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Bolivia: La madrugada del nuevo milenio

Fuentes: Argenpress

Marx decía que el nivel más concreto del capital es el ‘mercado mundial’. Porque lo más concreto no es la parte, sino el todo (porque la parte en sí no tiene sentido, el sentido de las partes es lo que descansa sobre lo siempre presupuesto: el todo). Lo mismo sucede en política; el nivel más […]

Marx decía que el nivel más concreto del capital es el ‘mercado mundial’. Porque lo más concreto no es la parte, sino el todo (porque la parte en sí no tiene sentido, el sentido de las partes es lo que descansa sobre lo siempre presupuesto: el todo). Lo mismo sucede en política; el nivel más concreto, donde la parte adquiere sentido pleno es, en última instancia, el contexto mundial. Cuando se privilegia la parte y se subordinan los proyectos a sus cuatro esquinas, entonces se pierde toda referencia de proyección estratégica; se empieza perdiendo la visión de largo alcance hasta perder, por completo, toda visión. Sin visión no hay posibilidad de proyección, sin proyección no hay estrategia y sin estrategia no hay política. Porque la política como ‘arte de lo posible’, empieza lidiando siempre con lo imposible, por eso necesita de proyección (remontar la imposibilidad actual) y visión de largo alcance; por eso la política es una sabiduría estratégica. La sabiduría política es aquella que sabe remontarse de lo circunstancial, intuye por dónde va el movimiento fundamental y, gracias a ello, sabe vislumbrar (desde lejos) el horizonte que se pretende alcanzar. El genio político aparece entonces cuando, descubriendo los varios sentidos que aparecen en un proceso, conduce el proceso por la dirección que marca el sentido fundamental; la visión de largo alcance permite, además, señalar por dónde es que el camino empezado es posible.

Una política de liberación de nuestros pueblos, en el contexto actual, en el tránsito hacia nuevas hegemonías, necesita una estrategia de largo alcance. Ya es un secreto a voces (y fuertes) el inminente colapso del imperio norteamericano; se sabe que su poder militar no podrá reconstituirse después de Irak (e incluso que tal poder es más ficción que realidad, como ya lo demostraron los rusos con su nueva generación de misiles balísticos intercontinentales, los cuales dejan mal parada a la tecnología ‘de punta’ norteamericana) y, si todavía persiste en una insensata muestra de su ‘superioridad’ (como lo pretende hacer en Irán), las consecuencias serán desastrosas para el ‘Uncle Sam’, pues, a diferencia de una guerra convencional, en una guerra nuclear no hay vencedor. También es rumoreada (a voz en cuello) la caída del dólar, la inevitable caída de su centralidad, la cual sería más desastrosa si Irán cumpliera su amenaza de la conversión de sus petrodólares en petroeuros y, más desastrosa todavía, si algo similar ocurriese con la conversión de divisas en la India y la China; que es no sólo el país de más alto crecimiento económico, 10%, sino el mayor captador de inversión mundial, sin mencionar la compra paulatina que hace de gran parte de la deuda pública de los gringos (eso se llama ganar una guerra sin disparar una bala). La dependencia absoluta (norteamericana) del petróleo les hace imposible cambiar, ni siquiera a largo plazo, de patrón energético; el derroche al que se acostumbraron (no sólo de oro negro) se vuelca ahora contra ellos, porque muy pronto alcanzarán el alarmante consumo de casi el 40% de la producción mundial de petróleo, lo cual supone compras que superan, hoy en día, lo que en realidad están en condiciones de pagar (sumado a ello la futura escasez del combustible del cual dependen). La intervención militar, después de Irak, ya no les es ni siquiera rentable, pues se están quedando solos en cualquier loca aventura (que acostumbraban alardear). Ellos minaron la seguridad internacional con los alardes de su fuerza; pero minaron también la suya, y ahora se encuentran ante la posibilidad de su desmoronamiento interior, con las nuevas hegemonías de espectadoras, en palco de honor. Por tal razón (y muchas más) los gringos, en su desesperación (todavía maquillada), buscan descargar los efectos de la crisis (que se les viene encima) en su ‘backyard’, el patio trasero, en el cual tienen todavía sujetas a sus colonias. Para eso están diseñados ahora los TLC, para descargar en nuestros países los efectos de un futuro desastre financiero. Tal panorama nos muestra una situación que no es fácil y la unilateralidad es la trinchera menos segura. Cuando el panorama nos enfrenta problemas complejos, requiere que pensemos soluciones complejas, a largo plazo; lo cual requiere pensar una nueva política de liberación, en sentido mundial.

