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En la niebla, del cineasta bielorruso Sergei Loznitsa

La única salida en la guerra (no) es la muerte

Fuentes: Rebelión

La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias
y las particularidades por la vía de la violencia. VASILI GROSSMAN en Vida y destino

Los rumores eran invariablemente hermosos y falsos; el opio de la población de los campos [nazis]. VASILI GROSSMAN en Vida y destino

El nacionalsocialismo había creado un nuevo tipo de prisioneros políticos: los criminales que no habían cometido ningún crimen. VASILI GROSSMAN en Vida y destino

El tercer filme del Ciclo La guerra en el cine del Cine-Club Al Filo del Tiempo se titula En la niebla y es del cineasta bielorruso Sergei Loznitsa (Baránavichi, 5.sept.1964), también ucraniano como quiera que vivió y estudió en Kiev, en su momento capital del Imperio Ruso existente entre 1721 y 1917: cuando sobrevino la primera revolución socialista de la historia que dio origen a la URSS y luego se desmoronó en 1991. Filme que deja una vez más los sinsabores de la guerra, su tristeza y el prurito divisionista que se forja desde arriba y se cumple entre las capas más bajas del pueblo: el que siempre va a ella, mientras los hijos de los que la fomentan se quedan en casa sin afanes ni afugias de ningún tipo. Como se ve en este filme plurinacional de Rusia, Bielorrusia, Letonia, Alemania y Países Bajos, aunque tenga la apariencia de una obra modesta. Llena de discreción y sabiduría, eso sí, como las madres que saben que la violencia debe dejar de ser la forma más eficaz para borrar de la faz de la Tierra la singularidad/diferencia, todo lo que facilita la igualdad entre los hombres. Pero que, por contraste, termina convertida en vía expedita para que la vida se extinga sin remedio.

1942: Frontera oeste de la URSS. Los nazis ocupan Bielorrusia. Al investigarse un descarrilamiento cuatro trabajadores del ferrocarril son arrestados por los nazis: tres son llevados a la horca y el cuarto, Suschtschenja, abreviado Suschenya, liberado por razones que se ignoran. En la comarca es sospechoso por ‘colaboracionista’, al estilo de los franceses del régimen de Vichy. Pasado un tiempo, los partisanos Burow y Voitik buscan a Suschenya en su cabaña de la estepa para asesinarlo por traidor. Pero, como nada resulta como se ha planeado, allí donde piensan ejecutarlo caen emboscados por una patrulla nazi, que usa a Suschenya como carnada para capturar a los partisanos. En tiroteo posterior, Burow cae herido de gravedad y es su fallida víctima la que ahora le salva la vida y carga con él, junto a Voitik, para abrirse paso por el bosque e ir hacia el poblado donde está el resto de partisanos.

Ese poblado es Babichi (apócope del pueblo natal de Loznitsa) y si ellos pretenden evitarlo hay que ir por la izquierda, dice Suschenya a Voitik cuando éste apunta el fusil a su cabeza. El captor, a su vez, le advierte tener cuidado y mantenerse lejos de los nazis. Es entonces cuando Suschenya entra en conflicto consigo mismo y se pregunta sobre su situación y su malestar psíquico, el que le impide estimarse y, por ende, estimar. Así que la emprende al tiempo contra el opresor y el oprimido, todo como producto de los excesos de quien cree llevar las riendas, mientras el centauro piensa otra cosa. Entonces, reflexiona sobre el papel del invasor y la complicidad del invadido, eso que termina siendo el ‘síndrome de Esto (es el) colmo’ más que de Estocolmo: así, la víctima termina por enamorarse del victimario. Lo que, en otras palabras, significa sometimiento de larga duración y empobrecimiento del alma colectiva para satisfacción del que hace daño y sin embargo termina cobrando por ventanilla.

