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Neoliberalismo, patrón de acumulación y crisis en México

Fuentes: Rebelión

El neoliberalismo es un patrón de acumulación y reproducción de capital que garantiza altísima concentración y ganancias extraordinarias para sus fracciones clasistas dominantes. Lleva 31 años instalado en nuestro país de forma sistémica, es decir, operando en condiciones que requiere su funcionamiento al amparo de los intereses del gran capital nacional y extranjero. No es […]


El neoliberalismo es un patrón de acumulación y reproducción de capital que garantiza altísima concentración y ganancias extraordinarias para sus fracciones clasistas dominantes. Lleva 31 años instalado en nuestro país de forma sistémica, es decir, operando en condiciones que requiere su funcionamiento al amparo de los intereses del gran capital nacional y extranjero. No es sólo ya la mera aplicación coyuntural de políticas públicas por parte del gobierno mexicano, como pudo haber sido en el período anterior, es decir, en el de mayor expansión de la economía mexicana que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial (1950-1982), pero de manera particular, durante la década de los setenta del siglo pasado en que efectivamente se pusieron en práctica determinadas políticas neoliberales al amparo de los compromisos o, en aquel tiempo, de las llamadas cartas de intención que el gobierno de Luis Echeverría firmó con el Fondo Monetario Internacional (FMI). A partir de 1982, esas políticas comienzan a operar de manera estructural y sistémica en los procesos de trabajo, de reproducción y de valorización del capital y en las esferas distributivas y de los mercados, tendientes a garantizar las condiciones de producción de plusvalía y de ganancias, particularmente extraordinarias, para los grandes capitales hegemónicos (tanto nacionales como extranjeros) que operan en el país y que en la actualidad están todos articulados en lo que denominamos: capital ficticio, es decir, todo aquel capital que básicamente se concentra en las bolsas de valores, en los bancos, en títulos de propiedad, bonos gubernamentales, fondos de inversión. En una palabra, en instrumentos que por su naturaleza no se convierten en elementos del capital productivo (fuerza de trabajo, materias primas, máquinas e instrumentos de trabajo) que es el que genera la plusvalía, aquí y en China, y que se apropian los capitalistas de forma sistemática para garantizar su reproducción ampliada.

El problema es que en México esta realidad se convirtió en dominante y en ella se incubaron todas las políticas económicas implementadas por el Estado y el capital nacional e internacional desde principios de la década de los ochenta del siglo pasado prácticamente hasta la actualidad.

Los últimos gobiernos panistas (2000-2013), y el actual de naturaleza priísta, encabezado por el reciente de Peña Nieto, no han hecho otra cosa más que profundizar dicho patrón de acumulación aun a costa de ensanchar la miseria, el desempleo, de una informalidad rampante que ya cubre un espectro poblacional de cerca de 30 millones de personas en el país y de una extendida e intensificada violencia e inseguridad que prácticamente permea todos los espacios y rincones vitales de la vida de la sociedad mexicana, y ante lo cual, obviamente, el gobierno calderonista más que resolver, no hizo otra cosa que dejar un saldo que, en la estimación más optimista, durante su sexenio (2006 -2012) dejó más de 100 mil muertos entre los que figuran miembros de la sociedad civil y una secuela de pobreza, marginación social, carestía de la vida, desempleo y precariedad social, problemas de inseguridad y mayor dependencia estructural, de manera particular, con el ciclo de la economía norteamericana, la cual prácticamente gobierna el ciclo del capital de la economía dependiente y subdesarrollada de nuestro país.

Desde un principio el neoliberalismo se propuso como meta estratégica alcanzar la «estabilidad macroeconómica», controlar la inflación, destrabar el libre funcionamiento de las (mal) llamadas fuerzas del mercado y realizar la «apertura de la economía» al exterior, es decir, al mercado mundial e institucionalizar estos cambios a través de lo que los neoliberales llaman «reformas estructurales» en materia social (básicamente con recortes al gasto público en salud, educación, ayuda alimentaria, reducción de subsidios o anulación de los recursos destinados al consumo popular); hacendaria, mediante el incremento de los impuestos como el IVA; fiscal, para favorecer los intereses de los grupos hegemónicos que operan el capital ficticio; modificaciones constitucionales para la libre operación en el país del capital internacional privilegiadamente de los grupos trasnacionales del capital español y norteamericano. Por último, debemos mencionar la reciente implementación de la «reforma laboral» de corte neoliberal, flexibilizante y con un profundo contenido de precariedad, que acaba de aprobar el actual gobierno peñista con el beneplácito de los partidos políticos que constituyen la partidocracia del país que se enmarca en los intereses estratégicos del Estado capitalista mexicano.

