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Tacuara y el caso Alterman

Fuentes: Huella del Sur

Un joven de 31 años, vinculado con organizaciones de izquierda, de nombre Raúl Alterman, fue asesinado el 29 de febrero de 1964 en la ciudad de Buenos Aires. El crimen se relacionaba con otros dos homicidios, cometidos por venganza en esos mismos días. Las otras muertes tuvieron lugar en Rosario, provincia de Santa Fe.

Estos atentados y el de Alterman formaban parte de una secuencia inaugurada el 24 de febrero en la ciudad santafesina. Entonces se produjo un choque armado entre miembros de Tacuara y militantes comunistas en una reunión sindical a la que nos referimos aquí.

Allí hubo tres muertos pertenecientes a la organización de extrema derecha, en dos casos. El restante a una agrupación de la derecha peronista con actuación sindical.

En el primer atentado son heridos los abogados comunistas Guillermo Kehoe y Adolfo Trumper. Fueron baleados a la salida de un edificio tribunalicio. Ambos actuaban en las primeras diligencias procesales derivadas del tiroteo de consecuencias fatales en el local de cerveceros rosarino. Kehoe muere tras casi dos meses de lucha por su vida. Trumper consiguió reponerse.

En esos mismos días fue víctima de otro ataque un tercer abogado del comunismo rosarino, Alberto Jaime. Él se salvó, murió su secretario Atilio De Gásperi.

¿Quién era Raúl?

La familia Alterman poseía un pequeño taller en la zona de Once. Allí trabajaba Raúl. Sus padres eran judíos procedentes de Polonia. En este caso eso no es una anécdota.

Vivían juntos en un departamento, en el primer piso de la calle Azcuénaga 783. Cerca de la intersección con San Luis, en el mismo barrio de Once.

Raúl había tenido actuación política. Apoyó la campaña presidencial de Arturo Frondizi. Se había desencantado del viraje liberal-conservador, privatista en la educación y a favor de empresas multinacionales del presidente.

Lo mismo que ocurrió con muchos militantes de izquierda que dieron apoyo inicial al futuro fundador del desarrollismo. Se desplazó entonces a una pequeña agrupación de izquierda llamada Movimiento Popular Argentino.

Respecto a su encuadramiento partidario, en algunos trabajos se da por cierto que en realidad era militante comunista. Es posible que haya tenido doble pertenencia en el MPA y el PC. Cabe la mención de que el comunismo argentino estaba en la ilegalidad en la época del atentado. Lo que sería revertido por el gobierno del presidente Arturo Illia recién en noviembre de 1964.

Es algo frecuente que los miembros de una fuerza política proscripta procuren un espacio de legalidad bajo otro rótulo.

Después, en 1961, militó en la campaña que postuló al dirigente socialista Alfredo Palacios como senador por la Capital Federal. Esa instancia electoral estuvo muy ligada al reciente proceso revolucionario cubano, al que reivindicaban con fervor el candidato y sus partidarios.

Habló al menos en un acto callejero, en Villa Urquiza, en la intersección de Blanco Encalada y Triunvirato. Allí exaltó la lucha junto a los obreros para el combate “…contra la política de hambre dictada por el FMI”.

Durante ese período fue detenido en dos oportunidades como parte de la represión sistematizada del Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado). Éste configuró una herramienta para el sofocamiento de las resistencias que suscitaban las políticas en curso. Su vivienda fue allanada en busca de armamento clandestino. No encontraron nada.

Alterman tenía por lo menos un contacto gravitante en el campo del peronismo: John William Cooke. Quien a la sazón se encontraba en Cuba. El joven actuaba como correo entre el dirigente y una red de militantes que había quedado en nuestro país.

Tras el derrocamiento de Frondizi parece ser que Raúl dejó la actividad política. Al menos en la faceta pública. “Sólo se ocupaba de su trabajo en el negocio. Regresaba con su padre temprano, cenaban y veían televisión hasta las 11 de la noche. Así todos los días”, contaría, después del asesinato, el encargado del edificio al diario Crónica.

El asesinato

Con el sangriento episodio rosarino muy fresco, un grupo de miembros de Tacuara planeó la muerte de Raúl. El sábado anterior se habían reunido en un bar de la avenida Belgrano, muy cerca de la iglesia de Santo Domingo, en la que se celebró una misa por los “caídos” de la agrupación de extrema derecha.