En octubre de 2003 (la ‘guerra del gas’) el pueblo boliviano entró en el siglo XXI. En diciembre de 2005, apostamos por la autodeterminación y, desde enero, el líder indiscutible de este proceso, Evo Morales, nos abrió el panorama; no sólo ha inscrito a nuestro país, por primera vez, en el contexto internacional, sino que esa inscripción supone un nuevo posicionamiento: ¿cuál es ahora nuestro lugar en el mundo? Lo cual nos hace replantear las preguntas en un contexto distinto al acostumbrado (más allá del provinciano movimientismo de asaltos locales del poder), con el aditamento de la complejidad de la situación actual mundial, que cambiará de hegemonía en muy poco tiempo. Pero empecemos con replantear la cuestión del liderazgo. La historia sirve para eso.

Los procesos de liberación no empiezan con la modernidad, eso es parte de la falacia eurocéntrica. Movimientos de liberación, desde que hay historia humana, siempre los hubo; es más, es gracias a estos que existe eso que llamamos historia, porque el estacionamiento propio de regimenes de dominación (siempre pretendidamente divinos) sólo pudieron ser desfetichizados de su pretendida eternidad por los movimientos de liberación, estos le dieron continuidad al devenir histórico proyectando el futuro, creando lo nuevo. Una mirada histórica mundial (no eurocéntrica) nos dice que la historia humana es la acumulación de aquellos procesos de liberación que fueron, en definitiva, los creadores de nuevas civilizaciones. Cuando el enfoque moderno-europeo-gringo-occidental nos quiere hacer creer en el ‘fin de la historia’, repite el argumento que siempre han repetido los imperios, que se pretenden divinos, eternos, absolutos, obstruyendo el devenir de la historia, la creación de lo nuevo (que no nace de ‘lo mismo’, ‘lo dado’, sino que es irrupción siempre de ‘lo otro’, la utopía que aparece fuera de todo sistema fetichizado).

Los movimientos de liberación, desde el quinto milenio antes de la era cristiana, siempre han condensado en una figura la significación y los alcances del mismo. Moisés fue el líder que guió a los ‘benei Yisrael’ a la ‘tierra prometida’. En el siglo primero (a.C.), Espartaco (probablemente ligado a los ‘esenios’, de quienes los ‘sicarios’ eran el brazo armado, es decir, los ‘sicarios’ eran los ‘liberadores de esclavos’) fue el líder de la liberación de esclavos del Imperio Romano. La expansión del ‘Dar-el-Islam’, en el siglo VI, fue también un proceso de liberación. Lucha también de religiones, lucha en la tierra y en el cielo, lucha contra los ídolos, los fetiches, a los cuales acuden los imperios para eternizarse en la tierra. La resistencia en el Nuevo Mundo también fue decidida, Bartolomé de las Casas ya había señalado al nuevo ídolo: el oro; los Amaru y Katari ya sabían de quiénes se trataba: ‘los intrusos europeos’. Los movimientos de liberación siempre se encarnaron en una figura, la cual constituía siempre el arquetipo real, el ideal que se revelaba en aquel llamado a dirigir el proceso. Por eso los pueblos seguían a sus líderes, porque ellos mostraban, con el ejemplo de sus vidas, que la utopía proclamada se encarnaba en alguien que, como ellos, mostraba cómo es posible trascender el presente, el ‘orden impuesto’, ‘lo dado’, y presentir un futuro, la ‘tierra prometida’. El líder es el que encarna la utopía. Por eso en la memoria de los pueblos siempre renacen sus líderes (los héroes populares), porque en ellos se podía vislumbrar ese otro mundo posible y su recuerdo alimenta siempre esa posibilidad.

