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"El turismo es una plaga, un veneno para la naturaleza”

Los últimos pescadores de Punta Allen

Fuentes: Rebelión

Punta Allen, Quintana Roo. «La gente que vive aquí se va a tener que ir. Donde tenía su casa va a existir un hotel, donde tenía su propio trabajo, ahora va a trabajar para otras personas. Es la iniciativa privada la que viene haciendo esto», explica Jesús Alberto Gómez, hijo de don Carmelo, uno de […]

Punta Allen, Quintana Roo. «La gente que vive aquí se va a tener que ir. Donde tenía su casa va a existir un hotel, donde tenía su propio trabajo, ahora va a trabajar para otras personas. Es la iniciativa privada la que viene haciendo esto», explica Jesús Alberto Gómez, hijo de don Carmelo, uno de los últimos pescadores de Punta Allen, lugar que se encuentra en un rincón pegado al mar en la Riviera Maya, dentro de la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an.

El joven pescador atisba el futuro de su comunidad: «Viene caminando un monstruo, se están devorando todas las playas. Cuando este lugar esté al cien por ciento turístico, ya no durará mucho. El turismo es una plaga, un veneno para la naturaleza».
El verdadero nombre de la comunidad es Colonia de Pescadores Licenciado Javier Rojo Gómez. A tres kilómetros se encuentra el Faro de Punta Allen, y así se le conoce de manera turística al lugar. Primero fue un campamento de pescadores de escama y después de langosta, ahora es amenazada por la gigantesca ola de proyectos turísticos que se desplazan de Cancún a Tulum y a toda la Riviera Maya.
A lo largo del camino por la Riviera en dirección a Punta Allen, una gran cantidad de letreros de negocios de todo tipo, ropa folk, comida exótica, se pelean la vista de los que transitan por el lugar en búsqueda de alguna andanza, muchos con nombre en inglés o italiano que refieren a tiendas con diseños para el gran turismo con precios en dólares para habitaciones y servicios.
Entrando al arco que divide a la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an, la barbarie del turismo avanza. Se pueden ver ya las tiendas y grandes hoteles que de manera tolerada y con el esquema de ecoturismo se apropian de los espacios de conservación de la biósfera. En la carretera de terracería varias caravanas de Jeeps cruzan la reserva, un turismo que en la tierra suelta de una zona de conservación encuentra nuevas aventuras.
Para Jesús Alberto los caminos de tierra son un filtro para el control del turismo masivo que ya invade la Riviera Maya, «porque el turismo se desplaza donde aún existen paisajes». Y expone que la Biósfera de Sian Ka’an «está protegida para después dársela al turismo».
La vida de pescadores se va modificando con la entrada de grandes hoteles se amenaza la vida comunitaria. La basura invade el medio ambiente. Poco a poco se destruye una reserva destinada a conservar la fauna, la vegetación y el paisaje de uno de los pocos lugares que en México se han conservado. Pescadores, pescados por el turismo
Jesús Alberto Gómez tiene 32 años. Su padre José del Carmen, don Carmelo, es uno de los pocos en esta localidad que de tradición y oficio se dedica a la pesca. Recuerda que los pescadores realizaban la pesca de escama o de peces y que era la principal entrada de dinero y sobrevivencia. Después vino la captura de la langosta y ahora la mayoría tiene cooperativas de lanchas destinadas al turismo. Así «se fue mermando la cantidad de pescadores en este pueblo». Menciona que lo que comenzó como una colonia de pescadores ya solamente es el nombre lo que queda, ya que por la acción ya no lo es.
Muchos de los pescadores dejaron de serlo porque es mucho el trabajo que se realiza, muchos de ellos han hecho su apuesta en el turismo y, como dice Alberto Gómez, «a ellos los pescaron».
Lorenzo Chai, originario de Chetumal y ayudante de don Carmelo, relata lo difícil y duro que es la vida de un pescador. «En un día normal nos levantamos temprano y vamos a capturar nuestra carnada, nos preparamos en la tarde para después, cercana la noche, ir a la pesca. Toda la noche pescamos y en la mañana regresamos para descargar el producto. Nos desvelamos dos días y descansamos dos días. Cuando llueve debemos estar en el mar.
