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Rugby Fernet

Fuentes: Postperiodismo

El rugby es o debería ser un deporte de negros en la Argentina, mejor dicho de camisetas negras con el 10 al centro, como esa que trajo los otros días un mensaje de grandeza a propósito de Maradona, y no el recuerdo de las “camisas negras” fascistas que inspiran odio y violencia.

Una vez más, nuestro rugby vernáculo muestra esa contradicción aún blindada en un sistema de castas familiares que mantienen la primera división lejos de los pobres. De esto no toma nota la Unión Argentina de Rugby (UAR), a pesar de retar enérgicamente a tres integrantes de Los Pumas, a los que la naturaleza le resultó algo escasa en mater(i)a gris.

La respuesta institucional fue algo así como el reto de una abuelita que chochea con un: 

No vuelvas a hacer eso, feo, malo, y acordate que la próxima te quedás sin postre, acompañado de: 

Matera, Socino y Petti, vayan en penitencia al cuarto para pensar lo que hicieron y sin prender la play como lección. Sepan que la xenofobia es políticamente incorrecta, publicarla en Twitter está mal y borrarla peor.

La regulación en Argentina no permite el “derecho al olvido». Conocer cómo piensan los tres tristes pumas permite comprender parte de la cultura heredada de las islas británicas, con las trampas y reglas imperiales del Rugby School inglés, pero sin títulos de nobleza. Esos que no necesitaron Fiji, Tonga, Nueva Zelanda, Samoa, Australia (que sirvió de colonia penal) y Sudáfrica, que superaron las diferencias recién cuando Nelsón Mandela unió este último país con una pelota en el mundial 1995 y terminó definitivamente con el racismo institucionalizado.

Por eso, hoy el rugby también tiene un montón de putos lindos con los abdominales marcados (o no tanto), presidiarios en busca de una salida a la miseria del encierro, judíos acostumbrados al susurro “de mierda” en algunos partidos o jugadores tobas que la rompen en el Aborigen Rugby Club. Todos ellos eligen este deporte para ser mejores personas. Punto. 

Se trata de un juego que antes de los aminoácidos y la creatina sin límite integraba al gordo, al flaco, al alto y al petiso. Los formaba en equipo, los ponía en línea y de paso los convertía en grandes compañeros de vida; en particular, porque todas las primeras experiencias eran compartidas en las divisiones infantiles. El primer beso, terminar el secundario  o las vacaciones lejos de padres controladores.

Imágenes paganas

El ejemplo lo dieron los All Blacks dos veces. La imagen global en su tributo a Diego Maradona sobre el campo del Newcastle (Australia), el pasado 29 de noviembre y antes, en julio de 2019, cuando el equipo neozelandés visitó el Espacio Museo de la Memoria (ex ESMA) al enterarse de que la última dictadura dejó en el rugby la mayor cantidad de jugadores asesinados o desaparecidos.

Por entonces, Carola Ochoa había recorrido los clubes de todo el país, contrastando investigaciones propias con datos registrados en los informes de la Conadep, entre otras fuentes. La búsqueda, en la que Ochoa ya descubrió 157 casos, aún se realiza y puede verse en la página de Facebook, que va por el  V Torneo Nacional Homenaje a los Rugbiers Desaparecidos.

En esos feedback a los setenta la acompañaron Santiago Gomez Cora, el más destacado jugador de seven en la historia de Los Pumas y hoy entrenador de esa selección y Eliseo “Chapa” Branca, otro ex Puma que hizo prácticamente toda su carrera en el Club Atlético San Isidro (CASI). 

Una historia curiosa: Branca compartió cancha, vestuarios, salidas y entrenamientos con Alejandro Puccio, el tristemente célebre miembro del clan dedicado a los secuestros extorsivos, cuyo padre, Arquímedes, había sido integrante de Tacuara en tiempos de juventud y se presume que luego obró como esbirro de la Triple A. De esa matriz de terror salió el niño mimado por las elites sanisidrenses.

Antes del trabajo de Ochoa, la lista sumaba entre 20 y 35 jugadores desaparecidos. Una parte de la historia la cuenta el periodista Claudio Gómez en Maten al rugbier (Sudamericana, 2015). Allí aparece Jorge Moura, hermano de la voz líder del grupo platense Virus, la banda que revolucionó el post-punk de los ochenta, con su luna de miel en las manos o esas imágenes paganas que desnudan en sueños.

