Una porción significativa de les habitantes de la capital del país aspiran a que su ciudad quede “limpia” de quienes no alcanzan las pautas que ellos creen hacen acreedor a una vida vivible. Son los mismas que hace décadas le dan el voto a quienes casi nunca proporcionan ninguna mejora que no esté dirigida al beneficio capitalista.
“Vayan a laburar”
En las calles de la ciudad autónoma de Buenos Aires es común escuchar a vecinos que mascullan un “¿Por qué no van a trabajar? Siempre que se cruzan con una marcha u otro tipo de protesta callejera. Incluso si en ese momento ellos están sentados en un bar tomándose un café o compartiendo una cerveza.
Esa actitud suele coincidir con la pretensión “apolítica”, que rechaza a toda la dirigencia por chorros” y que suele ponerle el voto a aquellos que les mienten que “no son políticos”. En esa línea descreen de cualquier modalidad de organización y acción colectiva. Y de toda forma de lucha. Y más si tiene algún aroma antisistema, como las huelgas, los piquetes, las tomas de escuelas y facultades.
Muchos y muchas de ellos jamás fueron a una concentración callejera. Otros muchos han hecho alguna o algunas excepciones. Por ejemplo, para ir las manifestaciones punitivistas convocadas por el “ingeniero” Juan Carlos Blumberg. A las protestas por la Circular 125. Algún acto de apoyo a Mauricio Macri. Uno que otro “cacerolazo” anti K. O la del reclamo de “justicia” cuando les convencieron de que el fiscal Alberto Nisman había sido asesinado.
Algunes experimentan alguna solidaridad con reivindicaciones poco susceptibles de cuestionamientos, como las de jubilades o por la atención a la discapacidad. Pero por razones no explicadas, no son ellas las que pueden impulsarlos al espacio público.
Claro que siguen convencidos de su prescindencia política. Mirarán de reojo a cualquiera que les señale la “casualidad” de que las pocas veces que se sintieron impelidos a la salida a la calle fue detrás de consignas de la derecha política, económica o mediática. Por supuesto, ellos no creen en la existencia de izquierdas ni derechas. Son receptivos a las prédicas que siempre se ponen del lado del “realismo” y el “pragmatismo”. Y en contra de “las ideologías”.
El tema excede a la ocupación del espacio público con finalidades sociales o políticas. Les molestan además todos aquellos y aquellas que buscan el sustento o un lugar para guarecerse en las calles de la ciudad. Detestan por igual a quienes duermen en la vía pública; los cartoneros, vendedores fijos o ambulantes de lo que sea, trabajadoras sexuales, gente que pide, “trapitos”, limpiavidrios, músicos callejeros, malabaristas de los semáforos.
Tampoco suelen gustarles los y las migrantes, aunque no trabajen en la calle. No quieren tenerlos de vecinos o vecinas. Estarán siempre dispuestos a su identificación con la delincuencia, las adicciones o la “vagancia”. Sólo se moverán de esa posición ante las verduleras bolivianas que trabajan 12 horas durante los siete días de la semana u otros autoexplotados.
“Éstos sí que trabajan” dicen con complacencia. Ni hablar de debilitamiento de lazos familiares, de carencia de tiempo libre, de fatiga crónica. Cuentos de “zurdos”.
Quieren calles y avenidas “limpias”, sin pobres, sin señales de desigualdad lacerante y de injusticias perennes. Casi nunca se les pasará por la cabeza la relación entre las situaciones de penurias y desempleo con las políticas económicas o ausencias estatales. Puede oírseles todavía la afirmación, contra toda evidencia, de “que en este país el que no trabaja es porque no quiere”.
Ante un problema que se agrava cada vez más, la venta de drogas, su ira se desata sobre los “fisuras” o los vendedores al menudeo que se cruzan en las veredas. Rara vez se refieren a los grandes narcotraficantes. Siempre el efecto y no la causa, la culpa atribuida a los de abajo y no a los de arriba. A los que sobreviven malamente en lugar de a quienes se hacen millonarios con los negocios ilegales.
Es difícil que se den por enterados de cuando la policía mata sin dar siquiera la voz de alto. Por sospechas mínimas o infundadas, por portación de rostro, porque se vive en una villa o en una casa tomada, porque se es “rarito”. Incluso no escasean los que celebran con un “ese no jode más” la muerte violenta de cualquier presunto delincuente. O gritan “mátenlos” si por casualidad son testigos de algún operativo policial violento.
Es cierto que esas cabezas están a menudo cruzadas por contradicciones. No es extraño que quienes pronuncian esas barbaridades, ante el caso inmediato y concreto, le acerquen un poco de comida o un colchón a quienes duermen en la calle. O ante la detención de un vendedor al que conocen digan a los policías de turno, “no ven que así se gana el mango”.
