En el siglo pasado inició una moda con ese nombre en el que psicólogos, filósofos, antropólogos y escritores, protagonizaron disertaciones épicas. Aunque la simplificación, reducción y exclusión resultan evidentes existen momentos críticos como el actual en el que resulta pertinente volver a las preguntas que algunos fenómenos plantearon a la interpretación en distintas disciplinas.
Como producto de la modernidad y específicamente durante el siglo XIX surgió uno de los sentimientos más contradictorios, ambiguos e injustos de la historia que se convirtió en la religión de Estado que, desde entonces, sigue inculcándose a través de la escuela. Motivo de guerras que junto con la religión constituyen mayoritariamente un binomio indisociable para justificarlas: el nacionalismo. Sin el cual la FIFA no podría capitalizar su avaricia y de paso expropiar un deporte tan popular.
Qué lecciones podemos extraer de la privatización de la FIFA como una mafia transnacional exitosa, tradicionalmente al servicio del dictador en turno. Por qué los gobiernos de México y Canadá aceptan ser, simultáneamente, cómplices y víctimas de quien supusieron su principal socio comercial.
La identidad es un proceso dialéctico, complejo e inconcluso en el que debe considerarse no solo aquello que pensamos y decimos de nosotros mismos, sino también, y quizás por ello más significativo, lo que los “Otros” observan y evalúan de nuestras conductas, acciones u omisiones; aquello que la alteridad categoriza, atribuye y caracteriza como propio y ajeno. En el caso de las autoridades de las tres ciudades sedes mundialistas de este país, en las que gobiernan opciones políticas que se pretenden distintas entre sí, pero que coincidentemente se empeñaron en beneficiarse de su designación; resulta evidente su procrastinación, segregación, hipocresía y pretensión por aparentar lo que definitivamente no forma parte de su ser. Lo que ha ocasionado despropósitos inocultables no solo a los locales, sino incluso para turistas y la prensa extranjera.
Para fortuna de psicoanalistas y semióticos este episodio de tragicomedia incluye una serie de símbolos y personajes que sorprenderían a Esquilo, Sófocles y Eurípides. La escena de las madres buscadoras intentando visibilizar el fenómeno de los “desaparecidos” (con cuyas cifras podrían llenarse dos estadios si se consideran aquellos de la llamada guerra sucia), tuvo lugar en la noche previa a la inauguración de la fiesta mundialista. Postradas de rodillas, sollozando frente a guardias de seguridad armados con escudos, cascos y macanas, se les impidió el paso al estadio (que ya no es el azteca, porque en realidad nunca lo fue, es como aquella alegoría que uno termina de creer por conveniencia), devela otra contradicción más, que se suma al rosario interminable de agravios.
La actualización y resignificación del mito de la llorona termina por cerrar el círculo. No es casual que como escenario hayan ordenado plantar flores de cepoalxóchit en algunas de las principales avenidas de la capital, aunque los días de muertos sean lejanos. La consolidación de una “ajolotización albina” como el mejor ejemplo de folklorización política. Recordemos que Xólotl es la deidad encargada de guiar a los muertos, la estrella del ocaso; dios de los gemelos, los monstruos, las desgracias, la enfermedad y deformidades. En el códice Borbónico es representado como un humano con cabeza de perro con un cuchillo en la boca. Lo único novedoso fue el morado, color que aparece después de la cuaresma para los católicos representando la penitencia, el sacrificio y la preparación de la pascua; en medio de un ritual que se pretende universal en lo que alguna vez se conoció como la región más transparente y la ciudad de la esperanza.
La movilización de los maestros disidentes para que el gobierno de la 4T cumpla con una de sus promesas de campaña y la respuesta de éste, equiparándolos con la derecha realmente existente, hacen explícito el divorcio que ha existido cuando las revoluciones o los movimientos sociales han triunfado.
Nos quedarán para lamernos las heridas y la posteridad algunas remodelaciones como la ciclovía en un país en el que el automóvil es todavía una aspiración, símbolo de poder o de estatus social. Muy lejos de ciudades europeas o asiáticas en las que las bicicletas tienen otro significado. O las renovadas estaciones del metro. Losetas, candelabros y farolas en la estación Hidalgo que nos trasladan momentáneamente al palacio de Versalles, Buckingham o Schönbrunn, a tan solo unos pasos o escalones que nos vuelven a la realidad del otro Hidalgo. El tercermundista con su peculiar iglesia de San Hipólito, sus peregrinaciones cada día 28 del mes para suplicar con la misma fe que se deposita en ese etéreo ser denominado: “selección nacional”.
Si Marx supuso que la religión era el opio del pueblo, el mundial debe ser una suerte de somnífero, sedante o analgésico que funciona como un bálsamo para los dolores crónicos, tal y como lo profetizara Aldous Huxley en su Mundo feliz, al que ahora se han añadido nuevos agoreros como Yuval Noah Harari.
Por efímero que sea, los modernos gladiadores tienen en sus botines el destino de las naciones, por noventa minutos. Capaces de retar a la probabilidad y estadística. De revertir colonialismos, vergonzosas invasiones o de reivindicar a los tan satanizados y perseguidos migrantes indocumentados. En un país que se constituyó gracias a la migración. Desafortunadamente los partidos están anclados a las apuestas, a una incomprensible bolsa de valores y a los modernos oráculos que suponen las distintas Inteligencias Artificiales. Balones oficiales con microchips como los que guían bombas en tiempos de inteligencias artificiales, incapaces de superar las estupideces naturales.
En un planeta que marcha aceleradamente a la ultraderecha lo más trágico sería que se repitiera lo que pasó con Dilma Roussef después de obtener el mundial y las olimpiadas para su país. Tendremos siempre que conformarnos con lo que pudo haber sido y no fue, como dice la canción. Acaso nunca logren expropiar al pueblo sus esperanzas y utopías. Que sus ídolos, fetiches y deidades valoren las penitencias de la población mayoritaria. Compuesta por minorías sociológicas tradicionalmente excluidas, por propios y extraños enemigos, es decir, por ellos mismos.
Óscar García González es psicólogo y antropólogo, docente en la Universidad Nacional Rosario Castellanos.
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