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Entrevista-diálogo con el poeta Cristian Piné (y II)

«La preocupación por la cultura y la poesía pueden ser un síntoma de que de verdad queremos cambiar las cosas a mejor»

Fuentes: Rebelión

Cristian Piné es filólogo y poeta, y ha publicado recientemente el poemario Mecánica del canto (Amargord, 2012); muchos de sus poemas pueden ser leídos en su blog personal. Aprovechando que somos buenos amigos, le propongo que mantengamos esta entrevista-conversación (la primera parte se puede leer aquí). *** P. Volviendo a tu poemario, me resulta inevitable […]

Cristian Piné es filólogo y poeta, y ha publicado recientemente el poemario Mecánica del canto (Amargord, 2012); muchos de sus poemas pueden ser leídos en su blog personal. Aprovechando que somos buenos amigos, le propongo que mantengamos esta entrevista-conversación (la primera parte se puede leer aquí).

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P. Volviendo a tu poemario, me resulta inevitable hablar sobre el tratamiento que haces del amor. Diría que sobresale por el enfoque temático (con un poema como «Bondage»: «mordisquea la carne de mis dedos / como una rata hambrienta») y por el formal («Diariamente mi verdugo / me avisa de que estoy / más lejos de la muerte / y se despide con un golpecito / desolador sobre la espalda», donde la muerte es el amor y el verdugo la persona amada). Aprovecho la cuestión para que me hables no solamente del amor, y de cómo lo tratas, sino también del sentimiento y de eso que me incomoda tanto, que es definir el arte (y en especial la poesía) como una vía de expresión de sentimientos.

R. En el libro no hay demasiados poemas de amor. Los que lo sugieren de pasada hablan de un deseo carnal o incluso violento, que son los aspectos que más me interesaban en ese momento del amor, aunque siempre como medio para llegar a otra cosa. Sí, eso son expresiones de sentimiento, pero es una parte muy pequeña de todo lo que el lenguaje puede hacer. Creo que la poesía, más que ser la expresión de un sentimiento, lo que debe buscar siempre es alguna reacción del lector, a veces buscar su incomodidad. No veo nada malo en que el poeta o el artista, mediante artes puramente mecánicas, consigan despertar algún sentimiento.


P. Dos amigos guitarristas improvisaban un día juntos y terminaron, como suele suceder, «haciendo el cafre». Uno de ellos, el más apegado a las formas clásicas del blues y el rock, le dijo al otro: «Mira, esto que estamos haciendo tú y yo es una mierda. Pero cuando lo hace Hendrix son ‘disonancias'». Extrapolando la frase, que puede tener algo de cierta, a la poesía, ¿dónde termina la exploración poética y empieza el no tener ni idea de métrica?

R. De manera rápida puedo contestar con un «eso se nota». Concretando un poco más, hay autores con una obra extensa a la que se puede acceder, y por lo tanto, puedes hacer un análisis de todo lo que le ha llevado hasta ahí. En un autor inédito hay que tener mucho más cuidado. Un tipo de poeta principiante es el que no se preocupa por aprender nada de los aspectos más formales y se lanza sin pensarlo a la experimentación. En la mayoría de los casos no puedes extraer nada bueno: ni una cadencia coherente, ni unas imágenes potentes, ni siquiera un mapa conceptual interesante que justifique la obra.

P. ¿Es posible que tu complejo sistema de símbolos se deslice con frecuencia y sin quererlo hacia la mamarrachada?

R. Para nada. Se desliza como mucho a una dificultad mayor, pero de verdad creo en la inteligencia de la persona que me lee, en su curiosidad y en sus ganas de experimentar emociones fuertes. Con esa confusión, a la que puede llevar la sucesión de imágenes, pretendo abrir muchas puertas a su interpretación.

P. Y sigo en la misma línea, dándote un poco de caña: son muy frecuentes en tus poemas los cambios de persona o de tiempo verbal sin sentido aparente, un ejemplo del poema «Cognac (40º)»: «Crepitaba el cognac en el fondo / de su garganta […] / La luz era un insecto / […] pero nosotros / tan sólo somos aire y quemaduras». ¿Hay en todos los casos un sentido oculto que la mayor parte de las veces se me escapa, o es que no tienes filtro?

R. Es tan horrible explicar un poema como explicar un chiste, sobre todo en este poema de tema tan intimista, pero lo haré para justificarme. «Cognac (40º)» narra una felación con alcohol en la boca, que según dicen se hace más intensa, por lo tanto, no me negarás que cabe el yo, el tú y el nosotros en una experiencia como esa. El cambio temporal obedece al cruce de lo narrativo, el presente de un acto, con la parte más lírica, para la que utilizo un presente atemporal.

