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Deuda y FMI

Prestar plata no es el único negocio de los poderosos

Fuentes: Rebelión / CLAE

Analizar el tema de la deuda externa, el más urticante hoy en Argentina, incluye el volumen de la misma y cómo se llegó; su legalidad y legitimidad; su juego en la geopolítica mundial; las comisiones en disputa y qué pasa cuando los poderosos verifican que hay medios más eficaces para asegurarse más poder y mayores ganancias, porque prestar dinero no es su único negocio.

Con el paso del tiempo hemos ido aprendiendo que el sector financiero es el instrumento del poder que ocupa la punta de la pirámide de todo el sistema. Para darle vigencia y continuidad al mismo se integran esos poderes financieros con el imperio de los países centrales y la potencia empresarial de quienes están a la cabeza de los modos de acumulación económica de cada momento histórico.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) es una de las organizaciones promovidas por quienes se proclamaron ganadores en la Segunda Guerra Mundial. Argentina se incorporó en el año 1956, una vez producido el Golpe de Estado que expulsó a Perón del gobierno.

Tenía como destino mantener un equilibrio del sistema financiero y garantizar que sus Estados miembros cumplieran con los compromisos asumidos. Las cuotas que aporta cada Estado miembro y las diferentes modalidades de préstamos son algunos de sus instrumentos. Sus Informes, Recomendaciones y Visitas son utilizados para “guiar” las políticas económicas de sus países miembros hacia lo que se ha conocido como la ortodoxia económica.

El FMI, junto al Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio (OMC) son los pilares del funcionamiento de la economía mundial de mercado, esencia del capitalismo. La presencia de China, Rusia y otros países aliados o socialistas no ha modificado sustancialmente su función y enunciados iniciales. 

Volumen de la deuda y cómo llegó a tanto

La historia de las relaciones con el FMI es la historia de la Argentina después del derrocamiento de Perón en 1955. De ser un país acreedor del mundo pasó a ser deudor, y cada vez más importante. Su carácter de valioso productor de alimentos hacía de Argentina un país apetecible y con capacidad de pago.

Así surgió el Club de París (1956), con quienes Axel Kicillof –como Ministro de Economía de Cristina Fernández de Kirchner- arregló pagos que el país sigue realizando.

Así fue como el endeudamiento con países y privados fue creciendo, y fue con las dictaduras y el gobierno de Carlos Menem, cuando más creció. A medida que el país se hundía, la deuda subía.

La economía argentina se iba acomodando a las directivas (llamadas “condicionalidades”) del FMI. Según las reglas de juego que imponían, la deuda se iba incrementando por dos razones: decían que la capacidad de pago apenas alcanzaba para cubrir los intereses, y seguía el endeudamiento. De ese modo subían el monto de intereses y la deuda por capital.

En el medio, las negociaciones, canjes y/o arreglos no cambiaron esos mecanismos, ni el endeudamiento, ni la creciente caída de la economía. Casi toda la historia parece señalada por aquel primer crédito tomado por Bernardino Rivadavia (1824) por el que el país pagó 6,84 veces el valor de lo prestado.  

El último y estrafalario crédito fue el del gobierno de Donald Trump para su “amigo” Mauricio Macri por el insensato monto de 57 mil millones de dólares. El mismo representaba más del 50% de la cartera de préstamos del FMI. Sus razones tienen dos caras: el obvio apoyo a un fuerte aliado (reconocido por el propio Macri) y las consabidas comisiones de beneficio mutuo (para los intervinientes)

Legitimidad y legalidad de la deuda

Esta cuestión, con toda la gravedad que encierra, es una de las más sencillas de resolver. Sobre su legitimidad está vinculada a una cuestión de ética pública de acreedores y deudores. En ese sentido la evolución del país en estos largos décadas y su situación actual no demanda mayores explicaciones: resulta un argumento irrebatible por el retroceso del país y la dramática situación de más de un 40% de la población que está bajo el nivel de pobreza.

Que más del 60% de  los jóvenes esté sumido en tal pobreza no es dato menor que ilumina  las perspectivas del futuro, un argumento suficiente para analizar la legitimidad de estas políticas, que incluyen constantes endeudamientos.

En cuanto a su legalidad ya ha sido largamente cuestionada. Cientos de miles de argentinos lo han expresado, reiteradamente, en las calles. Investigaciones universitarias y de otros ámbitos académicos han ratificado esa ilegalidad.

Pero también hubo decisiones judiciales, como el fallo del Juez Federal Jorge Ballesteros, declarando a esa deuda como ilegal y fraudulenta (año 2000). El Juez remitió al Parlamento su decisión, pero ésta duerme en el cajón que guarda las complicidades de esa institución.

No es menor la importancia del compromiso asumido por el Presidente Adolfo Rodríguez Saa, ante la Asamblea Legislativa (año 2001) en el sentido de suspender los pagos hasta que se determinara lo realmente adeudado. Por último el despliegue de argumentos en torno al concepto de “deuda odiosa” cuando fuera contraída contra los intereses de la población de un país y con el conocimiento del acreedor.