El líder es también el que representa las complejidades, las contradicciones, las limitaciones y las consecuencias del proceso; por eso, en el examen biográfico de sus vidas, pueden desprenderse todas las lecturas contenidas en el proceso que les dio existencia. Pero el liderazgo ha entrado en descrédito con el relativismo escéptico posmodernista, alimentado, a su vez, por la tradición anarquista de una izquierda ortodoxa. Estas posturas son las banderas de una crítica negativa, siempre destructiva, de un proceso (el actual) que ya no quiere ser sólo de oposición sino, sobre todo, de construcción de un orden nuevo de liberación. La izquierda boliviana (y esto también vale para Latinoamérica) se acostumbró a hacer de toda oposición la excusa ideal para encubrir su falta de sentido de realidad; estar en contra de todo es fácil, es la forma de vida del anarquista que, como no reconoce autoridad alguna, tampoco admite crítica alguna, pero sí se siente con el derecho de deshacer con todo (fiel a su prototipo utopista: la ‘destrucción creadora’). El anarquismo confunde lo moderno-burgués con lo humano en general; por eso es enemigo del Estado, de la familia, de toda autoridad, de todo liderazgo, de toda disciplina, etc. Pero familia, Estado, autoridad, disciplina, etc., no son invenciones burguesas, siempre han existido y seguirán existiendo, porque son todas ellas mediaciones que hacen posible la reproducción y el desarrollo de la vida en común. Todo liderazgo supone autoridad de mando, pero toda autoridad no significa, en sí, autoritarismo (como orgullo no es soberbia o humildad servilismo); como tampoco la obediencia es sinónimo de sumisión. El ‘mandar obedeciendo’ zapatista-chiapaneco, es, también, una consecuencia de la máxima hebrea (dos culturas opuestas al dualismo indoeuropeo, del cual son herederos imperios como el griego y el romano y, después, el occidente moderno), que el Mesías (el ‘Kristos’ de la cristiandad imperial, cuyo verdadero nombre era Yeshua ben Ioseph) reclamaba de sus discípulos: ‘el que quiera ser mayor entre ustedes, que se haga siervo de ustedes’. El líder es el siervo, a este obedece el pueblo, porque su autoridad emana de su humildad, a eso se llama autoridad moral. Su presencia afirma y da consistencia al proceso, además de preservarlo del caos y el desconcierto. El anarquismo cree ingenuamente en la libertad ‘libre de toda sujeción’, por eso acaba privilegiando al individuo, a costa de la comunidad (quien empieza afirmando la libertad como principio, acaba afirmando la libertad propia contra la ajena); por eso no le gustan las responsabilidades, porque quiere ser libre de todo, incluso de toda responsabilidad, por eso le apasiona la destrucción, porque acabar con todo es su apasionamiento estético, lejos de toda ética (que le apetece agria a su paladar siempre exigente de sabores exóticos). Por eso le molesta todo líder, porque todo líder supone autoridad y cree que toda autoridad niega su libertad; como le molesta también todo discurso, porque ha perdido toda posibilidad de escuchar, porque ya lo sabe todo y nadie puede venir a decirle qué es lo que pasa a su alrededor.

Pero la política es, también, cosa de discurso, de palabras. Un líder sabe escuchar porque el pueblo es el que le enseña eso, y el pueblo escucha a quien le escucha, quien le habla de sus problemas y en sus términos. La poesía nos enseña que las palabras no son sólo denotativas. La palabra de la política es, sobre todo, performativa, es palabra práctica, promesa militante, productora de acciones. De una palabra así también se alimenta el pueblo. La voz de cántaro de barro del Evo es el testimonio de todo un pueblo que, por vez primera, se atreve a ‘decir’ al mundo lo que siente: ‘Si se penaliza la hoja de coca, ¿por qué no se penaliza la coca de la Coca Cola?’; ‘Yo recuerdo que nunca expulsamos a los europeos que venían a nuestras tierras a trabajar, ¿por qué ahora ustedes nos expulsan cuando venimos a Europa a trabajar?’; ‘Después de más de 500 años de exclusión, de sometimiento, de saqueo de nuestros recursos naturales, los Pueblos Indígenas del Continente (.) encontramos que la Pachamama, la Tierra, Nuestra Madre, está siendo destrozada’; etc.