P. Antes de que me des un puñetazo, dejo las preguntas con mala uva. Hay un último aspecto que me gustaría tratar de tu poemario, y también en general de tu poesía, que es, por deformación profesional, el tratamiento que haces de cuestiones sociales o, si es que alguna vez aparecen, políticas. Los dos casos que me parecen más evidentes son «Ayuda» y, por supuesto, «Don Nadie»… Antes de preguntarte por ese insigne personaje, dime: ¿es tu poesía un arma cargada de futuro?

R. No creo en la poesía como algo que pueda cambiar el mundo por sí misma, aunque espero que esta opinión cambie con los años. La poesía puede ser un acto contestatario o no, pero que, en definitiva, uno lo hace desde la comodidad de su casa y en un absoluto individualismo. Lo que sí creo es que la preocupación por la cultura y la poesía, basadas en la maravillosa sensibilidad del ser humano, pueden ser un síntoma de que de verdad queremos cambiar las cosas a mejor, o pueden servir como una parte mínima de un engranaje que desencadene una gran acción.

P. Me gusta la idea de ver el arte como un «síntoma» de que el género humano puede en último término compartir aspiraciones nobles, pero no termino de estar de acuerdo, o de entender, lo que quieres decir con la creación «cómoda» o «individualista». De nuevo puede que sea por mi deformación profesional, que me lleva a ver raigambres sociales en todas las actividades supuestamente individuales, pero no creo que la obra de nadie sea producto exclusivo de su individualidad: creo la obra artística se nutre de fuentes muy diversas y que todas (o casi todas) remiten a formas de contacto con los otros (experiencias vitales, diálogo o confrontación con la tradición artística, aceptación o rechazo de los códigos que marcan una determinada forma de arte…). Y, si acaso pudieras dudar de tal cosa, ¿qué sucede cuando se conforman grupos de creadores, como nuestro Ronroneo Reticente?, ¿no hay ahí un acto de creación que es claramente colectivo?

R. Sí es cierto que la poesía no es nada sin el lector, e incluso, que todo poema tiene que buscar la universalidad de lo que dice. Por muy intimista que sea, si no traspasa esa barrera en la que el lector hace la experiencia como suya, no deja de ser un diario personal. Sin embargo, el acto de la escritura y de su recepción difícilmente puede ser colectivo. Si piensas en grupos como el nuestro o ejercicios como el cadáver exquisito, se trata de individualidades que, puestas en común, enriquecen y mueven a cada uno de los que participan. Esa es una mínima provocación que puede llevar a hacer grandes cosas a un grupo numeroso de personas

P. Siguiendo también con la relación entre poesía y política, porque tu respuesta tampoco me ha dejado satisfecho en ese punto, aclaro que no me refería tanto a la poesía en general como a la tuya: ¿no le das más peso a la temática política porque crees que no tiene sentido intentar darle a la poesía un lugar que no tiene o solamente estás buscando todavía la forma apropiada de hacerlo? Yo, como lector y amigo, espero sinceramente que sea lo segundo.

R. Para ser sincero, la poesía social y política no me parece demasiado interesante. Surgen de una necesidad y de una prisa que nunca sientan bien a la técnica poética. Además, corren el riesgo de convertirse en panfletos, y para eso, mejor que lo sean sin tapujos. La poesía que escribo más cercana al tema político solo es una caricatura de la sociedad con algo de ironía y con cierto pesimismo. A lo mejor aquí se nota que soy hijo de un tiempo en el que la política no deja entrever demasiadas esperanzas. Como dije antes, ojalá cambiara pronto de opinión, pero sentirme parte del motor de un cambio social es un papel con el que no me siento muy cómodo.

P. Pero, hombre, no se trata de ser motor de cambio social, evidentemente la poesía no está para eso… Algunos dirán que su papel es mucho más modesto, pero yo creo que simplemente su papel es de otro tipo. De hecho, y por volver al poema original, que me parece una declaración de principios muy útil, se trata de hacer poesía «necesaria como el pan», o «como el aire»… Ni respirar ni comer pan son en sí mismos motores revolucionarios o panfletos, pero desde luego ayudan muchísimo y puede ser que más que cualquier vanguardia o manifiesto. Y diría, no sé qué pensarás tú, que El hambre es uno de los poemas estéticamente más hermosos (y temáticamente más subversivos) de Miguel Hernández, quien a su vez es, tal vez, uno de los poetas más brillantes de su generación.

