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De Comuna a los y las electoras

La discreta comedia electoral

Fuentes: Rebelión

  Se dice que las elecciones forman parte de la práctica democrática o del ejercicio democrático; esto puede ser cierto si se lo toma de una manera general; pero, ¿qué verdad tiene valor efectivo si es general? Todo depende no solo de las circunstancias sino de las condiciones en las que se ejerce el derecho […]

 

Se dice que las elecciones forman parte de la práctica democrática o del ejercicio democrático; esto puede ser cierto si se lo toma de una manera general; pero, ¿qué verdad tiene valor efectivo si es general? Todo depende no solo de las circunstancias sino de las condiciones en las que se ejerce el derecho al voto. No solo hablamos de todo lo que todo el mundo debería saber sobre los requisitos básicos de la democracia como, por ejemplo, independencia del órgano electoral, del tribunal electoral, condiciones administrativas adecuadas para la votación como, por ejemplo, registros verificados de los votantes, basados en un censo científico, también en las estadísticas vitales, además de contar con la adecuada información sobre, no solamente los programas de gobierno, sino sobre la realización material de las políticas gubernamentales, siendo uno de los postulantes el partido de gobierno. Nos referimos a las condiciones materiales y culturales que garantizan la libertad, en todo sentido, no solo de opinión y de expresión, sino de voluntad. No estamos induciendo, de ninguna manera, la discusión hacia los reclamos liberales conocidos, como los relativos a las garantías de los derechos civiles y políticos, sino hablamos de la autonomía plural, la autonomía singular, que puede ser individual, la autonomía grupal, que puede ser comunitaria u otra forma colectiva o social, es decir, hablamos del ejercicio de la potencia social. Para no hacer una lista larga nos quedaremos aquí.

Si se cumplen estos requisitos y estas condiciones se pueden hablar de democracia, del ejercicio y las prácticas democráticas; de lo contrario, estamos ante una comedia, que simula la democracia, cuando, en realidad se efectúa la coerción múltiple.

 

El problema de las elecciones del 12 de octubre es que no cumple con los requisitos y las condiciones democráticas, en el sentido del que planteamos. No ha habido un censo científico; lo que ha habido es una farsa, por lo tanto una conducta irresponsable, que se delata cuando se dice que se hizo el censo, pero no se cumplió con el requisito indispensable de la actualización cartográfica. En Bolivia como en gran parte de América Latina, salvo en San Paulo, no se cuentan con consolidados registros vitales. Lo que se ha montado es una lista perversa de votantes sobre la base de una ausencia censal. Por otra parte, no hay acceso a la información fidedigna, salvo la propaganda, que no tiene ningún valor objetivo. En esto no solo hablamos del gobierno sino también de lo que se llama eufemísticamente «oposición». El pueblo, este referente tan amplio, tan aparentemente homogéneo, que significa la voluntad general, no ejerce la autonomía, en sus distintas formas. Se mueve o corporativamente, presionada por coerciones organizativas, en un caso, o por presiones de terrorismo «ideológico», en otro caso. El primer caso, se refiere a los aparatos de presión oficialistas; el segundo caso, se refiere a la especulación aterrorizada y terrorista «ideológica» de la llamada «oposición».  El llamado pueblo, que no es ciertamente, ni homogéneo, ni la voluntad general, no se encuentra en condiciones de ejercer su autonomía, en sus distintas formas; es decir, no se encuentra en condiciones de ejercer y realizar la libertad, concepto moderno que se refiere a la voluntad.

 

En esta comunicación de Comuna no hablamos ni recurrimos a nuestra crítica política, la que establece que el «proceso de cambio» ha muerto, de que estas elecciones significan el entierro del «proceso de cambio», de que se está yendo a elegir entre una nueva «derecha» que gobierna – el mejor gobierno de la burguesía recompuesta, la antigua y los nuevos ricos – y la vieja «derecha» que quiere volver a gobernar; hablamos de democracia, de política. Decimos que no se ejerce la democracia, que no se ejerce la política, en el sentido de Jacques Rancière, es decir, en el sentido de la suspensión de los mecanismos de dominación, sino que se habla de democracia, se habla de política, nombres que se colocan a prácticas de coerción y chantaje.

Este es el problema. La simulación de la democracia, que no solamente se da, como se da, en Bolivia, sino en el mundo. No es un problema de este gobierno, el de Evo Morales Ayma, sino de todos los gobiernos llamados «democráticos», sean progresistas o no, sean liberales o conservadores, sean de «izquierda» o de «derecha».  No es por cierto el problema de las elecciones del 12 de octubre, sino de todas las elecciones, no solamente en Bolivia. El problema en  Bolivia es que se trata de un «proceso de cambio» en crisis, que dio marcha atrás. No porque traicionaron los que gobiernan – esta es una explicación ingenua y esquemática -, sino porque se entramparon en las mallas institucionales del Estado-nación, que restauraron extensamente, sino porque se convirtieron en engranajes del poder, como toda revolución, sea socialista, reformista o indígena, que no destruye el Estado y el poder.

 

Es llamativo que, al respecto, no digan nada, no solo los medios de comunicación, que de la mediocridad en la que se movían, han caído en la calamidad de no informar y no decir nada, convirtiendo los noticiosos en crónica roja, no solo los partidos, incluyendo, sobre todo, al partido oficialista, que han reducido sus discursos a la pobreza grotesca de la diatriba, sino también al «pueblo», que no reacciona, que se conforma, que es cómplice de esta decadencia.

La decadencia no solamente es culpa de los gobernantes, sino del pueblo que los deja hacer, que no dice nada cuando los gobernantes entregan los recursos naturales, los recursos mineros, los recursos hidrocarburíferios, a las empresas trasnacionales extractivistas. La ley minera es una traición a la patria, tal como tipifica la Constitución a estos actos comprometidos y comprometedores.  Los que vayan a votar el 12 de octubre están avalando esta traición a la patria. Tendrán que rendir cuentas a sus hijos y los hijos de sus hijos por este aval entreguista. 

 

No llamamos a no votar, no tiene perspectiva hacer esta convocatoria, pues la mayoría, va a ir a votar. Lo que hacemos es interpelar a los y las votantes. Están firmando la entrega de nuestros recursos minerales a las empresa trasnacionales extractivistas, están firmando el entierro del cadáver de un «proceso de cambio» arrodillado. Están firmando la restauración extendida del Estado-nación, que no es otra cosa que un Estado colonial, aunque subalterno. Están firmando la recolonización. Para no seguir con una lista larga, están firmando la repetición grotesca de la simulación política de una revolución que no se da efectivamente sino en la demagogia desbordante de la publicidad y la propaganda.