Vía flashbacks, poco a poco, es claro que los nazis le ofrecieron un trato a Suschenya para ser su informante secreto, hecho al que se niega: ‘No puedo hacerlo’, en tono similar al del Bartleby, de Melville: ‘Preferiría que no’ (1). Tal como relata a Burow, hasta su esposa Anelja dudó sobre si era traidor y Suschenya siempre quiso ser eliminado junto a los otros tres. Un día después, mientras Voitik, por orden de Burow busca un carro, éste muere. Pero, con los nazis en el pueblo no lo obtiene y se esconde en una choza del bosque a dormir. Suschenya, cual Sísifo, con un hombre como piedra, trepa los montes y lleva a Burow cual si fuera un hermano. Para Voitik, a Suschenya nada bueno le espera en el destacamento partisano, pero no tiene otra opción. Cuando la niebla baja, ambos aprovechan para cruzar la carretera, pero los nazis merodean el lugar. Suschenya, por ir adelante con Burow, alcanza a hacerlo: sin embargo, Voitik no tiene la misma suerte y es abatido por dos colaboracionistas de la zona.

Cuando Suschenya se pregunta por qué ya nadie confía en él, no habla sino del efecto que siembra la cizaña sobre la población local; por qué sí confían en los alemanes, pero no en sus propios vecinos, parece aludir a un hecho que no se comprende dado que ellos son los invasores que los han dividido y puesto a pelear entre sí, en una lucha fratricida de nunca acabar. Nadie le cree, ni Voitik ni su esposa Anelja. Él mismo no cree haber cambiado, por haber nacido con el carácter que tiene y, sin embargo, piensa que la gente puede cambiar mucho ya que es inestable por naturaleza, en especial si quiere sobrevivir. Así que, si quiere vivir, ¿por qué elegir traicionar, por qué hacerlo? Ante la muerte, todo parece igual, pero si se quiere vivir hay que tener esperanza, así sea esa damisela parecida a la desesperanza. ‘Si no es por ti, entonces hazlo por tus hijos. Quizás tendrán la suerte de sobrevivir’, dice él. Pero, en honor a la verdad, no se sobrevive, ni se vive, sino que se muere entre la desigualdad.

A propósito de lo anterior, en el Prólogo a su libro Manifiesto por la Igualdad (Trotta, 2019) (2), el penalista italiano Luigi Ferrajoli hace una síntesis sobre tal principio político que aquí, con respecto al filme En la niebla, hace un aporte esencial desde los DDHH, la dignidad, el multiculturalismo, la diversidad étnica, la laicidad (no solo) del derecho y de las instituciones: “El principio de igualdad es el principio político del que, directa o indirectamente, pueden derivarse todos los demás principios y valores políticos. Equivale al igual valor asociado a todas las diferencias de identidad y al desvalor asociado a las desigualdades en las condiciones materiales de vida; se identifica con el universalismo de los derechos fundamentales, ya sean políticos, civiles, de libertad o sociales; es el principio constitutivo de las formas y, a la vez, de la sustancia de la democracia; constituye la base de la dignidad de las personas solo por ser ‘personas’; es la principal garantía del multiculturalismo y de la laicidad del derecho y de las instituciones públicas; representa el fundamento y la condición de la paz; está en la base de la soberanía popular; es el principio subyacente a todas las diversas concepciones de la justicia; es incluso factor indispensable de un desarrollo económico equilibrado y ecológicamente sostenible; es, en fin, el presupuesto de la solidaridad y por eso el término de mediación entre las tres clásicas palabras de la Revolución francesa [Libertad, Igualdad, Fraternidad, para quien haya podido olvidarlas o las ignore].

A la inversa, las llamativas desigualdades producidas por las políticas que durante estos años han desmantelado el estado social, y que han hecho explosión a escala planetaria por efecto de la globalización de la economía y del capital financiero sin una esfera pública a su altura, están en el origen de todos los problemas que hoy amenazan a nuestras democracias [las que en verdad no existen, mientras el poder real sea solo económico] y a la convivencia pacífica misma: del hambre y la miseria de masas ingentes de seres humanos a las migraciones de millones de personas que huyen de las guerras y de la pobreza [el chivo expiatorio de hoy, el inmigrante: tan maltratado en un país de inmigrantes como EEUU] del desempleo creciente a la explotación global del trabajo, de la crisis de la representación y de la participación política a las amenazas contra el medio ambiente y otros bienes comunes, de los espacios abiertos a la criminalidad y al terrorismo hasta el mismo estancamiento de la economía.

