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La palabra-númen

Una lectura de «Todo tanto» de Arturo Borra

Fuentes: Rebelión

Todo tanto, de Arturo Borra (Tigres de Papel, Madrid, 2016) me invita a un recorrido personal por sus páginas, deteniéndome en lugares que me han atrapado o me han conmocionado, con una lectura profana, diletante incluso, que bebe del propio libro y de todo aquello que me ha llevado a encontrarme con su escritura. Casi siempre […]

Todo tanto, de Arturo Borra (Tigres de Papel, Madrid, 2016) me invita a un recorrido personal por sus páginas, deteniéndome en lugares que me han atrapado o me han conmocionado, con una lectura profana, diletante incluso, que bebe del propio libro y de todo aquello que me ha llevado a encontrarme con su escritura.

Casi siempre las palabras que se dirigen a otras palabras ocultan más que enseñan o eso al menos pretenden, casi siempre sin conseguirlo. En multitud de ocasiones desvelan y muestran una proyección casi holográfica del autor y, si el autor es un buen médium, de muchas más cosas que quieren ser contadas. Arturo Borra muestra mucho en su libro, se abre en canal y su dolor que es el dolor del mundo se convierte también en nuestro dolor. También la esperanza, su esperanza, es nuestra esperanza.

En sus primeras páginas nos llega el eco de lo que vendrá después, de todo lo que vendrá después, todo tanto, «gramática fracturada, escritura que agoniza», y la imagen del sótano retumba, la búsqueda que no reniega de investigar la herida, la fractura, el dolor, la oscuridad.

El subrayado de la escisión invita a una lectura difícil, en dos niveles de dificultad diferentes, en dos planos de inmanencia superpuestos que diría Deleuze, (1) por un lenguaje que no quiere vocear el poder la expresión no puede ser complaciente; (2) y además para una mirada que quiere verdad -o, al menos, veracidad- el espejo tampoco puede ser idílico. Y no lo es.

Soledad, noche, nadar en la nada. Atreverse a eso. Para ello bucear en una sincronía improbable, al mismo tiempo ver en la infancia indicios de otra vida, de la vida no dañada, del cuerpo flexible que aún no se ha tornado esclerosis tras el dolor infinito que obliga a dejar de sentir para poder sobrevivir.

«Anticipación del desastre de los sentidos -sus ahogados, irrescatables en la fiesta de la amnesia.» (2016: 17) ***

En este libro se combate y se conjura la amnesia, tanto dolor, tanta imposible redención. Sin embargo, esta voz se oye contrafácticamente. No hay rescate de los ahogados pero sí hay posibilidad de darles voz por trémula que sea. Aquí la encontramos. Ahogados, también aquí el texto nos lleva a diversos ahogos, no tener aire, bajo el agua, inmersión definitiva, oscuridad; no tener aire, porque ya la vida dañada no permite respirar. Y sin aire, afonía.

«CONTINENTE es hacerse un vacío para dar lugar» (2016: 18).

Acoger, desdibujar las lejanías del lejano. Para ello trabajar al otro de uno mismo en uno mismo, trabajar la propia noche. Se intuye ese trabajo, se siente, se ve, se entiende en estas páginas. En todos esos planos superpuestos y muchas veces conflictivos: familia y afectos cercanos, los desdobles internos, los otros difíciles de integrar en uno mismo.

Es duro enfrentar la muerte, las muertes, sin defensa. Aquí hay mucho más que una dificultad conceptual (que también: no hay problema más difícil para el intelecto que el de la propia desaparición, una especie de reducción al absurdo del momento o insight en que se percibe que está -siempre- demasiado cercana), la más potente es la que incluye la intuición contradictoria de que algo falla en esta sintaxis aterradora: «¿qué cauce tiene lo propio en un río de desapariciones?» (2016: 33). Hay aquí otro doble nivel: muerte evitable, muerte inevitable. Asesinato por acción u omisión; ontología de todo lo vivo. En las dos habitan angustias.

«No preguntan quién queda/ fuera. Preguntar sería abrir puertas diminutas/ traspasar el umbral/ hundirse en los otros».

