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Sobre la organización revolucionaria del pueblo trabajador

Una gran oportunidad… si nos atrevemos a transgredir mitos y esquemas

Fuentes: Rebelión

Se va desarrollando un debate en las izquierdas acerca de cómo debiera ser una herramienta política que supere los estrechos límites actuales y adquiera masividad, afianzando un rumbo anticapitalista, ecosocialista, antimperialista y feminista.

Debate urgente en tiempos en que la ofensiva del capital contra los pueblos se torna genocida, la vida en el planeta se ve amenazada, el tecnocontrol se impone y los derechos democráticos devienen en papel mojado. En Argentina- con un gobierno y un poder económico que aspiran a superexplotar al pueblo trabajador y a asimilarnos a una estrella más en la bandera yanqui- adquiere características dramáticas.

La ofensiva del capital y, sobre todo, las luchas y resistencia de los pueblos del mundo, nos obligan a repensarnos y a debatir colectivamente cómo construimos organizaciones que antagonizando con el capitalismo patriarcal y ecocida, sean tomadas en sus manos por el pueblo trabajador, que suele verlas como ajenas. Organizaciones, asimismo, que tengan la capacidad de elaborar el duelo y aprender de los aciertos y errores de los intentos anticapitalistas del siglo pasado, así como de los ensayos de los pueblos nuestro-americanos en el presente siglo, para desarrollar una contraofensiva en todos los terrenos, con propuestas programáticas, contra el inviable y deshumanizado sistema del capital. Evitando el peligro en que caen quienes aspiran sólo a maquillar el horrendo rostro del capital y creen haberse librado del dogmatismo por haber aceptado “mancharse con el barro”, suponiendo la posibilidad de humanizar al capital, como si se pudiera inocular con bondad y empatía a los Galperin, los Rocca, los Blaquier, los Eurnekian, los Lewis o los Thiel (que ha desembarcado recientemente en nuestro país), entre otros megamillonarios. O suponer ingenuamente, que un “Estado presente” querría o podría imponerles límites.

La oportunidad que abre para la izquierda el desgaste del gobierno, el veloz rumbo hacia la derecha del peronismo –matiz más, gesto menos-, el claro intento del poder económico por preparar un mileismo sin Milei, pero, sobre todo, la creciente simpatía que recoge la figura de Myriam Bregman, actualiza la importancia de éste debate, cuando luchadores de movimientos socio-ambientales, feminismos y transfeminismos, culturales, de defensa de la educación, jubiladxs y, sobre todo, miles de trabajadores y jóvenes que tomaban como referencia al peronismo, comienzan a mirar incipientemente hacia la izquierda. Oportunidad que puede resultar efímera, si no se traduce en formas de organización que, abriéndose al protagonismo de todos ellos, aliente la perspectiva común de otro país y sociedad posibles, en base a un programa anticapitalista de urgencia, así como potencie la auto-organización y la solidaridad con las luchas, sin esperar al 2027.

Hay mucho que debatir y ensayar, sin garantía alguna de acertar al primer intento. Como señalan en una reciente carta Eduardo Lucita, Aldo Casas, Juan Pablo Casiello y Ariel Petruccelli, “afrontar los desafíos de una política de masas supondrá introducir modificaciones (sobre las que habrá mucho que discutir), dado que la cultura de izquierdas en la que nos hemos formado está anclada en una política más bien orientada a “vanguardias” o sectores socialmente acotados” (La izquierda ante un gran desafío II).

Uno de estos temas centrales es el de la organización. Debate que ya abandonó el terreno de la especulación intelectual, para devenir una cuestión práctica de primer orden. Origen de muchos desencuentros, pero que alimenta el despliegue de varios intercambios y propuestas al respecto.

Un paso adelante… no demos dos atrás

Recientemente, una de las principales organizaciones de la izquierda, el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) convocó a “poner en pie comités en todo el país para canalizar el apoyo que estamos recibiendo, impulsar las luchas y debatir la construcción de un Movimiento por un Partido de la Nueva Clase Trabajadora”. Propuesta de articulación y de apertura que saludamos, aunque introduzca cierta confusión la pretensión de que dicho Partido se organice según el “centralismo democrático”, con elementos de centralización, uniformidad y disciplina que podrían dejar a muchos fuera.