¿Qué le hace ser un líder? Lo que le distancia del resto de dirigentes políticos y sindicales (que no saben evaluar las coyunturas más allá de sus alcances) es su capacidad de aprendizaje mientras el proceso se encuentra en marcha. Los dirigentes políticos y sindicales que fueron rebasados en este proceso, nunca supieron leer dialécticamente los acontecimientos; es decir, atrapados en la coyuntura, nunca salieron de ella, por eso sus conatos se diluían en rencillas provincianas que quedaban postergadas mientras el proceso avanzaba. Dicho en términos hegelianos: el nivel del entendimiento es el nivel que concibe a la parte (la coyuntura) como separada del todo; queda de tal modo determinado (atrapado) por la parte, que acaba sin posibilidad de establecer relación alguna entre partes y remontarlas hacia su fundamento; ese es el nivel del mero ‘parecer’, donde la opinión dice lo que le ‘parece’. El político (el que posee esa sabiduría) debe saber remontar el nivel del entendimiento (común) y alcanzar un nivel de reflexividad que le permita ‘comprender’ el sentido de los acontecimientos, su fundamento, ¿hacia dónde marcha?, ¿cuál es su posibilidad real?, etc., esta ‘comprensión’ es la sabiduría del político y es la que se atestigua cuando alguien es capaz de dirección, pero además, de dirección estratégica.

Por otro lado, o más bien por el mismo, el Evo es, ahorita, el mejor ejemplo de ‘descolonización práctica’. Su presencia, a nivel internacional, ha mostrado la hidalguía de quien no tiene los complejos de apocamiento del dominado (como nuestros futbolistas, que son ‘machitos’ acá pero afuera se mean de miedo); lo cual restalla la ira de los colonizados (que ven en todo acto de valentía la ‘vergüenza desmedida’, la ‘osadía atrevida e imprudente’, típica reacción de quienes temen levantarle la voz al patrón), que se fijan (hasta con detalles) en la paja del ojo ajeno. Una mentalidad colonizada y despreciable es la que muestran otros presidentes, como el de México (que de ‘fox’ sólo tiene el nombre), que recibe un trato (el que le dispensa Bush junior) como el acorde al grado de sometimiento que tiene: mientras más te humillas, más despreciable eres ante el amo. ¿Por qué ahora se menciona esto? Porque lo que ahora está en juego, de modo tácito, no es el porvenir de un país o de otro, sino de un continente; la resolución necesita ser ahora conjunta. Por eso Chávez les mienta la madre a todos los esbirros del ‘In Gold we trust’. La solución unilateral está condenada al fracaso. Por eso es preciso volver a pensar de modo holista, integral, partir de aquella ‘totalidad concreta’ como última referencia: el mundo en su conjunto. El sistema-mundo-moderno nos ha metido en un callejón que exige, para todo proyecto de futuro, soluciones de largo alcance, o sea, globales. Lo que hagamos en Bolivia inevitablemente (como ya está sucediendo) tendrá sus repercusiones en otros lados. Y los países, y sus líderes, que sepan dirigir procesos revolucionarios e integradores serán, también, líderes regionales.

La atención, ahora centrada en el triángulo imperfecto de Cuba-Venezuela-Bolivia, no es gratuita. Lula y Kirchner ya dieron lo que podían, y la falta de un nuevo liderazgo es el reto al que se verán enfrentados Brasil y Argentina (la apuesta unilateral de Uruguay sólo terminará minando y aislando su proyecto; quienes apostaron por la dependencia económica del dólar son los que tendrán que soportar el derrumbe de lo que se viene, es decir, México, Colombia y Chile). Cuba sobrevivió solitaria a todas las embestidas del imperio (lo cual sólo sabremos apreciar en su verdadera dimensión cuando transitemos ‘nuestro propio’ proceso de liberación) y vivió para atestiguar la continuación de su ejemplo: una posible segunda independencia americana; lo cual, en el lenguaje de la revolución cubana, no es sólo el internacionalismo del Che, sino la visión panamericanista de José Martí, poeta y revolucionario (mezcla no muy deseada para nuestro vicepresidente). Chávez, sambo como también era Bolívar, propone un proyecto (de tradición independentista: la gran Colombia) nunca asumido por las repúblicas del siglo XIX; lo que las condujo a una dependencia sistemática, más subordinada que la primera. El destino de las repúblicas latinoamericanas estuvo siempre en las manos de los imperios de turno y nuestras elites siempre estuvieron pendientes del lugar que ocupábamos en sus designios. La visión estratégica de Bolívar ya observó el afán expansionista gringo que, expuesto en el 1823 como una ilusión, se hizo política de Estado desde 1870 como la ‘doctrina Monroe’, cuyo ideal se hizo fáctico (‘América para los americanos’) en pleno siglo XX, cuando Inglaterra abandonó, definitivamente, con la segunda guerra mundial, su dirigencia mundial. Pero el mismo Chávez (ahí muestra su intuición estratégica) reconoce que una política de integración bolivariana necesita de ‘nuevos principios’; porque no se puede repetir ingenuamente los principios desde los cuales se construyeron nuestras republicas. Entonces aparece Bolivia y el Evo. ¿Cuál será nuestra palabra, en este contexto, para adelante?

