo su palabra, arguyendo contar con la anuencia y la venia superior.

De esa forma, los movimientos, organizaciones y sectores sociales, no solamente tienden a proliferar y expresarse lo más ruidosamente que se pueda (mejor si paralizando el país, porque esa es la forma de «hacerse sentir» y ser tomados en cuenta), sino porque se convierten en un trampolín para pegas, canonjías y prebendas. A su turno, esa lógica dirigencial del manejo del conflicto, se ha constituido en el mecanismo desde el gobierno, para captar y lograr adhesiones y respaldos, cuya consistencia y duración están en correspondencia (muy efímera) a los favores recibidos, al margen de constituir una práctica perversa de la antigua derecha conservadora.

Por eso se puede entender los episódicos respaldos y descontentos frecuentes que se producen, pero que a la larga (y precisamente por no comprometer ninguna convicción que no sea el interés inmediato de disfrutar y recibir algún beneficio material), han estado signados por la conveniencia de quedarse y apoyar la opción ganadora o el «caballo del corregidor». Lo que queda en duda es la consistencia y sostenibilidad de una alianza de este tipo.

Por otra parte y como ya ha sido insinuado anteriormente, las prácticas prebendales y asistencialistas, no solamente refuerzan caudillismos individualistas emergentes que se encargan de hacer el nexo entre el Estado y los sectores sociales (negociando acuerdos y beneficios a nombre de la mayoría), sino que dada la elevada disponibilidad de recursos que permiten realizar ofrecimientos de diverso tipo de inversiones y obras, finalmente tiene la «virtud» de crear nuevos adherentes, porque se sienten beneficiarios históricos de las dádivas del Estado. Más aún, sabiendo que en el pasado habían sido desatendidas, o francamente rechazadas, provocando un sentimiento de exclusión, discriminación y ninguneo. Sin embargo, en contrapartida, esos adherentes circunstanciales, no conforman, ni constituyen militantes de un proceso alternativo con conciencia política. Se trata de adhesiones (generalmente electorales), que se originan en el agradecimiento de haber recibido algo, y porque su visión se limita a exigir lo que les fue negado en el pasado, solo tienen un carácter inmediatista y coyuntural. Es decir, no se trata de militantes del cambio y al reforzarse los lazos asistenciales y prebendalistas, se pierde la oportunidad de generar un nuevo tipo de relaciones de gobierno y democracia, en el estricto sentido de gobierno del pueblo. En este caso, es una ilusión de poder del pueblo, porque el gobierno y el poder, no se encuentran en sus manos.

En lo que concierne al ejercicio del poder y el gobierno, entendiendo ello como expresión de la soberanía y la libertad del Estado frente al sistema capitalista imperante (que constituye uno de los mandatos constitucionales más importantes del proceso de transformación y cambio), se pueden realizar las siguientes consideraciones.

En lo externo, si se observa el comportamiento del Estado frente al imperialismo (y específicamente respecto del gobierno de los Estados Unidos, que constituye su expresión más representativa), es posible apreciar, lo mismo que ha sucedido con otros gobiernos progresistas de América Latina, que se ha producido un alejamiento de los dictados a los que se había acostumbrado la Casa Blanca. Tanto así, que no solo persisten las denuncias, reproches y rechazo a dichas intromisiones, sino que se ha expulsado a sus embajadores y agencias más importantes, como la DEA y USAID.

Sin embargo, paralelamente a la persistencia de ese discurso irreverente y agresivo que rechaza las prácticas intervencionistas, y a pesar de las medidas nacionalizadoras que se adoptaron, no se ha logrado romper y desprenderse de las relaciones y la dependencia con el capital financiero internacional y los intereses de las empresas transnacionales, que continúan explotando los recursos naturales y concentrando la riqueza en pocas manos privadas. En esos términos, se puede afirmar que se ha producido un deslizamiento de la dependencia y sometimiento político que ejercía el imperialismo, a una dependencia económica que facilita la reproducción del sistema imperante.

Ello nos lleva a una constatación. Y aunque pudiera argüirse una autonomía relativa de lo político sobre lo económico; ésta es relativa porque la ideología demanda de un sustento material. Es decir, que todo modelo político requiere de un modelo económico que lo sustente, pero que no lo contradiga, salvo el riesgo de mantener un discurso meramente formal, sin la base material ni práctica que le de sustento real.

Eso sucede cuando gobiernos denominados progresistas critican y despotrican contra el capitalismo y el imperialismo, pero al mismo tiempo se endeudan, refuerzan los lazos financieros, refuerzan los lazos comerciales asimétricos y se convierten en dependientes y adictos al mercado, el consumismo y la competencia. De esa forma, incorporan y someten al pueblo pobre, otorgándole la sensación de constituirse en parte de la sociedad, cuando en realidad pasa a ser un nuevo dependiente del mercado y los intereses transnacionales.

A pesar de los esfuerzos por luchar contra la pobreza, el hambre y la desigualdad; lo que se ha podido advertir es que las políticas públicas han tenido un fuerte predominio rentista, que se ha traducido en la entrega de diverso tipo de bonos que si bien han mejorado los ingresos familiares y el bienestar material, también han reforzado los lazos de dependencia con el mercado y el consumo capitalista. Como no se han producido cambios en la relaciones de trabajo y producción, lo que ha sucedido es que el rentismo no los ha liberado de la explotación y sometimiento al mercado y sus patrones, sino que ha reforzado sus lazos de dependencia, porque los ha convertido en nuevos deudores/consumidores. No es posible transformar si lo que se hace es reproducir el sistema.

Y así como se han desarrollado políticas públicas en favor de los sectores más desfavorecidos (en la vieja lógica redistributiva de la riqueza, pero que no toca ni cambia las relaciones de explotación), también es cierto el impulso e incentivo brindado a los sectores dominantes, que inclusive se han expandido y recreado junto a aquella oligarquía conservadora tradicional que aún mantiene el poder económico y disfruta de los incentivos estatales para expandir y consolidar su dominio. Solo hay discurso, la hegemonía sigue en manos conservadoras.

En esos términos, mal se puede hablar de un gobierno del pueblo o del poder popular, cuando lo que se ha producido es una claudicación anticipada al dominio y la hegemonía capitalista, en vista de que persiste el predominio económico e ideológico de los sectores tradicionalmente dominantes (sean nuevas élites promovidas por el auge económico, o las tradicionales que se predisponen a negociar nuevos incentivos).

Desde esa perspectiva, no basta el control del aparato del Estado y el poder político, y ni siquiera que se produzcan algunas medidas favorables a los más pobres, si persiste el predominio capitalista en lo económico y se reproduce la ideología conservadora en la sociedad, porque eso muestra la persistencia de la dependencia, la colonialidad y el sometimientos a otros intereses que no son los nacionales. Es una ilusión de poder, a pesar de que discursivamente se lo tilde de popular.

 

Arturo D. Villanueva Imaña, Sociólogo, boliviano.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.