Otras organizaciones, aceptando el desafío de la puesta en pie de los comités, lanzaron asimismo propuestas político/organizativas. El Partido Obrero (PO) propuso “una Asamblea Nacional del FIT-U”, acordando con el Partido de Trabajadores, que, “requiere una organización acorde a su estrategia y un método adecuado. Para nosotros esa organización es el centralismo democrático y el método de la lucha de clases.

El Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), aceptando sumarse a la construcción de los comités, sugiere que “el Frente de Izquierda podría transformarse en un gran partido unificado, con corrientes internas, en base a acuerdos de fondo y estratégicos”.

Varias organizaciones de las izquierdas, como Izquierda Socialista (el otro componente del FITu), Vientos del Pueblo – Frente por el Poder Popular, Convergencia Socialista o Juventud Guevarista, entre otras, así como intelectuales, artistas y referentes de movimientos sociales, vienen asimismo aceptando y promoviendo una convocatoria de este tenor. Pareciera que esta vez sería posible avanzar en común, con voluntad constructiva y unitaria, rompiendo con una tradición que dio origen a la broma (no siempre bien intencionada) acerca de que todo izquierdista es divisible por dos.

Que avance esta iniciativa, dependerá no sólo del desarrollo de la lucha de clases, sino también de nuestra capacidad de revisar la vigencia de algunos de nuestros supuestos y paradigmas, que nos hacen marcar el paso casi en el mismo lugar. Como dicen los compañeros antes citados en su carta, se trata de una “trascendental discusión sobre cómo erigir una fuerza política, un “partido de la nueva clase trabajadora” o un “nuevo movimiento histórico”, cuyo contorno de momento parece vago, pero que merece ser analizado y debatido seriamente”.

En los debates acerca de la organización de las izquierdas, se suele hacer foco en la incapacidad de aceptar o sintetizar diferencias, en la carencia de instancias democráticas de decisión, o en las restricciones para organizarse en tendencias. Todo esto tiene importancia mayúscula, pero creemos que un problema de fondo reside en haber optado por una vía de construcción de la organización revolucionaria –en la creencia de estar siguiendo el rumbo marcado por Lenin y Trotsky- desde afuera del pueblo trabajador. Se aspira a empalmar con las masas en algún futuro indeterminado, gracias a la insistencia en llevar hacia la clase la “verdad” de un programa correcto, por el que finalmente, dada la realidad del capitalismo, las masas aceptarían a sus portadores como “dirección”. Pero esto nunca sucedió y probablemente nunca ocurra. Y el sectarismo y la externalidad respecto al pueblo trabajador terminan siendo rasgos distintivos de nuestras organizaciones. Más abajo profundizaremos en estas cuestiones.

Vale aclarar que, aunque el sectarismo es un mote que se le suele adjudicar al trotskismo – ganado en muchos casos por “mérito” propio-, es el conjunto de las izquierdas las que debemos repensar nuestras prácticas y organizaciones.

Una advertencia previa. Se huirá aquí de formular esquemas organizativos porque, contra lo que muchos dan por sentado, no hay ni puede haber una doctrina atemporal de la organización revolucionaria. Ya lo señalaba Rosa Luxemburgo, “Las concepciones marxistas del socialismo no se dejan aprisionar en fórmulas rígidas en ningún campo, ni siquiera en cuestiones de organización”. Tampoco Lenin elaboró nunca una teoría leninista de la organización, a pesar de que su libro “Que hacer” devino en mito fundante o “manual” para muchas organizaciones. El mismo Lenin lo señaló, “la estructura y los métodos de un Partido revolucionario no son una abstracción: no prescinden de las condiciones concretas en que aquel determinado Partido está siendo construido”.

Profundizar el debate se torna imprescindible. Porque existen concepciones en danza que pueden hacer retroceder la posibilidad de avanzar de conjunto con la convocatoria a la conformación de comités que den cabida protagónica y organicen a las y los miles que miran con simpatía la posibilidad de un gobierno de trabajadores, encabezado por Myriam Bregman. Contra lo que es dable suponer, el peligro no se encuentra en las diferencias existentes entre los Partidos sino en lo que tienen en común: la “disputa por la dirección” -concebida como la construcción del propio Partido-, como eje de todo programa, así como la organización en base al “centralismo democrático”, en todo momento y lugar.