Federico muere en 1988 con la llamada “peste rosa”, nombrada así por la intolerancia de esa época, y Jorge es asesinado una década antes por integrar la insurgencia en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP).

Del libro de Gómez surge que el rugby tuvo militantes sociales y un montón de tipos buenos que no representan la ideología xenófoba y discriminatoria de Santiago Socino, Pablo Matera y Guido Petti, los referentes “pura sangre, never pony” de Los Pumas que invitan a este artículo. 

Por su parte, la UAR expresó su repudio tras conocerse las publicaciones borradas en Twitter por las figuras del seleccionado, pero nada dice sobre la urgente necesidad de democratizar un rugby, que sigue siendo para pocos, por ir en contra del mundo profesional y mantenerlo como una disciplina amateur en las ligas locales.

En otras palabras, los pobres sólo pueden practicar fútbol o box para consagrarse, porque nunca tendrán padres adinerados que los sostengan para mantenerse en primera. Conseguir un pase al exterior termina siendo una utopía hiper-centralizada en la UAR, y sus franquicias las únicas que permiten a los jugadores ser vistos y contratados en otros continentes.

“Te queremos Betún”

El capitán Matera se disculpó -luego de cerrar su cuenta para borrar rastros- sobre su odio a los bolivianos, paraguayos y otros “negros” (no de piel) sino culturales publicados allá por 2011. Cosas de chicos, dijeron algunas voces, sin atender a que eran mayores de edad y recibieron subsidios del Estado para entrenar.

Los más memoriosos podrán recordar que el padre de Guido Petti Pagadizábal -le ponemos doble apellido para que tenga más prosapia- fue tema de agenda del programa periodístico Zoo del fallecido Juan Castro (en abril de 2004). Por los noventa, Roberto Petti, era segunda línea del SIC, llegó a tocar el cielo de Los Pumas dos veces en un torneo Sudamericano de 1995, y terminó en la tele  por la presunta discriminación a un empleado con HIV, según las indagaciones de Castro. Pero esa es otra historia de la casta hereditaria rugbistica.

Guido pertenece a las camadas surgidas del Plan de Desarrollo de Alto Rendimiento (Pladar) de la UAR, lo cual destaca su calidad de juego. Lo que no se sabrá nunca es si un pibe de Formosa de origen Toba también cuenta con la mirada atenta de la institución para subsidiarlo en la alta competencia o si un judío de Hebraica que pinta bien, debe cambiar de club como condición necesaria para integrar el seleccionado local de Buenos Aires o Los Pumitas.

En otras palabras, el rugby argentino necesita más Chester Williams, como ocurrió en Sudáfrica (Springboks) para poner fin a un apartheid solapado que sigue dominando su conducción y así romper con su modelo feudal.

La única solución es que se transforme en una actividad rentada, le comentó Humberto Tumini a Alejandro Bercovich en Radio Con Vos, mientras era consultado por una marcha de Libres del Sur -una organización de origen cordobés que hace tiempo tomó distancia del kirchnerismo y la política orgánica en el Frente de Todos-.

No obstante la insistencia de Ale Berco por darle para que tenga al rugby, lo cierto es que Tumini, como ex rugbier, entregó una solución simple a los beneficios hereditarios del sistema cerrado en la UAR. Si le pagás a los jugadores, van a profesionalizarse los clubes pobres.

Tumini no es un santo ni un militante de la paz. Transitó por el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y largó la pelota por las matracas durante el terrorismo de Estado. Pero si te cae mal Tumini, no es el único ex rugbier que saltó a la política de base. 

El jujeño Carlos “El Perro” Santillán es otra figura entre los dirigentes sociales -ya retirada- que jugó a ese deporte y que Bercovich intenta entender sin éxito. No culpamos Berco quien, seguramente, no transitó el sacrificio ni el compromiso ni la resbalada en el barro para hacer un try.

Ezequiel Campa desde hace años viene caricaturizando todo lo malo del rugby con su personaje “Dicky del Solar”, que suma 140 mil suscriptores en Youtube. Los tuits de Matera superan la parodia del actor, pero lo cierto es que existe el rugby femenino con su liga, clubes diversos como el Huarpes (Mendoza) o Ciervos Pampas (CABA), con presidiarios como Los Espartanos -que cuando salen sólo reincide un 5% en algún delito frente a la estadística general del 65%-, y en Formosa el mencionado Aborigen Rugby Club.

