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A 20 años de la rebelión popular

Un imaginario (todavía) en disputa y un proyecto emancipatorio (todavía) por venir

Fuentes: Rebelión

Mucha agua ha corrido debajo del puente desde aquellos “tiempos extraordinarios” de efervescencia e insubordinación social frente a lo instituido. Mucho se ha escrito, analizado e interpretado también sobre aquella gesta y hoy a 20 años y, como suele suceder con fechas “redondas”, vuelven a proliferar análisis intentando no sólo rememorar, sino también encontrar aquellas claves que nos permitan situar nuestro presente de cara a ese legado y a posibles perspectivas hacia adelante. Este trabajo no es la excepción y las líneas a continuación intentarán “colarse” dentro de ese entramado de reflexiones, aunque más a modo de algunas ideas desordenadas que tratarán de tirar del hilo sobre algunos ejes puntuales que, a nuestro criterio, son de una actualidad importante para seguir configurando un campo emancipatorio para los tiempos que corren.

Los hechos son conocidos, no ahondaremos en ellos, pero sí se nos hace imperante volver a rescatar el carácter procesual que decantaron en aquellas jornadas, perfilándose aquel 19 y 20 del 2001 y parte de lo que vino después, como el momento bisagra de exposición y desarrollo “visible” en la cancha grande de la escena política, de toda una serie de experiencias, luchas y fenómenos que se venían cociendo a fuego lento y por abajo en el intrincado camino que significó la resistencia al período de profundización de las políticas neoliberales. No fue un hecho aislado, desde hacía tiempo venían produciéndose experiencias de impugnación en distintas partes del mundo, como el “Caracazo” del `89, el levantamiento zapatista del `94 y la “batalla” de Seattle del `99 entre otros. El “Argentinazo” entonces, amén de sus características particulares, formó parte de un contexto global que ponía sobre la mesa, no sólo el agotamiento del llamado “Consenso de Washington”, sino además de todo un conjunto de formas y perspectivas de lucha y orientación que post caída del muro de Berlín, se demostraron ineficaces para oponer un antagonismo radical al sistema capitalista, así como refractarias también a contener a los nuevos paradigmas de praxis contestataria que la emergente generación de nuevas militancias venían procesando.

En realidad, más que nuevos, se podrían plantear como “reelaborados” paradigmas, ya que muchas de las concepciones que se fueron esgrimiendo al calor de las intensas luchas e instancias de reagrupamiento, ya tenían una carga histórica de significación proveniente de ciertas tradiciones político-emancipatorias no dogmáticas y libertarias. Autonomía, democracia directa, acción directa, construcción de base, antiburocratismo, independencia de clase, critica a la forma partido tradicional, prefiguración, horizontalidad y otras, fueron la plataforma sobre la que se fue gestando la nueva radicalidad y que en nuestro país venían tomando impulso desde mediados de los `90.

Esta pequeña reseña, no es azarosa, puesto que -y aquí retomamos la significación de la rebelión del 2001- implicó la salida a la palestra de una crisis estructural que no sólo estuvo determinada por su contenido económico, político o social, sino que fue (y sigue siendo a nuestro entender) mucho más profunda y multidimensional y dentro de la cual, los paradigmas mencionados que se venían gestando con anterioridad, tuvieron su importancia. Muchos suelen señalar en este sentido, el relevante dato de la crisis de representación y esto claramente tiene su asidero, el punto es que, en todo caso, éste no deja de ser un elemento de un combo mayor que se podría caracterizar como de crisis de institucionalidad o de manera puntual como de ruptura del imaginario social con respecto a las instituciones anquilosadas.

Efectivamente, amén del cuestionamiento sobre el quién y el cómo nos representan, hubo un quiebre en la manera de imaginar la articulación de la vida social y la resolución de nuestros problemas y en eso, en las formas político-institucionales de llevar delante esos menesteres. Quiebre que implicó una crítica radical entre otras instituciones, a los partidos, a la burocracia sindical y fundamentalmente al Estado (no ya sólo a tal o cual gobierno) como condensador de lo público y espacio considerado privilegiado de lo político. El derrumbe de la durante años arraigada cultura estatal-paternalista producto del avance neoliberal en sus facetas económicas, políticas y también culturales, fue cocinando el caldo de cultivo de otra representación imaginaria por la cual un sector importante de la población comenzó a plantearse la posibilidad de otras formas de intervención y resolución de los temas que incumben a una sociedad toda. La política retornaba a su condición social desalienada y se expresaba en los barrios, en las plazas, en las calles, autoorganizada y en situación expectante de automovilización permanente.