Vale señalar que el debate sobre la organización revolucionaria no debe limitarse sólo a la izquierda partidaria. En lo que dio en llamarse en nuestra historia reciente, “nueva izquierda”, “izquierda autónoma” o, la más atinada, “izquierda por el poder popular”, tampoco hemos tenido experiencias exitosas al respecto y necesitamos involucrarnos en esta cuestión.

Una última aclaración. Este debate no pretendemos hacerlo en abstracto (estaríamos incurriendo en lo mismo que criticamos), sino asumiendo el desafío de apoyar la construcción de los comités a los que se convoca. Si ese movimiento de la nueva clase trabajadora puede conducir a la construcción de un solo Partido revolucionario, a varios Partidos que caminen en similar dirección, o a una articulación de Partidos y organizaciones políticas diversas, pero con coincidencias políticas, programáticas y estratégicas, será algo que podrá resolverse al calor de debates fraternales entre las organizaciones y de la intervención conjunta en la realidad.

Lenin sin mitos. El doble significado del “desde afuera” y una organización no sectaria

Se da por aceptado que Lenin plantea en el “Que Hacer” la necesidad de una organización de militantes profesionales, que lleve la conciencia política desde afuera, hacia la clase obrera. Es lo que los militantes mejor intencionados –a grandes trazos y con matices- intentan hacer. Sean una decena de militantes, sean en el mejor de los casos algunos cientos, dotados del programa que suponen el “correcto”, fundan un partido para llevar ese programa hacia las masas que, tarde o temprano, impelidas por la crisis capitalista, terminarían por aceptar su justeza y adoptarían a dicho partido como su “dirección”. Pero esto nunca sucede, aunque siempre aparecen explicaciones al paso y crecimientos sobredimensionados, que alientan a esperar resultados diferentes haciendo lo mismo.

¿Cómo es que, a Lenin, supuestamente, le dio resultado? Le dio resultado porque no es esto lo que hizo.

Vale poner en cuestión el doble significado del “desde afuera” en Lenin. Por un lado, se suele entender ese “afuera” como que la militancia orgánica, dotada del conocimiento de la política socialista, lleve la consciencia política hacia la clase obrera. Ya Rosa Luxemburgo había señalado la improductividad de esta concepción y del “muro de separación entre el núcleo de proletarios conscientes ya organizados en cuadros fijos del partido y el medio circundante afecto por la lucha de clases y que se encuentra en proceso de ilustración, respecto a sus intereses de clase”. La realidad, con la revolución de 1905 y la auto-construcción de soviets por parte de la clase trabajadora abrió paso a la comprensión de que la consciencia política no deviene desde fuera de la clase, sino desde fuera de la mera lucha económica y corporativa, que es el significado más profundo del “Que hacer” y de la batalla dada por Lenin en 1902.

La reduccionista frase de Trotsky acerca de que “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”, formulada una única vez en el Programa de Transición en 1938, empeoró la situación. Porque en sociedades más complejas que la rusa de principios de siglo pasado –como son la mayor parte de las sociedades modernas- ya Antonio Gramsci alertó de que no se trata sólo de quien dirige a la clase trabajadora, sino de la construcción de hegemonía en la sociedad. Construcción de hegemonía en la que las organizaciones revolucionarias pueden y deben cumplir un rol muy importante, en la medida de que no sea su eje la auto-construcción, sino aportar a organizar una voluntad colectiva nacional-popular hegemónica. O, en términos más utilizados en Argentina, a aportar a la construcción del poder popular, entendiendo como popular, no a un pueblo amorfo, sino a lo que denominamos pueblo trabajador u otros, una nueva clase trabajadora, para dar cuenta de sus grandes transformaciones.