Este crecimiento de las discriminaciones y de las desigualdades se debe a la quiebra de la política, que en estos años ha abdicado de su papel de tutela de los intereses generales y de gobierno de la economía para someterse a las leyes del mercado. Por eso el proyecto de la igualdad y, con ello, de la promoción del interés de todos, puede hoy convertirse en la base de una refundación de la política tanto desde arriba como desde abajo. Desde arriba, como programa reformador, en actuación de las promesas constitucionales, a través de la introducción de límites y vínculos no solo a los poderes públicos del Estado, sino también a los poderes privados del mercado, en garantía tanto de los derechos de libertad como de los derechos sociales. Desde abajo, como motor de la movilización y de la participación política, al ser la igualdad en los derechos fundamentales, individuales y universales al mismo tiempo, un factor de recomposición unitaria y solidaria de los procesos de disgregación social producidos en estos años por el dominio indiscutido de los mercados [o la ruina de la ética].

Así, bajo ambos aspectos, el principio de igualdad se presenta no solo como un valor político fin en sí mismo y como la principal fuente de legitimación democrática de las instituciones públicas, sino también como un principio de razón, capaz de informar una política alternativa a las irracionales políticas actuales y de hacer frente a los desafíos globales de los que depende nuestro futuro. Por lo común, en el debate político, la superación de las discriminaciones y de las desigualdades excesivas suele desacreditarse como una noble utopía irrealizable. Sin embargo, es necesario distinguir entre lo que es improbable, a causa de la ausencia de voluntad política, y lo que es imposible: para no legitimar lo que acontece como carente de alternativas y para no desresponsabilizar a la política de sus actuaciones y de su contumacia [3]. Sobre todo, se impone reconocer que es la aceptación pasiva de las enormes y crecientes desigualdades, de la explotación del trabajo, y de las espantosas condiciones de vida en las que viven y mueren millares de millones de personas lo que corresponde a la utopía regresiva: a la idea de que en una sociedad global cada vez más frágil e interdependiente estas tremendas desigualdades, en estridente contradicción con todos los valores occidentales —la igualdad, la dignidad de la persona y los derechos humanos—, puedan seguir creciendo sin resultar explosivas; a la ilusión de que las masas de inmigrantes que se agolpan en nuestras fronteras puedan ser rechazadas con leyes y con muros; a la pretensión de que la gobernabilidad del mundo pueda seguir durante largo tiempo encomendada a esos soberanos absolutos, invisibles, irresponsables y salvajes, en que se han transformado los llamados mercados, sin desembocar en un futuro de catástrofes sociales, guerras, violencias y terrorismos. En pocas palabras, nada más falto de realismo que la idea de que la realidad pueda permanecer tal como es, y que la carrera del mundo hacia el desarrollo insostenible pueda continuar indefinidamente sin concluir en la autodestrucción.

Naturalmente, las promesas de la igualdad en los derechos humanos formuladas en las distintas cartas constitucionales e internacionales que pueblan nuestros ordenamientos nunca serán entera y perfectamente mantenidas. Pero es de interés de todos que los derechos de libertad y los derechos sociales, en cuya titularidad y efectividad consiste la igualdad, no se reduzcan a una mera apariencia ideológica; que las diferencias de religión, nacionalidad, cultura y opiniones políticas convivan gracias a la garantía de los derechos de libertad de todos; que, mediante la garantía de los derechos sociales, se ponga fin a las terribles condiciones de miseria, explotación y falta de libertad en que se encuentran miles de millones de seres humanos. Es interés de todos —incluso, a largo plazo, de los más ricos y los más poderosos— que la política, con una redistribución equitativa de la riqueza socialmente producida, ponga freno a su inicua distribución capitalista y a su apropiación por parte de unos pocos y cada vez más pocos. Por eso, no es solo un deber moral y una obligación jurídica, sino una necesidad de razón, que la política tome finalmente en serio el principio de igualdad [afín a la diferencia]: colmando, a escala no solo estatal, sino también internacional, la inmensa laguna de garantías y de instituciones de garantía de los derechos fundamentales de cuya efectividad depende el futuro de la paz, de la democracia y de la seguridad general”.

