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El espejismo de la nube

Por qué el «tecnofeudalismo» no ha destronado al capitalismo (ni a la diversidad del mundo)

Fuentes: Siwarmedia

En su constante evolución histórica, el capitalismo parece haber cruzado una frontera inédita que desafía nuestras categorías intelectuales más arraigadas. Durante siglos, el motor de este sistema fue la fábrica: el espacio físico donde se extraía plusvalía a través del trabajo asalariado y donde las tensiones de clase eran palpables en el hollín y las máquinas. Sin embargo, en los últimos años, una tesis atractiva ha ganado terreno en los debates de la izquierda global: el tecnofeudalismo. Popularizada por el economista Yanis Varoufakis, esta teoría sostiene que el capitalismo ha muerto a manos de un mutante más oscuro. Ya no seríamos explotados en el taller tradicional, sino expoliados a través de las redes sociales y el internet, convertidos en una masa amorfa de «siervos digitales» atrapados en una autoexplotación consentida y adictiva.

La hipótesis es seductora, casi mística. Nos describe como habitantes de una Matrix incorpórea gobernada por los nuevos señores de la nube —los magnates de Silicon Valley— quienes ya no acumulan ganancias por producir mercancías, sino que extraen rentas monopolísticas a través de algoritmos y macrodatos (big data). En este feudo virtual, cada click, cada publicación y cada destello de dopamina digital es empaquetado y monetizado. Bajo la ilusión de la conectividad y el emprendimiento, el propio individuo se transforma en su capataz. Sin embargo, cuando se rasga el velo fetichista de esta «inmaterialidad» digital, la teoría de Varoufakis revela sus propias e insalvables contradicciones. El tecnofeudalismo no es un sistema postcapitalista; es, en realidad, el capitalismo de siempre operando a su máxima potencia y sofisticación.

El primer gran punto ciego de la tesis neomedieval es de carácter estrictamente material. La «nube» no flota en el éter ni se sostiene sobre abstracciones informáticas; se asienta sobre una infraestructura física brutalmente capitalista. Para que un usuario pueda deslizar el dedo por la pantalla de su teléfono y generar los datos que alimentan al supuesto feudo, se requiere la extracción minera de litio y tierras raras en los territorios expoliados del Sur Global, el ensamblaje de microchips en megafábricas asiáticas bajo regímenes laborales draconianos, y el tendido de miles de kilómetros de cables de fibra óptica submarinos. Toda esa cadena global de suministros es capitalismo puro y duro, dependiente del trabajo asalariado y de la extracción de plusvalía tradicional. El feudo digital es, en realidad, un parásito altamente avanzado que colapsaría de inmediato si la base industrial que lo sostiene dejara de respirar.

Es aquí donde cobra una vigencia apabullante aquella célebre intuición que Karl Marx y Friedrich Engels plasmaron en el Manifiesto Comunista: «Todo lo sólido se desvanece en el aire». A menudo se utiliza esta frase para poetizar la velocidad del cambio tecnológico, pero su sentido original es profundamente desmitificador. Marx señalaba que el capital posee la capacidad destructiva de triturar sus propias mitologías e ilusiones sagradas para dejar la crudeza de las relaciones de producción al descubierto. Cuando el humo místico de Silicon Valley se disuelve en el aire, la supuesta inmaterialidad virtual se desvanece y el ser humano se ve obligado a «considerar serenamente sus condiciones de existencia». Al final del día, el siervo digital de Varoufakis necesita un salario real, obtenido en el mercado laboral tradicional, para poder comprar los productos que se anuncian en la red. Lo que experimentamos no es un retorno al medievo, sino la colonización capitalista definitiva: el sistema ha logrado mercantilizar el tiempo libre y el ocio, convirtiendo la vida cotidiana en tiempo de producción de valor.

Pero quizás la ausencia más sentida en el planteamiento de Varoufakis no sea económica, sino antropológica. Su análisis, marcadamente eurocéntrico y tecnocrático, asume que el triunfo de la globalización algorítmica es absoluto y homogéneo. La teoría del tecnofeudalismo sugiere implícitamente que la nube tiene el poder de vaciar las subjetividades humanas por igual, uniformizando el planeta en una sola cultura virtual y reduciendo a la humanidad a una masa dócil y atomizada tras las pantallas.