De esto, ciertos autonomismos concluyen que las organizaciones resultan innecesarias. Pero, por el contrario, realizan un aporte imprescindible, en una relación dialéctica –mutuamente transformadora- con la clase. En palabras de Miguel Mazzeo, “Ante la heterogeneidad de las clases subalternas, ante la necesidad de conciliar intereses de clase con intereses de grupo y la discontinuidad del accionar de las masas; para garantizar posiciones de fuerza permanente que le permitan al pueblo tanto el repliegue en el momento del reflujo como el relanzamiento en el momento del alza y para contrarrestar las limitaciones de los combates aislados, se torna imprescindible pensar en una herramienta, una organización política”. Y aclara, “Proponemos pensar la institución como medio al servicio del movimiento, porque este último es el campo fundamental de la contrahegemonía, de la hegemonía alternativa, el locus en el cual las clases subalternas pueden desarrollar una praxis independiente”. (¿Qué (no) hacer?, 2005)

Hay otro aspecto del “desde afuera”, poco debatido, que asimismo resulta esencial. Lenin, a diferencia de sus actuales seguidores, nunca planteó –ni siquiera en el “Quehacer”- crear de cero una organización de militantes para ir luego hacia la clase trabajadora. Por el contrario, partió de lo que la clase misma había construido, una cantidad importante de círculos y asociaciones obreras diferentes, desperdigadas por toda Rusia y por el exilio ruso, para intentar articularlas a través de una organización centralizada de militantes y de un periódico que unificara la política oficial de la organización, sin que por ello tuvieran que dejar de existir ni los círculos ni la cantidad de periódicos y gacetillas obreras preexistentes. Devino en un mito construido posteriormente que Lenin postulaba la unanimidad. La misma palabra bolchevismo (mayoría en ruso), como la de menchevismo (minoría), indica la existencia de por lo menos dos alas de una misma organización. La ruptura definitiva entre ambas, en 1914, se produjo no por diferencias políticas (como suele suceder en nuestra izquierda), sino por el pase del menchevismo al terreno de la reacción capitalista al votar los presupuestos de guerra de la Primera Guerra Mundial. Fue la lucha de clases, en la que se colocaron en veredas opuestas, la que los dividió, no fueron las diferencias políticas. Fue después, durante la guerra civil en Rusia, que se cometió el grave error de prohibir las tendencias, cosa que el stalinismo santificó y, lamentablemente, el propio Trotsky repitió, al fundar la IV sin aceptar ninguna otra tendencia anti-stalinista, ni siquiera al POUM español de Andreu Nin.

Como describe Hal Draper: “Consideremos el camino encarnado en el ¿Qué hacer? En el período anterior, los pasos preliminares hacia un partido de masas en Rusia no habían tomado la forma de sectas, sino de círculos locales obreros y de asociaciones regionales. No se habían desarrollado como sucursales de una organización central sino de forma autónoma, en respuesta a las luchas sociales. Lo que Lenin comenzó a organizar en el extranjero, ante todo, no era una secta, ni una organización afiliativa, sino un centro político: una publicación (Iskra) con un equipo editorial. La tendencia Iskra tomó cuerpo en un equipo editorial, no en una secta. La asociación a la que Lenin aspiraba era un partido de masas. No un partido formado exclusivamente por los que estuviesen de acuerdo con su marxismo revolucionario, sino un partido de masas lo suficientemente amplio como para incluir a todos los socialistas, y, desde luego, a todos los militantes obreros. Podría tener diversas tendencias en su seno, y los marxistas consistentes podrían ser una minoría, al menos durante cierto tiempo”. (Hacia un nuevo comienzo … por otro camino. La alternativa a la micro-secta.1970, Marxists Intenet Archive).

¿A qué aspiramos en la Argentina actual? ¿A una organización de masas, como Lenin, o sólo a agrupar a aquellos con quienes haya total acuerdo?

Al calor de la resistencia al neoliberalismo y la rebelión popular del 2001, nacieron gran cantidad de organizaciones diversas y “círculos” (aquí suelen denominarse “colectivos”). Las izquierdas partidarias que tuvieron su autoconstrucción y su programa “correcto” como eje de su acción, se ubicaron en veredas diferentes al de la auto-organización popular, en el intento de “ganar su dirección”. La creencia de que a la conciencia de clase se llega cuando se adopta el programa revolucionario, encarnado en el Partido, condujo a priorizar las necesidades partidarias por sobre la articulación política de los sujetos nacidos de la lucha, dejando el campo libre a la intervención del progresismo kirchnerista, que cooptó, institucionalizó y fragmentó a muchas de esas nuevas experiencias de organización popular.