Ahora bien, sabemos que toda crisis y sobre todo en este caso que implicó una crítica a lo instituido heterónomo, sino resuelve desde su derrotero instituyente una nueva institucionalidad desde su propio paradigma (que supere su faceta meramente destituyente), lo “viejo”, tal vez reformulado, pero viejo al fin, vuelve a presentarse como opción frente al conglomerado de demandas ambivalentes que atraviesan a toda sociedad en esos momentos “calientes”. Pero hay algo más. Una forma institucional, cualquiera sea, pero en este caso particular, una de nuevo tipo, no surge de la nada, sino que es la expresión explicita e histórica de una determinada configuración de relaciones de poder, por lo que, para resolver la forma, necesariamente hay que resolver también su sustento. En el caso de la situación abierta por la rebelión popular, las experiencias y organismos, que con una impronta de reapropiación política desde abajo, -tanto las que venían ya con algún tiempo de desarrollo, como los que surgieron a partir de la insurrección-, si bien demostraron un potencial arrollador de creatividad y experimentación social, no dejaban de ser todavía demasiado embrionarios por un lado, y por otro, con poca capacidad en términos de poder construido para sustentarse como un proyecto superador que, no sólo antagonice, sino que además posibilite instituir una nueva forma de articulación social.

Asimismo, y entre otros factores, la fetichización de ciertas concepciones y de ciertos repertorios de acción, la relación conflictiva con aquellos espacios políticos de la izquierda tradicional todavía imbuidos en viejos paradigmas y las loas a una diversidad demasiada “hibrida” redundando en cada vez mayores niveles de fragmentación con poca perspectivas de articulación política, fueron a su vez, otros de los trasfondos que redundaron en limitantes que fueron socavando las posibilidades de construcción de esa capacidad autogestiva prematura y que hicieron que la vapuleada clase dominante se reagrupara, tome algunas demandas históricamente reivindicadas, se lavase la cara y opere sobre el vacío abierto apuntalando sobre uno de los costados de la ambivalencia social que procuraba una vuelta a la “normalidad”.

Por supuesto que esto tampoco fue lineal. Necesitaron también demostrar su más feroz cara represiva y asesina, y a los muertos del 19 y 20 y a los distintos amedrentamientos que continuaron después, le siguieron los asesinatos de Darío y Maxi en el puente Pueyrredón en un intento de disciplinamiento de los movimientos sociales con mayor dinamismo en aquella etapa. Por supuesto que tuvieron un costo político, ya que el repudio sobre este hecho criminal perpetuado desde las esferas más altas del poder, incitó a que sectores que habían entrado en un reflujo se volvieran a movilizar, por lo que tuvieron que lanzar una convocatoria apresurada a elecciones, si bien sabiendo del desprestigio y el desinterés que éstas podían concitar, pero también sabiendo que ese dispositivo condensaba cierta demanda de orden y paz social y podía reestablecer, aunque con algunos retoques, la institucionalidad dominante frente al todavía entreverado, disperso y multiforme escenario de espacios antagonistas. Y efectivamente, eso sucedió. Y así, con un nuevo gobierno en el 2003, se cerraban los “tiempos extraordinarios”.

