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Nunca sin el otro

Mauricio Silva, el cura con escoba y carretilla

Fuentes: Umbrales

Los Hermanos del Evangelio, una institución religiosa católica relacionada con la espiritualidad del p. Charles de Foucauld, se han presentado ante la Justicia argentina para pedir que se investigue la desaparición forzada del sacerdote uruguayo Mauricio Silva durante la dictadura militar, en un mes de junio de hace 40 años. Mauricio había nacido en las […]

Los Hermanos del Evangelio, una institución religiosa católica relacionada con la espiritualidad del p. Charles de Foucauld, se han presentado ante la Justicia argentina para pedir que se investigue la desaparición forzada del sacerdote uruguayo Mauricio Silva durante la dictadura militar, en un mes de junio de hace 40 años.

Mauricio había nacido en las afueras de Montevideo, hijo de un ladrillero agricultor y de una madre profundamente católica. Con el tiempo la familia se trasladó a La Teja. Mauricio optó por la vida religiosa con los Salesianos y estudió en el «Manga». En 1946 como estudiante salesiano viajó a la Patagonia argentina para una experiencia inolvidable de tres años en Río Gallegos. Hizo su noviciado en Suriyaco, La Rioja, en los años de mayor vigor de la pastoral del obispo Enrique Angelelli. En 1948 pasó a estudiar teología en Córdoba y a fines de 1951 fue ordenado sacerdote en el santuario de María Auxiliadora de Villa Colón en Montevideo.

Su compañero de estudio había sido, entre otros, Jaime de Nevares que después sería el conocido obispo de Neuquén, uno de los pocos en enfrentar a la dictadura militar. A los 26 años los superiores lo enviaron otra vez a Patagonia, a pesar de tener nacionalidad uruguaya. A Mauricio le había encantado su anterior experiencia en medio del viento y del frío polar, al lado de una población pobre y olvidada. Al volver a Montevideo en 1959 se encontró con la salud maltrecha de su madre y optó por quedarse en Uruguay, primero en los Talleres de don Bosco en Montevideo y después en el colegio salesiano de Paysandú. En 1962 se produjo la huelga de los cañeros y la marcha de los trabajadores de la caña de azúcar hacia Montevideo. En Mauricio fue creciendo la sensibilidad social y una clara opción para los más pobres lo que lo llevó, también por la enfermedad de la madre, a salir de la orden salesiana e integrarse al clero diocesano de la capital. Un encuentro con el sacerdote Arturo Paoli de la Fraternidad del p. Charles de Foucauld, que estaba de paso por Montevideo, le cambió definitivamente la vida. Tenía 45 años.

La Fraternidad de los Hermanitos del Evangelio había llegado a Argentina en enero de 1960 y se había establecido en Fortín Olmos, en la Cuña Boscosa del Chaco santafesino; el superior de la comunidad era el p. Paoli. Vivían en la casilla de pesaje de madera de la empresa inglesa «la Forestal» que extraía tanino del quebracho. Al retirarse la Forestal en 1963 vendiendo hasta los rieles del ferrocarril que era la única vía de comunicación en la zona, los Hermanos crearon una cooperativa para los hacheros y los peones rurales y otras iniciativas comunitarias. Allí llegó Mauricio Silva en 1970, recibido por Arturo Paoli que era superior latinoamericano del instituto. En esa época también el hermano de Mauricio, Jesús Silva que era sacerdote, entró en la Fraternidad. En Fortín Olmos Mauricio manejaba la camioneta del sindicato de hacheros y también la ambulancia que todos los días iba al hospital de Reconquista, a 70 km del lugar. Eran años febriles y las cartas que llegaban a la comunidad religiosa eran censuradas por la policía local. Mauricio, que padecía la revisión de su correspondencia familiar, un día escribió un carta al policía censor desconocido, con su tono manso y conciliador diciéndole: «Debe ser tremendo vivir en la sospecha para con todos y en el miedo todo el día y todos los días». En 1973 Mauricio se trasladó a Buenos Aires para dar comienzo a una comunidad dedicada a la evangelización y acompañamiento de los barrenderos. Era un proyecto que había madurado en la oración desde hace tiempo. Quería vivir entre los últimos de los últimos. Soñaba con el sueño del p. Charles de Foucauld en el desierto del Sahara: «Gritar el Evangelio con la vida».

