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Algunas consideraciones propositivas sobre la nueva política de tierras

La revolución agraria en Bolivia.

Fuentes: Rebelión

El Ministerio de Desarrollo Rural y Agropecuario y Medio Ambiente ha elaborado la Nueva Política de Tierras y la ha presentado a las organizaciones sociales en Cochabamba los días 26, 27 y 28 de marzo, con la intención de que las mismas puedan aportar con sus propuestas. Hemos tenido la oportunidad de participar en la […]

El Ministerio de Desarrollo Rural y Agropecuario y Medio Ambiente ha elaborado la Nueva Política de Tierras y la ha presentado a las organizaciones sociales en Cochabamba los días 26, 27 y 28 de marzo, con la intención de que las mismas puedan aportar con sus propuestas.

Hemos tenido la oportunidad de participar en la mencionada exposición como representantes de la Comisión de Agricultura, Campesinado, Comunidades Originarias y Etnias del senado nacional. Gracias a esta oportunidad es que hemos podido realizar el presente artículo propositito.

La coyuntura política actual representada por un gobierno de cambio y, además, con un presidente indígena, demanda de una profunda transformación del país, pero no solo a nivel estructural, sino también a nivel ideológico y, por lo tanto, filosófico. La visión de realidad que el gobierno pretende implantar se circunscribe al ámbito ontológico y epistemológico[1], ineludiblemente, y no así únicamente al político, económico, educativo y cultural. El problema de impulsar cambios políticos sin incidir en la esencia ontológica de los mismos, es que se convierten en cambios de forma que mantienen en vigencia la matriz filosófica colonizadora, etnocida, ecocida y genocida. Si bien, en la actualidad, las corrientes científicas más críticas instan por revoluciones epistemológicas, se olvidan que en el cáliz ontológico descansa el germen de los paradigmas occidentales. Es algo así como cuando uno quiere matar a las hormigas que han invadido la casa o el jardín. Por mucho que uno intente deshacerse de ellas de miles de formas, siguen apareciendo sin reducir, ni siquiera, su número. La solución es encontrar la matriz que alberga a los huevos de las hormigas y en la cual estas se reproducen. Permítannos aclarar que este ejemplo corresponde únicamente a nuestra necesidad de facilitar la exposición, de ninguna manera se circunscribe a nuestra filosofía de vida la cual, muy contrariamente al ejemplo, no está de acuerdo con una relación homicida con las hormigas ni con otro ser de la realidad.

Además, es desde el espacio ontológico que se puede plantear nuevos paradigmas y visiones de la realidad que no correspondan solamente a Occidente. Nos explicamos:

«El tema filosófico, que tanto defendemos, ha sido desplazado hace mucho tiempo por la ciencia, desde que algunos filósofos negaron la existencia del ‘ser en si’ (un ser espiritual) y abogaron por la existencia del ‘ser pensante’. En este momento, la preocupación por la cuestión del ser fue enterrada por otra inquietud: ¿qué es el conocimiento? A partir de la dicotomía ‘cosa en si’/ ‘cosa pensada’ surge otra partición fundamental que rige la ciencia y el Derecho. Se trata de la separación forma/esencia. La forma, el fenómeno, es el único que puede conocerse mediante la razón. La esencia queda relegada a la filosofía, pero es infranqueable con la razón, por lo mismo, ininteligible. A través de este postulado se logra, además, repudiar toda forma de conocer la realidad que no enarbole la razón como el único medio para realizar el proceso de conocimiento. De esta forma, las reflexiones en torno al tema ontológico y a la esencia, se consideran innecesarios o, es más, ni siquiera se toman en cuenta. Así, cualquier estudio y reflexión científica se ha constreñido a la forma»[2].

Del mismo modo, toda propuesta política se remite a la forma y deja de lado el tema de la esencia. En este contexto, ¿cómo esperamos realizar propuestas revolucionarias que tomen en cuenta otras visiones de la realidad y sus consecuentes sabidurías, si siempre partimos de ideas e iniciativas que se circunscriben a la propuesta filosófica occidental que considera a la razón y la ciencia como los únicos medios de conocimiento válidos? Si no redefinimos el marco ontológico o de la esencia, entonces ¿cómo esperamos que se incluyan en las propuestas políticas otras visiones que no se remiten únicamente a la razón como medio de conocimiento y que, más bien, tienen propuestas bastante diferentes que se remiten, sí o sí, a nuevos planteamientos ontológicos?

Acerca de la colonización de las tierras y la modalidades de tenencia y uso de tierra ancestral.

