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Un gobierno de videoclip, un abajo con bronca

Fuentes: Rebelión

El jueves pasado el presidente argentino Mauricio Macri dio por iniciado un nuevo período de sesiones parlamentarias, con un insulso y corto discurso donde debía delinear su plan anual. En su tono voluntarista de siempre, volvió a recordar que no cree en la existencia de crisis alguna y ratificó su idea que «lo peor ya […]

El jueves pasado el presidente argentino Mauricio Macri dio por iniciado un nuevo período de sesiones parlamentarias, con un insulso y corto discurso donde debía delinear su plan anual. En su tono voluntarista de siempre, volvió a recordar que no cree en la existencia de crisis alguna y ratificó su idea que «lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer», exhibiendo datos positivos sobre empleo e inflación que chocan con la realidad de millones de personas desempleadas y hambreadas.

Hasta el tema de la corrupción pasada no tuvo relevancia en su discurso: el macrismo parece haber aceptado que ellos también forman parte del mismo pasado y de su corrupción, y que los casos dentro del mismo gobierno crecen y preocupan.

Pero hay que entender el discurso y su preparación, en medio de un declive pronunciado de su credibilidad y siendo blanco de duros insultos a coro en los estadios de fútbol, conciertos, actos culturales. Macri -ni sus asesores de imagen- estaban preocupados por el discurso, sino en el videoclip del mismo.

Piensan como lo que son, empresarios que nunca pierden,y para quienes un mentira que les favorezca un gran negocio es lo mismo que una razón de Estado para un estadista. Cuando un empresario piensa en comunicación piensa en cómo vender un producto, no como estadista, señala el analista Luis Bruschtein.

Por eso piensan en un videoclip, cortito, con frases sencillas con un vocabulario entendible por un niño, donde la calma sonrisa del Presidente muestra que todo está bien, que es un país perfecto. El guión parecía perfecto, hasta la escena final donde Macri sale del Congreso con la sonrisa y la mano en alto para saludar al pueblo… pero no había nadie: él mismo había cerrado todos los accesos por cuadras…

Es pura actuación, dentro y fuera del Congreso, apegado al libreto para poder transmitir luego esas noticias falsas (fake news) para crear imaginarios colectivos alejados de la realidad real, productos seudo periodísticos difundidos a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales cuyo objetivo es la desinformación deliberada y el engaño.

Más allá de esta realidad virtual está la realidad real, la bronca que se generalizó en las canchas y lugares donde convergen miles de personas, con ese cantito que pasó a ser el «hit del verano» y preocupó al gobierno y sus mensajeros. Siguió en las redes sociales y hoy es un grito generalizado que abarca todos los rincones y espacios del país: Mauricio Macri, la p… que te parió.

Es muy difícil que el nuevo invento de «Vamos a copar Rusia», un texto futbolero musicalizado con el popular «Despacito», que desde hoy quieren instalar, logre desviar una parte de la masividad de la puteada actual que nadie sabe dónde, ni cuándo, puede terminar, y que avanza por el clima de bronca que hay por debajo.

El Mundial de Fútbol, que era una carta fuerte del gobierno, ahora se muestra como algo oscuro y con nubes que presagian duras tormentas. Nunca antes había ocurrido, por lo menos con la masividad y contundencia de esta vez. El fútbol, que está en el origen del poder construido por el macrismo y que siempre es tenido en cuenta en sus planes propagandísticos, se está convirtiendo en su peor enemigo. Por eso esta masividad, constituida como hecho cultural, es difícil de contener, señala Juan Guahán.

El gobierno esperaba transcurrir los 100 días que lo separan de la iniciación del Mundial, manteniendo una ofensiva propagandística, centrada en los miedos y fantasmas del pasado. Hoy hay algo más que les hiela la sangre. ¿Y si estos cántitos se repiten en Moscú, Nizhini Nóvgorad o San Petesburgo, donde Macri pensaba presenciar los primeros partidos?

Eso sería el colmo y muy difícil de revertir ante una opinión pública mundial, donde el poder económico global ya le está «contando las costillas» y retaceando su apoyo.

El gobierno sabe que tiene 100 días para absorber este nuevo problema que se suma a los reclamos que brotan por los cuatro costados. Es la primera vez que siente un acoso popular para el que no tiene explicaciones racionales, vacunas, ni antídotos. ¿Corre peligro la estabilidad del gobierno? Difícil saberlo, pero si esta costumbre se instala definitivamente en el alma colectiva, será muy complejo desterrarla.

Rubén Armendáriz. Periodista y politólogo uruguayo, analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.