Como es recurrente en los últimos veranos, voraces incendios afectan el sur argentino, en las provincias de Rio Negro, Neuquén, Santa Cruz y particularmente en Epuyen, Chubut, miles de hectáreas de bosques se han perdido. Lo que se quema en días tardara decenas de años en recuperarse.
Se repiten las dantescas imágenes de los bosques quemándose en la Patagonia. Nadie puede hacerse el sorprendido, en la localidad del Hoyo en Chubut, donde en ahora se dio el principal foco, se produjeron incendios en 2021, 2023 y 2025.Miles de hectáreas calcinadas en una gigantesca y siniestra hoguera fruto de la planificada inacción, la desinversión en equipamiento y personal de los parques nacionales y para las dotaciones de bomberos, actos que son cruzados por la codicia de los negocios inmobiliarios, el agronegocio y la megamineria.
El bosque es vida
El bosque es vida es una afirmación profunda que resalta el papel vital de los bosques como ecosistemas que sustentan la biodiversidad, regulan el clima, purifican el aire y el agua, y proveen recursos esenciales para humanos y animales, siendo fuentes de alimento, medicinas y conexión espiritual, esenciales para la salud del planeta y la supervivencia humana. Los bosques no son solo árboles, sino sistemas complejos donde suelo, plantas y animales interactúan, creando hábitats diversos y un equilibrio fundamental para la vida en la Tierra. Los árboles cambiaron el curso de la historia de la vida refrescando el planeta y propiciando la aparición de los glaciares y el hielo de los polos, fundamentales también para continuar manteniendo la temperatura del globo a raya.
Almacenan carbono, actúan como escudos contra inundaciones y tormentas, y ayudan a mantener el equilibrio del clima. Albergan la mayoría de las especies terrestres, ofreciendo hogar y alimento a incontables formas de vida. Producen oxígeno, purifican el aire y el agua, forman suelos fértiles y previenen la erosión. Son los pulmones del planeta, son lugares llenos de vida que acogen a más del 75% de la biodiversidad terrestre mundial.
Argentina está entre los 15 países con mayor superficie de hectáreas cubiertas por bosques. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) calcula que el mundo pierde al año 13 millones de hectáreas de bosque. Nuestro país está entre los cuatro que más incendios forestales registran por año.
Su destrucción es fruto de los incendios, cada vez más recurrentes y de mayores proporciones, la expansión agropecuaria (soja, ganadería) y la minería/extractivismo, causando deforestación, pérdida de biodiversidad, y alteración de ecosistemas. La tala ilegal, los megaemprendimientos y la falta de cumplimiento de la legislación ambiental, favorece la contaminación, el calentamiento climático la desertificación y la pérdida de nutrientes del suelo, el aumento de las inundaciones y la desaparición de numerosas especies de fauna silvestre.
En Argentina la debilidad y vaciamiento institucional, se expresa en los retrocesos en la aplicación de leyes y son el resultado de las presiones políticas para favorecer a los intereses económicos por sobre las políticas de cuidado y conservación. En 2007 se sancionó la Ley 26.331, conocida como ley de Bosques, fue consecuencia de un amplio proceso de movilización social. Se opusieron a ella grandes intereses del sector agropecuario, con buena llegada a las bancadas legislativas. El gobierno nacional tardó más de un año en sancionar el decreto reglamentario y las provincias, que en el término de un año debían clasificar sus bosques, se tomaron varios años para hacerlo. A su vez, esta clasificación debía actualizarse cada cinco años, pero las provincias se han demorado en cumplir con este requisito. Los procesos de actualización en varias provincias provocaron conflictos intensos que se prolongan hasta la actualidad.
Según datos oficiales, en el período 1998-2022 se perdieron cerca de 6,4 millones de hectáreas en las distintas regiones forestales de Argentina. De ese total, el 57,6 por ciento, que equivale a más de 3,6 millones de hectáreas, fue deforestado durante la vigencia de la ley. Desde 2020 en adelante la causa más intensa de pérdida de bosques son los incendios forestales, que vienen ocurriendo en diversas zonas del país.