Los tres eslabones en el camino a la pérdida de la verdad

Desde la columna La Fábrica de Sueños, en conclusión, llegado el final, Suschenya, junto a los cuerpos exánimes de Burow y Voitik les arregla los abrigos como en un largo adiós, en una extensa ceremonia de despedida de sus cuasi verdugos, ahora, por efecto de las circunstancias, sus postreros camaradas. Luego, saca un revólver del abrigo del primero; lo que ocurre es absorbido poco a poco por la niebla hasta desaparecer. Antes de que la pantalla vaya a negro, se oye un disparo. La única salida de la guerra es la muerte. O, lo que para el caso es igual, el suicidio. Hecho que, por causa del prejuicio ajeno, el mismo que impide consolidar la libertad, siempre empujó a Suschenya. A causa del rumor, del chisme, de la calumnia: los tres eslabones en el camino a la pérdida de la verdad, por causa de la guerra.

El filme de Loznitsa es la metáfora del hombre que carga la muerte: la ajena y la propia. Pero, no necesariamente responsable por su causa. En este caso, las contingencias cobran su peso, incidencia, efecto. Aquí, un efecto inconsciente e inmanente histórico por la gravitación de los atavismos sobre la conciencia colectiva, a lo cual no es ajeno Suschenya. Quien no cree que el ahorcamiento de los otros tres se deba a una traición suya… y, sin embargo, anida en su cabeza la culpa, la somatiza y asume del todo, como se ve en el epílogo. En él, la niebla es sinónimo de enrarecimiento, tinieblas, oscuridad física y mental. En la niebla, coincide con el documental de Errol Morris, La niebla de la guerra (2003) (4), que desenmascara al exsecretario de Defensa Robert McNamara con respecto a soltar sobre Cuba ojivas nucleares y cuyo título se remite a la desigualdad y, por contraste, a un manifiesto por la igualdad, lo mismo que a la frase ‘niebla de guerra’, frase utilizada para mostrar el nivel de ambigüedad con respecto al conocimiento de los hechos vividos por los que integran operativos militares.

De cara a lo mostrado/percibido en el filme de Loznitsa, queda entonces claro que el protagonista, Suschenya, está en una encrucijada política, ideológica, de DDHH, con un bloqueo a sus derechos de libertad y sociales cuya titularidad/efectividad no aplica en la práctica para él, así como para ninguno de los partisanos de Bielorrusia que se enfrenta a los invasores nazis. Queda claro, también, que las diferencias de credo político y religioso, su condición de bielorrusos, su cultura eslava, no conviven en ellos dado que sus derechos de libertad han sido aplastados por la figura sin refutación de la impotencia frente a la invasión. La terrible simbología detrás de las muertes de los tres obreros ferroviarios, así como de Burow y Voitik, sus cuasi verdugos, hacen que la historia de Suschenya solo sea útil para sus herederos filiales y nacionales cuando, como en Fosa Común, se restablezcan y garanticen los DDHH y los sociales y se ponga fin al abuso, a la explotación económica y a la miseria.

Mientras ello no ocurra, ni se acabe con las guerras, todas las historias similares a las de Suschenya y demás personajes de En la niebla seguirán reproduciéndose por doquier, junto a los exabruptos y el horror, mientras la Humanidad, incluidos ‘filántropos’ y poderosos, no ignore que el interés general debe primar sobre el particular. Que un manejo menos egoísta de los bienes de producción y una consecuente mejor distribución de la riqueza, producida socialmente, sean la talanquera que ponga fin a la pésima distribución capitalista y al usufructo por parte de una mínima población, la que no llega ni al 5% de la mundial. Lo que da como resultado cada vez menos ricos con mayor riqueza y cada vez más pobres con mayor pobreza o con cero ingresos, es decir, ‘no-personas’ o ciudadanos apenas para la llamada aporofobia. Pomposa palabra que hoy apenas hace parte de las ciencias sociales y del dúo (muy poco) dinámico de la Universidad y el statu quo: dos irónicos dueños de la desigualdad.