Esta perspectiva ignora la irreductible, compleja y heterogénea realidad del mundo. Las culturas y los pueblos no son recipientes pasivos de la tecnología. Fuera de las dinámicas de Silicon Valley, existe una matriz plural de cosmovisiones y memorias colectivas —como el universo andino-amazónico, mesomaericano, africano o de otra latitudes— arraigadas al territorio, a la presencialidad y a economías de reciprocidad que fracturan el solipsismo virtual de las plataformas. El mundo real sigue siendo inherentemente diverso.

Más aún, la historia de la cultura demuestra que las herramientas del dominador con frecuencia son hackeadas y subvertidas por la periferia. Frente al intento de homogeneización global de la sociedad virtual, la heterogeneidad responde mediante la apropiación. Comunidades locales, colectivos sociales y creadores independientes disputan hoy el sentido de la infraestructura técnica. No la utilizan para disolverse en la masa amorfa, sino como una trinchera para visibilizar sus lenguas, descentralizar el relato y potenciar un cine plural y disidente. La diversidad cultural es el límite real contra el que choca el fetiche de la uniformidad digital. El tecnofeudalismo, por tanto, yerra al dar por muerta la agencia política de la humanidad; la resistencia no ha desaparecido, simplemente se está reorganizando en los márgenes de una realidad que la nube nunca podrá codificar por completo.

La trinchera de lo diverso: Hacia una nueva geografía de la disputa

Por lo tanto, la fascinación teórica por el «tecnofeudalismo» o por un supuesto «neomedievo» es un lujo analítico que no nos podemos permitir. Inventar prefijos postcapitalistas para explicar las redes solo sirve para fetichizar la tecnología y difuminar las responsabilidades materiales. La brillante intuición de Marx sigue tan vigente hoy como en 1848 porque la inmaterialidad digital es solo la superficie, una pantalla de humo ideológica; al desvanecerse en el aire, lo que emerge de nuevo, con toda su terca e implacable crudeza, es la vieja, terca y material lucha de clases.

Sin embargo, para que esta constatación adquiera una auténtica potencia política en el siglo XXI, debe dejar de ser leída desde el reduccionismo fabril eurocéntrico. La lucha de clases actual ya no se juega únicamente en el binomio del obrero industrial y el burgués occidentales; hoy es inherentemente plural, heterogénea y descentrada. La verdadera disputa contra el capital globalizado se libra en la articulación de un frente diverso, donde el trabajador hiperprecarizado de las aplicaciones de reparto de una metrópolis comparte trinchera con el moderador de contenidos subcontratado en el Sur Global, y con las comunidades indígenas que defienden sus territorios de la minería extractivista que alimenta las baterías de Silicon Valley.

La gran derrota que intenta imponernos la sociedad virtual no es solo la extracción de nuestro tiempo, sino la homogeneización de nuestras conciencias y el desmantelamiento de nuestra capacidad organizativa. Al atomizarnos en las hipnóticas pantallas, el sistema pretende convertir la diversidad humana en una masa dócil de consumidores idénticos. Por eso, la defensa de la pluralidad cultural, la recuperación de la presencialidad comunitaria y la apropiación de las herramientas técnicas para narrar desde los márgenes —a través de un cine plural y de contranarrativas soberanas— no son meras expresiones de identidad folclórica; son actos de ofensiva geopolítica y cultural.

La resistencia actual no pasa por desconectarse del mundo, sino por hackear la ilusión de su uniformidad. Cuando los pueblos heterogéneos del planeta descubren que sus lenguas, sus memorias y sus cosmovisiones territoriales son incompatibles con el código cerrado del algoritmo, la Matrix digital se agrieta. La lucha de clases contemporánea es la rebelión de la realidad plural contra el simulacro de la nube. A la hora de la verdad, el poder político no reside en los servidores de los nuevos señores feudales, sino en la capacidad colectiva de recordar que la historia no la escriben las inteligencias artificiales, sino los cuerpos que habitan, trabajan, resisten y transforman la tierra.

 Fuente: https://siwarmedia.com/?p=3441

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.