Los hijos del Goni, de Quya Reyna, desmonta mitos, discute identidades y propone pensar El Alto sin épica ni victimización. Publicado en Argentina por Cerro Amarillo Ediciones, disponible en librerías desde 2025. En Argentina, “luchona” es una denominación coloquial y barrial, muy presente en el habla popular, hoy amplificada por las redes sociales. Suele aplicarse […]
Los hijos del Goni, de Quya Reyna, desmonta mitos, discute identidades y propone pensar El Alto sin épica ni victimización. Publicado en Argentina por Cerro Amarillo Ediciones, disponible en librerías desde 2025.
En Argentina, “luchona” es una denominación coloquial y barrial, muy presente en el habla popular, hoy amplificada por las redes sociales. Suele aplicarse a mujeres, principalmente madres, que crían solas a sus hijos en contextos de dificultad económica o social. La palabra viene de luchar y nombra, en su sentido más directo, la acción de “pelearla”, de “remarla” todos los días: una mujer resiliente, trabajadora, que sostiene a su familia pese a la precariedad.
Esa podría ser la característica del pueblo boliviano y también de la familia que nos presenta la periodista y escritora boliviana Reyna Mabel Suñuaga Copa, más conocida como Quya Reyna. Alteña y aymara, así se presenta, desde allí escribe y piensa. Los hijos del Goni no es un libro de crónica “sobre” El Alto, sino un texto escrito desde El Alto, con todo lo que esa preposición implica en términos de lengua, cuerpo y posición política.
La diferencia no es menor: escribir desde supone asumir una implicación que incomoda tanto a la mirada externa como a los propios discursos identitarios cristalizados. Editado originalmente en Bolivia en 2022 y publicado en Argentina por Editorial Cerro Amarillo desde 2025, Los hijos del Goni reúne crónicas narradas desde la infancia, con la familia como escenario principal y la precariedad como telón de fondo permanente.
No hay aquí épica de la pobreza ni pedagogía de la desgracia: hay casas donde falta plata, decisiones equivocadas que se acumulan, vergüenzas pequeñas y grandes, y esa sensación persistente de que la redención, si existe, siempre llega tarde o llega para otros.
Quya,
en una entrevista a Sarai
Amoroso,
explica que la crisis
política del 2019
la “acomodó” en un lugar que quizá antes no veía con
claridad.
Los insultos raciales recibidos en redes, la
militarización de El
Alto,
la reacción de sectores progresistas que avalaban la represión, le
hicieron evidente que, por más mestizaje proclamado, la
sociedad boliviana clasifica y racializa tarde o temprano.
Repensar El Alto, para ella, implica desmontar mitologías. Ni héroes permanentes ni salvajes irredimibles: El Alto es humano, contradictorio, imperfecto. Ya no se enfrenta únicamente a un poder blanco y externo, sino también a sus propias fracturas internas, al racismo entre pares, a una identidad todavía en disputa.
La ciudad que hoy crece económicamente y produce nuevas estéticas, arquitecturas y figuras culturales, ya no tiene, según Quya, una agenda política clara como en 2003, pero sí una generación que busca desarrollo, educación y futuro.
Criada en una tradición donde la oralidad fue siempre más importante que la escritura, la autora reconoce que nunca se había pensado a sí misma como escritora en los términos clásicos. Documentar, poner en palabras, fue también una decisión política: no para buscar legitimación académica, sino para dejar huella.
“No se trata de competir para que la academia te reconozca, sino de disputar qué se dice y cómo se dice”, plantea, celebrando la existencia de espacios editoriales que chocan con los protocolos de la escritura consagrada.
Ella escribe desde un discurso indianista y aymara, y ese es su territorio de lucha.
No reniega de la academia ni de otros campos de poder, la moda, la música, el arte, los medios, pero insiste en que todos esos espacios deben ser disputados desde la identidad, no como concesión.
Las nueve crónicas que contiene el libro se leen en unas cinco horas, donde la sorpresa le puede seguir al llanto y finalmente terminar con una sonrisa. Para el lector argentino, las vivencias que narra Quya pueden resultar de tremendo asombro: las formas de crianza, el manejo de la economía, la alimentación y el cuidado de una familia boliviana, en este caso de niños.
También aparece el racismo dentro de las clases populares de Bolivia y esa relación de no desprendimiento del campo: los padres de Quya, aunque viven en El Alto y son comerciantes, siguen teniendo su pedacito de tierra para cultivar. Las historias dejan además la sensación de una esperanza que se convierte en trabajo e invención permanente, en este caso en el seno de una familia aymara.
Para Quya, ese es el desafío urgente: construir una identidad alteña moderna, crítica y orgullosa, capaz de mirar el pasado sin quedar atrapada en él y de imaginar un futuro sin victimización ni mito heroico.
El Goni
Gonzalo Sánchez de Lozada fue presidente de Bolivia en dos períodos (1993–1997 y 2002–2003). Fue derrocado en octubre de 2003 tras una ola de protestas populares conocidas como la Guerra del Gas.
El conflicto estalló cuando su gobierno impulsó un plan para exportar gas natural a Estados Unidos y México a través de puertos chilenos, en un país marcado por la memoria de la pérdida del litoral y por una profunda desigualdad social.
La respuesta estatal fue una represión militar que dejó más de 60 personas asesinadas, en su mayoría civiles, particularmente en El Alto. Frente a la presión social, el colapso político y el repudio internacional, Sánchez de Lozada renunció y huyó a Estados Unidos, donde permanece hasta hoy.
Su salida marcó un quiebre histórico: evidenció el agotamiento del modelo neoliberal y abrió el camino a un nuevo ciclo político protagonizado por movimientos indígenas, sindicales y populares, que culminaría con la llegada de Evo Morales a la presidencia en 2006.
Cerro Amarillo Ediciones y su apuesta latinoamericana
Alejandro Bidegaray es librero y editor desde hace casi catorce años. Lleva adelante Musaraña, librería y editorial radicada en Vicente López, con dos colecciones dedicadas a la historieta, el dibujo y la experimentación gráfica.
Desde hace un tiempo se instaló en Tilcara, Jujuy, y desde allí abrió junto a su compañera y socios Artefacto, textos y textiles, una librería orientada a cruces entre narrativas textuales y textiles. En ese nuevo territorio nace Cerro Amarillo Ediciones, un sello dedicado a la crónica, el ensayo y el pensamiento latinoamericano.
“El proyecto venía amasándose hace tiempo, pero el libro de Quya fue el disparador, el puntapié”, explica Videgaray, y define ese primer título como una verdadera declaración de principios editoriales. La editorial propone un catálogo breve y de fuerte identidad latinoamericana, pensado para un público amplio, en un contexto de crisis del libro y caída del consumo.
“El editor es un iluso por definición”, dice, pero cree que lo que hace es necesario.
Con tiradas ajustadas, formatos pequeños, libros numerados y fotografía latinoamericana en tapa, Cerro Amarillo apuesta a generar circulación para textos que hoy no encuentran canal.
En ese marco se anuncian próximas publicaciones de crónica y ensayo que dialogan con la actualidad, la memoria política y las transformaciones culturales del continente, ampliando el campo que abre Los hijos del Goni y reforzando una línea editorial que busca pensar América Latina desde sus propias voces.