La política moderna, que se nos impuso desde el siglo XVI, fragmentó, hasta la casi desintegración, la unidad orgánica de un continente atravesado siempre por complejas relaciones comerciales, políticas y culturales, que siempre reconocieron como un todo la ‘Tierra Firme’, el ‘Abya Yala’, que descansaba sobre las ‘grandes aguas’, como un regalo que, la vida como la madre, habían hecho los ‘primeros dioses’. La política moderna (‘racional’, ‘ilustrada’, ‘emancipadora’, y todos los etcéteras que nos hicieron creer) no podía entender nada de eso, porque fue pensada en otros lados, para solucionar los problemas de esos lados, nunca de los nuestros. Esa política nunca fue de la vida; sus efectos, en cinco siglos, son la muerte paulatina y sistemática, ya no sólo de la humanidad, sino de lo que hace posible la vida: la tierra, la ‘Pachamama’. Si al final del siglo XX vivimos pendientes de la amenaza nuclear, el nuevo siglo amanece con la posibilidad de la extinción de la vida (y sin necesidad de bombas nucleares, bastan las bombas económicas). Todavía a fines de los setenta se creía que el capitalismo hacía de la crisis su forma de vida, que cada crisis generaba, como su fuerza interna, de modo todavía más ingenioso, un nuevo reordenamiento global, siempre más impresionante que el anterior, lo cual pareció corroborarse con la dorada década neoliberal (‘década perdida’ para nosotros); pero después de la caída del muro, ya sin contendiente alguno, el capitalismo no generó (ni le interesó) posibilidad alguna de recuperación económica del tercer mundo; mostró entonces, sin ningún remordimiento (que para eso le sirvió el posmodernismo), su cara más siniestra.

En un mundo sin alternativas, la economía neoliberal abrió su caja de Pandora y apostó, con no se sabe quién, el ‘cómo es posible acabar con todo y en el menor tiempo posible’. Pero, como diría Cantinflas, ahí está el detalle: aun con las tasas nunca antes imaginada de ganancias, tampoco aparece un ganador de todo aquello; por eso su expansión se hace insensata. La impresionante acumulación de ganancia que se logra en un mundo globalizado, no puede ocultar las consecuencias nefastas que resultan de ese patrón de acumulación. El desajuste ocasionado en el equilibrio mundial es de tal magnitud que las soluciones ya no pueden proponerse en términos particularistas. Un proyecto de liberación requiere, en tales circunstancias, pensar además una geopolítica mundial. Ello supone una reflexión de cuál es nuestro ‘puesto’ en el mundo, lo cual supone, también, saber quiénes somos y cuál es nuestra palabra frente al mundo. Eso es lo que no entiende la izquierda boliviana (las excepciones son tan contadas que no alcanzan para salvar Sodoma). No en vano, en el simposio indígena de principios de año, realizado en La Paz, los indígenas terminaron afirmando que la izquierda latinoamericana nunca tuvo identidad (lo cual vale más para el caso boliviano). Y no la tuvo, porque siempre partió de los mismos principios con los cuales se hizo posible la justificación teórica de la colonización de nuestras tierras. Como consideró tabú toda revisión de los cánones modernos, porque el saber era supuestamente ‘universal’ (cuando era en realidad la particularidad europea impuesta como lo ‘verdadero en sí’, lo ‘civilizado’, lo ‘humano’, etc.), siempre cayó en la trampa de afirmar, en última instancia, la lógica de dominación moderna. Así que, o abandonó toda esperanza y abrazó el relativismo posmoderno o, por otro lado (que es el mismo), se pasó al lado de los que siempre había criticado y acabó aplicando doctrinas económicas y políticas que acabaron por destruir de modo más salvaje lo que todavía quedaba.

