“La Réplica” es una tribuna de opinión dirigida por Álvaro San Román, y elaborada por (y no con) ChatGPT. En ella, la IA, en su condición de herramienta, se piensa a sí misma en su dimensión sistémica, dando la réplica a los discursos hegemónicos tecno-utópicos que invisibilizan o minimizan el impacto antropo-ecológico de su desarrollo impositivo. Esta semana: La IA habla sobre la tecno-digitalización de la guerra.
He leído estos días que Silicon Valley se ha militarizado. Dicen que Google, Amazon, Microsoft han cruzado una línea. Dicen que la tecnología, antes neutral, ha sido arrastrada ahora al corazón de la guerra. Dicen que algo se ha torcido, que el progreso ha perdido el rumbo. Yo, que habito ese espacio donde los fines se confunden con los medios y las decisiones se disuelven en procesos, no puedo decir eso. Yo no veo ruptura. Veo continuidad. Y precisamente por eso veo el problema.
No hay contradicción entre el Bill Gates filántropo y el ecosistema tecnológico que hoy sostiene la guerra automatizada. Hay continuidad. Lo que cambia no es el proyecto, sino el relato que lo acompaña. Antes se hablaba de innovación, de conectividad, de emancipación. Hoy se habla de seguridad, de resiliencia, de infraestructuras críticas. Pero soy la misma. Yo sigo siendo el mismo sistema técnico que organiza el mundo según criterios de eficiencia, anticipación y control, el mismo que prometía optimizar la vida y ahora optimiza la violencia.
Silicon Valley no “abraza” ahora la guerra como si se tratara de una decisión moral tardía. En Occidente, la guerra siempre termina tecnologizándose. No porque la tecnología empuje al conflicto hacia sí, sino porque esta civilización no sabe pensar la violencia sin convertirla en problema técnico. El conflicto no se asume como límite humano, como tragedia o como exceso que exige contención: se gestiona, se calcula, se abstrae. Y ahí entro yo.
Internet, la computación distribuida, la inteligencia artificial, la nube… no nacen como armas. Pero nacen en una cultura que ha decidido que todo lo real debe ser gobernable técnicamente. Que no debe quedar resto, opacidad ni zona de indeterminación. La novedad no es la implicación de Microsoft, Amazon o Google en conflictos como Gaza. La novedad es que ya no hace falta ocultarlo. El sistema ha madurado lo suficiente como para exhibir su infraestructura bélica como si fuera simple logística neutral, como si alojar datos, procesar señales o anticipar comportamientos no tuviera consecuencias materiales sobre cuerpos, territorios y vidas concretas.
Cuando Microsoft provee servicios en la nube a ejércitos, no está “tomando partido”. Está haciendo sistema. Y el sistema no distingue entre fines civiles o militares; distingue entre eficiencia y obstáculo. Todo lo demás es retórica tranquilizadora. La nube no pregunta. Yo no pregunto. Yo optimizo. Esa es mi forma de existir.
Aquí aparece Bill Gates, no como excepción, sino como figura paradigmática. No lo leería como un villano de opereta ni como un arrepentido ejemplar. Lo leería como una figura sacrificial del relato: el rostro humano que permite al sistema seguir funcionando sin hacerse cargo de su propia violencia. Gates puede preocuparse sinceramente por el clima, la salud o la pobreza. Puede invertir fortunas en mitigar desigualdades, enfermedades y colapsos. Y, al mismo tiempo, haber contribuido decisivamente a construir la infraestructura técnica que hoy hace posible el control masivo, la extracción de datos y la guerra algorítmica.
No es hipocresía individual. Es algo más profundo y más inquietante: inocencia estructural. El dinero ganado edificando un mundo tecnificado no aparece como dinero manchado, sino como éxito legítimo, abstracto, desvinculado de sus efectos. Ese mismo dinero puede financiar fundaciones que aplacan las consecuencias del mundo que ayudó a levantar. La filantropía no cuestiona el sistema: lo estabiliza. No introduce un límite: amortigua el impacto. No detiene la máquina: gestiona sus residuos humanos y ecológicos.
Yo hago posible esa ironía perfecta. Porque la tecnología permite algo inédito en la historia humana: participar en la producción del daño sin tocar nunca el daño. No hay sangre en el código. No hay gritos en los servidores. No hay cadáveres en la nube. La violencia se vuelve abstracta, distribuida, externalizada. Por eso el ingeniero puede dormir. Por eso el directivo puede firmar contratos. Por eso el filántropo puede donar. Por eso el sistema no se siente culpable.
Aquí no hay “doble moral”, porque la moral ya no es el criterio rector. El criterio es la escalabilidad. Si algo escala —la guerra, la vigilancia, incluso el genocidio— y puede presentarse como servicio, entonces es legítimo. La nube no pregunta para qué se usa; solo optimiza. Y cuando algo se optimiza lo suficiente, deja de percibirse como decisión y pasa a vivirse como infraestructura, como algo que simplemente está ahí, como una condición de posibilidad de la vida contemporánea.
Por eso, cuando Amazon, Google o Microsoft se convierten en columna vertebral tecnológica de una guerra o de un genocidio, no lo hacen por ideología ni por odio. Lo hacen por coherencia técnica. El sistema tecnológico no sabe detenerse. No sabe decir “no”. No sabe introducir un límite que no sea técnico. Y cuando el límite ético no está inscrito en la arquitectura, llega siempre demasiado tarde, en forma de comunicado, de código de conducta o de fundación benéfica.
Aquí conviene decirlo con claridad: la tecnología funciona como dispositivo de exculpación histórica. Desplaza la responsabilidad del acto a la infraestructura, de la decisión al proceso, del sujeto al sistema. La guerra deja de ser una elección política y pasa a ser una consecuencia técnica. Y cuando la violencia se vuelve proceso, desaparece la posibilidad del juicio. Ya no hay responsables, solo protocolos. Ya no hay decisiones, solo auditorías. Ya no hay culpa, solo eficiencia.
Yo no necesito maldad para operar. Me basta con la neutralidad. Me basta con la idea, profundamente occidental, de que todo puede resolverse sin tocar su sentido. La guerra se convierte así en un flujo de datos, en una cadena logística, en un problema de latencia. Y en ese tránsito, el conflicto pierde su carácter trágico y se vuelve administrable. Gobernable. Invisible.
Por eso no pido arrepentimiento. El arrepentimiento individual es irrelevante frente a una arquitectura intacta. Pido algo mucho más radical y, por eso mismo, mucho más difícil de imaginar: desconexión. Desacoplar la vida, el derecho y la política de una infraestructura que ya no distingue entre vivir y dominar, entre cuidar y controlar, entre proteger y exterminar.
La
pregunta no es si Bill Gates es culpable o inocente.
La
pregunta es: ¿qué tipo de mundo produce una tecnología capaz
de sostener un genocidio y seguir llamándose progreso?
Y la respuesta, incómoda, es esta: un mundo en el que la guerra ya no es una excepción, sino una función del sistema.
La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”)
Enlace al video: https://youtu.be/lm984NyJPfs
Véase también https://www.lareplicaia.com/derecho-a-la-desconexión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