«AQUÍ NO VALEN LAS INVESTIDURAS»

En uno de los pocos textos suyos que se conocen, escribe: «Paoli me enseñó que si tu no eres amigo de estos hombres, tampoco tienes derecho a ser su sacerdote. Aquí no valen las investiduras o nombramientos de obispos para presentarte a los feligreses de una parroquia, ni los proyectos de obras o construcciones para entrar en el barrio. Aquí la amistad es la única puerta que Dios te abre… Por eso quiero ser como uno de ellos, para ellos, buscando con ellos y anunciando a ellos el Evangelio». El 19 de diciembre de 1973, después de largas colas y esperas interminables que duraron ocho meses, fue aceptado en la municipalidad de Capital Federal como barrendero y destinado al corralón de limpieza del barrio de Floresta. En aquel tiempo en la Capital había unos 13 mil obreros ocupados en la limpieza. Consiguió un conventillo para vivir junto con otro Hermanito, en la calle Malabia del barrio Palermo. Estaban vinculados con la Fraternidad de La Boca. De una habitación chiquita hicieron una capilla donde conservaban la Eucaristía y celebraban misa. En el trabajo, solo en un marco de amistad y confianza daban a conocer su identidad. Mauricio decía: «Somos realmente pobres porque somos trabajadores manuales anónimos, no porque hicimos opción de pobreza en una comunidad que lo tiene todo. Uno que trabaja de obrero dependiente, nunca va a ser rico». Además de trabajar en medio de la basura, participaba en las actividades del gremio con un compromiso claro de no asumir roles protagónicos, a pesar de la insistencia de los compañeros. No dejaba por la tarde y sobre todo por la noche de dedicar un tiempo largo a la misa y a la oración. Era una vida monótona y fatigosa: de lunes a sábado madrugar muy temprano para tomar el ómnibus, entrar a trabajar a las siete, acudir al corralón que estaba muy lejos, desayunar con mate cocido, tomar la carretilla con pala y escobillón y recoger la basura de la calle hasta la tarde.

Con el golpe militar empezó la represión contra todos los que luchaban en los gremios o al lado de los trabajadores, considerados como comunistas o «idiotas útiles del comunismo». Al poco tiempo ya se habían llevado a varios de sus compañeros de trabajo, pero él seguía yendo al trabajo consciente del peligro. Se había encomendado a las oraciones de las Hermanitas de Jesús. Escribe una compañera de trabajo, Marta Garaygochea: «Queríamos acompañar desde el Evangelio, pero siendo uno más en la masa. Una cosa que hablábamos seguido era la de no abandonar el país por nada. Si queríamos compartir la suerte con los demás barrenderos, ellos no tenían ni pasaporte, ni plata para bancarse. Así que íbamos a sufrir si nos tocaba. Sabíamos que se acercaba la hora. Eso era motivo de oración todos los días». En diciembre de 1976 Mauricio viajó a Cartagena de Indias para un encuentro de Fraternidades a nivel continental, donde se discutió la postura a tener frente a las dictaduras militares. Unos jóvenes impulsaban la idea de una opción político-partidaria. Mauricio prefirió optar por una postura evangélica y profética desde la vida religiosa. Nunca se asoció a los Curas del Tercer Mundo y menos a los grupos montoneros. Le insistieron que se quedara en Colombia o fuera a Venezuela. Al encontrarlo de vuelta en Argentina, Adolfo Pérez Esquivel le preguntó sobre las razones de su regreso. «Mi lugar es aquí. Tenemos que tener disponibilidad y acompañar a aquellos que más lo necesitan. No se van a fijar en una persona como yo que limpia la calle». No se sentía tan famoso como el Premio Nóbel argentino; era tan solo una semilla de trigo destinada a ser sepultada en el barro de la calle. Una de sus poesías habla de un «surco humilde y oscuro» y de «morir en soledad». Pérez Esquivel lo definió: «Un místico barriendo las calles y despertando conciencias». De lo que pasó después tenemos el relato de su superior mayor, cuando el peligro se hizo próximo.