R. Sí, me he pasado un poquito con esa frase. Me cuesta pensar en la poesía más allá que como un acto revolucionario con el propio lenguaje, y eso que el lenguaje tiene mucho que ver con cómo organizamos el mundo. Puedo estar de acuerdo contigo en que ayuda, dependiendo de las circunstancias en el que se encuentre tal poema, pero no en que sea algo necesario. Para mí, poemarios como El hombre acecha o España, aparta de mí este cáliz están muy por debajo cualitativamente de lo que se puede esperar de sus respectivos autores. Pero no quiero ser tan duro: si un poema es importante para cambiar las cosas, cambiaría mi opinión con mucha alegría.

P. Y vamos, como ya te había anunciado que haría, con Don Nadie. Déjame que lo presente, antes de nada, para quienes no lo conocen: Don Nadie «aturde a la Palabra», «lleva camisetas de propaganda y no lo sabe», «es una foto de carnet», «ha ganado el concurso literario de Don Nadie», «lee el periódico en el tren», «no es un santo, no es hacienda, no es una nación»… «Don Nadie escucha a Mozart», pero sólo «en la sala de espera del dentista». «Don Nadie es un temperamento vacío de sollozos» y «un billete de diez euros»… «Don Nadie es un enajenado mental, es un mendigo en la llanura de cemento donde bailan los hijos sordomudos de la mugre». Después de leer todo esto, de haberte oído recitar «Don Nadie II» e incluso «El hijo de Don Nadie», tengo dos preguntas fundamentales: una, ¿qué piensa Don Nadie del 15M?; y otra, aún más importante, ¿quién narices es Don Nadie?

R. Don Nadie es un tipo de lo más normal. Es simpático pero a veces hay que saber tratarle porque tiene sus prontos. Es mileurista, tiene varios familiares en el paro, y le costó muchísimo emanciparse. Cuando llega a casa del trabajo, lo único que quiere es ver la tele, lo que haya. Hizo la comunión con un traje de marinero y aprendió algo de latín en el instituto, pero ya lo ha olvidado lo que es una declinación. Tiene en un cajón de su casa el «Dark Side of The Moon» junto a una edición especial de «Thriller». A Don Nadie le parece bien el 15M. De hecho, estuvo una vez en una asamblea cuando el movimiento tenía más fuerza, pero ahora está un poco descreído de todo. A pesar de esto, suele decir que esto tiene que estallar por algún sitio.

P. Última pregunta sobre tu poemario: me da la impresión de que «Permutación de la verdad», pero no solamente ese poema, solamente puede ser apreciado en sus matices si se lee en voz alta, es decir, si se recita. Precisamente por eso, ¿cómo abordas la diferencia entre escribir y recitar?

R. Recitar en alto es algo muy recomendable para cualquier poeta porque se le da vida al poema. Para el que escribe es recomendable hacerlo porque se descubren errores que no se perciben en la hoja escrita. Es cierto que hay poemas más hechos para recitar que otros. Algunos se hacen desde el principio pensando en su puesta en escena. «Chiste», por ejemplo, es un poema pensado para eso, mientras que para algún otro como «Enfin Seul» recomiendo más para la lectura en silencio.

P. Y tirando de ese mismo hilo: ¿no crees que una parte importante de la poesía actual está pensada, en realidad, para el recital y la performance y que, precisamente por eso, pierde mucho al ser leída? Estoy pensando, si quieres un ejemplo que los dos conocemos relativamente bien (tú mejor que yo), en Gonzalo Escarpa.

R. Todo lo contrario.  Yo diría que la perfopoesía es más bien escasa y los autores que se dedican a eso, como Gonzalo, cuidan tanto lo escénico que se dejan ver poco por los escenarios. Lo más normal, si te das un paseo por la noche por los locales donde se recita, al menos de Madrid, es que te tropieces con poetas que ni siquiera saben recitar, que creen que con leer una vez sus poemas poco antes de salir al escenario es suficiente. De ahí vienen luego los nervios adicionales y las equivocaciones que sacan del poema inmediatamente al que está escuchando. Creo que muchos de estos prefieren ser leídos a escuchados.

P. ¿Es fácil reivindicar otra forma de hacer, como creo que es la tuya, en un contexto así?

R. Una de las ideas que tengo siempre en mente cuando escribo poesía es la de variedad. Quiero huir como sea del «ha encontrado su voz poética», y disfruto intentándolo, probando cosas diferentes. Creo que tengo tanto poemas para ser leídos como poemas para ser escuchados. Cuando acabo uno lo catalogo de esta manera de inmediato.

P. Ahora quería plantearte algunas preguntas más, sólo por darle a esta entrevista un poco más de guasa. La primera: ¿Eres más de Quevedo o de Góngora?