En esa reunión se diseñó una venganza por los hechos de Rosario, con una víctima cuya elección no era de fácil comprensión. Quien actuó como aparente inspirador de la acción, Fernando Vicario, habría sido el que aportó el nombre y la dirección de Alterman. No se sabe de dónde y cómo lo conocía.

Tal vez el señalamiento inicial partió de algún servicio de inteligencia vinculado con la agrupación de extrema derecha. Se decía que éstos utilizaban a Tacuara como herramienta para operaciones ilegales. Fue una hipótesis que cobró fuerza por la misteriosa desaparición de Vicario después del crimen. Se ha conjeturado que el joven estaba en una “lista negra” en orden alfabético. Por su apellido era el primero de la nómina. Lo que habría resultado fatal.

El por entonces ministro de Defensa, Leopoldo Suárez, fue explícito en cuanto al involucramiento de los servicios de seguridad e inteligencia. Dijo en un discurso, el 30 de marzo de 1964: “Creo que todo está claro, este grupo nacionalista tiene un enquistamiento dentro de la propia policía y organismo de seguridad y de allí que gocen de un proceso de autodefensa”

Existe la posibilidad de que el de Vicario haya sido el nombre supuesto de un integrante de los servicios de inteligencia que captó al grupo de “tacuaristas” a partir de su ansia vengativa. Y les indicó los datos de su víctima. Y eso explique su “misteriosa desaparición”.

En el bar, esa mañana de sábado, los miembros de Tacuara sortearon con servilletas el rol que cumpliría cada uno en el asesinato. Se separaron y quedaron en volver a encontrarse al mediodía en otro bar, esta vez en Rivadavia y Avenida La Plata. Para encarar la operación.

En la vivienda del barrio de Once que ya mencionamos, sonó el timbre. Acudió el padre de familia a atender. Abrió la mirilla y vio una figura vestida como empleado de correo. Le informó que era un cartero y tenía que entregar un telegrama personalmente a Raúl Alterman.

Sin advertir la posible anomalía de la situación, el señor Alterman llamó a su hijo, que estaba en el interior del departamento. Él también se acercó a la puerta y a la mirilla abierta, a través de la cual lo que tal vez haya alcanzado a ver fue el cañón de un arma con el que lo asesinaron de un único disparo (en otra versión habría recibido dos balazos).

Un formulario común de telegrama fue pasado por debajo de la puerta, y en él se leía el siguiente texto: Militello, Bertoglio, Giardina, PRESENTES. TACUARA.

El falso cartero se llamaba Wenceslao Benítez Araujo. A sus espaldas, armado, se supone que se encontraba Vicario. Como respaldo actuaban otros tres tacuaristas: Luis Barbieri, Nicanor de Elía Cavanagh y Alberto Miguel Mansilla.

Los tres apellidos incluidos en el telegrama pertenecían a los muertos en la asamblea sindical. El móvil de venganza quedaba más que claro. Subsistía un interrogante clave ¿Por qué había sido elegida la víctima?

Sus matadores le atribuyeron luego, en el juicio, haber estado presente en el acto de la CGT rosarina que dio lugar a la muerte de los tres derechistas. También le adjudicaron simpatías con el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). Éste conformaba una guerrilla rural en la provincia de Salta. La que fue desbaratada con rapidez por fuerzas de Gendarmería Nacional.

De esas declaraciones se desprende con claridad que el ataque tenía una fuente principal en la ideología y la práctica política izquierdista de Raúl.

Alterman figuraba en la correspondencia de John William Cooke con Héctor Tristán como intermediario de cartas y mensajes. Es probable que esa red haya sido descubierta. Y que los servicios de inteligencia asociados a Tacuara facilitaran esa información.

La pertenencia de la víctima a la comunidad judía pudo ser también desencadenante de los hechos. Es insoslayable la fuerte connotación antisemita de la organización nacionalista.

Cuando fueron juzgados, los culpables negaron toda implicación de ese carácter.

No es creíble, ya que en la agrupación de la que provenían la identificación entre izquierdismo y judaísmo era lo habitual. Las ideas y la práctica política de Alterman se realimentaban con su origen judío para configurarlo como un enemigo de la extrema derecha nacionalista.

Una evidencia la constituye una nota que recibieron los padres de Alterman después del asesinato. Allí se leía: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un sucio judío”.

Otro indicio fuerte es la recepción de amenazas por varios miembros de la comunidad. Una de ellas se dirigió a Carlos Abolsky, un médico comunista al que le clavaron una nota mecanografiada en la puerta de su casa.