Vale señalar de pasada que, entre otras medidas introducidas en esta reforma que afectan profundamente al mundo del trabajo, figuran el derecho del patrón de contratar y despedir libremente a los trabajadores flexibilizando los juicios y reduciéndolos, en todo caso, a una duración de no más de un año para que, en caso de ganar, el trabajador tenga derecho a una indemnización; la introducción y legalización del precarizante outsourcing, la legalización de la temporalidad en las relaciones laborales, el pago por horas y fraccionado de acuerdo con las horas efectivas trabajadas en la jornada laboral, los contratos a prueba que al cabo de algún tiempo permiten al patrón despedir a los becarios si así conviene a sus intereses, y otro conjunto de medidas lesivas para los trabajadores y para el derecho del trabajo en general que lo convierten en la mejor reencarnación del «derecho» al trabajo vigente durante las primeras etapas de la revolución industrial del siglo XIX.

Volviendo a las repercusiones de los objetivos estratégicos del neoliberalismo, lo que nos interesa destacar es el hecho de que durante toda su vigencia, el patrón de acumulación dependiente neoliberal mexicano ha sido extremadamente contractivo, es decir, ha acusado sistemáticamente una tasa promedio agregada de crecimiento económico inferior a 3%, lo que resulta completamente insuficiente, siquiera, para subvenir las mínimas necesidades anuales de creación de empleos productivos en el orden de 1 millón 200 mil puestos requeridos para satisfacer la demanda derivada de la naturaleza poblacional en general y, en particular, de la población económicamente activa del país, que en estos momentos alcanza alrededor de 50 millones de habitantes de una población total de 115 millones en 2012, sin contar los 12 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. A modo de ilustración al respecto basta señalar que, según cifras oficiales, durante el sexenio calderonista solamente se crearon 400 mil puestos de trabajo al año, es decir, 2 millones 400 mil, por lo que durante todo el periodo se generó un déficit en la creación de empleos de 4 millones 800 mil, y eso sin considerar el dato del contenido de dichos empleos ya que más de la mitad de los mismos son de naturaleza precaria, es decir, temporales y sin derechos laborales y sociales o de plano muy por debajo de las condiciones que marca la legislación laboral vigente.

Simplemente comparando el patrón capitalista de reproducción de capital anterior, es decir, el que despegó en el periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial hasta finales de la década de los setenta y cuya tasa de crecimiento económico en promedio fue poco menor a 7%, la del patrón neoliberal permanece por debajo de la mitad de ese promedio, lo que nos permite concluir que dicho patrón es extremadamente parasitario y tiende sistemáticamente a una situación de (cuasi) estancamiento económico; es decir, crece, pero lo hace marginalmente, como un corredor que a partir de la mitad de la carrera sigue corriendo pero con una velocidad cada vez menor.

Lo interesante de esta tesis, constatable empíricamente pero que por razones de espacio aquí no vamos a realizar, es que son pocos los autores que se hacen las siguientes preguntas, por lo menos 2: ¿a quién conviene un sistema que crece poco o no crece?, y, 2: ¿quiénes son los ganadores y los perdedores de tal situación?

De los pocos trabajos que se ocupan de este asunto figura del libro de José Valenzuela (Estancamiento y crisis en el México neoliberal, Universidad Autónoma de Chapingo, México, 2007) donde destaca los pormenores de éstos puntos. Al respecto, nos dice que el patrón parasitario de acumulación dependiente de capital beneficia fundamentalmente a las fracciones burguesas enclavadas en el gran capital dinero de préstamo, o capital bancario y financiero. En segundo lugar, figuran las fracciones del gran capital monopólico industrial y, por último, las correspondientes al capital monopólico extranjero fusionado en la industria y en los negocios financieros donde operan regularmente de manera hegemónica las empresas trasnacionales del capital norteamericano. Concluye el autor, son estas las fracciones clasistas beneficiarias del patrón neoliberal, y constituyen el bloque hegemónico del poder político que permea el conjunto de los ciclos de capital en nuestro país, al mismo tiempo que determina el curso de las políticas económicas que diseña e implementa el Estado.

En cuanto a las clases y fracciones de clase que resultan perjudicadas por las dinámicas y efectos de funcionamiento del capitalismo dependiente neoliberal, están todos los miembros del proletariado industrial, algunos sectores de la llamada burguesía industrial -sobre todo aquéllos que poseen negocios pequeños o de la microempresa- y obviamente la mayoría de la población que no tiene otro remedio más que soportar sus penurias y necesidades que provocan las políticas capitalistas mediante la informalidad o realizando cualquier otra actividad, lícita o ilícita, para sobrevivir.

En estas condiciones funciona el neoliberalismo rampante premiando a los poderosos y castigando a los explotados y oprimidos, quienes conforman la mayoría de la población, y tienen que aceptar la imposición de las políticas antiinflacionarias, el incremento de los impuestos, de los precios de los artículos de primera necesidad y las políticas represivas y constrictivas en materia civil, laboral y penal.

Cambiar esta situación corresponde a todos los sectores explotados y sometidos al imperio del patrón de acumulación capitalista neoliberal, y no solamente a los partidos y burocracias políticas que se atribuyen el derecho de su representatividad, la cual es sólo formal pero efectiva para legitimar el buen funcionamiento del modelo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.