Pocas veces en la historia ha sido tan gigantesco el contraste entre el sistema político que gobierna el país y la magna memoria de nuestras tradiciones de lucha.
Mientras con total descaro el primer mandatario participa de una estafa digital millonaria y su hermana es señalada como una voraz recaudadora en moneda fuerte, en el Senado fracasa el intento de armar una Comisión Investigadora y buena parte de la casta, es decir, el elenco político tradicional, afirma asustado que ‘no es factible un juicio político en este momento’. Como si fuera poco, apenas unos días después del escándalo, el desquiciado presidente viaja al Norte y le regala una motosierra -símbolo del ajuste a jubilados, trabajadores y pobres en general- al mayor magnate del globo entre chanzas, risas y gestos de algarabía. Todo el espectáculo parece extraído de una tenebrosa distopía cinematográfica.
Pero la Argentina tiene una rica tradición de luchas por su emancipación social y nacional. Somos el pueblo que enfrentó con las armas en la mano al usurpador colonial europeo durante el siglo XIX; nuestra joven clase obrera salió a la calle masivamente y protagonizó el 17 de octubre de 1945 para defender sus derechos sociales amenazados y a quien los consagró; en 1969/70 una sucesión de levantamientos populares con epicentro en Córdoba hizo tambalear y luego caer a una dictadura oligárquica que pretendía gobernar un siglo; el 2 de abril de 1982 recuperamos lo que nos pertenece y en los meses subsiguientes enfrentamos con gallardía a la flota imperialista de la potencia más colonialista y guerrerista de los últimos 200 años. La lista es larga y hay una vasta literatura sobre nuestras epopeyas. Nos hemos ganado el respeto de otros pueblos por esa rebeldía y combatividad, por ese pasado de grandes batallas, algunas ganadas y otras perdidas como siempre ocurre en la historia de las naciones. Con semejante legado y con tanta sangre derramada en causas justas, ¿vamos a tolerar que una camarilla de ladronzuelos de las finanzas globales, sin Patria y sin moral, encaramados en el aparato del Estado para liquidarlo en su propio beneficio y en el de los grandes poderes nacionales e internacionales, se burlen de ese pasado y consumen con tibia resistencia la tarea destructiva?
La causa de Malvinas puede y debe erigirse en un factor de unidad para los que aspiramos a un futuro de dignidad nacional y social. Ella evoca inapelablemente la unidad del pueblo argentino, por encima de sus diferencias, para defender con orgullo lo propio y enfrentar a los dueños del mundo, que son los mismos que hoy están conduciendo a la humanidad a una catástrofe económica, cultural, militar, climática, etc., es decir, a una tragedia civilizatoria. Malvinas, con su potencia emotiva, señala un camino, un horizonte, un rumbo que confluye con otras batallas que libran nuestros pueblos hermanos de América Latina. Sin caer en grandilocuencias retóricas, es obvio para todo el que quiera ver la realidad sin anteojeras, que está en juego el destino del planeta. El capitalismo ha entrado en una fase de barbarie que amenaza todas las formas de vida en la Tierra. En su afán de mantener una hegemonía imposible, la principal potencia y sus socios (Gran Bretaña en primer lugar) avanzan en su política de provocaciones, agresiones y amenazas. Allí está la guerra de la OTAN y Rusia, la masacre inenarrable del pueblo palestino y los conflictos en África y en Asia, como testimonios de un mundo que ha ingresado en la tercera guerra mundial, tal como viene afirmando el Papa Francisco desde hace muchos años.
Los que combatimos en Malvinas y conocimos el horror de la guerra y de la muerte, tenemos que estar al frente de la lucha por un futuro de paz. Sabemos que ese futuro se convierte en una utopía estéril si no se eliminan de raíz las causas profundas de las guerras, que no son otras que la tentativa de algunas naciones, autopercibidas ‘superiores’, de apropiarse de lo que no le pertenece y sojuzgar a sus legítimos dueños, a quienes tildan con desprecio ‘pueblos inferiores’. El yugo colonial, que hoy sobrevive como una rémora en Malvinas, es el principal causante de las más terribles atrocidades del pasado y del presente. Lo vemos en Palestina y lo vimos durante el siglo XIX y el siglo XX en todo el planeta. Los Veteranos de Malvinas debemos convertirnos en referentes inclaudicables en la lucha por la justicia y por la paz, que marchan ambas necesariamente unidas, frente al ignominioso panorama al que asistimos en nuestra Patria humillada y sometida como nuca a los usurpadores del Norte. Es un mandato que nos viene de la memoria de nuestros camaradas caídos en la gesta de 1982.
Fernando Cangiano fue soldado combatiente de Malvinas y autor del libro ‘Malvinas, la cultura de la derrota y sus mitos’ Ed. Dunken, 2019.
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