Estamos ante una nueva etapa de colonización, que hemos venido a denominar «recolonización», que se caracteriza por políticas a todo nivel (educativo, político, cultural, científico, tecnológico, social y económico) que se insertan en cada uno de los países, ya no desde la ocupación al modo de la colonización tradicional, sino desde la inserción, en el interior de cada uno de los países, de la ideología recolonizadora posmoderna, así como de las transnacionales que se instalan en sociedad con los propios estados, garantizando la producción y reproducción de capitales y sus respectivos excedentes de y desde el interior de los países subdesarrollados. Si bien la tierra ha sido un eje central en toda tendencia colonizadora, el territorio recupera en la actualidad mayor énfasis. Es decir, no es solamente un espacio de tierra el que debemos proteger, sino también, el territorio con todos sus recursos renovables y no renovables más la población que vive en él y sus lógicas de convivencia con la tierra.

Para la recolonización, continuar con el etnocidio es esencial. Eliminar las lógicas de uso y tenencia de tierra que no convienen a la lógica capitalista de explotación y acumulación de tierras es, todavía, un objetivo de la expansión del modelo civilizacional occidental. No olvidemos que muchas de las comunidades indígenas/originarias viven en tierras con recursos importantes así como también con características de fertilidad que todavía ofrecen buenas posibilidades de producción, en comparación con otras tierras que ya han sido deterioradas y erosionadas.

En este marco, velar por la protección y recuperación de estas lógicas ancestrales es una tarea importante del gobierno como parte de su perspectiva de descolonización. En este sentido, es crucial tener cautela respecto a los marcos ideológicos que se utilizan debido a que, a pesar de toda su mejor intención, pueden ser solamente entes funcionales al sistema etnocida, ecocida y genocida occidental. Es lo que sucede con el discurso posmoderno que ha penetrado en Bolivia aproximadamente desde la ratificación del convenio 169 de la OIT en Bolivia por la Ley 1257 del 11 de julio de 1991, con la cual se materializa la entrada del glosario de la otredad y el pluralismo, o tolerancia en la heterogeneidad. Detrás de su léxico incluyente y de diálogo, se esconde el problema crucial que enfrenta nuestro país: la colonialidad del poder. Este discurso se caracteriza por ocultar la relación dominado-dominador por considerarla innecesaria debido a que el discurso ya asume de por sí la interculturalidad o relación tolerante entre diferentes. Este hecho es por demás peligroso ya que pretende sobrepasar la esencia del problema de las relaciones culturales e instaurar políticas pluralistas que no harán más que agudizar el problema en tanto su germen, su semilla, no es incluyente y, principalmente, no ha resuelto el tema de la confrontación y antagonismo entre clases, entre culturas, entre civilizaciones y entre visiones filosóficas.

Las propuestas políticas deben asumir esta realidad para plantear una solución a los problemas. La descolonización no es solamente un problema de los oprimidos, es también concerniente a los considerados opresores. Si no cambiamos los paradigmas que edifican la identidad de todos los integrantes de nuestro país, sean de un bando o del otro, entonces los esquemas se reproducen. Es decir, la revolución es más complicada de lo que parece pues consiste en reconocer que los esquemas colonizadores están en cada uno de nosotros. Debemos buscar nuevos marcos ontológicos, gnoseológicos y epistemológicos que se constituyan en propuestas complementarias a la filosofía (con sus respectiva ontología, gnoseología y epistemología) de Occidente.

En general, las propuestas de cambio se circunscriben a los marcos filosóficos occidentales, constituyéndose en cambios de forma que reproducen el germen de las desigualdades y contradicciones de este sistema. Es ese germen el que debemos atrevernos a cuestionar y cambiar. La propuesta originaria aporta en ese sentido. Lo originario es portador de un nuevo marco ontológico que no separa al ser de la realidad, un marco gnoseológico que no separa al sujeto del objeto y un contenido epistemológico que no propone a la razón como la única potencia capaz de realizar conocimiento, sino también plantea a la intuición, los sueños, las visiones, los instintos y otras potencias que Occidente ha desvalorizado.

La lógica o sabiduría de uso y tenencia de tierra ancestral se circunscriben en este molde filosófico por lo siguiente. El ser humano no se concibe separado de la tierra, es parte de ella y, más allá de eso, es la tierra misma (ontología de unidad ser-naturaleza o ser-realidad); el ser humano no concibe a la tierra como un objeto de conocimiento separado del sujeto cognoscente (gnoseología); y finalmente, el ser no observa racionalmente a la realidad, sino, la sueña, la intuye, la siente y, en general, se relaciona con ella en una interacción complementaria entre semejantes, anulando la dicotomía vivo-no vivo y ser humano-naturaleza.

La lógica de propiedad comunitaria de la tierra (y de la propiedad en general) deviene de la ontología y epistemología occidental debido a que asume que la tierra es un recurso externo al ser humano y, asimismo, considera a la naturaleza como un ‘ente’ sin espíritu; el hombre es el único que contiene en sí mismo al ‘ser en sí’ o espíritu y a la razón. Esto le quita a la misma su autonomía de ser en, por y para sí misma, convirtiéndola en un ente dispuesto a expensas de las decisiones que el ser humano tome por ella. La sabiduría ancestral, por el contrario, considera a la naturaleza como un ser vivo con todo lo que esto implica, es decir, es un ser que sí tiene la autonomía de ser en, por y para sí misma, lo que anula el antropocentrismo occidental.

