El manifiesto de Palantir ha desatado ríos de tinta indignada, ríos embarrados de una retórica donde la crítica se enfanga en los conflictos de siempre: guerra, supremacismo, nacionalismo, elitismo, capitalismo. Pero el manifiesto de Palantir no manifiesta únicamente la desfachatez tecno-capitalista que muchos le atribuyen, manifiesta de forma transparente una verdad difícil de asumir en nuestras sociedades tecnoccidentales, que la tecnología es ideología, que la tecnología es dominación, que la tecnología es poder. La tecnología no es el medio para acumular capital, la tecnología no es un medio para sofisticar la guerra, ni es un medio para controlar y vigilar; más bien al contrario, el capital es el medio para generar más tecnología, la guerra es el medio en el que la tecnología se expande, el control y la vigilancia son medios para eliminar cualquier resistencia al desarrollo de la tecnología. Por eso, para Palantir, el hard power es literalmente software, la dominación tecno-digital es medio y fin al mismo tiempo.
Si hoy, en el corazón de Tecnoccidente, se ha optado por mostrar a las claras que la tecnología es la solución a todos sus problemas, y, por tanto, que su desarrollo es un fin en sí mismo, aquellos que no comulgamos con la idiosincrasia tecnoccidental deberíamos, de una vez por todas, asumir hasta sus últimas consecuencias que el problema es la tecnología en tanto sistema total de mediación y dominio. Creo que solo de este modo la reactiva indignación moralista de algunos críticos podrá trocarse en una verdadera aceptación del reto que supone pensar el mundo tecnototalitario que viene.
¿Qué indignada sorpresa puede haber en la proclama de que Silicon Valley quiera participar en la defensa de EEUU? Silicon Valley no hace más que asumir el destino manifiesto de nuestro tiempo: que la tecnología, y no las empresas, que los ingenieros, y no los capitalistas, ejerzan el poder de manera total. Lo importante en este escenario no son por tanto (únicamente) las empresas y el capital, sino (sobre todo) la tecnología como poder material e ideológico. Ya perdonarán si me repito, pero pocas veces los acontecimientos le dan a uno la razón, y por tanto la oportunidad de redundar legítimamente en sus planteamientos. En febrero de 2025 escribí lo que sigue: «debemos invertir el diagnóstico y sostener que no es el proyecto capitalista de acumulación infinita el que estimula el desarrollo tecnológico, sino que es el proyecto de dominación tecnológica el que alumbra la posibilidad del capitalismo«. En aquel artículo explicaba que, para la gran mayoría de las personas ancladas a la lógica de que el capital es el motor de la historia, la tecnología solo es el modo a través del cual se ejerce el poder necesario para seguir acumulando riquezas, pero que gracias a Elon Musk se evidenciaba la preeminencia del dominio tecnológico sobre la acumulación. A mi juicio, la voluntad de dominación de la realidad es siempre más profunda que la mera voluntad de acumulación económica; y hoy, cuando Palantir elogia explícitamente a Elon Musk y a quienes no se limitan a «enriquecerse», sino que construyen “allí donde el mercado no ha actuado”, esa tesis Tecnoccidental queda empíricamente confirmada.
«La cultura casi se burla del interés de Musk por el gran relato», dicen. Y dicen bien… pues hay una incapacidad, tenaz y absurda, de tomarse en serio lo que dicen los personajes tecnototalitarios. Como si solo hubiera ojos para señalar lo que hacen, pero no oídos para interpretar lo que dicen. «Más allá del mercado» lo que hay es ese “gran relato” – colonizar la Luna, Marte, desarrollar Inteligencia Artificial General, hibridar lo humano con la máquina – que alimenta nuestra historia y que algunos (pobres ilusos) ridiculizan. Palantir muestra a esos incrédulos cómo el relato, las creencias que les mueven, los proyectos que emprenden, son el verdadero combustible del nuevo orden mundial. ¿Por qué no asumir lo que a las claras nos están gritando: que quieren dominar, no solo acumular? Durante las décadas que nos separan de los totalitarismos del siglo XX, los personajes que querían dominar el mundo únicamente los encontrábamos en las películas, y esa costumbre de fabular la maldad total ha convertido la voluntad de dominio en una fábula, atrofiando nuestra capacidad para reconocerla cuando explota ante nuestros ojos y se proclama en nuestros oídos.
Durante todo este tiempo, nuestro único marco de referencia crítico eficaz ha sido la crítica materialista de la historia, que acertaba a desnaturalizar los rasgos pretendidamente esenciales del liberalismo – el individuo como fundamento de lo real, la propiedad privada como fundamento del individuo, la libertad y el egoísmo racional -. Con su fórmula magistral del capital, Marx explicaba la ley viva de la sociedad capitalista entendida como sociedad basada en el lucro: D-M-D´. El dinero (D) invertido en una mercancía (M) peculiar, la fuerza de trabajo del obrero explotado, genera más dinero o plusvalía (D´). Y en ese recorrido la tecnología, entendida como herramienta, no es más que un medio de producir más rápido más plusvalía. Pero si trascendemos el marco social, hacia un marco ecologista, y asumimos la tesis de que la tecnología es un sistema y no una herramienta, de que es la expresión más acabada del dominio occidental sobre la naturaleza en sus modalidades antropológica y ecológica, entonces la fórmula que subyace como ley viva de nuestra sociedad tecnocéntrica sería más bien: T-D-T´. La tecnología (T) reclama inversión de dinero (D), para generar más tecnología (T´). Y si nos ponemos más eco-materialistas todavía, podemos reformular una ley aún más explosiva: T-N-T´. La tecnología (T) reclama el dominio y la explotación de la Naturaleza (N), para generar plus-tecnología (T´). Esta es la ley Palantir, la ley OpenAI, la ley Microsoft, Apple, Meta, Amazon, Tesla, Space X… la ley tecnototalitaria por excelencia, la Ley de Silicio.
Y la ley dice así: la tecnología es una realidad que aspira a ser la totalidad, la respuesta a todo. Y en esta medida es también una enmienda a todo lo que no asuma su imposición. Cualquier resistencia antropo-ecológica será quebrantada, cualquier límite será transgredido. Poniendo como ejemplo la IA, si para desarrollarla es necesario secar ríos, perforar montañas, talar bosques, entonces Tecnoccidente secará ríos, perforará montañas y talará bosques. Si para alimentar a la IA es necesario expoliar el trabajo intelectual de seres humanos, explotar su privacidad y exprimir sus debilidades físicas y emocionales, entonces Tecnoccidente expoliará, explotará y debilitará.
Lo que implica esta perspectiva es sencillo, y con esto termino: si contraintuitivo es pensar en la tecnología como sistema y no como herramienta, contraintuitiva debe ser la forma de lucha que exige, la renuncia explícita como modo de acción revolucionaria… porque el hecho de que hayamos podido vivir sin IA hasta ahora certifica que podemos vivir sin ella desde ahora. La tecno-disidencia empieza cuando nos retiramos de todo dispositivo que nos reclama atención, vida y dependencia. Al igual que Gandhi, contra-intuitivamente, hizo una apuesta ganadora renunciando a la lucha armada en contra del imperialismo británico, quizás podamos aprender a ver en la renuncia tecno-digital un modo de revolucionar nuestras acciones cotidianas, nuestras relaciones comunitarias y nuestras reivindicaciones políticas, en contra del tecnototalitarismo tecnoccidental y su Ley de Silicio.
Álvaro San Román es investigador en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED.
Fuente: https://www.publico.es/opinion/columnas/palantir-ley-silicio-t-n-t.html


