La del título es una de las frases más escuchadas en la Argentina de estos tiempos. Oficia como respuesta o comentario a las más variadas cuestiones.
Es el señalamiento de la falta de alternativas, de la carencia de una posibilidad de cambio. O tal vez de la imposibilidad hasta de pensarla. Se la usa en las circunstancias más disímiles. Ante un aumento en el precio del transporte o la demora para obtener un turno médico. Hasta a la hora de quejarse por las elevadas temperaturas. Hay que esperar, aguantar, “no queda otra”.
Vivimos tiempos de “normalización” de situaciones injustas, de atropellos que, como mínimo, deberían ser encarados en tanto anomalías a erradicar cuanto antes. Allí anida otra frase de sentido convergente con la del “no queda”. Nos referimos a “es lo que hay”.
Así, un “hay” que no remite a orígenes ni a motivos, ni a perspectivas de que sea de otro modo. Parece natural, inamovible. Hay que contar con eso, por malo que sea. Padecerlo en silencio. Paliar en algo sus efectos negativos, a lo sumo y si es que se puede.
Vivimos un momento atravesado por cierto fatalismo. Y por una conformidad resignada, reacia a cualquier apuesta de transformación. La sociedad argentina viene de una retahíla de sufrimientos y fracasos extendidos por varios años.
Se experimentan sus efectos con poca disposición a buscar el ¿Qué hacer? A la hora de pensar en responsables se opta por el simplismo, a menudo inducido por medios y redes. “Los políticos”, “los argentinos somos así”.
Vivimos tiempos de temores; racionales y de los otros, de enojos a menudo desenfocados y sin destino. De un descreimiento extendido en exceso, que no confía en modificar el rumbo. Y a menudo tampoco en la comprensión reflexiva de lo que ocurre.
El actual gobierno prosigue mientras tanto con su política de reestructuración y disciplinamiento social. Para su éxito confía en la velocidad de sus decisiones y acciones y en la carencia de oposiciones eficaces.
Sabe que cuenta con el auspicio de los grandes capitalistas que actúan en el país. Y también con el decidido sostén del amo del Norte, corporizado en su colega Donald Trump y sus diligentes secretarios.
Al poder real le interesa que la “otra” sea vista como “comunismo”, “populismo”, “estatismo”. Términos vinculados a confusos e intercambiables significados que tienen en común invocar a un mal a evitar o superar. Ideologías y prácticas ajenas a los “argentinos de bien”. De quienes se espera la admiración ilimitada hacia los ricos y la solidez de convicciones reaccionarias no sujetas a examen ni razonamiento.
Amplios sectores de la sociedad argentina han buscado una ruptura con el pasado, un alejamiento de todos los viejos partidos y de su forma de ejercer la política. Un enojo generalizado que reverberaba en cierto extravío.
Un problema indudable es que ese quiebre no está acompañado con una apuesta de futuro. Ni despertó reparos poderosos hacia la ideología de extrema derecha de Javier Milei, hoy votado y vuelto a votar.
Tal vez “no queda otra” aflora hoy con más fuerza cuando las expectativas que despertó el “león” tienden a diluirse. La ira no ha traído cambios ni mejoras. Apenas el alejamiento del fantasma de la hiperinflación. A costa de disminución de poder adquisitivo y consiguiente pérdida de capacidad de consumo, endeudamiento, temor a la pérdida del trabajo.
No son resultados colaterales, son objetivos de una política.
El arriba y el abajo.
Es cierto que el “no queda otra” se ha esparcido por abajo. Pero se lo construye día a día desde arriba. Las elites políticas y sindicales no le ponen el cuerpo con seriedad y firmeza a las políticas del gobierno. Prefieren la discusión de detalles, los acuerdos a cambio de compensaciones menores. El PJ parece estar en otra cosa. Los gobernadores sólo atienden al juego provincial mientras respaldan el juego del gran capital.
La CGT ha extraviado a voluntad el camino hacia las medidas de fuerza. A lo sumo algún documento “crítico”. Y entrevistas con legisladores para convencerlos de ya no se sabe bien qué en torno a la reforma laboral.
Esa atonía de quienes debieran ser opositores contribuye a la aceptación de que “es lo que hay”. Es cierto que son muchas y muchos los trabajadores, pobres y “clasemedieros” en apuros que hacen su parte. Ocurre al aferrarse a la esperanza de que este es un tiempo de sacrificio que pasará y después vendrá una mejoría.
En el medio se presta menos o ninguna atención a que se destruyen políticas de salud, de ciencia y tecnología, de cultura, de igualdad de género, de derechos humanos. Tampoco conmueve del todo el paso de una reforma que confiere a los patrones plena potestad para disponer de jornada laboral y vacaciones, que restringe la vigencia de los convenios colectivos de trabajo y reduce al mínimo el derecho de huelga.
Desde el poder aprovechan para la expansión de la idea de que es hora para la renuncia de ciertas “ilusiones”. La de trabajadores con empleo estable y salarios aceptables más o menos asegurados, la de la posibilidad de movilidad social ascendente, la de capas medias amplias y con un margen de bienestar.
Se apuesta a la generalización de la creencia de que “no queda otra” que la aceptación de la pobreza masiva, el trabajo inseguro y precario, la educación y la salud pública devastadas. Que el Estado no atienda las necesidades existentes y los servicios privados obtengan ganancias a costa de quienes sí pueden pagar.
Sabemos que, con algún corcoveo, hasta los “opositores” abrevan hoy en que no hay otra, e imparten la resignación a que no cabe otra posibilidad que la administración más o menos “prolija” y “moderada” del desastre existente.
La organización y la movilización popular tienen la palabra a la hora de reinstaurar la noción de que existen mejores posibilidades. Y la muestra de que en la sociedad argentina anidan voluntades poderosas contrarias a los intereses del gran capital.
Se trata de resistencia claro. No alcanza. También de propuestas audaces hacia la igualdad y justicia. Que dejen de lado las menguadas expectativas de “derrame” de la ganancia capitalista.
Y reinstauren las esperanzas verdaderas de poner fin al reinado destructor y mezquino de las minorías ricas. Hacia la hora de la verdadera democracia desde abajo y de un orden social y económico regido por valores y bienes comunes y no por las ganancias mercantiles.
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