Tanto las concepciones de propiedad comunitaria como la de la propiedad privada que son contempladas en la Nueva Política de Tierras, son hijas de la filosofía occidental que no considera a la naturaleza como un ser vivo. En este contexto, cuando se alude a la modalidad de propiedad comunitaria como ancestral, se está cayendo en un error debido a que lo ancestral parte de los parámetros filosóficos no occidentales mencionados arriba. Si, por un lado, la modalidad de propiedad comunitaria sí existe, por otro, no corresponden a los paradigmas originarios o ancestrales. En síntesis, si hablamos del modelo de tenencia y uso de la tierra comunitario como si fuera ancestral, entonces no podemos adjetivarlo como un modelo de propiedad. Por otra parte, lo originario no se circunscribe únicamente a la organización comunitaria. La tendencia a inclinarse hacia un solo lado del péndulo o de las dicotomías (vivo-no vivo, comunitario-individual, sujeto-objeto, etc.) es característica de Occidente. El pensamiento originario tiende a unificar los dos extremos de cada dicotomía. Por ejemplo, en el caso específico de la dicotomía individual-comunitario, lo ancestral no se posiciona en los extremos, sino que asume una inter e intracombinación de ambos. Las comunidades y ayllus siempre se han organizado tanto de forma individual, como familiar y comunitaria, asumiendo a todos los seres de la naturaleza y la realidad como parte del individuo, la familia y la comunidad.

Esto implica que dicha política está siendo excluyente de la filosofía originaria y su correspondiente concepción de la tenencia y uso de la tierra que no asume la propiedad, sino que reconoce a la tierra como un ser vivo con el cual se relaciona de forma complementaria, así como se dan las relaciones entre seres humanos. Por ende, asumen que entre la tierra y el ser humano se da una relación intercultural. Si bien esta concepción está desapareciendo gracias a las viejas y nuevas arremetidas colonizadoras, aún persiste en algunas comunidades y ayllus en nuestro país. Dejar de tomarla en cuenta es excluir a una parte de la población boliviana que detenta lógicas y prácticas ancestrales que se pasan por alto. Solamente se toman en cuenta las lógicas que ya han asumido la esencia filosófica occidental.

«La Revolución Agraria. Reconducción comunitaria de de la Reforma Agraria» es el logo que se ha utilizado para denominar a la Nueva Política de Tierras. El término de revolución implica realmente cambiar las lógicas colonizadoras y devolverle a lo ancestral el lugar que hasta ahora se le ha negado. Consideramos que si no se reconoce la lógica de NO PROPIEDAD de la tierra, entonces no se está llevando a cabo una revolución pues únicamente se están cambiando aspectos de forma dentro de la filosofía occidental, dejando de lado, una vez más, la filosofía ancestral.

Acerca del territorio y las nuevas políticas colonizadoras del mismo. Caso específico de los Biocombustibles.

Como apuntamos más arriba, el territorio es eje central de las nuevas tendencias colonizadoras, las que requieren en la actualidad, grandes porciones de tierra para producir y explotar recursos naturales. Las nuevas políticas concentradas en los biocombustibles son parte de este contexto y se circunscriben a los siguientes elementos:

a) La arremetida de los organismos multilaterales y convenios bilaterales que promueven falsos argumentos y beneficios de la industria bioenergética, cuando en realidad, toda la información al respecto demuestra que los biocombustibles agudizan la filosofía de explotación de la tierra y de erosión de la diversidad genética y de la sabiduría ancestral del manejo de la misma. Esto atenta contra la descolonización y la soberanía alimentaria que propone la Nueva Política de Tierras.

b) La imposibilidad de lograr un verdadero cambio de matriz energética debido a que se necesitaría 3 mundos para cubrir la demanda mundial de bioenergía. Este hecho va en contra de la fachada discursiva que intenta mostrar a la bioenergía como una alternativa ecológica. Por lo mismo, atenta contra las bases de la Nueva Política de Tierras.

c) Se devela otra faceta del recolonialsimo encubierta en la estrategia bioenergética: la apropiación de las tierras del sur y la reinserción de los intereses globales, cancelando la soberanía nacional y proporcionando trabajos (esclavistas) y la destrucción de la filosofía, economía, sabiduría, cultura, sociedad del «otro», el «no occidental», el indígena/originario.

PROPUESTA.