Esa izquierda nunca fue dialéctica (su carta de presentación) y su presencia acabó justificando las incursiones, cada vez más insensatas, de la derecha. Por ello, no es de extrañar, que coreen, hoy por hoy, las delirantes acusaciones derechistas de ‘injerencia’ venezolana o cubana. Atrapados en la ‘determinación’, en la parte, no son capaces de comprender el todo de lo que está pasando, por eso la crítica ya no es más crítica sino criticonería (importa la apariencia, el cristal con que se mira) y sirve lo que sea a la hora del desprestigio, que para eso sobran los motivos, como confundir moral con higiene, interés con ayuda; lo cual encaja, como anillo al dedo, cuando los ‘mass media’ acuden a la propia izquierda (líderes sindicales, dirigentes políticos, analistas o ‘pensadores chatarra’) para defenestrar, en nombre de la ‘objetividad periodística’, lo más posible, el propio proceso del cual aquella misma izquierda es parte. La pasión suicida del globalismo salvaje les alcanza de modo histriónico: al pretender acabar con el supuesto ‘enemigo’ (el contrincante político en función de gobierno, rebajado a condición de ‘competidor’) no hacen sino acabar con ellos mismos; lo que interesa, en última instancia, es defender la posición propia, aunque el mundo se caiga. El falso orgullo cholo del ‘qué me importa de nadie/si a nadie le importo yo’ se muestra siempre del mismo modo, se trata de un extraviado chovinismo que pregona el ‘machito’ cuando no ‘traga’ a alguien (sobre todo si es de afuera, como Azkargorta, por si no se acuerdan, hasta amenazaron de muerte al español que finalmente llevó a Bolivia al mundial del 94) como el Evo y, por añadidura, Chávez.

El atrevimiento de ambos es simple. Es el saber advertir el cambio de época, el fracaso de todo proyecto exclusivista, el destino inevitablemente convergente de todas las ilusiones jurídico-políticas que nacieron en el siglo XIX (con el nombre de repúblicas ‘independientes’) y fragmentaron la totalidad de nuestro mundo. El ideal bolivariano de Bolívar vuelve a tener actualidad, con otro venezolano sambo como Chávez, porque ese ideal no fue inventado ni impuesto, sino que era la condición de restauración de un mundo (el indoamericano) que no puede concebirse como fragmentado. La ciencia moderna fragmenta el saber de modo que se pierde el horizonte de sentido, la unidad de todo, y termina por no comprender nada, porque todo aparece sin sentido; ese es el mal-estar del conocimiento, cuando lo que se conoce está tan especializado que ya no se puede decir nada de nada, porque sólo se puede ser autoridad de una minúscula parcela que sólo interesa al interesado. Lo cual es evidente e irracional en la medicina. Fragmentado el estudio del cuerpo humano, sucede que los males son medicados por remedios que, a la larga, son causas de otros males (escindido el todo en partes, se pierde la relacionalidad y la interacción, que es, en última instancia, el modo cómo actúa una totalidad como el cuerpo humano). Al perder la ciencia la consideración holista de la realidad acaba sin comprenderla, porque la cortajea y la reduce a un rompecabezas que las teorías creen poder armar a su antojo. La política actúa del mismo modo: fracciona el espacio (la tierra que, para el occidente moderno, es sólo cosa, objeto), como los cirujanos practican con el bisturí en el cuerpo de los pobres. Nuestras culturas siempre fueron holistas, por eso su medicina siempre consideró al cuerpo como un todo relacionado; inclusive las políticas de expansión eran siempre asuntivas de lo dominado:

Cuando los mayas reconocieron la superioridad militar de los españoles, fueron sus sabios a entregar los códices sagrados a los vencedores para, de ese modo, integrar su saber en el saber del dominador; pero Cortés (que era ignorante) actuó como el prototipo del saber moderno, y les mandó los perros y destrozó el saber de esa cultura, que les habían entregado los vencidos como obsequio al vencedor, para que tengan en cuenta qué tipo de cultura habían dominado (muy superior a la europea de ese entonces). Hay dominaciones y dominaciones. La modernidad inaugura en la historia mundial una dominación que no respeta en nada al vencido, por eso lo considera un literal objeto, al cual tratará, haciéndole la guerra, de ‘civilizar’. No se salva nada del enemigo. Por eso lo que hace Cortés es paradigmático, es la degradación absoluta de la victima; por eso el antisemitismo europeo (del cual el nacional socialismo alemán es sólo la punta del iceberg: el odio al distinto) consideraba a los judíos como marranos (cerdos) o piojos, como después se considerará al indio y al negro como bestias, sin alma y nacidos para ser esclavos; por eso su aniquilación, como proclamaba el imperio gringo en las dictaduras que patrocinó, era un simple asunto de ‘limpieza’ o de operación quirúrgica (extirpar el ‘cáncer del comunismo’).

