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Vigilar y castigar, de la violencia al terror

Fuentes: Rebelión

Con base en la obra Vigilar y Castigar de Michael Foucault (1976) vale la pena detenerse en el análisis con respecto al ejercicio de los sistemas disciplinarios y punitivos de la sociedad a través de sus instituciones incluidas las prisiones. Quiero partir de aquí para hacer un comparativo del funcionamiento de la sociedad, en el caso mexicano, donde vigilar y castigar en definitiva es uno de los pilares de las relaciones de poder que rigen en México sin dejar alternativas a otras maneras de atacar un delito, desde la visión de una sociedad brutalmente punitiva y represiva en todos los órdenes de la vida cotidiana donde el castigar parece el objetivo por sí mismo, como una demostración de fuerza política de sometimiento de los dominados al poder.

La normalización de la desigualdad, el terror y la violencia.

 Si bien Foucault hace un recorrido histórico sobre el castigo y las relaciones de poder desde éste como espectáculo público: pena de muerte, azotes, desmembramientos y todo el arsenal de violencia retorcida que puede caber en el pensamiento del ser humano y más cuándo éste ejerce el castigo desde el poder, también nos habla de cómo este espectáculo va zozobrando conforme «evoluciona» la sociedad, a tal grado de desaparecer para darle paso a un mecanismo que, sin dejar de ser espectáculo, va a ser confinado a la prisión, a la vigilancia y por ende a la persecución para imponer las penas. Hoy, el castigo queda oculto a la sociedad, aunque la prisión en sí misma sea el castigo para el beneplácito de la sociedad. Hay un castigo dentro del castigo que es más brutal aún porque es el sometimiento absoluto de la voluntad y el ser del individuo que va a ser sometido a penas corporales que quedan lejos del alcance de la sociedad. Por ejemplo, el aislamiento dentro de los «módulos de seguridad» carcelarios, los temibles «apandos» que no son otra cosa más que la cárcel dentro de la cárcel. La violencia sicológica y la amenaza permanente de los custodios hacia la población penitenciaria, va contra toda lógica de reinserción o aprendizaje alienante que permitiría a los condenados volver de nuevo a la sociedad que fue la que los metió presos. El sistema se repite internamente dentro de la prisión, ahora en el papel inverso del delincuente como víctima, la sociedad como victimaria y el Estado como verdugo «Porque el oficio de privar a un hombre de su libertad y de vigilarlo en prisión es un ejercicio de tiranía» (Foucault, p. 133). Para el pensamiento occidental el castigo no es gratuito y debe ser la consecuencia obligada del delito, pero las preguntas son ¿cuál es el origen del delito? ¿cuáles son las causas que originan el delito? ¿quiénes cometen ciertos delitos? ¿quiénes conforman la población de las cárceles mexicanas?

De las respuestas obligadas están el sistema económico, político, educativo, cultural y social que genera la desigualdad y las contradicciones de clase. Una sociedad totalmente dispar en todos sus órdenes que condena al delincuente pero que no resuelve el problema de la miseria y que por el contrario la utiliza como medio de control social, por ejemplo. El ladrón «popular», el delincuente común va a ser objeto de la persecución más voraz en comparación con el delincuente que pertenece a una oligarquía y que goza de los privilegios de clase, este delincuente hasta trato preferencial va a tener a la hora de su proceso, investigación, integración de expediente, etcétera. Contará con equipos de abogados que, así sea con prácticas leguleyas, lo mantendrán a distancia de la prisión a como dé lugar, tema que también va a hacer un factor que fomente la corrupción. El pobre no tiene la condición económica para sobornar.

Las cárceles mexicanas están llenas de pobres, de mujeres y de indígenas, de gente a la que incluso se les fabricaron delitos, como los casos de persecución política e ideológica contra los luchadores sociales o defensores ambientales, para mantenerlos en la cárcel porque, aunque el sistema falló, no se va a reconocer que el aparato punitivo se equivocó o bien hay que inhabilitar a gente que pone en cuestionamiento el equilibrio del aparato de Estado. Hay que castigar por castigar sino se pierde la credibilidad de un sistema de justicia que se presupone perfecto sobre todo cuando el ejercicio del poder viene de malos gobiernos. En esta composición de la población penitenciara también está la respuesta a varias interrogantes que ponen en evidencia las contradicciones del sistema político mexicano y el aparato de justicia. El delito es en gran medida consecuencia de las distintas miserias: alimentaria, laboral, educativa, vivienda, cultura. Las sociedades más igualitarias donde las contradicciones y la lucha de clases es más pareja, los índices delictivos son más bajos y los delitos de orden común son menos frecuentes, hay cárceles que incluso presumen de tener una población muy pequeña, comparada con la sobrepoblación en los países de mayor desigualdad social como es nuestro caso. Además, le apuestan a una cultura preventiva. En casos de países como Suiza o Dinamarca entre otros, las necesidades básicas están cubiertas por el Estado: salud, educación, cultura, vivienda, alimentación y trabajo. Y los delitos son de otro orden y no están ni generalizados ni normalizados, la nota roja prácticamente no existe en los medios de comunicación mientras que en los medios mexicanos ocupan hasta el 80% del tiempo. Incluso hay prensa que vive de la nota roja, la exaltación del delito, la violencia, la venganza, la ejecución extrajudicial «justificada», el linchamiento «justificado» ante la inoperancia de la policía y los cuerpos represivos, la sangre como imagen normalizada de la sociedad del espectáculo: el circo romano contemporáneo y la sociedad como testigo mudo.

