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Por fin renunció Adorni: las políticas destructivas siguen

Fuentes: Huella del Sur

El jefe de gabinete abandonó su cargo después de casi cuatro meses de haberse convertido en un peso muerto cada vez más gravoso para el gobierno. Y en particular para el presidente y su hermana. Esperaron en vano que aminoraran las repercusiones del caso. Por el contrario fueron cada vez más ruidosas, ante la sobreabundancia de indicios de corrupción y la manifiesta incapacidad del funcionario para rebatirlas ni siquiera de modo parcial.

Quedará para la anécdota la especulación acerca de qué llevó a los hermanos Javier y Karina Milei a sostener a Manuel Adorni durante tanto tiempo y contra la opinión cada vez más generalizada de que había que desplazarlo; dentro del gobierno, entre los aliados y por supuesto desde la oposición.

Con el decurso del episodio del jefe de gabinete quedó reducida al ridículo la pretensión de que esta es una gestión comprometida en la lucha contra la corrupción. Menos todavía un gobierno para el cual la moral es una política de Estado, como se enfatizaba desde el oficialismo hasta hace muy poco.

Los hechos protagonizados por el funcionario renunciante tuvieron un sesgo ofensivo hacia ciudadanas y ciudadanos de a pie, en parte por su fuerte carga de ostentación. ¿Cómo puede caer que alguien gaste sólo en ropa de cama el equivalente a varios sueldos de un asalariado promedio? ¿O que se tome vacaciones en balneario de lujo y allí se aloje en un hotel con un precio que la inmensa mayoría de sus compatriotas no puede pagar ni en sueños?

Con mención destacada para sus novedosas adquisiciones inmobiliarias, con préstamos inexplicables y por importes sospechosos. A las que se sumó la fastuosa remodelación de su casa en un country. Por una cifra que duplica o triplica al valor íntegro de los departamentos y casas donde viven la mayoría de los argentinos “de a pie” que tienen la fortuna de ser propietarios de sus viviendas.

Todo se agravó ante las palmarias evidencias de que ese nivel de gastos no venía de un patrimonio obtenido con anterioridad a su ingreso a la función pública. Se hizo vox populi que su nivel de vida hasta su designación como vocero era modesto, si no precario.

El salto hacia arriba de su nivel de inversiones y consumo sólo podía explicarse por alguna modalidad de enriquecimiento ilícito a partir de su posición en el aparato estatal. Semana a semana, cuando no día por día, se sumaban revelaciones al respecto.

El puesto destacado de un hombre irrelevante.

Es sabido que el ex periodista económico nunca cumplió a cabalidad las funciones de ministro coordinador. Al frente de la conducción cotidiana del gobierno siempre estuvo la hermana del presidente. Quien además compartió con su hermano o directamente lo reemplazó en la toma de las decisiones más trascendentes.

Algunos asesores ocupaban también una posición más relevante. Adorni siguió más que nada como vocero, más allá del cargo formal que invistió apenas durante un poco más de medio año.

Nadie puede confundirlo con un cuadro de primera línea de La Libertad Avanza (LLA) y de la actual administración. Mucho menos de la derecha argentina en su conjunto. Su momento más rutilante fue como primero de la lista en las elecciones legislativas porteñas del año pasado. Antes de su aterrizaje en el gobierno era apenas un comentarista en algunos programas de televisión o radio, sin particular destaque.

Hasta su ingreso a la vocería no se le conocía ninguna militancia política ni experiencia siquiera mínima en el sector público. Era un completo desconocido para cualquiera que no fuera espectador habitual de alguno de los espacios mediáticos de los que formó parte.

Justo esa carencia de antecedentes y su falta de vínculos con cualquier figura de peso operó a favor de su designación en la jefatura de gabinete. Reemplazaba a Guillermo Francos, un político y funcionario conservador de segunda o tercera línea, pero el sí provisto de relaciones y hasta de ciertos impulsos de autonomía.

Los que disgustaron a los capitostes del gobierno que decidieron correrlo y reemplazarlo por un inexperto al que suponían la fidelidad inconmovible como principal virtud.

En su paso como funcionario levantó antipatías por su talante altanero y su tono sobrador. Causaron desagrado varias expresiones suyas, como cuando le dijo a un representante de El Destape que era “apenas un periodista”. Con la intención de taparle la boca en el mismo momento en el que éste preguntaba acerca de su sospechosa situación patrimonial.

No abandonó la petulancia, al contrario, cuando se vio atosigado por las numerosas denuncias en su contra. Hasta la tuvo para declararse evasor de impuestos durante años con la pretensión de que su conducta era la de “todos los argentinos”. Esas afirmaciones, en una entrevista de La Nación+ marcaron el sendero de su derrumbe final.

Esas torpezas y falta de sentido mínimo de la ubicación le acarrearon un desdén extendido. Se cuestionaba su ética, a veces sobre todo su carencia de habilidad y su “indigencia conceptual”. Expresión ingeniosa con la que Carlos Pagni caracterizó su manifiesta ineptitud para las responsabilidades que detentaba.

Fue “renunciado” al final, cuando parecía inminente su destitución por parte del Congreso Nacional, que tiene facultades para hacerlo, nunca utilizadas hasta ahora. En el ámbito parlamentario, los diputados de LLA dieron su descarriado aporte a la vergüenza colectiva cuando corearon en el recinto “Adorni no se va…” pocos días antes de su dimisión.

Un prohombre de “la trenza”.

Para reemplazarlo se convoca a Diego Santilli, hasta ahora ministro del Interior. Un cabal representante de “la casta”, ducho en todos los manejos y compadrazgos de la política que sirve a los poderes reales.