La ciencia social moderna también actúa del mismo modo. Sobre todo Popper y sus amigos. La crítica es destructiva; la metodología popperiana de la falsabilidad no salva nada, pero sí se afirma ella misma, porque la ciencia no puede discutir sobre metodologías, destruye todo pero siempre se corrobora ella y la teoría que descansa detrás de ella; para que Popper acepte que un argumento sea científico, este debe cumplir los preceptos de su metodología, de lo contrario tiene nomás que aceptar su no científicidad. La descalificación absoluta del ‘enemigo’ es también propia de la práctica discursiva de la izquierda ortodoxa; se descalifica todo liderazgo, porque todo liderazgo ha sido condenado en principio y aunque aparezca uno popular, también se descalifica, porque primero, no es el propio y, segundo, porque todo liderazgo tiene necesariamente que ser malo. La crítica se hace negativa y actúa defensivamente, justificando la posición propia, el empecinamiento de lo mismo, que persevera en sí mismo, que se resiste a la apertura, a la novedad y, al cerrarse, se cancela como crítica, porque acaba repitiendo sólo lo que quiere oír y ve sólo lo que quiere ver, sin posibilidad de emitir nuevos discursos; como uno mismo es la referencia última, entonces la crítica se hace tautología y cacofonía de lo mismo, por eso no hay nuevos argumentos, sólo la encolerizada afirmación de lo ya dicho.

La inmadurez de la izquierda parece atrapada en aquella adolescencia que malcría la posmodernidad: no quiere saber de autoridad, ni de disciplina, ni de responsabilidad, ni de padre, ni de madre, ni de familia, ni de nada. Pero la crítica (ya no la criticonería) supone responsabilidad. El criticón afirma sólo el presente, idolatra lo ‘dado’, porque siempre acaba afirmando lo ‘obvio’. Como la queja de una nacionalización sin indemnización. El que quiere todo y de una vez por todas, no advierte que por querer todo se puede perder también todo; una política de soberanía necesita una inteligencia sabia (en el juego del gato y el ratón, el gato puede equivocarse pero el ratón no, porque ello significa su muerte), si la propia fuerza no es todavía igual o superior, entonces no se puede atacar, un ataque se mide de acuerdo a cuán fulminante puede ser el ataque, de modo que no se arriesgue las fuerzas en vano, porque en un ataque fallido se puede perder toda capacidad de defensa futura. Una crítica responsable no sólo atiende al presente, sino al futuro que, a fin de cuentas, presupone siempre, el pasado; es decir, está siempre pendiente de las consecuencias. Por eso tiene que saber sopesar, en todo momento, la pertinencia o no de lo que se va a decir. Porque así como hay un momento y un lugar para todo, también la crítica tiene su lugar y su momento, sus tonos altos y sus tonos bajos; cosa que no entiende la izquierda, por eso se brinda ingenuamente a sacarle la mugre al Evo y al Chávez en los ‘mass media’. Hay que decirse las cosas entre nosotros, pero no mostrar nuestros trapos a la vista de los vecinos y menos de los que festejan nuestras desgracias. Así no se construye hegemonías, es más, así se las destruye.

Pensar ahora una política de liberación demanda pensar los ‘principios’ de nuevo. Una crítica del poder tiene que desenmascarar el poder en sentido moderno y restaurar su condición originante. El pueblo es, en última instancia, el detentador de todo poder, como ‘potentia’ que constituye un ‘nuevo orden’; por eso el poder no es algo que se asalte (lo que se asaltan son las instituciones) sino algo que se ‘acumula desde abajo’. Y se ‘acumula’ porque ‘abajo’ es donde se construye el ‘poder popular’; es cuando el pueblo se hace actor y sujeto del proceso que llamamos liberación. De este modo recuperamos lo positivo del poder y desfetichizamos la pretensión autoreferente de las instituciones (como el Estado de derecho, los poderes constituidos, la misma democracia) que creen que todo se reduce a su preservación aunque se caiga el mundo. Pero las instituciones son sólo mediaciones (necesarias) que se juzgan de acuerdo a si responden o no al poder originante popular, que constituye a las instituciones para hacer posible los contenidos que emanan del poder originante (la voluntad de un pueblo). Porque no hay institución que asegure, ella misma, por sí misma, la voluntad popular, porque el comportamiento sistémico de toda institución es la entropía, por eso su reconstrucción permanente es parte de la creación de lo nuevo. El anarquismo no quiere saber nada de instituciones porque supone la perfección humana; pero precisamente porque el ser humano no es perfecto las instituciones son necesarias, porque son mediaciones que posibilitan la convivencia racional. El problema radica cuando una institución se fetichiza y se torna autoreferente, entonces actúa como poder defectivo, es decir, como validado por su sola referencia, entonces aparece el poder como sinónimo de dominación, de ejercicio de la violencia. El poder entendido modernamente. Porque la política burgués-moderna usurpa el poder popular y lo deposita en sus instituciones (como el parlamentarismo burgués, que ahora se cree la democracia sin más, o sea, intocable), para jamás rendir cuentas de aquella delegación inicial y sólo atender (labor de la teoría política) a cómo es posible la mantención del poder, del dominio.

