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Reflexiones acerca de la oposición en Bolivia

Fuentes: Rebelión

La mayoría manda en una familia y no lo que el más llorón decida aún cuando este sea el más mimado.

El poder de la mentira se ha puesto de guardia. Sus defensores están dispuestos a usar cualquier recurso-incluída su práctica implícita- para mantenerla viva y defender intereses que por lógica moral son indefendibles. El poder mediático se ha propuesto invadir abruptamente y sin permiso, cualquier medio capaz de transmitir sus «puntos de vista» a cuanta gente se pueda y sin escatimar recursos (económicos). Pasquines, «programas» radiales, páginas de internet y emisiones televisivas son la palestra impúdica en las cuales se han camuflado afanados en sus actitudes pusilánimes. De nada sirve el tratar de razonar porque el libreto que se les ha pasado ha sido ya memorizado y ni Kubrick podría deslavar cerebros calcinados con desperdicio cerebral. Las razones, las pruebas o la simple confrontación de ideas les es esquiva y prohibitiva porque ha sido tácitamente eliminada de la lista de posibilidades: no hay más verdad que la que poseen ellos.

Los puntos de vista de otros: jamás considerados, porque caen en el saco de la indiferencia. El autodenominarse culto delata su clara actitud de pazguatos hechos a los lúcidos pensadores del siglo 21. Transgresores de la hibris que condenan en los demás, cuyo menosprecio demuestran condenando la opinión de cualquier otro que aparente estar en su contra o que, por lo general -dada la lucidez del sentir de la mayoría- no comulga con ellos. Su actitud negativa es de evidente confrontación (con abierta beligerancia implícita) presentándose siempre y de manera invariable como las víctimas de una «guerra» declarada por un «gobierno autoritario». Todas las frases que esgrimen son las mismas. Las ideas repetidas hasta el cansancio y su intencionalidad evidente. Lo peor de todo es que no cesan de repetirlas. Pasquines (todos en general, los del oriente en particular) se empeñan en mostrar un choque de fuerzas: «el occidente contra el oriente», «los centralistas contra los autonomistas», «el progreso contra el retroceso», «la evolución contra la involución», etc., etc. Las acusaciones siguen y no parecen parar. Por el contrario, se muestra a los opositores como los «salvadores del país». Atalaya salvadora de nuestra dignidad nacional que «sufre las afrendas de un gobierno retrógrada». Para este tipo de «Miedos de Incomunicación», la oposición es un remanso de almas caritativas deseosas de hacer el bien y nada más que el bien, por el país y por todo el país, y «no sólo para los collas andinocentristas». El presidente siempre «los humilla», «los ataca», «los quiere controlar», «los odia», «odia a Santa Cruz», «se opone a que el país avance», «no entiende razones», etc., etc., etc., etc.

Para el oriente (es decir, para ellos mismos) -porque no miran para ninguna otra parte- lo que haga el Evo siempre estará mal hecho, porque «ese indio odia el progreso y tiene envidia de Santa Cruz». Además, «el Evo no se ocupa de solucionar los verdaderos problemas que hay en el país: desempleo, educación, salud». Para esos pasquines y pseudoperiodistas el Evo es más racista que los nazis. Para esos pseudopatriotas el Evo es un traicionero de la patria porque está en contra de ellos. Para esos pseudodefensores del país el Evo es un autoritario que aprendió las artimañas de su colega de La Habana ayudado por su yunta venezolana. Todos son igualitos: ¡comunistas!

Lo que esa oposición no quiere aceptar es que su visión está resultando más centralista que aquellos a quienes acusa de centralistas. Se atreven a «analizar» la realidad nacional ayudados de su realidad personal. Para ellos no existen los necesitados, a excepción de ellos mismos- si es que los hay. No aceptan voces disonantes y si las hay se encargan de hacerlas callar por medio del palo o la bala. Para esos «bolivianos de a de veras» no existe más racionalidad que la que dicta su consciencia. Una consciencia que no acepta el peso del desafío de un cambio que se está dando sin su ayuda. Esa oposición, que se repartía otrora el país usando prebendas, vericuetos legales-ilegales e influencias malhabidas para llegar al poder y encaramarse ahí con toda su prole, no existen contextos. Su contexto es su propia memoria trastocada al revés. Esa oposición, capaz de llevar al poder a la minoría (disfrazada de mayoría utilizando una particular forma de interpretación de lo que «el país en realidad ha elegido») o incluso colocar en la silla presidencial al tercero de una elección, se desgarra los vestidos, mientras sus panzotas regordetes brillan sin pudor (en una «huelga de hambre» simulada y teatralizada en el lugar apropiado), exigiendo que las minorías vuelvan al poder del cual lentamente dejan de medrar «por culpa del indio del Evo».