Allí se leía: “Los camaradas nacionalistas muertos en Rosario perecieron vilmente asesinados por manos judías portadoras del comunismo. Nosotros los vengaremos. La muerte de Raúl Alterman marcó el comienzo de lo que será una guerra sin cuartel. Doctor Abolsky, usted será el próximo en morir. Sepa que es muy fácil apretar el gatillo cuando se trata de un sucio judío”.

Investigación y juicio. La intervención de un policía

El doctor Mario Elffman, joven abogado entonces, actuó en la querella que buscaba la determinación de la autoría del homicidio. Y la condena de quienes lo cometieron. Para ello quedó asociado a una figura descollante de la política y el foro desde hacía seis décadas: El doctor Alfredo Palacios.

A continuación seguiremos el relato de Elffman, que brinda un panorama de las incidencias de la investigación: “Junto con su presidente (de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre), Antonio Sofía, acudimos a él (Palacios) para pedirle que colaborara con su enorme autoridad en la investigación y la querella que pudiera conducir a dar con los autores de este alevoso crimen.”

Palacios aceptó inmediatamente esa tarea, “…que tuve el privilegio de compartir con él en las primeras etapas del proceso, y casi hasta su muerte en abril de 1965.”

No obstante la claridad que la leyenda del telegrama indicaba sobre la fuente del atentado, la Policía Federal, a través de su Seccional 7ª, tomó sus primeras medidas pretendidamente investigativas dirigiéndose a la familia de la víctima y sus amigos y relaciones sociales y políticas, así como sobre otros sectores de su colectividad judía.

El propósito de desviación de la búsqueda resultaba transparente.

Sigue Elffman:

“No había transcurrido una semana desde el crimen de Raúl Alterman cuando los abogados de la familia recibieron el pedido de acudir a una entrevista televisiva en un programa que dirigía Bernardo Neustadt y en el que el periodista frente a cámaras era Horacio de Dios.”

“Había que convencer a los padres de Raúl, judíos tradicionales, que quebraran su semana de llanto, luto y recogimiento para acudir con sus abogados a la televisión, para conseguir lo cual mucho influyó la fuerza de convicción de don Antonio Sofía, explicándoles la importancia que tendría el conocimiento del caso por la opinión pública para su posible esclarecimiento.”

“Así se encontraron, en tiempos en los que no se estilaban programas grabados, los padres de Raúl Alterman, yo en un sillón de tres cuerpos, el doctor Alfredo Palacios en otro individual lindero, y el entrevistador sentado a su frente en una silla giratoria, que era utilizada como tal en cada pausa, como si se tratara de un ‘tic’ o de un gesto dirigido al control.”

“Al terminar la entrevista los visitantes fuimos anoticiados de que el programa había sido filmado y que recién saldría al aire en la noche siguiente. Al verlo proyectado, finalmente, comprobamos que habíamos sido vilmente engañados, pues aparecía intercalado con el reportaje, como si fuera producido todo en un mismo ámbito compartido, el que el mismo entrevistador les hacía a representantes de la organización Tacuara”.

“Era el mismo estudio, claro, pero el periodista se dirigía a ellos girando su silla ciento ochenta grados. Y naturalmente no se veía al resto de los aparentes participantes de un ‘encuentro’ que nosotros jamás habríamos aceptado concretar.”

El doctor Palacios consideró tan grave y ofensivo ese episodio como el suceso criminal que lo motivó, y pidió entrevistas urgentes con el Presidente de la Nación, sin resultado positivo. En eso estaba, cuando llamó por teléfono a Elffman. Le pidió que fuera con urgencia a su casa de la calle Charcas porque tenía una visita extraña, pero que podía ser relevante para la causa.

Un misterioso policía.

Se trataba de una persona joven, de atuendo civil, que exhibía una chapa y una credencial policial, y que efectuó un nervioso relato de sus avances en la investigación pese a la indolencia o al desvío de las autoridades de la seccional 7ª en la que se desempeñaba.

Relata el abogado:

“Narró que el grupo homicida, al descender corriendo las escaleras del edificio en el que vivían los Alterman, abandonó por incomodidad aparente para su movilidad el impermeable con el que simularon la apariencia de cartero, y en un golpe contra la baranda de la escalera también perdieron un fragmento de las cachas del arma utilizada en el homicidio.”