Por eso una nueva política de liberación tiene que saber desmontar los fundamentos de la política moderna, para mostrar el misterio de la dominación; lo cual no quiere decir negarla sino superarla, atravesarla, trascenderla, porque también el primer mundo ya sufre, en carne propia, los desastres que ocasiona una política de dominación. Por eso el interés por Bolivia es mundial. Porque el primer mundo piensa para dar solución a sus problemas, que no son los nuestros, y sus problemas se resumen a prolongar cuanto más sea posible su centralidad planetaria, por eso no pueden abandonar los fundamentos de su política; pero su política no es la solución nuestra, ni siquiera la de ellos porque, ‘in the long run’, las consecuencias siempre les va a alcanzar (ya lo vieron con el efecto Katrina). Por eso aparece Bolivia y el Evo, por eso Chávez y Fidel, porque hay sed de alternativas, de caminos distintos al imperante (que sólo conduce al suicidio global).

Cada pueblo tiene el líder que se merece: los gringos tienen (temen) a Bush. Nosotros tenemos al Evo. Pero, también, cada pueblo escoge su modo de vida: los gringos le apostaron al miedo, y ese miedo lo adoptaron los colombianos, por eso se merecen a Uribe (el mismo miedo que invoca Alan García, para destrozar lo que queda en el Perú). La historia del miedo viene casada con la historia de Occidente. Porque no se trata de cualquier miedo; se trata del miedo hecho ‘forma-de-vida’. La incorporación del miedo en las conciencias hace posible la justificación del despotismo, porque el grado de legitimación de la injusticia se mide de acuerdo al grado de sometimiento que tiene un pueblo.

Porque un pueblo (como el gringo) jamás será libre cuando, resguardando su seguridad, consiente el atropello a otro pueblo; esto es lo que produce el miedo: el resguardo paranoico de lo ‘propio’. Lo logrado indebidamente es siempre objeto de celo, porque se sabe que lo conseguido de mala manera es siempre una posesión que molesta la conciencia. El verdadero señorío es aquel que se dona, por eso se regala lo que es de uno. Pero lo hurtado no se puede regalar o compartir, porque su obtención no es un acto de gratuidad; es todo lo contrario. Bajo la sombra del cinismo trata el mal habiente de limpiar su mala conciencia, pero esa sombra no abriga a todos, por eso apela al miedo, el miedo sí puede abrazar a todos los demás. Pero es un abrazo frío, al cual se acude para seguir con vida; porque teme a la muerte el que teme a la vida, por eso no hay calor en su mirada, sólo la dureza cristalina del diamante, así es la dureza del miedo.

Si se sabe observar, se verá que el miedo desaparece, poco a poco, de la mirada del pueblo boliviano. Hace unos cuantos años parecía imposible soñar siquiera con la soberanía, lo cual apagaba las miradas y devaluaba el físico de nuestras gentes, hasta el casi desfallecimiento. Hoy ha renacido la esperanza. Y sobre ese renacer, es posible construir futuro. Falta mucho por hacer y por aprender. El nuevo contexto nos abre la posibilidad de pensar una política distinta. Si en vez de mirar siempre hacia afuera aprendiéramos a mirar adentro, tal vez podríamos excavar nuestras conciencias para desenterrar ya no monolitos sino nuestros saberes, para así ofrecer nuestra palabra al mundo: Esto es lo que somos y esta es nuestra propuesta al mundo.

* Rafael Bautista es autor de Octubre: El lado oscuro de la luna.