Todo ello en medio de la indignidad producida por la maquinaria de guerra, el complejo militar/industrial y carcelario gringo, las (desaforadas) fuerzas de la OTAN, alimentadas por los ‘filántropos’ y filo/tecnólogos de moda del valle de la silicona (en inglés, Silicon Valley), que solo creen en la insolidaridad, el egoísmo y el prurito de la acumulación capitalista, que piensa en vida en el más allá de la Tierra mientras solo siembra muerte en el más acá de ella. Por fortuna, cada día que pasa la Humanidad es más consciente de la necesidad de oponer, a dicho prurito acumulativo, el espíritu de cooperación y/o el UBUNTU africano o ‘soy porque somos’, el impulso vital de colaboración, tan necesario y oportuno para instaurar sin dilaciones una nueva racionalidad económica al servicio de todos y no de unos cuantos. Acabar de un tajo con el darwinismo social, con el temor del hombre a sus semejantes, con la idea del hombre como lobo para el hombre y fomentar el cooperativismo y la autogestión.

El filme En la niebla, de Loznitsa, permite aprender, sin querer enseñar, como cuando de un buen maestro se trata (aquel que no siente pena sino alegría cuando algún discípulo lo supera, lo cual lo hace más grande) que ese opio (hoy sería cocaína) de los campos de concentración nazis, chilenos o argentinos, el rumor, era invariablemente más falso que hermoso, más lesivo que benéfico y menos inofensivo que letal. Y que en dichos campos el nazismo (de nacional no tenía nada y menos de socialismo) dio origen al criminal que, como Suschenya, no había cometido ningún crimen, es decir, un nuevo tipo de prisionero político. Del que abusó hasta la saciedad para a su vez generar entre la sociedad el caldo de cultivo propicio para el chisme y la calumnia que dieron al traste con millones de hombres en el mundo entero, mientras los artífices del desastre llamado guerra descansaban/dormían/comían a manteles y luego seguían vegetando y cagando sin parar, mientras los medios masivos mostraban un paraíso artificial (in)digno del peor Hollywood y la gente seguía matándose entre sí, hasta que alguien dijo ‘¡basta!’ y mandó a parar la masacre generalizada y la violencia, el horror y la muerte.

Hasta que ojalá, se dijo, la única salida no sea la guerra ni su único efecto la muerte, sino que haya una ocasión para la vida (‘Vida sabrosa’ dijo Francia, la defensora de la causa humana, no solo negra), para la vida en común, no ese ámbito para la muerte que es el capitalismo pues solo cree en éxito, competitividad, exclusión, así como en egoísmo, vanidad, nihilismo: y lo selló con un pacto histórico. Lo anterior se vincula al sacrificio de Suschenya, quien, en medio de la impotencia, por causa ajena; del envilecimiento por la maledicencia; de los fantasmas en su cabeza, puso punto final a su vida para sembrar la semilla de la esperanza de algún modo. Y de paso liberarse del yugo por la muerte de los tres ferroviarios y de sus dos ex verdugos para quedar en paz consigo mismo, sin escarnios ni recriminaciones de ningún tipo. Así ha dejado flotando una metáfora: la única salida de la guerra no es la muerte. La otra salida, la más viable/probable y segura es la educación, el arte y la cultura que posibilitan la apertura de lazos más fuertes entre la gente y de nuevos puentes entre los pueblos. Sin requisitorias ni inquisiciones contra la diferencia al tener claro que ella es la vía más expedita a la igualdad y no su antinomia. Con la convicción y la certeza de que el único camino para el saber es la movilidad igual que para la vida el único camino es el amor propio, Wilde dixit.

Y aquí interviene el tiempo, ese factor que es la orilla, por la que los hombres pasan y él da la impresión de correr. Elemento que pocos como Shakespeare han sabido explorar desde lo poético, desde lo denso, voz que en alemán es Dicht y de ahí viene Dichter, poeta, (5) también aplicable a Suschenya en tanto ser amoroso, revolucionario, que se enfrenta a la abusiva estructura del poder nazista y logra, sin proponérselo, ser liberado, a diferencia de los otros tres que son sacrificados por la desmesura y los desafueros del Poder omnímodo, el que termina por sumir en la impotencia hasta al más digno: lo que, por contraste, no es imposible de revertir sino probable de cambiar. Shakespeare: “El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”. En todas las variables del tiempo que alude el poeta puede verse a Suschenya pues ninguna le es ancha ni mucho menos ajena.

