Estoy viendo caer los copos de nieve en Cercedilla, en la sierra de Madrid.
Silencio. Blanco. Calma.
He venido en tren, solo. Quería saber cómo me sentía.
El 18 de enero tuve un accidente ferroviario.
En segundos, todo cambió.
No hubo comité de contingencia.
No hubo hoja de ruta.
No hubo un Plan de Continuidad.
Hubo metal.
Cristales atravesando la piel.
Huesos rompiéndose.
Costillas que no dejaban respirar.
Me quedé sin móvil, sin notificaciones, sin ruido y sin respiración.
Y cuando desaparece el sistema, quedas frente a la conciencia.
Es una revelación suave. Te remueve.
Trabajo analizando riesgos.
He dirigido Planes de Continuidad para sistemas críticos.
Cuando un sistema enfrenta contingencias activamos protocolos complejos, ordenados, estudiados.
Aislamos el fallo.
Redirigimos cargas.
Activamos redundancias.
Todo está previsto. Control.
Cuando te falta el aire no hay respaldo.
¿Cuál es tu redundancia?
Un impacto.
Una fracción de segundo.
Una decisión: el brazo como escudo.
Y mi vida continuó.
No había plan.
Invertimos recursos, tecnologías y presupuesto en proteger sistemas que generan valor.
Existe una enorme industria dedicada a blindar infraestructuras críticas.
Asegurar que nada falle.
Controlar cada detalle.
Nada se improvisa.
¿Y la fragilidad humana?
Un fallo en un sistema cuesta dinero.
Un fallo en el cuerpo es tu vida.
Los sistemas producen ingresos.
Tienen riesgos.
Por eso se protegen.
¿Qué valor genera tu cuerpo?
La IA seguirá avanzando.
Los modelos serán más precisos.
Los sistemas más resilientes.
La tecnología ya no solo calcula.
Genera lenguaje.
Interpreta contexto.
Simula memoria.
Empieza a parecer humana.
Pero ningún algoritmo refuerza la piel.
Ningún modelo te devuelve la respiración.
Si tu vida se apaga, no hay reinicio.
No hay reset.
No hay reboot.
En una crisis tecnológica decimos:
“El sistema sigue operativo. Vamos a reiniciarlo”.
El sistema puede seguir.
Pero tu cuerpo no es así.
Tú no.
En Blade Runner, una máquina pronuncia uno de los monólogos más humanos del cine.
Habla de recuerdos. De fragilidad. De finitud.
Yo no he visto naves en llamas más allá de Orión.
No he visto rayos brillar en la oscuridad cerca de ninguna puerta imposible.
Pero sí he sentido lo frágil que es todo.
Y si mi cuerpo quiebra,
todos mis momentos se perderán en el tiempo …
como lágrimas en la lluvia.
Por eso, ahora, no es hora de morir.
Es hora de vivir.
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