Por su parte, el eje puesto en la “construcción de poder popular”, potenció el rápido crecimiento de una nueva izquierda. Vale la pena echarle una mirada a este rumbo de construcción “desde adentro”.

Un rumbo diferente para la construcción de organizaciones revolucionarias. Aciertos y errores

Paradójicamente, la vía no sectaria de construcción de organizaciones revolucionarias, desde el seno mismo del pueblo trabajador, fue adoptada, en parte, por izquierdas que -renegando de las caricaturas del leninismo- pusieron su eje en la construcción del poder popular. Organizaciones político/sociales, íntimamente ligadas a movimientos de masas, surgieron por América Latina. El zapatismo en Chiapas, el Movimiento sin Tierra (MST) en Brasil, el MAS boliviano, el movimiento comunero bolivariano en Venezuela, fueron algunos exponentes.

En Argentina nacieron el Frente Popular Darío Santillán (FPDS). También La Brecha y el Movimiento Popular La Dignidad, pero nos referiremos sólo al primero de forma muy breve y esquemática, por desconocer el proceso de los otros dos. Realizar un análisis más detallado y profundo sería necesario.

El FPDS se conformó a partir de movimientos territoriales autónomos, a los que se fueron sumando agrupaciones estudiantiles y sindicales, colectivos culturales, así como grupos militantes de diversas tradiciones revolucionarias. Las luchas contra el capitalismo neoliberal de los ’90, que eclosionaron en la rebelión popular del 2001, habían dado lugar a los mismos, así como la lucha contra el zarismo dio lugar a los círculos y asociaciones obreras en tiempos de Lenin. Los núcleos militantes, tanto en uno como en otro caso, no actuaron en el vacío, ni priorizaron ganar a un militante aquí y otro por allá, centrándose más en su aporte a la construcción de la nueva clase trabajadora como sujeto político social.

El fracaso de este ensayo y su posterior cuasi disolución no se debió a intentar esa construcción no sectaria, sino a otras razones que enumeramos, sin dudas de forma incompleta:

* El FPDS nunca terminó de asumirse de conjunto como una organización político-social (puede haber pesado la imposición del sistema de escindir lo económico-social de lo político, sancionando que sólo los Partidos pueden intervenir en esto último) y nunca construyó espacios orgánicos y democráticos de síntesis y conducción política, más allá de mesas multisectoriales con rotación permanente que hacía imposible una continuidad. El énfasis puesto en los sujetos sociales y la desconfianza en los aparatos, llevaron a desvalorizar la necesidad de claros organismos democráticos de conducción, que una organización política requiere.

* A pesar de la existencia evidente de varios núcleos de aporte político, nunca se los reconoció formalmente. Se perdieron entonces aportes políticos y, cuando aparecieron diferencias, al no estar “blanqueados” esos núcleos (o tendencias), no hubo claridad acerca del tenor de las mismas ni pudieron desarrollarse debates francos y de cara al conjunto, que evitaran la desintegración.

* A diferencia del leninismo, que combatió al economicismo espontaneísta, la suposición de que las luchas reivindicativas asumían por sí mismas un carácter político, funcionó relativamente durante el neoliberalismo menemista, pero resultó claramente insuficiente durante el progresismo kirchnerista que disputó política. Y cuando, tardíamente, se resolvió a “hacer política”, se hizo de la peor manera, en los tiempos, espacios y métodos meramente electorales, que la burguesía sanciona como los únicos válidos, y que el sistema alienta que se haga en términos de partidos y candidatos, invisibilizando los sujetos sociales y lo colectivo de la política.

* Habrá que repensar cuanto influyeron las fragmentadoras ideologías identitarias -pregonadas por el progresismo-, por sobre las nociones articuladoras de clase-género-etnia, así como la estatización de movimientos territoriales, para que la multisectorialidad nunca lograra trascender de una yuxtaposición de sectores, casi sin políticas comunes.