“El visitante procuró enterarse del destino de la prenda y la cacha, y sus superiores le informaron que no estaban en la seccional sino que habían sido remitidos a la DIPA (División de Informaciones Políticas Antidemocráticas), o Coordinación Federal, o como por entonces se llamara el centro de represión política policial de la calle Moreno, a media cuadra del propio Departamento Central de Policía.”

Para el año 1964 existía la Superintendencia de Coordinación Federal. A veces se la sindica como sucesora de la Sección Especial para el combate al comunismo, creada después del golpe de 1930 y subsistente bajo el peronismo.

“Pretextando un recrudecimiento de una dolencia previa, este joven policía obtuvo una licencia médica temporaria. Fue con un falso pretexto de orden funcional a ese edificio que logró acceder a la oficina donde se conservaban esos elementos, se puso sobre el brazo el impermeable y salió con él a la calle.”

“Revisada la prenda, encontró en ella un número de los que se utilizan en las tintorerías para la identificación, y comenzó una búsqueda por tintorerías céntricas en las que obtuvo un pronto y singular resultado: la identificación de la marca como propia por una de ellas, y el consiguiente hallazgo de la factura de la limpieza a un cliente de apellido Mansilla Amuchástegui. Como había sido entregado en el domicilio, tampoco tuvo dificultades para montar vigilancia en él y aguardar novedades.”

“Lo singular de este relato era, naturalmente, el que hubiera podido hacer todo eso solo, ignorándolo sus superiores y violando su propio deber de obediencia a sus órdenes. Pero al proseguir, dijo que su espera había resultado más exitosa de lo que él mismo previera, porque un cartero dejó en la pequeña urna de la puerta de calle del edificio una serie de sobres, y entre ellos halló uno dirigido a los Mansilla, del que se apropió.”

“Acto seguido puso un sobre abierto sobre la mesa del doctor Palacios y tanto éste como yo pudimos observar que se trataba de la carta de un miembro de esa familia, que se dirigía a sus padres con un mensaje en el que les decía que estaba bien, que estaba descansando con unos amigos en una casa de uno de sus tíos, que era el Obispo de Luján, y que pronto tendrían noticias de su regreso.” El sobre estaba sellado en una oficina de correos de la zona.

“El joven policía ponía todo en manos de su admirado doctor Palacios, a quien le pedía que asegurara su protección personal, pues entendía que por lo hecho corría grave peligro no solo su carrera sino su vida.”

Sin detenerse un minuto, y tras dejar al policía en un lugar que consideraban seguro, los abogados, previa llamada al teléfono del ministro del Interior, Juan Palmero, fueron directamente a la Casa Rosada.

Lo primero que hizo Palacios fue expresarle su indignación a Palmero por no haber merecido respuesta sus anteriores pedidos de entrevista al Presidente Illia, con quien insistió en la necesidad de hablar en ese momento.

“El ministro salió como alma en pena, y en menos de dos minutos estábamos los tres ante el escritorio del doctor Illia, quien intentó todo tipo de disculpas, manifestándole que si hubiera sabido del pedido de entrevistas del Maestro hubiera salido corriendo para su casa, sin molestarlo en concurrir a su propio despacho.”

“Pero, agregaba el Presidente, hace unos cuantos meses que ejerzo la presidencia pero aún no sé por qué tubos se desvían los mensajes que me debieran llegar a mí, y qué fragmentos del poder aún no estoy en condiciones de controlar.”

Anoticiado Illia de las novedades y de las presuntas pruebas recogidas, ordenó al titular de Interior que encomendara la continuidad de esas investigaciones a personal de su estricta confianza y protección, que resolviera la tutela de la indemnidad del joven policía.

A los pocos días los letrados fueron notificados informalmente de que en una quinta de propiedad del Obispo de Luján habían sido aprehendidos un grupo de jóvenes. Algunos de los cuales habían confesado su participación en el crimen de Alterman.

Alegaron que su intención había sido la de lastimar o herir a un judío sin necesariamente ocasionarle la muerte. Y que lo habían hecho siguiendo instrucciones de otro individuo que no estaba en el grupo y con cuyo nombre todos concordaban.

“Ese mentado organizador del atentado no figuraba en ningún prontuario policial. Pero quiso mi suerte que al intentar la misma búsqueda en los registros de alumnos de la Facultad de Derecho lo encontré, y con un número de documento de identidad que correspondía a otra persona totalmente ajena a los hechos. Nunca fue hallado este instigador u organizador de la banda, y todo haría suponer que era un miembro de servicios de información o inteligencia, de aquellos cuyo manejo escapaba a la autoridad del Presidente Illia.”