Gobiernos y funcionarios incendiarios
Toda explicación de la voluntad de permitir que el fuego forme parte de la labor destructiva del gobierno mileista, puede resumirse en la figura de quien es el actual Secretario de Turismo y Ambiente, el camaleónico ex motonauta, funcionario de Menem, diputado, gobernador y ex candidato presidencial del peronismo Daniel Scioli, lobista protegido, denunciado por corrupción arrastra un frondoso prontuario judicial que incluye investigaciones por lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y el uso de facturas apócrifas durante su mandato al frente de la provincia de Buenos Aires.
El subsecretario de Ambiente es Fernando Brom. Graduado en administración de empresas, empresario del rubro alimenticio, gerente en Quickfood SA, Kraft Foods Argentina, Unilever y Carrefour. Hasta su nombramiento cumplía el rol de vicepresidente del Instituto Nacional de Asuntos indígenas. Nunca tan apropiado aquello de poner al zorro a cuidar las gallinas.
En su área se encuentra el actual presidente de Parques Nacionales, Sergio Álvarez, el un arquitecto que venía desempeñándose como subgerente de Seguimiento de Gestión de Ferrocarriles, carece, de formación profesional experiencia en un sector tan importante y sensible que involucra 39 parques nacionales que ocupan 40 millones de hectáreas (Argentina está entre los 15 países con mayor superficie boscosa) Alvarez asumió tras la forzada renuncia del privatista y Cristian Larsen, durante su gestión se produjeron los incendios más grandes de la Patagonia, mientras aplicaba una política de reducción presupuestaria y despidos, en tanto mientras gastaba dinero público en almuerzos de lujo.
El desprecio de Milei por la ciencia, la investigación y la formación universitaria, continúa con la política precedente de nombramientos en el área de medio ambiente y parques nacionales de funcionarios ineptos, con la orientación de no hacer al igual que el rabino Bergman y Juan Cabandie, que no provienen de las ciencias biológicas, la botánica, las técnicas y ciencias forestales, la silvicultura o la ecología.
Es coherente con la manera de pensar y actuar de quienes sostienen posiciones negacionistas frente al cambio climático y la crisis socio ambiental. Milei, siguiendo con su alineamiento ideológico con Trump y su amigo el convicto Bolsonaro, acusó al «marxismo cultural de promover políticas relacionadas con el cambio climático” y señalo en su estilo que vocifera sandeces “es invento de los zurdos para recaudar impuestos y financiar agendas socialistas”. El cómplice local del energúmeno sheriff de la Casa Blanca, ordenó el abandono de las COP , las reuniones anuales de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Trump retiro a su país de 64 agencias internacionales y regionales encargadas de una diversidad de cuestiones que van desde el medio ambiente y la salud hasta la cooperación ante emergencias como terremotos. Muchos de los urgentes proyectos que contaban con sus aportes están paralizados. Los ataques a quienes se hallan inermes no solo se hacen con bombas.
La política de desfinanciación de áreas vitales para protección ambiental como la política forestal mientras coincide con el apoyo irrestricto a la megamineria, no es solo patrimonio de Milei, pero este gobierno lo llevo a niveles extremos. La compra de aviones de guerra F16, usados, con un costo 300 millones de dólares, con los cuales se podrían haber adquirido 15 aviones hidrantes nuevos de mediano porte explicita sus prioridades.
Como quedó de manifiesto en la reciente COP29 en Belém son las comunidades indígenas las primeras afectadas por la devastación de sus territorios ancestrales. Los mapuches en el sur de Argentina y de Chile dan cuenta de la violenta persecución que padecen por la defensa de su hábitat.
Sin los bosques no tendremos aire que respirar, ni agua que beber, son esenciales y configuran uno de los principales escudos para defender la vida ante las consecuencias del cambio climático. Los bosques son hábitats vivos que hacen posible la existencia de la humanidad. La indiferencia ante su liquidación nos vuelve cómplices del ecocidio. No se trata de prepararnos para sobrevivir irremediablemente en un yermo mundo distópico, sino comprometernos para poder cambiarlo.
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