Desde aquí, el terror que imparte el Estado desde las instituciones represivas cobra sentido y paradójicamente entre más complejo el aparato de especialistas en la violencia hay mayor número de delitos, y lo podemos observar en el brutal incremento del número de asesinatos, desaparecidos y feminicidios en México a partir de la aparición de la Guardia Nacional y la militarización del país (que si bien ya traía antecedentes como consecuencia de una «guerra» fallida contra el crimen organizado, se va agudizar en los últimos años). Un mecanismo errado, que pretende inhibir la comisión del delito acompañado de un sistema judicial y de impartición de justicia que incrementa las penas pero que no resuelve ni resolverá las causas de origen mientras el sistema político mexicano se fundamente en la persecución y no en la prevención.

La educación pilar de la subordinación

 Somos una sociedad totalmente punitiva y educada para el sometimiento, para el crimen y el castigo, desde temprana edad en las escuelas y la educación tradicional, la relación vertical entre educando y educador a través por ejemplo del examen «no se limita a sancionar un aprendizaje; es uno de los factores permanentes, subyacentes, según el poder constantemente prorrogado» (Foucault, p. 217). El punto extra como premio; la subordinación al conocimiento no se cuestiona y la conducta dentro del salón de clase entre otras cosas, no son más que dispositivos de alineación a una sociedad a la que el educando se tiene que someter tarde o temprano. Por eso los sistemas pedagógicos liberadores como el propuesto por Paulo Freire en La educación como práctica de la libertad y las pedagogías del oprimido en el proceso de alfabetización y educación (Freire, 1969); las propuestas de los proyectos Summerhill (Neill, 1983), la educación Montessori o la experiencia de Antón Makárenko (Makárenko, 1919) y otros pedagogos constructores de la educación «activa», van a ser cuestionadas y hasta perseguidas porque plantean una ruptura dentro de la cadena punitiva de vigilar y castigar precisamente por construir sujetos libres, no alineados al sistema político social basado en la explotación del hombre por el hombre. Llama la atención el caso de Makárenko que en los primeros años de la construcción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas URSS, después de la Revolución Bolchevique, le apostó a la educación de jóvenes delincuentes basada en la responsabilidad del funcionamiento colectivo de la sociedad. En pocas palabras si se cometía un delito existía el crimen, pero no había castigo, el castigo estaba en el mismo crimen porque éste iba en detrimento del funcionamiento colectivo y el colectivo tomaba sus propios mecanismos, no corporales, para que el delito no se volviera a cometer. El mismo delincuente corregía la falta sin necesidad de juzgados, cárcel, policías o medidas coercitivas violentas. Eso sí, se sometía al cuestionamiento desde una Asamblea Colectiva como máxima autoridad. Sistemas autorregulatorios, «todos cuidamos de todos».

Lo mismo sucede en gran medida con la justicia en cientos de pueblos originarios que desde una cultura ancestral y un pensamiento fundamentado en el respeto y la armonía natural donde el ser humano es parte de este proceso, va a desarrollar desde el pensamiento mismo una cultura de la prevención del delito donde incluso, delitos de la sociedad occidental, resultan impensables en las sociedades indígenas, como el infanticidio, por ejemplo. Los delitos del fuero común se resuelven con la reparación del daño y el acuerdo entre las partes sin estar tipificados precisamente en un código penal, sí a través de usos y costumbres, porque cada situación es distinta y requiere de soluciones distintas que son atestiguadas por las autoridades comunitarias y en muchos casos por las asambleas comunitarias como máxima autoridad. Así están funcionando por ejemplo las comunidades y municipios autónomos y también las comunidades zapatistas en las que, por cierto, se rigen esencialmente por la Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas que con solamente 10 artículos revolucionó la justicia y la igualdad de género en México desde 1993 ¡veintiséis años! antes de que en el 2019 se hicieran las reformas en las leyes mexicanas sobre la igualdad de género.