En conclusión, Suschenya es hombre que come pan y cebolla, como el hijo de M. Hernández mientras éste estaba en prisión (6). Hombre callado, que jamás alardea ni habla de sí mismo, lo cual lo catapulta a la grandeza. Hombre que se deja tocar por el dolor ajeno, hasta alienarse y propiciar su caída. Hombre que se compadece de los Otros por sus penas, mientras sabe que en sí carga un fardo insoportable e inaudito: la impotencia frente al abuso ajeno. Hombre que, cual tortuga, por la lentitud que circula y la sabiduría que posee, carga un caparazón lleno de miedos acumulados que él transforma en amor pues sabe que no hay nada más sólido en la vida. Hombre que siempre conservó la serenidad ante los insultos del trío ferroviario y atesoró como nadie el amor de Anelja y su hijo, hasta que su nexo con el mundo exterior no se lo permitió más. Un hombre, en fin, cuya mirada indica que está de vuelta de todo, cansado de vivir, no le teme a la muerte. Aun así, por causa de Burow y Voitik, respecto a él se cumple la infalible sentencia de Fiódor Dostoievski: “Quien para otro cava una fosa en ella cae”. (7)

A Santiago adorado, quien desde niño me mostró su capacidad de resistir hasta el fuego y hoy es agua…

Notas, enlaces y bibliografía:

(1) Melville escribe: ‘I Would Prefer Not To’ o ‘Preferiría que no’ y no como traduce Borges (o su querida madre, doña Leonor Acevedo… no se sabe, pero eso dicen por ahí) ‘Preferiría no hacerlo’.

(2) FERRAJOLI, Luigi. Manifiesto por la Igualdad. Editorial Trotta, Madrid, 2019, pdf: 372 pp.: 12 a 15.

(3) Término de doble significado: positivo, en tanto sinónimo de rebeldía hacia la autoridad cuando esta se desmide; negativo, en tanto aquel que ha cometido un delito canónico persiste en su conducta delictiva.

(4) https://vimeo.com/434235852

(5) https://rebelion.org/para-que-se-avive-la-llama-de-la-vida/

(6) https://ciudadseva.com/texto/nanas-de-la-cebolla/

(7) https://www.phrasesmundi.com/2021/10/frases-de-fiodor-dostoyevski.html

FICHA TÉCNICA: Título original: В тумане, en ruso. En español: En la niebla. País: Rusia / Bielorrusia / Letonia / Alemania / Países Bajos. Año: 2012. Género: Drama / Guerra. Formato: 35 mm; color; 127 min. Guion y Dir.: Sergei Loznitsa, basado en la novela de Vasil Bykaŭ. Fot.: Oleg Mutu (RSC). Mon.: Danielius Kokanauskis. Diseño de escenario: Kirill Shuvalov. Vestuario: Dorota Roqueplo. Int.: Suschtschenja o Suschenya (Vladimir Svirski); Burow (Vlad Abashin); Voitik (Sergei Kolesov); Anelja (Julia Peresild); Grishutka (Nikita Peremotovs); Koroban (Kirill Petrov); Mishuk (Dmitrijs Kolosovs); Toptschiewskij (Stepans Bogdanovs); Yaroschevitsch (Dmitry Bykovskiy); Grossmeier (Vlad Ivanov); Mikitjonok (Vladislavs Dombrovskis); Mirocha (Igor Khripunov); madre de Burow (Nadezhda Markina). Productor: Heino Deckert. Coproductores: Galina Sementseva / Valentina Mikhaleva / Vilnis Kalnaellis / Leontine Petit / Joost de Vries / Oleg Silvanovich. Dist.: The Match Factory. Premios: Festival Internacional de Cine de Ereván, 2012: Mejor Película. Estreno: Cannes, 25.may.2012.

  • (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por la UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución fue lanzado por la UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión, EE y Las2Orillas. E-mail: [email protected]

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