La historia del club formoseño es testigo de la contradicción del rugby argentino y puede verse en el documental “La quimera de los héroes” (2003), donde su director Daniel Rosenfeld, cuenta como su fundador, Eduardo Rossi, resultó expulsado en los años ochenta del Stade Toulousain (Francia), por sus ideas racistas.

Rossi era fanático confeso del fascismo y de todo lo más conservador que Dicky del Solar jamás podría imaginar. Sin embargo, luego de visitar las ruinas del Holocausto nazi en Francia intentó redimirse, internándose en la selva junto a la cuenca del Río Pilcomayo, en 1993. El personaje no deja su cultura autoritaria porque se trata de una identidad partida de la que no puede escindirse, sino a través de la búsqueda por compartir lo que sabe como forma de autosuperación, con jugadores que entrenan sin zapatillas y sufren la discriminación de los pueblos originarios. Tampoco podrán hacerlo los tres jugadores aunque pidan disculpas. Son los “pura sangre” de Serfín Dengra, que él motivó y ahora se arrepiente.

Si es Branca, mejor

Por supuesto que existen eslabones perdidos que llegaron a Los Pumas por sus cualidades humanas además de las deportivas, como el mencionado Eliseo Branca, quien tras la circulación de los tuis xenófobos sostuvo que al capitán Matera hay que suspenderlo para siempre como medida ejemplificadora. No es otra locura del “Chapa”, sino el “buen sentido” que genera el amor por cualquier actividad que promueve la igualdad; en especial, si es de creación colectiva, como ocurre con el juego en equipo en base a una pelota que pasa de mano en mano. 

En abril de 2019, la Unión de Rugby de Australia canceló el contrato de su estrella, el fullback Israel Folau, por difundir comentarios homofóbicos en redes sociales. Perdió millones en un negocio equiparable al fútbol en nuestro país, pero ganó en la deconstrucción hacia una cultura pluralista.

Por lo pronto, nada de esto ocurrirá acá, porque la UAR ya se ha pronunciado con la candidez de los adolescentes: “La Unión Argentina de Rugby repudia enérgicamente los comentarios discriminatorios y xenófobos publicados por integrantes del plantel de Los Pumas en las redes sociales (…) Para dejar en un futuro incierto las sanciones, según resuelva la Comisión de Disciplina, esa que permite a clubes como CUBA que no deje entrar mujeres a su sede central.

De aquellos años noventa machirulos nos quedan esos memes del hoy arrepentido Serafín Dengra , que suenan algo así como una canción de Cacho Castaña mal sintonizada en la radio; pero también el contraste de Eliseo Branca, quien hoy entrena al Club Beromama, en González Catán, partido de La Matanza. Bien al otro lado de un San Isidro que cría pumas con privilegios de clase, y en donde los jugadores faltan a los partidos porque los sábados tienen que laburar.

Otro caso interesante es el Virreyes Rugby Club de San Fernando, bajo la conducción de Rodolfo O’Reilly o «Michingo», otro ex CASI y ex entrenador de Los Pumas que en 2002 abrió las fronteras del Zona Norte para que los pibes humildes tengan una oportunidad de salir de la periferia y que terminen con becas universitarias. Vale destacar que Virreyes llegó  a entregar 700 viandas en un sólo sábado bajo la emergencia por Covid-19.

Por su parte, la Sociedad Hebraica ya ofreció visitas al museo del Holocasuto para combatir con educación la ignorancia aprendida. Porque para democratizarse, el rugby necesita más fernet Branca y menos champagne, sino todo este debate será solo pura espuma para la gilada.

Este artículo lejos está de sumarse a una campaña anti-rugbistica. Todo lo contrario. Si la Unión Argentina de Rugby no estuvo a la altura de los homenajes a Maradona se trata de un debate menor. No obstante, sería una buena señal que el equipo de comunicación institucional de la UAR abra los micrófonos sin censuras. Nada de preguntas por escrito como es la costumbre ni su filtrado en la respuesta. Cosas de la democracia que deben incorporar los burócratas. Y lo más importante: darle una mirada federal, más inclusiva en un deporte que en Argentina cuenta con 528 clubes.

Fuente: http://postperiodismo.com.ar/2020/12/02/rugby-fernet/