La cuestión es que a menudo piensan que es “ese” pobre el decente y trabajador. Y no se inmutan en la convicción de que la mayoría son perezosos, ganados por algún vicio o lisos y llanos delincuentes. Seguro que se ofenderían mucho si los compararan con los simpatizantes del nazismo que tenían su “judío bueno”, al que tomaban como excepción respecto a la generalidad de avaros y perversos.
Por supuesto que una buena parte de quienes piensan y actúan como hemos descripto son ricos o de clase media bastante próspera. Hay otra parte sustancial que se arregla con dificultad para su llegada a fin de mes con algún margen. O que no lo consiguen de ninguna manera. Esas situaciones personales y familiares no conmueven la persistencia en el hábito de encontrar los supuestos culpables abajo o al costado.
Ni impide que les irriten más los supuestos “privilegios” de empleados públicos o trabajadores privados con buenos convenios que las prebendas reales de los grandes empresarios. Estos últimos, para ellos y ellas, “dan trabajo”, arriesgan su capital, innovan, tienen capacidad de organización y administración. Se merecen sus ganancias. Incluso si son exorbitantes.
A la derecha y al fondo
En la ciudad porteña hace ya dos décadas que el voto mayoritario va para la derecha, con continuidad digna de mejor causa. No hay indicios de que esto vaya a revertirse en un futuro visible.
El actual jefe de gobierno busca la reelección mediante un ostensible giro hacia la extrema derecha. Compite con el gobierno nacional en la exhibición de desprecio y odio hacia los desfavorecidos. Promueve su imagen pública mediante “desalojos” de todo tipo, desde manteros a inquilinos a ocupantes de viviendas. U “operativos” anti delincuencia o antidrogas cuyo único resultado efectivo es un rato de “pantalla” para el oficialismo porteño.
Jorge Macri confía, y es probable que tenga razón, en que ciudadanos y ciudadanas de Buenos Aires se complacen en ver a sus vecinos y vecinas más vulnerables desplazados, esposados, intimidados por “fuerzas de seguridad”. Las que abusan de sus armas, de la superioridad numérica. Del entrenamiento que les proporciona el Estado para someter por la fuerza a los “enemigos”.
Cree también que sus potenciales votantes entienden por “ley y orden” lo mismo que él propala: El aplastamiento de los derechos humanos, la violación de las leyes y la constitución en nombre de las normas de convivencia, definidas a su antojo. La satisfacción o la indiferencia con el sufrimiento ajeno. La negación de derechos a quienes no califiquen como “argentinos de bien” según las arbitrarias valoraciones que bajan desde arriba.
Se sustenta en que las consideraciones egoístas, discriminadoras, racistas se impongan sobre aspectos más concretos. Como el mal estado de calzadas y veredas, la suciedad reinante (el “olor a pis” que le dio réditos a su antecesor cuando lo denunció). La decadencia acelerada del sistema de transporte.
La extrema dificultad de acceso a una vivienda, aún en alquiler, ni hablar de comprarla. Todo mientras crece la especulación inmobiliaria. El deterioro de los hospitales públicos, el ahogo presupuestario de la educación estatal.
Claro que muchos de ellos no envían a los hijos a la escuela pública, ni se atienden en los hospitales. Y son propietarios de sus casas y departamentos. Quienes no tienen prepaga, no pagan cuota de colegio privado o alquilan será por culpa de ellos que no se esforzaron lo suficiente para conseguirlo. Qué les importa que el resto la pasa mal. Piensan que ellos están mejor porque se merecen lo que tienen y por ninguna otra razón.
De eso no dudan nunca. Así una sucesión familiar haya sido la fuente de todo o la mayor parte de lo que poseen.
Si no hay un cambio drástico, los habitantes de la ciudad autónoma seguirán a merced de la depredación del gran capital. De los negocios continuados de la dirigencia política que hace acuerdos transversales a la hora del saqueo. De la privatización de cualquier ámbito susceptible de generación de ganancias.
Hasta la de los medios públicos, aunque sean la única emisora en el mundo dedicada al tango. O hayan sido la broadcasting que inauguró hace un siglo la radiofonía local.
Ante ese cuadro se perjudican no sólo los que siempre sufren sino la mayor parte de la “gente de bien”.
Claro que los “buenos ciudadanos” admirarán la pujanza de Puerto Madero mientras ignoran la pobreza del sur de la ciudad. Disfrutarán de los gimnasios bien equipados o la cancha de paddle mientras ni se enteran de la agonía de los clubes de barrio. Mantendrán la ilusión de las “calles vacías”. Confiarán en el propósito del gobierno citadino de definitiva expulsión de quienes las ocupan o las utilizan para su supervivencia.
De última nada es tan importante como que los “negros” no se solivianten y el peronismo no vuelva al gobierno.
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