Todos ellos fueron sometidos a proceso con Palacios y Elffman como querellantes. Hasta que el primero interrumpió su participación por su enfermedad terminal y su fallecimiento, producido el 25 de abril de 1965, sin llegar a conocer la condena. También concluyó la intervención del otro querellante cuando sus representados, los padres de Raúl Alterman, se radicaron en Israel, y se perdió el contacto con ellos.

Las condenas

En su acusación el fiscal, Mario Soaje Pinto, pidió condenas menores. Con un discurso que bordeaba la eximición de responsabilidades para los autores del homicidio:

“A despecho de lo que se piense sobre su oportunidad y aun de la licitud del procedimiento, no podrá negarse que está fuertemente fundamentado en el acendrado patriotismo de todos ellos, que reaccionan contra el avance solapado y artero del comunismo, que amenaza con destruir los cimientos de nuestra nacionalidad y de nuestra fe cristiana”, escribió en su dictamen.

Se evidenciaba en este veredicto el macartismo rampante propio de aquella época de auge de la “guerra fría”. También la ideología del nacionalismo de derecha, que identificaba anticomunismo con patriotismo, en respaldo de la “argentinidad” amenazada.

Transitó una línea similar el juez Martín Soto en los fundamentos de la sentencia. Prácticamente justificó el crimen. “Los asesinos” -escribió- “creen firmemente en el peligro del comunismo disolvente, impío destructor del individuo, verdugo de la libertad; están persuadidos de su falacia, de su crueldad, de que donde impera muere la dignidad (…) Esto último también lo creen los hombres libres de este país”.

El fallo condenatorio se conoció el 10 de junio de 1966. Los cuatro detenidos fueron sentenciados a penas de entre 6 y 14 años de prisión. La más alta correspondió al autor material, Benítez Araujo. Las condenas eran de relativa levedad, tratándose de un atentado planeado y organizado con frialdad. E impulsado por móviles de odio.

El matador salió de la cárcel antes de tiempo. Fue con la amnistía dictada el 25 de mayo de 1973. Logró ser liberado junto con los auténticos presos políticos y gremiales que eran sujetos de la medida. Poco después se lo nombró en un cargo público en la provincia de Salta. El gobernador, Miguel Ragone, lo designó Comisionado del Área de Frontera de Tartagal.

Vicario nunca fue juzgado, pero quedó vinculado a la causa. En 1973, una vez que el peronismo volvió al poder y el Congreso Nacional sancionó la amnistía, su padre gestionó y consiguió que fuera incluido. Obtuvo así su completa impunidad

El doctor Elffman mantiene serias dudas acerca de la existencia o por lo menos de la veracidad del nombre de Vicario. En sus indagatorias todos coincidían en que había sido él, que era el único no apresado, el que hizo, detrás de Wenceslao, el disparo fatal.

Por algo coincidían. Es probable que para que ninguno de ellos fuera condenado por el asesinato sino por participación. Elffman piensa que ellos sabían que Vicario no sería encontrado o que no existía.

No hay prueba independiente alguna de su presencia en el lugar. El abogado también evalúa que el tamaño de la mirilla de la puerta y la posición de Benítez no hacía posible disparar desde atrás suyo sin herirlo a su vez.

El pedido de inclusión en la amnistía podría haber sido una maniobra para cerrar finalmente el caso.

Recorrido posterior y reflexión

En el mes de abril tuvo lugar un acto público de repudio a los crímenes de Tacuara. Se realizó en la ciudad de Buenos Aires, en la Federación Argentina de Box. Ese local quedó colmado de público, en su mayor parte vinculado al partido o a la juventud comunista. Los oradores fueron tres, con Mario Elffman en el papel de presentador.

Uno de los expositores fue Trumper, el abogado que hemos visto recibió heridas serias en Rosario y consiguió sobrevivir. En el mismo ataque en el que resultó muerto su colega y compañero de militancia Kehoe.

También intervino Palacios, quien había recibido un tiempo atrás el carnet número uno de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, organismo orientado por el comunismo.