Una investigación publicada esta semana, en la que participa un ex funcionario del FMI, reconoce que tales créditos fueron hechos por fuera de las propias normas orgánicas de la institución multiestatal y es por ello que consideran que dicho préstamos es nulo.

Como siempre, existe la posibilidad de remediar los “errores” pasados. En este caso ello sería posible mediante un referéndum vinculante donde el pueblo, recuperando la soberanía que otros ejercen en su nombre, decida sobre el destino de tales reclamos. Como siempre el problema de fondo sigue estando en la escasa o nula voluntad política de los distintos elencos gobernantes.

Esta cuestión reconoce diferentes tipos de miradas. Una, atendiendo a las políticas chinas de avanzar en su confrontación con los EEUU. En este sentido y teniendo presente que el FMI es reconocido como un organismo en cuya creación y continuidad ese país tiene la voz cantante, sería una buena oportunidad para que China manifieste su política contraria a la que viene siguiendo esa entidad.

La otra percepción está referida a las relaciones entre los países poderosos y los más débiles. Desde este punto de vista, China está atendiendo a su juego que es transformarse en la referencia obligada del conjunto de la economía global y sus instituciones.

Por eso no parece que esté muy dispuesta a ponerse del lado de los más pobres  y deudores porque ello podría atentar contra sus intereses de más largo plazo. Recordemos que entre los países miembros del FMI, los aportes de China figuran en el tercer lugar, solo superados por EEUU y Japón.

 No es menos cierto que las comisiones en disputa son multimillonarias y su distribución legal y de la otra son motivo de largos y complejos debates.

Sin conocer los detalles, es difícil que esta cuestión no esté presente en las mesas de discusión.

Los poderosos tienen otros modos de asegurarse más ganancias y poder

Sobre este tema hay cuestiones que el tiempo ha probado y que responden a lógicas específicas. La primera es que el endeudamiento permite a los acreedores fortalecer su poder sobre los endeudados. Desde este punto de vista la deuda es un instrumento de la dependencia y sirve al objetivo de trasladar una parte de nuestra soberanía a los acreedores.    

Pero hay otro aspecto. Eso es así, siempre y cuando no demande una sangría a los acreedores o no tengan otros instrumentos a mano. Hasta ahora Argentina cumplió, con creces, los volúmenes de dinero que le fueron prestados.

Ya fue señalado que nuestra producción hacía de garante y así fue. Pero el excesivo endeudamiento lleva a cambiar la situación y la abultada deuda puede constituirse en un problema y riesgo para los acreedores. También para  para los argentinos. Es sabido que la economía se está ahogando en el mar de las deudas eternas. Ahora son los recursos naturales o bienes comunes (agua, tierra, minería) y nuestro territorio la mayor garantía de pago.

Así lo están promoviendo y ejecutando desde el mundo financiero. De ese modo construyen escollos a las perspectivas de futuro del país y a la soberanía sobre sus bienes comunes y el propio territorio, a cuyo desmembramiento apuesta más de una potencia.

En estos avances los países más poderosos han podido verificar el peso de la resistencia popular, tal como se pudo comprobar en la sureña provincia de Chubut, que puede llegar a hacer inviables sus planes.

A esos riesgos para los dueños del capital, se le agrega el peligro de explosiones sociales que cuestionen de un modo más definitivo esa estrategia.

Por eso y para asegurar la continuidad de la dominación les resulta necesario reducir riesgos y costos. Eso significa asegurar el cobro de sus reclamos y evitar una crisis que derive en un estallido.

Por otro lado, cada tanto reaparece en el debate la posibilidad de un Club de Países Deudores. En la década de los 80, en medio de una situación aún más generalizada, esa perspectiva estuvo en la mesa de decisiones de varios países, con México a la cabeza. Sobre las dimensiones y riesgos estratégicos de una medida de este tipo, para el sistema global, no quedan dudas.

Dos últimas reflexiones.

Una gira sobre la modalidad que discute el FMI con el gobierno argentino. El FMI pretende mayor severidad en el ajuste para que en un par de años las cuentas fiscales (ingresos y salidas) se equilibren y los pagos queden asegurados. El gobierno argentino quiere llevar esos plazos a tiempos inciertos, dentro de varios años.

La otra reflexión gira en torno a la experiencia vivida entre el 2002 y el 2008. En ese período, después de los sucesos de diciembre del 2001 y la suspensión del pago de la deuda planteado por Rodríguez Saa, la economía argentina creció más del 50%, con un promedio anual del 8,5%.

Es obvio señalar que el no pago, durante una parte de ese período, hizo posible tal crecimiento, rifado en el altar del oportunismo, el asistencialismo y la ausencia de un proyecto superador de este modelo oligárquico antisocial y antipatriótico. Claro está que ello demanda decisión política y organización popular.

Juan Guahán. Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.