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Los jornaleros migrantes, librados a su suerte

Fuentes: IPS

Cada año, desde 1975, el indígena mexicano Castro Solano deja su hogar en la ciudad de Tlapa de Comonfort, en el sureño estado de Guerrero, para recorrer el país como obrero agrícola temporero. «Nos tratan mal. Durante el jornal no podemos comer y el patrón está detrás para que llenemos los camiones», relató a IPS […]

Cada año, desde 1975, el indígena mexicano Castro Solano deja su hogar en la ciudad de Tlapa de Comonfort, en el sureño estado de Guerrero, para recorrer el país como obrero agrícola temporero. «Nos tratan mal. Durante el jornal no podemos comer y el patrón está detrás para que llenemos los camiones», relató a IPS Solano, quien suele dirigirse al municipio de Atlautla, en el central estado de México, para recolectar tomate.

En sus múltiples travesías, Solano, de 50 años y del pueblo me’phaa, ha debido soportar las precarias condiciones de los jornaleros que salen de Tlapa de Comonfort, a unos 460 kilómetros al sur de la Ciudad de México, para cosechar verduras como tomate, chile (pimiento), cebolla y pepino en otras zonas.

Entre septiembre de 2009 y enero, 8.213 indígenas me’phaa abandonaron Guerrero para vender su mano de obra y, en esta temporada iniciada en septiembre, la cifra podría rozar los 10.000, según el no gubernamental Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, que registra a los emigrantes en la zona montañosa del estado.

El principal destino son los norteños estados de Sinaloa, Sonora y Baja California Sur, y el central Morelos, contiguo a Atlautla, ciudad emplazada a unos 140 kilómetros al sureste de la capital mexicana y habitada por 24.110 habitantes.

Guerrero ocupa el primer lugar nacional en migración interna y el quinto en emigración, principalmente a Estados Unidos, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

En la última década, han migrado unos 380.000 obreros a estados del norte, de acuerdo a la Secretaría (ministerio) de Desarrollo Social.

«Están en la indefensión, el gobierno no supervisa las condiciones de trabajo en los campos», señaló a IPS Margarita Nemecio, del Centro Tlachinollan.

En la localidad de Guadalupe Hidalgo, en Atlautla, los jornaleros se levantan a las cinco de la madrugada para ofrecer su trabajo a los agricultores locales en la plaza del lugar, conocida como «el mercado de gente».

Por una jornada que se extiende desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde, ganan unos 10 dólares. El salario mínimo diario nacional es de unos cuatro dólares.

Los jornaleros suelen pasar por las manos de los intermediarios, que arreglan el desplazamiento hacia los campos y el vínculo con los patrones. En otros casos, los emigrantes se organizan para trasladarse a los cultivos contratando un autobús.

En Guadalupe Hidalgo arriendan diminutas habitaciones para dormir, donde el baño es compartido y el agua escasea. Solano paga unos cuatro dólares semanales por su modesto alojamiento.

Los temporeros «han estado en condiciones de alta vulnerabilidad como sujetos de derechos humanos», dijo a IPS el mexicano Jorge Bustamante, relator especial sobre los derechos humanos de los migrantes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Esta situación se da «por su escasa participación como grupo en procesos electorales y por la falta de representación en los órganos legislativos que se supone deberían representar al sector de los trabajadores del campo», acotó el funcionario.

Uno de los perfiles agravantes del trabajo jornalero es el empleo de niñas y niños de entre seis y 14 años, prohibido por la Constitución.

De los cerca de cuatro millones de personas que migran para recolectar hortalizas y frutas, más de un millón son menores de 14 años, según la Red por los Derechos de la Infancia de México, que agrupa a 63 organizaciones no gubernamentales.

El «Diagnóstico sobre la condición social de las niñas y niños migrantes internos, hijos de jornaleros agrícolas», de 2006, concluye que su situación «exige del gobierno mexicano una acción pública articulada, profunda e integral para su atención, pero especialmente de las hijas e hijos de los jornaleros agrícolas migrantes».

El estudio fue elaborado por la Secretaría de Desarrollo Social y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

«No hay registros. Llevamos tres años denunciando el trabajo infantil, hay una supervisión débil», acusó Nemecio. Desde 2007 han muerto al menos ocho menores en los terrenos agrícolas, a causa de accidentes y enfermedades.

El caso más reciente es de la niña Flora Jacinto, de cuatro años de edad, quien falleció en julio por beber agua contaminada en un campo agrícola en Sonora.

La niña Silvia Toribio, de seis meses de nacida, murió arrollada el 8 de octubre por un camión en una huerta de tomate cerca de Guadalupe Hidalgo. La víctima, hija de los indígenas Pascual Toribio y Zoila Cano, dormía en una pequeña caja cuando fue atropellada. El piloto se halla prófugo.

La Secretaría de Desarrollo Social ejecuta el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas, que da apoyo financiero para construcción de infraestructura, becas y otras ayudas. Durante este año ha cubierto a unas 600.000 personas con un presupuesto de unos 23 millones de dólares.

Además, desde 2007 desarrolla el proyecto piloto «Monarca, contigo en tu camino» (en referencia a esa especie de mariposa que migra cada año), para desalentar el trabajo infantil en el rubro agrícola. También dota de becas, ayuda alimentaria y atención médica a los niños y niñas que laboran en el campo.

En el proyecto de reforma laboral enviado al parlamento en marzo por el gobierno conservador de Felipe Calderón se tipifica como delito la contratación de menores de 14 años fuera del círculo familiar y se faculta a la Inspección Federal del Trabajo a ordenar el cese inmediato de las labores de esos menores.

Según Bustamante, la ausencia de políticas efectivas contra el trabajo infantil no genera costos políticos «debido al muy bajo nivel de conciencia pública respecto de este problema».

Los jornaleros guerrerenses volverán a sus hogares para celebrar los días de Todos los Santos y de los Muertos –feriados del 1 y 2 de noviembre, respectivamente–, y luego empacarán sus pertenencias y volverán a la carretera para alcanzar, tras dos jornadas de viaje, las siembras en Sinaloa.

– Fuente: http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=96695