Cerró el acto Rodolfo Ghioldi. Quien era, junto con Victorio Codovilla, la figura más significativa en la dirección del Partido Comunista. Ellos mantenían un cordial vínculo personal, en contraste con las profundas divergencias que los separaban en el terreno político e ideológico. Palacios no compartía la teoría marxista. Era un severo crítico de la Unión Soviética, con la que Rodolfo se identificaba a pleno.

El Movimiento Nacionalista Tacuara no tuvo una existencia prolongada después del atentado contra Alterman. Se expandió en la opinión pública la repulsa por este hecho. El asesinato quedó asociado a un ataque anterior, el asalto al Policlínico Bancario, de 1963, producido por una fracción disidente de la organización. Los dos acontecimientos aparecieron como evidencia de la deriva violentista que desleía a las convicciones políticas.

La que aparejaba la impresión de que lo que había comenzado como una agrupación de jóvenes extremistas con motivaciones ideológicas se había trocado en una organización delictiva. Con la violencia como fin en sí misma.

En función de eso, López de la Torre afirma: “El crimen de Alterman se convirtió así en el suceso que inició el desprestigio social definitivo de Tacuara.”

Poco después se alejó el jefe máximo de la organización, Alberto Ezcurra Uriburu. Lo que éste compatibilizó con el respaldo a quienes cometieron el atentado:

“… los camaradas detenidos sabían por referencias que Alterman estuvo implicado en los sucesos de Rosario, donde mataron a mansalva a tres obreros nacionalistas. En caso de que la reacción contra Alterman haya sido ordenada por Tacuara, yo no puedo reconocerlo, y en caso de que haya respondido a un impulso personal de los camaradas detenidos, no podemos condenarlo”.

Nótese el señalamiento de la procedencia obrera de los fallecidos. Tal vez un modo de salir al cruce de la caracterización que solían hacer los medios sobre la organización. La describían con acento crítico como un núcleo de jóvenes de estratos sociales altos, cuya rebeldía juvenil los llevaba a la realización de actos de terrorismo.

Por ejemplo, Primera Plana, una revista de política y actualidad de mucha circulación: Los jóvenes miembros de Tacuara eran, aparentemente, hijos de buenas familias, muy bien educados pero rebeldes, que simplemente pasaban el tiempo jugando a los western.

Se sumó una reforma del código penal que ilegalizó a las asociaciones del tipo de Tacuara, incluso con mención expresa de la misma. Nos referimos a la Ley 16.648, de 1964.

Lvovich señala acerca del tiroteo de Rosario y el crimen de Alterman: “Estos acontecimientos marcaron el comienzo del fin de la influencia de Tacuara en el mundo sindical, y el inicio de una deriva que llevó a la agrupación a aliarse con ínfimos grupos de la ultraderecha del peronismo.”

Se produjeron renovadas escisiones. Parte de sus militantes dispersos se orientaron a la participación en nuevas organizaciones parapoliciales.

Entre ellos destacan Felipe Romeo y José Miguel Tarquini. Años después fueron editor y jefe de redacción, respectivamente, de El Caudillo, el órgano de la Triple A. Otro ex tacuarista, Federico Rivanera Carlés ha sido señalado como miembro de una suerte de “estado mayor” de las AAA.

Los penados por el homicidio tomaron diferentes senderos en la política luego de ser liberados.

La mayor parte se volcó a agrupaciones de la derecha peronista. En cambio Mansilla, el hombre del piloto, se sumó a Montoneros. Militaba en la Columna Norte, conducida por Rodolfo Galimberti, otro ex miembro de Tacuara. Luego del golpe de 1976, éste lo acusó de “infiltrado” y ordenó someterlo a “juicio revolucionario”. El 21 de abril de 1976 fue encontrado muerto de un balazo, en el conurbano bonaerense.

Sobre el policía que fue vital para la investigación, Elffman comenta: “Del ‘héroe policial`, reincorporado a su cargo con especial protección oficial, solo se volvió a saber que apenas producido el golpe militar de 1966 había sido dado de baja de la Policía por presuntos trastornos mentales.”

El episodio Alterman exhibe claras evidencias de los objetivos criminales del grupo de extrema derecha. Además de la estrecha asociación de ese núcleo con los servicios de inteligencia. Y de una proximidad ideológica con los criminales existente en sectores gravitantes de la sociedad. La que se manifestó en los medios de comunicación, la policía y las acciones del poder judicial.