El panóptico, la bestia perfecta

La extensión del «panóptico», este sistema de vigilancia del que habla Foucault, un sistema aparentemente infalible, el ejercicio del poder y sometimiento temiblemente efectivo, se va desarrollar y saldrá de su ámbito carcelario e institucional, con el desarrollo de las nuevas tecnologías para convertirse en una especie de hidra de vigilancia masiva, un «gran hermano» con miles de ojos por todo el espectro físico en el que se desarrolla la sociedad y que se van a meter en la vida cotidiana y personal de toda la sociedad y no solamente los sistemas de control político como identificaciones, biometrías, fotografías y toda la parafernalia de vigilancia sistemática y de control del Estado. También como sistemas de espionaje. Así que ¡cuidado! somos vigilados permanentemente las 24 horas con sistemas de seguridad que atentan contra la privacidad de las personas y también contra sus derechos humanos. Tan complejo se ha vuelto este panóptico que incluso ya hay ciudades y proyectos de vigilancia que incluyen, el uso de internet, redes sociales y dispositivos electrónicos en 6 las manos de los usuarios que ignoran que son vigilados desde sus propias televisiones, tablets o teléfonos celulares como lo denunció Julian Assant y el equipo de Wikileaks en el 2017 en el documento denominado Vault 7 (Castellanos, 2021). En el caso de «ciudades digitales», México es una de las vanguardias con el sistema Smart city (el primero se implementó en Atlixco, Puebla), un espacio físico «seguro» dotado de toda la tecnología digital como el internet gratuito, incluidas cámaras conectadas a los módulos de vigilancia de la policía cibernética, de barrio, etcétera. Pero que va más allá de la vigilancia física, la vigilancia se extiende a redes sociales y al ciudadano que, pensándose en un espacio seguro, también se encuentra bajo el escrutinio no solamente del aparato represivo de vigilancia local, también de los sistemas de inteligencia como la Sección Segunda del Ejército Mexicano, y hasta la Agencia Central de Inteligencia CIA, entre otros organismos de vigilancia a nivel internacional.

Conclusiones

 Vigilar y castigar no es más que el resultado de sociedades punitivas, de sistemas políticos de control y de ejercicio del poder vertical. En el caso mexicano es también el resultado de un pensamiento rancio y anacrónico pero muy acorde a los tiempos del capitalismo salvaje, al neocolonialismo y lo que ahora conocemos como colonialismo interno (Casanova, 2017). La violencia que conlleva vigilar para castigar, lejos de evitar el delito, se vuelve uno de los fundamentos del terrorismo de Estado que a su vez es el resultado de los estados fallidos. La utilización de las fuerzas represivas, la injerencia cada vez mayor del crimen organizado como brazo armado del capitalismo aunado al sometimiento ideológico sobre la sociedad ideal, vigilada como placebo para la tranquilidad de la ciudadanía, no son más que una farsa. El incremento de efectivos policiacos, militares y de la Guardia Nacional no garantizan ni son la respuesta a la prevención del delito mientras las estructuras del poder se fundamenten en ejercicios de imposición y persecución de los dominados al poder; mientras impere la desigualdad social; mientras las políticas de Estado pretendan ocultar la realidad con políticas clientelares y de supuestos beneficios que acotan los abismos entre las clases sociales. Mientras el clasismo, la discriminación, el racismo, la violencia y sobre todo la negación de la participación ciudadana en la construcción de una nación sigan permeando, las metodologías punitivas del vigilar y castigar fomentarán y alimentarán permanentemente la violencia. La solución no se encuentra en la búsqueda de mecanismos represivos que garanticen la eficacia de la persecución como forma preventiva del delito, la solución se encuentra en una verdadera y profunda transformación social que pueda aislar y eliminar por completo estructuras de poder que convergen en lo inhumano y violentan derechos fundamentales; en que las sociedades pueden gobernarse así misma sin la necesidad de seudo caudillos pequeñoburgueses que alimentan a las bestias del capitalismo.

Más allá de las realidades del texto de Foucault, vivimos cotidianamente, y ya superada por la realidad hace mucho, la ciencia ficción del panóptico de George Orwell en 1984; la persecución de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y los sistemas judiciales que Kafka planteó en El proceso hace décadas.

Referencias

González, P. (2017), Explotación, colonialismo y lucha por la democracia en América

Foucault, M. (2022), Vigilar y Castigar, Siglo XXI.

Freire, P. (1969), La educación como práctica de la libertad, Siglo XXI. Latina, Akal.

Makárenko, A. (2008), Poema pedagógico, Akal.

Neill, A.S. (1983), Summerhill, FCE.

Castellanos, P. (04/11/2021) Armas cibernéticas, espionaje y resistencia cultural, Rebelión, https://rebelion.org/autor/polo-castellanos/

Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas, https://enlacezapatista.ezln.org

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