* A pesar de que la experiencia histórica recomienda no absolutizar ningún proceso revolucionario, pero aprender de todos ellos, sectores de la nueva izquierda tendieron a construir modelos a seguir, tal como muchas izquierdas pretenden repetir la revolución rusa. América Latina fue pródiga en valiosas enseñanzas. En un rápido y esquemático recuento: el zapatismo nos lega el valioso concepto de autonomía, el movimiento altermundista el de nuevas formas de internacionalismo, la lucha de los pueblos originarios nos aporta la idea del “buen vivir” como alternativa al desarrollo capitalista, el pueblo boliviano puso en primer plano la defensa del territorio y el agua, así como la plurinacionalidad, la Venezuela bolivariana nos dejó planteada la relación dialéctica entre el Estado y el aporte a la construcción del poder popular con formas comunales, desde Argentina, el movimiento piquetero retomó la importancia de la acción directa y la auto-organización y el feminismo y transfeminismo, la profunda relación entre el capitalismo y el patriarcado, para nombrar sólo algunos procesos. Lo que de conjunto podría haber enriquecido la praxis revolucionaria en nuestro subcontinente, terminó siendo elemento de dispersión y fragmentación, en el vano intento de seguir alguno de ellos, absolutizando sus conclusiones.

Ninguno de estos problemas y errores invalida la vía no sectaria de construcción de organización revolucionaria desde el seno del pueblo trabajador organizado.

La convocatoria a la conformación de comités por un movimiento de la nueva clase trabajadora, con un programa revolucionario, podría ser una nueva oportunidad, sintetizando y articulando tradiciones revolucionarias que supo construir nuestro pueblo trabajador, argentino y mundial. En su seno, el marxismo trotskista, concebido como herramienta de análisis y transformación -no como contraseña identitaria que levante muros de separación con otras identidades-, podría realizar imprescindibles aportes.

Algunas propuestas de organización lanzadas desde las izquierdas

El PTS hace ya rato propone construir un Partido de Trabajadores, apostando a que “por la crisis del peronismo, está abierta la posibilidad de que surjan sectores en los sindicatos que vean con simpatía construir su propia herramienta política… un Partido de Trabajadores para que los sindicatos y el conjunto de los explotados pueda hacer valer su peso la vida política nacional”, aunque reconociendo que “aún no hay tendencias en los sindicatos que defiendan un proyecto de este tipo”. Da como ejemplos de su factibilidad dos casos del siglo pasado, el del Labour Party de Gran Bretaña y el del Partido de Trabajadores (PT) de Brasil. La fundación de este último fue precedida por una fuerte oleada de huelgas de la clase trabajadora a fines de la década de los ‘70, encabezadas por los metalúrgicos del ABC paulista y una nueva camada de dirigentes sindicales antiburocráticos, base para la posterior fundación del PT y de la Central Única de Trabajadores (CUT). Es clara la irrepetibilidad en la Argentina de hoy.

Sin embargo, el crecimiento de la figura de Myriam Bregman abrió posibilidades inéditas para las izquierdas y el PTS lanzó otra vía para ir hacia el Partido de Trabajadores, convocando a la formación de comités en base a la fórmula algebraica de un “Movimiento por un Partido de la nueva clase trabajadora”, dos conceptos, el del movimiento y el del Partido, que no suelen rimar entre sí, sin que uno de ellos prevalezca. Aunque nos parece totalmente lícito y necesario que cada organización y Partido pretenda crecer y fortalecerse, sería importante que no redunde en limitar la construcción de un amplio movimiento revolucionario que dé cabida a la nueva clase trabajadora. Más necesario, cuando la multicrisis del capitalismo origina luchas y organización de sectores diversos del pueblo trabajador que, en su gran mayoría, no adoptaron la forma partidaria, que fue la forma excluyente de la acción política durante el siglo pasado. La crisis política, producto de la degradación de la limitada y falsa “democracia de la derrota” en la que vivimos, profundiza la necesidad de tomar en cuenta esta cuestión. Creemos que la clase trabajadora, con sus clásicas herramientas políticas y sindicales, conservó centralidad, pero perdió exclusividad, lo que debe considerarse en cualquier propuesta, en cuanto a la posibilidad de una diversidad de formas organizativas en una misma organización y articulación de clase.