No tenemos nada que nos proteja, estamos a la intemperie. Para ser pescador, te tiene que gustar mucho. Cuando estás en la noche en el mar, lo primero que piensas es tener buena pesca y te emociona cuando la red se mueve, piensas quizá sea algún pez para comer o bien uno para soltarlo de nuevo». Algunos peces como el cazón, no tienen mercado. La barracuda o el pargo la gente los paga y come en la comunidad, los demás se sueltan, explica.
«Existe frío y el viento está fuerte en medio del mar y tienes que salir a trabajar porque no hay otro medio». Para los pescadores éstas son las últimas generaciones ya que las nuevas se están dedicando al turismo y la pesca deportiva», y es por eso por lo que surgen las cooperativas de lanchas o «lancheros» por cientos, que contaminan el agua.
En la cocina de su casa Alberto Gómez prepara un caldo de pescado y explica que la pesca deportiva conserva de manera mentirosa la naturaleza. «Te llevas a un ‘americano’, pesca, se saca fotos, libera al pez, y te paga cuatro mil pesos. Son cientos de lanchas que hacen lo mismo y contaminan y matan a los peces de otra manera».
Los habitantes de Rojo Gómez venían de Cozumel, como lo hizo Lorenzo Chai. Ellos instalaron un campamento que ahora habitan cerca de seiscientas personas. Según la historia, un barco llegaba al Faro Punta Allen para recoger langosta que capturaban las familias, ya ancladas ahí, y después la transportaban a Cozumel. «Con el tiempo se hicieron nuevas rutas, se construyó el camino o carretera a Tulum y dejó de venir el barco», relata. Turismo vs. Pescadores
«Hace mucho ésta era una zona muy hermosa, más de lo que es ahora, se veían más delfines y tortugas. Empresarios vinieron y se interesaron por el lugar, platicaron con la gente, hicieron acuerdo, y después ensayos y pruebas de tours. Hicieron una prueba entre la pesca y un tour, ganó turismo, se gana más con llevar ‘americanos’ al ‘paisaje’ que pescar para comer», menciona el joven Alberto.
La noche anterior su padre se fue a pescar, se pasó toda la noche en el mar y llegó en la madrugada. Expone el hijo: «Si le fue bien gana dos mil o tres mil pesos, sólo si le fue bien. Pero se llevó una friega tremenda. Los tours son de tres o cuatro horas, sales de aquí, das una vuelta, los llevas por el mar, al río, encuentras delfines, tortugas, y te dan dos mil 500 pesos».
Así comienza a cambiar todo. «Dejan la pesca y en su pensamiento sólo está el turismo, turismo y turismo». Refiere que los habitantes cambiaron la pesca, fundaron cooperativas turísticas y comenzaron a difundir las promociones. Al principio «venían los dueños de las empresas, daban los tour y después ya venían sus trabajadores y empezaban a traer mucha gente. Se volvió mundial, eso ya no lo detienes».
Existen cuatro cooperativas de turismo. Otros son particulares que trabajan en lo relacionado con el paisaje y el turismo. Ya existen grandes hoteles de turismo de gran impacto. Los habitantes de Punta Allen no tienen ningún papel de propiedad ya que cuando llegaron era un campamento pesquero, y después el gobierno convirtió la comunidad en parte de la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an.

«Corren rumores de que nos quieren cambiar porque esta zona va a ser de hoteles. Hay intereses muy fuertes, esto pensamos que ya tiene dueño. Yo me imagino que esta zona va a ser de turistas. Ni pesca, ni langosta, ni pescadores, nada va a quedar».

Para Jesús Alberto, los que han comprado son en su mayoría extranjeros y lo hacen por medio de una sesión de derechos. «Este lugar es parte de Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an y es propiedad federal. Aquí nadie tiene nada. Un día van a llegar, te van a correr. Algo va a ocurrir, ya se siente en el aire», advierte.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.