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La APPO defendida

Fuentes: Rebelión

Este 2026 se cumplen 20 años del surgimiento de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) y el inicio de uno de los conflictos sociales más agudos de las últimas décadas en México. Las crónicas, reportajes, documentales, análisis de coyuntura, escritos académicos, informes oficiales, comunicados y demás producción, es vasta, pero nunca suficiente. Me remito a recomendar los siguientes materiales que brillan por su calidad y seriedad: el documental Un poquito de tanta verdad (2009) de la cineasta Jill Freidberg; la crónica periodística Oaxaca sitiada. La primera insurrección del siglo XXI (2016) de Diego Enrique Osorno y la antología documental La batalla por Oaxaca (2007) coordinada por Carlos Beas Torres.

Más allá de repetir lo que ya se conoce o se puede encontrar en otros medios, propongo rescatar algunas de las principales enseñanzas y lecciones que la APPO nos ha legado, haciendo lo posible en evitar falsos triunfalismos, pero huyendo también de la condena de los ausentes:    

1. Un puño pega mejor que cinco dedos. La APPO fue una organización de organizaciones. Su origen se debió en lo esencial al magisterio oaxaqueño (aglutinado en torno a las secciones locales del SNTE y la CNTE), y solo después se fueron incorporando otras organizaciones de carácter vecinal, estudiantil, gremial, campesino, indígena, proletario, etc. Sin embargo, a pesar del elevado nivel de representatividad, nunca existió un equilibrio estable entre las agrupaciones y fue el magisterio en última instancia el factor de unidad. Ningún partido político pronosticó lo que se avecinaba (ni si quiera los partidos marxistas), y en cambio, fue el propio proceso de lucha el que fue dando las pistas para los pasos sucesivos.

Si algunos colectivos postularon que lo que le faltó a la APPO fue un mayor grado de cohesión a su interior, más disciplina y beligerancia, también se puede postular exactamente lo contrario; que el despegue de la APPO fue posible gracias a su espontaneidad y flexibilidad organizativa. El modelo organizacional asambleario y no el centralismo democrático garantizó un mejor margen de maniobra y acción. Solo en este sentido la APPO fue más luxemburguista que leninista.

2. El valor de los símbolos no debe subestimarse. Oaxaca es uno de los estados más megadiversos de la república mexicana. Es la entidad federativa con más población indígena, una de las que concentra mayor número de personas que profesan alguna religión y es un espacio con una hiper fragmentación político-territorial que no tiene nada que envidiarle al sacro imperio germánico durante la baja edad media. Tal caracterización presenta una serie de dificultades para transitar a eso que René Zavaleta llamó la “hegemonía de la diversidad”, y a pesar de todo, se logró con cierto éxito. Cuando el pliego petitorio de la sección 22 del SNTE se convirtió en una demanda social de destitución del entonces gobernador del estado, Ulises Ruiz Ortiz, la sociedad civil dejó atrás sus diferencias y se construyó un bloque contrahegemónico que encontraba sus referentes en un sincretismo religioso-cultural sui generis. El boicot contra la guelaguetza del gobierno y los empresarios para realizar una guelaguetza del pueblo; la creación del Santo Niño APPO para bendecir los plantones; el estampado de la Santísima Virgen de las Barricadas que protegía de la represión; el ejercicio de una economía social y solidaria en la que nadie se quedaba sin su tamal y su atole. En fin, un ambiente de comunalidad que era al mismo tiempo de resistencia, fiesta y reflexión en el que participaron personas de todo tipo, desde niños y niñas, estudiantes, mujeres profesionistas, obreros, hasta adultos mayores. 

3. El poder del Estado no es un cuento.  En los meses más álgidos del conflicto —cuando incluso se discutía en la Comisión de Gobernación del Senado de la República la posibilidad de decretar desaparición de poderes en Oaxaca—, los municipios, el estado y la federación desplegaron un operativo policiaco-militar que probablemente no se veía desde el levantamiento armado zapatista del 01 de enero de 1994. Las unidades que emplearon para aplastar al movimiento fueron: Policía Ministerial, Policía Preventiva, Policía Municipal, Unidad Policial de Operaciones Especiales, Unidad Canina, Unidad Ministerial de Intervencion Táctica, Fuerzas Especiales Policiales de Acción y Reacción Directa, Grupo de Operaciones Especiales del Ayuntamiento de Oaxaca, Policía Bancaria, Policía Juvenil, Policía Federal Preventiva, sin contar a los elementos parapoliciacos y paramilitares adiestrados por Kaibiles guatemaltecos en materia de contrainsurgencia.

Se reconfirma la hipótesis que demuestra que aun cuando un movimiento no representa un inminente peligro político-militar a la dominación burguesa, se emplearán todos los recursos al alcance del Estado para aplastar las tentativas insurreccionalistas sin importar los daños y el sufrimiento generado. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) reconoció cientos de violaciones a derechos humanos entre el 2006 y el 2007, mismas que consistieron en ejecuciones extrajudiciales; desapariciones forzadas; tortura y detenciones arbitrarias; y desplazamientos forzados. Más allá de inocuas indemnizaciones, la procuración de justicia nunca llegó.

4. El triunfo electoral no es consuelo. Suele creerse que si un proceso de lucha desemboca en la conformación de un frente electoral victorioso, la sangre y las lágrimas derramadas habrían valido la pena. Sin embargo, esta apreciación no es del todo certera. Los movimientos de masas tienen lógicas organizativas, operativas y programáticas distintas a las de una fuerza electoral, y aunque puedan existir “tensiones creativas” entre ambas formas de lucha —tal y como Alvaro García Línera después caracterizó a las contradicciones en el seno del MAS-IPSP en Bolivia—, ocurre con frecuencia que las iniciativas desde abajo son sofocadas, cooptadas o reconvertidas por la coalición de gobierno. En las elecciones locales del 2010 el frente opositor “Unidos por la Paz y el Progreso” integrado por el Partido Acción Nacional (PAN), Partido de la Revolución Democrático (PRD), Partido del Trabajo (PT) y Convergencia, derrotaron al caciquismo priísta poniendo fin a su hegemonía ininterrumpida en la región; y sin embargo, más allá de la transformación de ciertas demandas de la APPO en iniciativas legislativas e institucionales de carácter limitado, el autoritarismo estatal siguió su curso, cercenando toda posibilidad de democratización social.

A sabiendas del desenlace de los hechos, a la APPO se le respeta y se le admira, porque a pesar de las múltiples dificultades que enfrentó para llevar a cabo sus objetivos en un contexto de represión directa, evidenció que las condiciones para la lucha se crean mediante la lucha misma, y que sin importar los resultados, siempre vale la pena apostar por los referentes morales que emanan de las filas del pueblo.            

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.