Otra de las propuestas es la del MST que plantea “transformar al FIT-U en un partido unificado, que funcione democráticamente en base al derecho de actuar como tendencias independientes a su interior. Que el programa base sea el actual de la coalición, que es anticapitalista y socialista, y que desde allí convoquemos de forma abierta a miles y miles de activistas, y a otras fuerzas de la izquierda social y política a ser parte activa de su construcción.” El MST reconoce su escasa factibilidad: “Desde que ingresamos a esta coalición como MST en 2019, insistimos en esto y siempre el PTS, secundado por PO e IS rechazan inclusive la convocatoria a un Congreso Abierto para debatirlo de cara a la militancia de nuestras organizaciones y los simpatizantes del FIT-U que son cientos de miles.”

Dejando de lado que puede cuestionarse que la unidad más allá de lo electoral se conciba sólo a través de una irreal unificación en un solo Partido –así sea con la posibilidad de tendencias-, coincidimos totalmente en la necesidad de abrirse a “otras fuerzas de la izquierda social y política”. Para lograrlo, habrá que desplazar como eje a la “disputa por la dirección”, que alienta a la diferenciación permanente -para supuestamente aparecer nítida y claramente frente a los ojos del pueblo trabajador-, mientras la construcción del poder popular, necesita del aporte conjunto y en colaboración, de las organizaciones revolucionarias. Por lo pronto, la aceptación por parte del MST de la convocatoria por los comités abiertos, es una excelente noticia.

Por su parte, el PO, con similar aceptación a la formación de los comités unitarios, propone asimismo la realización de una “Asamblea Nacional del FITU” –que en los marcos actuales no tendría mayor utilidad- pero puede ser una muy buena iniciativa para más adelante, para potenciar y proyectar hacia adelante a los miles de compañeros y compañeras que podrían sumarse a los comités, pero que no forman parte ni desean optar por alguna de las organizaciones del FITu en particular.

Fuera de los marcos del FITu, organizaciones de lo que puede ser denominada izquierda por el poder popular, agrupadas en Vientos del Pueblo -una articulación de organizaciones hermanadas por similares objetivos y prácticas, con capacidad para contener diferencias- vienen demostrando, desde la práctica y en pequeña escala, que es posible avanzar en marcos de unidad. Habrá que profundizar teórica y políticamente en sacar conclusiones de esta experiencia que puedan ser útiles para las tareas inmediatas, porque hacen al debate en curso y expresan elementos innovadores en germen que pueden potenciarse.

Son varios los interrogantes a hacerse. ¿Una vez encarado un debate, quiénes no estén de acuerdo con lo decidido por mayoría o por las instancias orgánicas de mayor jerarquía deben igualmente acatar, sea cual sea la cuestión abordada? ¿Las instancias de menor jerarquía deben aceptar la disciplina de las de mayor jerarquía, como sanciona el “centralismo democrático? ¿Podría haber medios de comunicación que expresen otras posiciones que la del medio oficial con posiciones de mayoría? ¿Ese medio oficial podría reflejar otras posiciones, para dar carácter público a los debates? Son algunos de los interrogantes lícitos a hacerse en tiempos en que, cómo señala Juan Carlos Venturini, “la reconstrucción de la izquierda como movimiento teórico y práctico, exige como condición insoslayable la discusión democrática más amplia, rigurosa y fraternal, entre las distintas corrientes que se reclaman de la tradición de lucha del marxismo y del movimiento de los explotados, el mito del centralismo democrático aparece como una muralla, no contra el capitalismo, sino contra el rearme teórico y político necesario para combatirlo”. (El mito del centralismo democrático)

¿Alguien puede suponer que, compañeros y compañeras revolucionarias, profundamente rebeldes, que hacen de la indisciplina respecto a los mandatos que impone el capital, el centro de su vida, pueden devenir en seres obedientes a las escalas jerárquicas que impone el llamado “centralismo democrático”? En este marco, cualquier diferencia política deviene en ruptura. La imprescindible unidad de acción sólo puede provenir del convencimiento en un marco del libre debate y el respeto a los no “convencidos”. Seguramente habrá situaciones que exijan mayores grados de centralización y disciplina e incluso tareas que lo necesitan. Pero como dijimos, no hay reglas organizativas para todo momento y lugar. Habrá que considerarlo.

Hay otro camino posible en Argentina

Está visto que la construcción de un partido “desde afuera” en base a un programa completo y supuestamente correcto, no viene dando saltos cualitativos. Parece mucho más factible, en la actualidad, impulsar un movimiento con acuerdos programáticos generales, en formas organizativas flexibles, con libertad de opinión y de tendencia. Es un rumbo que se puede comenzar a recorrer en esta nueva oportunidad para las izquierdas de Argentina.