Hundirse en los otros como temor. Temor a la escasez. Temor a perder la condición de miserable elegido. Aquí no se puede dejar de subrayar: hambre, puentes como refugio, suburbio, planeta que es un enorme suburbio fractal. Como también enormes son los vertederos de nuestra boca-culo insaciable para que tampoco queramos ver los ahogados, «que vienen desde dentro», dice Arturo, que somos NOSOTROS. Aunque aún no lo queremos ver. Somos, como en el film de Amenábar, Los Otros. Y no hay peor forma de estar muerto que no saberlo, y no hay vida donde no se siente la mirada ni el aullido del dolor.

Pero también la lluvia, siempre la lluvia (2016: 54), como para Itzanam1, «Yo soy la sustancia del cielo, el rocío de la nubes», también nosotros respiramos bajo esas gotas, ahí la esperanza. Aunque fuera en forma de gotera, inundar la vida, dar la vida. Lluvia, frío, noche. No hay metáfora, desamparo. De noche duele aún más. Noche también es muerte, o confusión o indeterminación2. Para que la noche sea goce, para que devenga gestación, la herida debe ser restañada.

TANTO

«Lo que no ves/ es lo que te falta».

Tanto nos falta. Tanta ceguera.

El juego con la negación que es también el juego de la separación. Hemos querido como especie diferenciarnos sin saber que creábamos un silencio más desolador que el previo al lenguaje, la palabra impedida, la palabra que sangra porque no puede ser dicha, «lo que no puede hablar sangra» (2016: 71). La palabra no dicha reclama su presencia de mil maneras, se hace símbolo. Sangra sin descanso. Y aquí ya se expresa el númen.

TODO TANTO

«Un pozo es además cantera. Un mundo brota de esa soledad».

Vuelve la palabra-númen, pozo de la verdad, de la sinceridad. ¿De dónde podría brotar si no de esa soledad? El mundo inmenso que surge de ese pozo debe ser reconocido, aceptado, ese pozo somos nosotros esperándonos a nosotros mismos, la paradoja del búdico testigo, «los más desconocidos para nosotros mismos», pozo, soledad, diáspora, y «un caballo rojo trota por mis páramos», todo en el mismo poema.

Hay peligros. La soledad que permite la escucha también proyecta monstruos y por ello requiere tenaz aprendizaje. «Aprender a soñar» (2016: 88) ¿Será posible evitar el miedo? Ya sabemos que no. Siempre tenemos miedo a lo indeterminado por más que seamos los inevitables determinantes. Y miedo también a saber que ese viaje siempre está poblado de espectros, que se hace a solas, temblor.

Y aún así… «Mirar de frente» (2016: 92). Y un impersonal aparece para salvar al poeta del ahogo, para que el poeta, nadie, pueda des-ahogarse, ante la avalancha inevitable, «la presión del río». Admirable valor, porque no hay valor sin afrontar el miedo, para horadar, para visitar túneles, profundizar y «de los pozos seguirá brotando agua ennegrecida». Cómo no, inmensa y heroica limpieza -en uno mismo. Y algún día sabremos que no hay otro camino posible, limpiar esas aguas negras, clarificar-se.

«¿Dónde somos cuando somos / en la niebla?» (2016: 101)

La niebla vela, pero también invita a que quitemos el velo. La niebla ya no es noche. O no es noche cerrada, preludia amanecer aunque fuera no sabido. En forma de pregunta que contiene el destello, a punto de aparecer, «no cerrar los párpados», y entonces entender de otra forma el deseo, que no puede ser impotencia, aunque en el camino duela tanto. Y prevenir no el dolor, imposible deseo, desdichado deseo, en el que viene, sino el sufrimiento, el mal tantas veces proyectado y reproducido, el sadismo heredado, hacer magia con esos ojos vírgenes, y «comprender los árboles inmóviles» (2016: 113). Qué bello acompañar.

«Tus ojitos revelan la ceguera ensayada. Que el mundo no te los cierre». (2016: 114)

No lo hará. Esta es la esperanza. Puede que no haya redención, pero esos ojitos abiertos contienen ese mundo de aquel pozo. Pozo de aguas límpidas. Uno se pregunta qué disco de Chico Buarque se dobló por el sol (a mí se me dobló el Sargent Peppers y aún me duele) para escucharlo (ahora con Spotify en vez de surcos polvorientos girando románticamente) mientras releo la página 115 de todo tanto. Releo y me invento también ese «intervalo entre dos soledades», una vez aceptado que, aunque solos, podemos compartir charla y hacer chocar las copas de tanto en tanto.

Notas:

1 Chevalier, Cheerbrant, Diccionario de los símbolos, Herder.

2 Ibíd.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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