Las consideraciones del fiscal y del juez mostraron incluso complacencia con el delito cometido por los acusados. En un punto traen el recuerdo del tribunal que juzgó a Adolph Hitler por encabezar el putsch de Munich, en 1923. También en esa oportunidad el tribunal condenó con lenidad. Sin privarse del reconocimiento de «motivos patrióticos nobles» al futuro genocida.

Si volvemos a nuestro país, no sólo el caso que hoy nos ocupa sino toda la secuencia de actos vengativos por parte de Tacuara remite a lo que luego sería la Triple A.

Los “tacuaristas” actuaron a modo de grupo parapolicial, con vínculos con el aparato del Estado. Es muy probable que guiados por los servicios. Con actuación a modo de “brazos ejecutores” de quienes se situaban más alto y en las sombras.

Claro que la escala de los crímenes era mucho menor a los de la década siguiente. Las complicidades en la esfera oficial no llegaban a que se armara y organizara el grupo en el seno de un ministerio, como ocurrió a partir de 1973. Esas diferencias son compatibles con el hecho de que se sentó un precedente ominoso.

Lo que no se pudo lograr es que quedaran impunes. Como hemos visto, más allá de falencias en la investigación, indebidas simpatías y magnanimidad en el castigo aplicado, fueron juzgados y condenados. Salvo en el caso de quien además de su participación directa en el homicidio se supone que actuó como inspirador.

Para que estos atentados no pasaran en silencio fue vital la actuación de los abogados comunistas. Y de alguien con afinidades y también distancias con ellos como Palacios, ya en la etapa final de su vida.

La violencia paraestatal siempre está latente. La actuación decidida y rápida contra ella es vital para cerrarle temprano el paso, ayer y hoy. Para eso no cabe ninguna confianza ingenua: La “justicia” y las fuerzas de “seguridad” suelen ser cómplices o encubridoras. Y no esclarecedoras de sucesos de este carácter.

Fuentes:

Elffman, Mario. Entrevista e intercambios por escrito con el autor.

Galván, María Valeria. El Movimiento Nacionalista Tacuara y sus agrupaciones derivadas: una aproximación desde la historia cultural. Tesis de maestría en Sociología de la Cultura. San Martín. IDAES, 2008.

Gluck, Mario. “Tacuara en Rosario. La batalla del salón de cerveceros”. S/d. Disponible en https://es.scribd.com/document/372459415/Tacuaraen-Rosario.

Gutman, Daniel. “ `Por comunista y por judío’ el brutal asesinato de Raúl Alterman acribillado por el grupo Tacuara”. En Infobae 28/02/2020.

López de la Torre, Carlos Fernando. La violencia del movimiento nacionalista Tacuara contra la comunidad judía en Argentina (1955-1965). Tesis de Maestría. UNAM. México, D.F, 2015.

Lvovich, Daniel. “La extrema derecha en la Argentina posperonista entre la sacristía y la revolución: El caso de Tacuara. En Diálogos – Revista do Departamento de História e do Programa de Pós-Graduação em História, vol. 13, núm. 1, 2009, pp. 45-61.Universidade Estadual de Maringá. Maringá, Brasil. Disponible en https://www.redalyc.org/pdf/3055/305526877003.pdf.

Motura, Nicolás y Osvaldo Vartorelli. “De la milicia al púlpito. La trayectoria de Alberto Ezcurra Uriburu durante sus años de sacerdocio en el Seminario de Paraná (1964-1985).” En Itinerantes. Revista de Historia y Religión 13 (jul-dic 2020) 167-192.

Padrón, Juan Manuel. «¡Ni yanquis, ni marxistas! Nacionalistas»: Nacionalismo, militancia y violencia política: el caso del Movimiento Nacionalista Tacuara en la Argentina, 1955-1966. La Plata, Universidad Nacional de La Plata, 2017. Disponible en: https://memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.511/pm.511.pdf

Pulfer, Darío. “Alterman, Raùl” en Diccionario del peronismo. 1955-1969. Universidad Nacional de San Martín. CEDINPE. s/f. Disponible en https://diccionarioperonismo55-69.ar/ /alterman-raul/

Rodríguez Aray, Pedro. Breve historia del fascismo y la derecha en Argentina (1955 – 1970). El caso del Movimiento Nacionalista Tacuara. Caracas. Fundación Editorial El Perro y la Rana. 1ª edición, 2024.

Schenquer, Laura, “Tacuara, su paso por el conflicto sindical en los años sesenta”. XI JornadasInterescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2007. Disponible en
https://cdsa.aacademica.org/000-108/577.pdf

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.