Esa oposición no ha sido capaz de entender que ahora la mayoría decide. Y como alguien antes dijo, no se puede decidir de acuerdo a una minoría, porque eso sería como haber perdido una elección siendo mayoría y resignarse a acatar lo que una minoría quiere: involución. Esa oposición se siente segura, eso es lo que muestra, y como defiende una mentira se asegura de confundir al pueblo, así su mentira «suena» a verdad. Los «Miedos de Incomunicación» entrevistan sólo a la oposición y si es el oficialismo el que habla, se encargan de que la edición haga que lo peor sea «retraducido» para la audiencia o los lectores, insultando a la inteligencia de sus lectores-oyentes-televidentes. Hay que aceptar, sin embargo, que más de una vez los del gobierno han sucumbido, solitos, a metidas de pata automáticas, provocadas por su propia inexperiencia para lidiar con sanguijuelas comunicacionales. Hay que aceptar, también, que la preparación de algunos representantes del gobierno hace aguas cuando se trata de poner claras sus políticas. Algo que, los «mass media» no perdonan y que, por supuesto, les genera más platita y puntos de bonificación con sus benefactores.

El poder está concentrado en pocas manos. Eso es aceptado a nivel mundial, comprobado por la ONU y certificado por su organismo de Desarrollo Humano en su reporte del pasado mes. La pobreza del sur contrastada con la riqueza del norte. Algo que el norte no se atreve a aceptar por no querer [sus gobiernos] asumir una posición contraria a lo que los hilos de sus mecenas económicos mandan. El dinero pasa fronteras, transgrede consciencias y lo mejor de todo: no requiere visado. Su contraparte, por el contrario sí lo hace atenazado a su esperanza, sobre la que los ricos pecan en Bolivia [y en el resto del «mundo libre»], de mejores días. La pobreza es culpa nuestra (obviamente, no de ellos), insiste la oposición, por lo que no presentan ninguna carga moral para desalojar a cuanta miseria humana se les oponga. «Debemos mirar hacia el futuro», dicen los moralistas, y mirar al futuro es mirar a EEUU. Ya que es sabido que el «Dictador de La Habana» o el «Negro Chávez» sólo traen malos presagios con sus [benditos] «planes de alfabetización», «carnetización», «operaciones milagro», y demás cuentitos comunistas.

Sin embargo, no todo es pesimismo. El gobierno del «indio Evo» ha logrado lo que ningún otro presidente había hecho jamás por el país: ha puesto a Bolivia en el mapa. Bolivia existe y no parece que esté dispuesta a desaparecer, digan lo que digan los esbirros «derechistas» que en realidad son solamente molinos . Hay gente dispuesta a luchar, no usando violencia, sino la razón para hacer que el país crezca. Se trata de hacer desaparecer el modelo clásico de hacer política en Bolivia acuñado por el último representante de la vieja guardia «nacionalista» y teorizado por Zizek: la política es el arte de lo imposible. Esa era la política del país durante toda su historia. Beneficiando a pocos, desvalijando al resto. Fabricando carne india de cañón. Dando palo a esos mismo indios, a la carne que sobrevivió al cañón rumiando su rabia justificada por su postergación. Esos indios tienen ahora el poder. Y los «culitos blancos» nos hablan de «perdonar lo que hicimos sin mirar al pasado pero vivir igualito sin cambios para vos y más renta para mí porque somos los que te alimentamos». Es bueno saber que a «esos indios de mierda» les queda aún dignidad suficiente para demostrar que a los «culitos blancos» (prósperos industriales) están equivocados y que finalmente la época de bonanza ilegalizada se les está acabando.

Y todo eso se lo debemos al indio del Evo, que con su mayoría en las elecciones (algo que parecen no terminar de entender los de la oposición) tiene el derecho y el deber de cumplir. La mayoría manda en una familia y no lo que el más llorón decida aún cuando este sea el más mimado. Eso queda claro en la mayoría de las familias, a excepción, parece, de los «señores» empresarios latifundistas de Bolivia. Ellos son una excepción (ya que usar la palabra raza sería desemascararse) a la imagen retrógrada que los pobres de Bolivia mostramos al mundo. Eso es lo que pregonan y parecen creerse. Pero lo mejor de todo es que sabemos que están equivocados y a este movimiento ya no se le puede parar porque viene con la fuerza de todos los siglos pasados y todas las esperanzas presentes.