Ahora, dicho esto ¿por qué apuntalar, hoy a 20 años, sobre una idea de disputa todavía latente en torno al legado de aquellos días? Porque creemos que a pesar del proceso de “normalización” y de reencuadramiento institucional en los términos del sistema democrático burgués-estatal-capitalista operado desde allí hasta hoy, el virus inyectado por esa ruptura de imaginario del que hablábamos más arriba, sigue surcando la memoria y el inconciente colectivo y sus representaciones. Y esto porque es algo que no es resoluble en tiempos cortos o en términos estrictamente políticos, sino que se plantea con una dimensión épocal, cultural y por tanto con un alcance mucho más profundo en tiempo, espacio y consecuencias histórico-sociales. Y tal es así, que amén de los vaivenes de las distintas coyunturas y más allá de que por momentos lo hegemónico pareciera absorber toda posibilidad de autoactividad social por fuera de los canones de lo establecido, por aquí y por allá, toda vez que cierto sector de la población se ve menoscabada en asuntos públicos de su interés, se lanza a la acción pasando por arriba cualquier tipo de mediación política instituida y lanzando furibundos cuestionamientos a su lógica ensimismada y connivente con intereses ajenos al bienestar popular. Es en esos momentos en donde el imaginario del 19 y 20 vuelve a hacerse presente como tendencia todavía latente, demostrando a la clase política de turno y a sus complices opresores y explotadores de toda calaña, de que no siempre podrán hacer lo quieran con total impunidad y que no hay artículo 22 de la Constitución que les sirva cuando un pueblo está dispuesto a tomar las riendas de sus asuntos en sus propias manos. Y ahí están entre otras, las jornadas de diciembre del 2017 contra la reforma jubilatoria, pero también y como para vislumbrar su incidencia más allá de lo local, las rebeliones populares que han atravesado nuestro continente en los últimos tiempos.

Pero claro, como toda tendencia no resuelta, su impronta está tironeada entre distintas perspectivas que buscaran canalizarla en favor de objetivos que poco tienen que ver con una orientación hacia la trasformación radical del estado de las cosas. Y es aquí entonces, desde donde se enmarca un escenario de disputa abierta frente a los alcances y perfilamiento de ese entramado de significaciones que hoy, aunque en un contexto distinto a aquel 2001, y con materialidad dispar, sostenemos que sigue persistiendo. Esta situación plantea e interpela a quienes nos situamos desde perspectivas emancipatorias desde abajo y con intención de retomar y profundizar el legado de incipiente intento de autoinstitución popular dejado por aquel “Diciembre del pueblo”, a tomar este eje de disputa con la importancia que se merece, habida cuenta que sectores reaccionarios e integracionistas de distinta índole también operan, como hemos dicho, en ese mapa tensional. Unos para ampliarlo hacia posiciones ultraliberales y de ultraderecha y otros para desactivarlo a los fines de seguir reproduciendo el statu quo estatal-capitalista, pero desde una tónica “progresista”, romantizando algunos rasgos de aquella gesta, pero anulando aquellos aspectos verdaderamente disruptivos que puedan seguir siendo fuentes de las actuales luchas.

Disputar ese imaginario todavía latente entonces, se presenta como desafío insoslayable para los tiempos que corren, para lo cual se hace necesario indefectiblemente, reconstruir un proyecto político que recupere lo mejor del legado “dosmilunesco”, que se plantee críticamente abordar y superar las falencias propias de aquel estadío embrionario, pero también del derrotero que siguió parte de ese campo que supo ser parido en ese período convulsionado pero prolífico de nueva experimentación social llamado izquierda independiente, fundamentalmente aquella devenida luego o autoproclamada como “izquierda popular” que, en nombre de la “maduración política”, confundió táctica con estrategia, Estado con Institución (y en eso estatalismo ramplón con institución de nuevo tipo), construcción de poder y vocación transformadora con “vocación de poder”, que compartimentó más allá de lo discursivo, lo social y lo político y que entendió que interpelación frente al heterogéneo mundo popular y relación dialéctica con lo instituido, se resuelven con pragmatismo absoluto, integración y subordinación a lógicas funcionales al posibilismo y al malmenorismo y por ende reproductoras del sistema.

Por esto, y resumiendo, la disputa necesaria por ese imaginario en los términos del rescate de la capacidad de autoinstitución social devendrá de la mano del también necesario relanzamiento de una nueva cultura emancipatoria que desplegada desde la reanimación bajo otros bríos, de ese campo de izquierda “por venir”, procure alentar procesos de construcción contrahegemónicos, teniendo como norte la superación y no la adaptación a los moldes de lo ya conocido. “Madurar” políticamente, no debiera ser actuar “administrativamente” sobre lo dado, sino impulsarse –aunque muchas veces a tientas y seguramente también dándose muchos golpes- sobre lo que nunca ha sido.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.