De acuerdo a la contextualización que acabamos de realizar proponemos lo siguiente:

a) El diagnóstico de la Nueva Política de Tierras (así como en la propuesta en general) se olvida de una tercera[3] modalidad de uso y tenencia de tierra: aquella que no concibe la propiedad ni privada ni colectiva, sino que asume a la tierra como un ser con el que establece relaciones inter e intraculturales. La tierra es parte de la familia y de la comunidad, no es propiedad.

Por otra parte, si se quiere paliar el tema de la comercialización de tierras y su consecuente fragmentación (minifundio), entonces es menester devolverle a la visión de no propiedad de la tierra su lugar y su valor en tanto el término de ‘propiedad’ implica, de hecho, la posibilidad de compra y venta de tierras.

b) Consideramos que en la visión de la Nueva Política de Tierras, en la parte en la que se hace referencia a que Bolivia representa un ejemplo en el manejo adecuado y «sostenible» de los suelos, el agua, de los bosques y de la biodiversidad y, también, a los «…sistemas de conservación manejados por comunidades indígenas acorde a sus conocimientos históricos…», se debería aclarar que esta característica es fruto de una visión que aun persiste en este país, que asume a la naturaleza como un ser vivo o un conjunto de seres vivos que se relacionan con el ser humano en complementación y complementariedad sin ningún centrismo ni dicotomía, hecho que posibilita el respeto a la madre-padre naturaleza. Incorporar en el texto esta visión ancestral, por primera vez en la historia de nuestro país, aportaría a la búsqueda de complementariedad entre Occidente y lo Indígena/Originario.

c) En las bases de la Nueva Política de Tierras se propone la descolonización. Nos parece que este concepto esta parcialmente definido. El problema con este concepto es que se asume, generalmente, que la descolonización se circunscribe únicamente a un cambio de lugar en la relación dominador-dominado, que pone al segundo en el primer lugar. La descolonización debe estar definida de acuerdo a la incorporación de una nueva visión de el uso y la tenencia de tierra (la de No PROPIEDAD) que puede ser asumida por aquellos que la consideren pertinente o inmanente a su identidad (sean estos de rasgos fenotípicos indígenas/originarios o no). Esta nueva visión será la punta de lanza de la descolonización que se vaya a desenvolver en el interior de cada individuo de este país que desee descolonizarse. En síntesis, consiste en dar la posibilidad a los bolivianos que así lo decidan, de autodeterminar su identidad de unidad con la naturaleza y desechar la identidad alienada de separación y desequilibrio con la misma.

d) La categoría «revolucionaria» debe ser reconsiderada, en caso que no se asuma la exigencia de incorporar el marco filosófico propositito de lo indígena/originario.

e) La Nueva Política de Tierras no considera la temática de biocombustibles, lo que puede atentar contra los propósitos de la Nueva Política de Tierras.

CONCLUSION.

En el marco de lo expuesto en este documento, es preciso concluir que una propuesta revolucionaria (aunque esta característica no es privativa de lo que apuntamos a continuación) siempre está unida, inseparablemente, a un marco filosófico, a una visión de la realidad. Y, normalmente, los cambios propuestos no consideran que es desde este que deben plantearse y organizarse. Es preciso que la visión de la realidad occidental y su concepción de propiedad de la tierra, vaya acompañada, no reemplazada, por la visión de realidad que no asume la propiedad de la tierra. De este modo, es preciso intentar que esta Nueva Política de Tierras se circunscriba a un marco de visión de país (en la CPE) que asuma la autonomía, la autodeterminación, la independencia, la soberanía y la seguridad de Bolivia como nación.



[1]El ámbito ontológico es la parte de la Filosofía que se preocupa por la cuestión del ser y su relación con la realidad. Verbigracia, la ontología que sigue Occidente asume que el ser está separado de la realidad, en cambio, la ontología originaria reconoce la unidad inseparable ser-realidad. Por su parte, el ámbito epistemológico es aquel que se preocupa por el cómo accedemos al conocimiento del ser, es decir, a la metodología de conocimiento. Normalmente, todas las propuestas de cambio se circunscriben únicamente al área epistemológica, lo que posibilita, por ejemplo, incorporar en las tecnologías agropecuarias la sabiduría ancestral. El problema es que el marco ontológico que se asume por dado y no se cuestiona corresponde a occidente, hecho que adecua tales sabidurías ancestrales a los marcos conceptuales occidentales. El reto es reconocer que así como existen distintos esquemas epistemológicos (tecnológicos), estos mismos tienen una esencia ontológica diferente a la occidental, la cual es siempre dejada de lado, viabilizando, de esta forma, la colonización.

[2] «Reflexiones sobre la Asamblea Constituyente: La confrontación ideológica Occidente/Originario». Artículo publicado el 2007-02-13 a horas 12:05:07 en Bolpress.

[3] El diagnóstico reconoce únicamente la propiedad privada y la propiedad comunitaria de la tierra.