La que reparte prebendas mediante “trenzas” y acuerdos espurios. Se le reconocen variadas habilidades, entre ellas la de tener buen diálogo con los sectores más disímiles, con los gobernadores en lugar destacado. Y la sabiduría del sobrevuelo de las internas sin llevarse manchas en la ropa.

El discurso “anticasta”, que tanto le rindió a Milei cuando era aspirante a la presidencia y durante los primeros tiempos de su gestión queda hoy soterrado. Por el escándalo, por la obstinación que hubo en no adoptar medidas para aminorar sus efectos. Y por el cariz del reemplazante nombrado No le será sencillo rescatarlo y hacerlo jugar de nuevo en su favor.

La gestión queda golpeada, además, por la inútil y prolongada agonía después de las primeras noticias sobre los aviones incriminatorios. Todo condimentado por aceradas internas en torno al caso en el interior de LLA y del gobierno en general.

A Santilli le espera la tarea de recomponer la credibilidad del elenco de gobierno. De modo que desdibuje la opción de “mileísmo sin Milei” que pareció hacerse un lugar en las últimas semanas. Cuenta a su favor con que, a despecho de los sinsabores, y si confiamos en las encuestas, el presidente mantiene un nivel importante de imagen positiva e intención de voto.

La falencia de una oposición peronista carente de unidad, audacia y coherencia lo robustece. “Golpeado” no equivale a “roto” ni augura un ocaso final, al menos no con rapidez.

Siga, siga”, pese a todo.

La ofensiva antipopular y contraria a la soberanía nacional de los “libertarianos” continúa adelante a pesar del contraste en gran parte autoinfligido que ha experimentado. Allí protagonizan quienes sí son cuadros técnicos relevantes de la derecha argentina, como el titular de Economía Luis Caputo con su equipo. Y su colega de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger.

Algunos proyectos legislativos en avance son manifestaciones clarísimas de continuidad de la estrategia de reestructuración regresiva de la sociedad argentina. Tales como el conocido con la denominación de “defensa de la propiedad privada” y el apodado “super R.I.G.I”. O la nueva ley de sociedades que permite las empresas “no humanas”, configuradas por algoritmos.

Iniciativas como esta última remarcan la pretensión de experimento pionero que anima a algunos decisores e ideólogos gubernamentales.

Cuentan con el beneplácito de los grandes empresarios locales, de los tecnomagnates y fondos de inversión de escala global, del gobierno de EE.UU. y los organismos financieros internacionales. Hasta con la residencia en nuestro país del megaempresario Peter Thiele. El que reúne en su persona la convergencia entre la alta tecnología y el espíritu reaccionario en estado puro, orientado a la supresión de toda institucionalidad democrática.

Todas las propuestas están vertebradas por ventajas inusitadas para el gran capital, al que se le otorgan todo tipo de exenciones y prebendas tributarias y cambiarias. Y se le garantiza la mal llamada “seguridad jurídica”.

Se le levantan además restricciones para la inversión. Así éstas respondan a consideraciones tan básicas como la preservación de la soberanía territorial o de un mínimo cuidado ambiental.

La crisis en las instituciones de más de tres meses de duración tal vez ralentizó a esos proyectos de pretensión estratégica. No revirtió en cambio su marcha, ni siquiera los detuvo. Algunos recibieron ya el voto de una de las cámaras.

El oficialismo mal disimulado al que muchos y muchas periodistas insisten en llamar “oposición amigable”, sigue en pie. Todo indica que continuará dándole su respaldo.

El establishment económico y comunicacional seguirá otorgándole sustento a las orientaciones generales del gobierno, con las grandes líneas que la definen. Seguirá con las críticas a las formas o a detalles de sus políticas, sin apartarse del aplauso al mandatario y al rumbo principal de su gestión.

El que no fue su candidato favorito en 2023. Pero al que adhirió con entusiasmo en cuanto se convenció de que era un regalo del cielo a la hora del impulso sostenido y hasta el extremo del programa de máxima de “los dueños de la Argentina”.

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No hay elementos, por lo menos hasta ahora, para dar por muerto al gobierno. Tampoco para que se descuente su derrota electoral en 2027. Por empezar porque todavía no se perfilan rivales de fuste, con vocación y posibilidades efectivas de triunfo.

La agresión integral contra las condiciones de vida y de trabajo y los derechos de las mayorías populares seguirá en marcha. Lo mismo se sostendrá el fanatismo “libertariano” por la entrega de la sociedad al poder económico local y extranjero y a la mayor potencia mundial. Cuando más desbocada e irrestricta mejor.

Los próximos comicios presidenciales quedan demasiado lejos, si se los mira a la luz de los padecimientos populares. Los que están acompasados con el destrozo de la educación, la salud, la ciencia. Últimamente hasta del transporte público. Nada de eso se detendrá si quedamos librados a la lógica del enemigo.

Y aún si suponemos ya transitado el camino hasta las elecciones, es una hipótesis fuerte por no decir aventurada que éstas darán lugar a un cambio radical de rumbo. Así triunfe una fuerza de real o supuesta oposición.

La respuesta eficaz sólo puede estar en el despliegue de la imaginación popular. Si ésta se trasunta en autoorganización, conciencia firme de la necesidad de cambio y movilización masiva y articulada. Si esto se halla destinado a producirse o no es un interrogante a despejar. Mucho más importante que la suerte de cualquier funcionario o los efectos de las internas del gobierno.

Lo seguro es que no ocurrirá si quienes están convencidos de que las transformaciones radicales son imperiosas no trabajan de modo consecuente para que sobrevengan. Allí está el desafío fundamental.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.