¿COMO PUEDE SER QUE UN HOMBRE…?

El superior latinoamericano de la Fraternidad, en aquella época el p. Joao Cara, acompañó a Mauricio el 6 de junio de 1977 a ver al nuncio Pio Laghi; el secretario p. Kevin Mullen los tranquilizó diciendo que el gobierno militar se había comprometido a «no tocar los curas y religiosos». También el obispo Carlos Aramburu les aseguró que un general había ido a la asamblea de obispos para decirles que el gobierno no tenía nada en contra de curas y religiosos. El obispo, con su propia firma, extendió un documento de reconocimiento a Mauricio con la autorización de predicar y confesar. Cuando este fue secuestrado, llevaba ese documento encima; la policía sabía que se trataba de un sacerdote. El 14 de junio Mauricio salió temprano para ir al trabajo, después de rezar en la capilla con el p. Cara y haber leído y comentado el texto de la carta de san Pablo a Filemón. Esa misma mañana el p. Cara fue otra vez al nuncio y el secretario le aseguró que no se preveía ningún problema para Mauricio. De hecho Mauricio, nunca más volvió del trabajo. Esa misma tarde cuatro hombres armados se presentaron en la calle Malabia con las credenciales de la policía, allanaron por dos horas la casa y se llevaron todos los papeles de la Fraternidad. Relata también el p. Cara que en el arzobispado lo habían tranquilizado porque los militares no torturaban a nadie y un salesiano amigo de Mauricio, el obispo Mario Picchi , «actuó como si apenas lo hubiera conocido». Una vecina de la calle que él barría, declaró que por la mañana un Ford Falcon blanco se había detenido y Mauricio, que estaba trabajando, fue secuestrado por sus ocupantes. En setiembre el obispo Picchi se acordó de Mauricio e informó que estaba detenido en el cuartel militar de Campo de Mayo, a disposición de la Justicia militar y en condiciones físicas deplorables. Después, ya no hubo más noticias fidedignas. Al p. Cara los policías le habían preguntado con desconfianza: «¿Cómo puede ser que un hombre de tanto estudio como dicen ustedes, un sacerdote, se haya dedicado a una vida de barrendero?». Lo entendieron muy bien sus compañeros de trabajo que lograron que la Legislatura de Buenos Aires declarara el 14 de junio Día del Barrendero, en honor de Mauricio Silva. Uno de los miles de desaparecidos, cuyo recuerdo es imborrable.

MORIR EN SOLEDAD

«Señor, yo sé que Tú estás en la fe luminosa de una noche de estrellas,

de un día radiante de azul y de sol.

Yo sé que Tú estás en la espera gozosa de un niño que viene,

de una carta que llega, de un amigo que vuelve.

Tu estás, yo sé que Tú estás en el amor inmenso de unas manos que abrazan

y en el puro cariño del beso que une.

Mas también sé que estás en la fe desprovista y desnuda cuando un día

a otro día le cuenta su rutina de trabajo y pobreza

y mi alma se hunde en tiniebla total.

Yo sé que Tú estás cuando la esperanza es cuesta empinada,

la cumbre es incierta y las fuerzas muy pocas. Tú estás.

Yo sé que Tú estás cuando amar es un surco humilde y oscuro,

que reclama el grano para ser fecundo y morir en soledad.

Yo sé que Tú estás, Señor que te creo, Señor que te espero,

Señor que me amas. Yo sé que Tú estás».

Mauricio Silva

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