R. Con 12 años de Quevedo, con 19 de Góngora.

P. ¿Los Rolling o los Beatles?

R. Sin dudas los Beatles de su etapa proto-prog. Los Rolling y los Who son los dos grupos por los que hago un gran esfuerzo para que me gusten.

P. ¿Valente o Bukowski?

R. Sin duda, Valente, no tanto por el pobre Bukowski, sino por el daño que hace su poesía en los adolescentes que tienen a su alcance un cuaderno. Como leí el otro día, «Bukowski no es el problema, son los bukowskianos». Valente es uno de mis poetas favoritos, al que aprecio por su hondura poética y su gran capacidad para la traducción.

P. ¿Te comes primero el filete o las patatas?

R. Patatas y trozo de filete a la vez, dejando un buen manojo de patatas para el final. Una vez ahí, el dilema es si echar alguna salsa o no.

P. He dicho al presentarte que eres filólogo y poeta: ¿es eso una ayuda o un problema?

R. La parte literaria de la filología es una carga que hay que quitarse para escribir, la parte lingüística, que es por la que estoy siguiendo, me parece fundamental.

P. ¿Podrías explicar un poco más por qué? Me interesa sobre todo saber cómo te vales de la lingüística, pero también puedes explayarte en lo referente a la literatura como carga… ¿es sólo porque al estudiar filología uno se convierte en una especie de manual universitario con patas o se puede decir lo mismo del bagaje de lecturas que uno lleva consigo cuando se pone a escribir?

R. La lingüística es esencial en mi poesía. Como dice mi profesor Ignacio Bosque, estudiar gramática es sorprenderse de lo cotidiano del lenguaje, y creo que la poesía, y el arte si la generalizamos, se vale de darle la vuelta a esa frase. Los buenos poemas te muestran lo extraño, se regodean en la sustitución, en el corte, en ponerlo todo patas arriba, y te lo resuelven en algo armónico. Para mí, un buen punto de partida para empezar a escribir es «tal cosa no se puede hacer en español».

El estudio de la literatura, aunque pueda parecer paradójico, no es algo que me interese demasiado, en parte porque tiende a la metafísica muchas veces, y por otra parte, porque te llena de prejuicios, sobre todo en un ambiente académico. Llevar muchas lecturas para ponerse a escribir es fundamental, que otra persona se ponga a despiezar un libro delante de ti con absoluta frialdad, no. También creo que la poca libertad que te dan, ya desde el colegio, para elegir las lecturas te va encasillando en un canon bastante tradicionalista.

P. ¿Hay un fonema con el que no hayas rimado nunca y tengas ganas de hacerlo?

R. Sí, con algún chasquido.

P. ¿Tipo  !Kung? Fíjate que cuando se me ocurrió la pregunta pensé que esa misma sería mi respuesta.

R. ¡Eso es! La primera vez que lo escuché me sorprendió mucho. Lo hablan con tanta soltura que parece que los chasquidos vienen de otra parte, no de la persona que te habla.

P. Recomiéndame un autor al que aún no hayas leído.

R. Eduardo Chicharro. He leído muchas veces y con pasión a Carlos Edmundo de Ory, a Chicharro no. Es mi siguiente en la lista.

P. Voy a proponerte que cerremos esta entrevista con un desafío. En el Tercer Ensayo de la Genealogía de la Moral Nietzsche ofrece una serie de aforismos que son, según su propia explicación, un ejemplo de cómo interpretar y desarrollar cualquier aforismo de cualquiera de sus libros. Trasladando esa misma idea al campo de la poesía, ¿prepararías, para esta entrevista un poema que explique cómo leer tus poemas?

R. No me da tiempo. Tengo hora en la peluquería.

P. ¿Pretendes dejar el tema resuelto con un alejandrino o de verdad estás escaqueándote?

R. No es un alejandrino.

P. ¿No? Mira: No (1) me (2) da (3) tiem (4) po (5). Ten (6) go-ho (7) ra-en (8) la (9) pe (10) lu (11) que (12) rí (13) a (14).

R. Si haces la sinalefa «go-ho» te cargas la cesura y el fantasma del Arcipreste de Hita podría ser muy duro contigo. Aquí tienes un alejandrino de verdad: No me da tiempo. Tengo cita con el psicólogo.

P. Las cosas que aprende uno… Repito entonces mi pregunta: ¿pretendes dejar el tema resuelto con un alejandrino o de verdad estás escaqueándote?

R. Me escaquearé con un #eurekaunendeca: Gracias por la entrevista, de verdad.

P. Muchas gracias a ti, Cristian, por tu tiempo. Ha sido un placer y un honor hacerte esta entrevista.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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