Pretender la uniformidad en un solo Partido revolucionario podría ser una vía que conduzca hacia una nueva decepción, no sólo por el desconocimiento de esa diversidad de tradiciones revolucionarias, sino asimismo por razones estructurales de la sociedad en la que la multicrisis del capitalismo abrió el camino a la emergencia de nuevos sectores del pueblo trabajador, con gran diversidad de formas organizativas para enfrentarlo.

El contexto para la organización no tiene las mismas condiciones que a fines de los ’90 y los primeros 2000. Por entonces, la lucha había destacado, con gran dinamismo, tres componentes principales de la organización popular, los movimientos piqueteros, las empresas recuperadas y las asambleas populares. Sobre el dinamismo de los primeros, especialmente, se montó el intento de una nueva izquierda. Desde entonces, hay una mayor fragmentación y una mayor diversidad de sectores en lucha. A fines del 2004, al calor de las luchas, nacieron “los flacos”, un sindicalismo combativo y dinámico que fue denominado así para diferenciarlos de los “gordos” de la burocracia cegetista. Su principal exponente fueron los metrodelegados del subte. Posteriormente, el kirchnerismo abortó ese dinamismo. Pero hoy, la lucha de los trabajadores no salió de escena y los aceiteros construyen un sindicalismo de clase, democrático y combativo. Desde el 2005, tras las luchas de Esquel por el No a la Mina y de Gualeguaychú contra las pasteras, se proyectó como actor el movimiento socio-ambiental. La enorme fuerza de los movimientos feministas y transfeministas fue notoria este 3J. Jubilados y jubiladas nos muestran su fuerza y determinación, al igual que lxs discas y sus familias. Comunidades de pueblos originarios vuelven a levantar sus reclamos. El movimiento territorial, el estudiantil y el movimiento sindical fueron quienes más retrocedieron –institucionalizados- en tiempos del progresismo, aunque perduran, mientras incipientemente, sectores del movimiento estudiantil secundario empieza a dar señales de reanimamiento. Agrupaciones culturales, de intelectuales, de medios de comunicación siguen surgiendo e interviniendo. Se parte desde muy atrás, tras que todos, resultaron divididos por el progresismo y golpeados por las derechas. Pero persisten, luchan y varias van adquiriendo una conciencia anticapitalista. Podrían dinamizar los comités por un movimiento de la nueva clase trabajadora, de abrirlos realmente al protagonismo de todos y todas ellas. Comités que podrían ser una herramienta poderosa de construcción de alternativa e intervención política, de apoyo a las luchas y de desgaste de un gobierno al que no debe permitírsele seguir atacando al pueblo hasta el 2027. Una herramienta de relacionamiento, de formación y de acción, aportando a que la diversidad no sea desorganizada ni dispersa, prefigurando nuevas organizaciones políticas de izquierda del pueblo trabajador.

El objetivo de construcción de una izquierda no sectaria, enraizada en el movimiento popular, necesita asimismo echar raíces en las tradiciones históricas de nuestro pueblo. El pasado se construye desde el presente. José Martí para el pueblo cubano cobró actualidad a manos de Fidel Castro, de la misma manera que Simón Bolívar para el pueblo venezolano, con Chávez. El enemigo sabe de esa importancia, por eso reactualizan la figura de Ignacio Rucci y vuelven a levantar al asesino Ramón Falcón. Resulta imposible imaginar un movimiento revolucionario del pueblo trabajador sin banderas rojas y otras celestes y blancas entreveradas. Sin whipalas y banderas del orgullo. Sin carteles con la cara del Che, otros con la de Evita y otros muchos con la de la inmortal Norita. La diversidad puede alimentar la hermandad y comunidad.

Todas las izquierdas venimos de derrotas y fracasos. No podremos salir solas. De allí la importancia de estos debates para la construcción de una nueva izquierda no sectaria, con raíces fuertes en nuestro pueblo trabajador y con perspectivas latinoamericanas e internacionalistas.

Publicado originalmente en Huelladelsur.ar

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.