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Una elegía revolucionaria

Sobre «El lado frío de la almohada» de Belén Gopegui

Fuentes: Rebelión

En una fortaleza asediada toda disidencia es traiciónIgnacio de Loyola Empecemos por el principio, por el envoltorio. La fotografía de la autora que aparece en el libro impresiona un poco. Es grande, quizá algo desproporcionada. Destaca la determinación de la mirada captada por Santiago Ojeda. Alguien que observa el mundo con tal intensidad y que […]

En una fortaleza asediada toda disidencia es traición
Ignacio de Loyola

Empecemos por el principio, por el envoltorio. La fotografía de la autora que aparece en el libro impresiona un poco. Es grande, quizá algo desproporcionada. Destaca la determinación de la mirada captada por Santiago Ojeda. Alguien que observa el mundo con tal intensidad y que interpela al lector con semejante valentía no puede (no debe) engañar. Y si lo hace, será para siempre. Como los agentes secretos, como lo haría, sin pestañear, un miembro de la Seguridad Nacional: personajes, todos, de una imaginaria Orquesta roja. Este comentario empieza con una fotografía y se extenderá a través de un territorio real, emocional y político -el cubano- donde algunas miradas piensan todavía en la conquista del aire (un aire de materia, si se admite la expresión) y de la realidad. En el estado de mercado, última evolución del capitalismo tecnológico-militar, la libertad nunca ha existido y la dignidad -vendida cada mañana- es sólo un vestigio arqueológico. El resto es silencio. O cinismo.

La novela en cuestión, El lado frío de la almohada, habla de Cuba, de su pasado y su futuro político, de una breve isla alargada que, en medio de ninguna parte y demasiado cerca de EE.UU., eligió desde 1959 combatir -pese a las dificultades y los errores, pese a los contratiempos y los abandonos- las formas tradicionales (históricas) de explotación. Y eso, en tiempos ciegos al pensamiento y a la acción colectiva, merece ya singular atención. Pero no es sólo eso. Gopegui ha escrito una novela que sitúa a la revolución y a su (in)cierto futuro en el centro de la línea argumental, línea de fuga mortal en el caso de algún personaje, con una prosa limpia -clara y distinta decía Descartes- que interroga al lector, le interpela en cada página, obligándole a reflexionar, a tomar una posición concreta sobre su propia condición individual y social, sobre el mundo, sobre los logros amenazados con fuerza de huracán por Helms y por Burton. Por tantos Helms y Burton como andan, asilvestrados, por la violenta geografía universal del imperialismo. Basta encender la televisión, la radio u hojear un periódico: el socialismo cubano les incomoda. Mientras persista, mientras persevere en su identidad revolucionaria pese a las evidentes dificultades que esa actitud conlleva, será un espejo donde el capitalismo aparecerá, por oposición, con su rostro más avieso y cruel. Incluso una novela sobre esta cuestión les incomoda. Avanti.

Pero la controversia ideológica que genera el texto y por extensión el socialismo cubano -sin escupir al estilo de la ex-progre Sra. Montero en su zafio e ignorante comentario en El País– no es suficiente argumento para calificar la novela. Es necesario profundizar más, ahondar en los problemas -resueltos no sin cierta complicación formal- que el libro plantea. Poco importa que la realidad supere a la ficción o al revés. La novela, o como se quiera llamar a este sutil y definitivo ejercicio de realismo que ha elegido Gopegui para expresarse, pone sobre la mesa -sin vestidos ni adornos florales- una parte sustancial, definitiva, de la conciencia política (determinada) de infinidad de personas interrogando, sin tapujos, sobre el sentido de la política y la economía fuera de los límites fijados por la democracia de mercado. El texto -medido y preciso- contiene una severa elegancia formal que impide y limita el sobresalto espectacular de la trama en el que la autora podría haber caído -el efectismo y la ausencia total de contenido son dos de los males de la literatura contemporánea, señora Montero- de no ser por su sobria contención, por su rigurosa ética de escritura: el puritanismo -al límite de la frialdad- de la izquierda. Acción narrativa e ideología corren de la mano. La ficción (si acaso cabe este término en su sentido completo) alterna la descripción mesurada con unos diálogos entrecortados, ásperos en ocasiones, propios de la situación, violentos. El lector entra y sale del artificio sin prisa, sin trucos. Todo el libro -dirán los expertos- parece bien construido, bien armado. Un arsenal de armas automáticas sobre la mesa es lo que nos haría falta a la hora de abordar estos asuntos. O de repetición, que se decía.

Toda novela es un conflicto. Y en este caso es, también, una sentida reflexión teñida con un ligero barniz de pesimismo. Las buenas novelas, como las historias personales, están compuestas de muchas cosas. Incluso de algunas -quizá demasiadas- que quisiéramos olvidar. Pequeñas miserias cotidianas, gestos ante el desnudo espejo del silencio, frustración cotidiana, ansiedad, amor, deseo, miedo. Y soledad. Un sentimiento, un estado de ánimo psicológico que se extiende -lo extiende el capital bajo cualquier forma simbólica que adopte su dominación- como la peste en las sociedades de mercado. Una soledad (política y emocional) que se examina y extiende a lo largo de los capítulos (bajo la forma de «cartas al director» o en los diálogos de dos personajes en busca de consuelo afectivo) con precisión de escalpelo desvelando, en esencia, la falta de respuestas precisas. Estamos como dormimos, como soñamos: solos.

Con estos mimbres y una prosa alejada del tintineo de los sonajeros Gopegui levanta un conjunto de personajes de carne y hueso sometidos a las fuerzas de la razón política, de la razón instrumental, para organizar con ellos -contra ellos- una sólida historia de intereses ocultos, contraespionaje, sobornos, viajes, empresarios, cubanos de Miami y tensión. Tensión vital, tensión política. Una novela que se lee conteniendo la respiración, deseando que no ocurra lo que ya sabemos que ha ocurrido. Deseando que las briznas de lúcido pesimismo, en ocasiones desesperanzador, que la autora arroja por boca de sus criaturas sean sólo virutas de la madera con las que se está construyendo una defensa abierta (un contraataque decidido) y no el ataúd de los muertos vivientes del panteón de la izquierda mundial. Como dice la contraportada del libro, y ésta vez tiene razón, una novela excelente, polémica, inusual.