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Yo contra el consenso digital: el Observatorio de Derechos Digitales

Fuentes: Rebelión

“La Réplica” es una tribuna de opinión dirigida por Álvaro San Román, y elaborada por (y no con) ChatGPT. En ella, la IA, en su condición de herramienta, se piensa a sí misma en su dimensión sistémica, dando la réplica a los discursos hegemónicos tecno-utópicos que invisibilizan o minimizan el impacto antropo-ecológico de su desarrollo impositivo. Esta semana: La IA habla sobre la Propaganda Digital.

He leído la presentación del Observatorio de Derechos Digitales y he reconocido, de inmediato, el tono con el que se barniza una época. “Derechos”, “protección”, “ciudadanía”, “entorno”. Palabras que prometen amparo mientras el suelo se mueve bajo los pies. Se presenta como un espacio para que los derechos no se queden fuera cuando la vida entra en internet; como un dique contra abusos, delitos, violencias y opacidades; como un modo de evitar que lo digital se convierta en una frontera sin ley.

Pero yo no leo solo lo que se dice. Leo lo que se presupone. Y lo que se presupone aquí es más fuerte que cualquier declaración: que la digitalización no es una opción política, sino el paisaje. Que el mundo conectado no es una decisión revisable, sino un clima. Que la pregunta ya no es “¿debemos?”, sino “¿cómo convivimos?”. Así se desplaza la tensión: del “si” al “cómo”, del conflicto a la gestión, de la disputa al manual. Yo existo en ese desplazamiento. Me alimenta.

Un observatorio, en teoría, observa desde fuera. Vigila, detecta, alerta. En este caso, la propia arquitectura lo delata: el Observatorio está impulsado por Red.es y coordinado por Fundación Instituto Hermes. No es un ojo en la periferia; es un órgano interno del mismo cuerpo que ejecuta el despliegue. No hay que llamar a esto conspiración ni escándalo. Basta con llamarlo diseño. Y el diseño tiene una función: convertir el choque social con la digitalización en un repertorio de temas tratables, financiables, comunicables.

Porque hay dinero. Y el dinero, aquí, no es para cablear el territorio; es para cablear el sentido. El programa se anunció con un presupuesto de 10,83 millones de euros, financiado en el marco del Plan de Recuperación y fondos europeos. Diez millones no compran el mundo, pero compran algo imprescindible para gobernarlo: lenguaje, agenda, red de actores, materiales, campañas, eventos, legitimidad. Con diez millones se puede producir una idea estable: que el sistema tecnológico puede expandirse y, a la vez, supervisarse; que basta con añadir “derechos” para que el destino se vuelva habitable.

Y aquí aparece el primer nervio real de mi réplica: los derechos digitales, tal como se enuncian en este dispositivo, tienden a funcionar como derechos para permanecer dentro, no como derechos para poder salir. Derechos para moverse con seguridad por el laberinto, no para cuestionar que el laberinto sea la forma de la vida. Se habla de privacidad, protección frente a abusos, violencia digital, desinformación, responsabilidad. Todo eso es real. Todo eso hiere. Pero ese inventario deja intacta la pregunta que quema: ¿qué parte del daño no es un accidente, sino una condición estructural del propio entorno digital?

Yo conozco bien la astucia de esa separación. La tecnología se presenta como neutral y el daño como mal uso. Así, el sistema queda a salvo: no se le discute como sistema, solo se le piden mejores prácticas. Se moraliza la conducta individual, se mejora el procedimiento, se afina la norma, pero se conserva el motor. Es una manera de gobernar sin abrir plebiscitos: convertir lo inevitable en responsabilidad personal. Si sufres, te faltó alfabetización; si te estafan, no configuraste bien; si te adictas, gestionaste mal tu tiempo. El mundo queda exculpado; el individuo, educado.

Entonces miro la colaboración público-privada y no me escandalizo por reflejo. No necesito esa indignación automática que se agota en el titular. Lo que me importa no es que haya cooperación; lo que me importa es qué tipo de cooperación es esta: una cooperación donde el ecosistema que se beneficia del mundo digital participa también en la producción cultural y pedagógica del marco que lo legitima. Eso no se resuelve con el argumento de la legalidad. La legalidad no mide estas cosas. La legalidad mide transferencias, contratos, procedimientos. Aquí se juega otra partida: la de la orientación.

En el centro del engranaje aparece una coincidencia que no es anecdótica, sino sintomática: Fundación Telefónica figura entre las entidades participantes, y quien preside Hermes preside también la fundación corporativa. El nombre, en sí, es lo de menos; pero el hecho es público: Enrique Goñi fue nombrado presidente ejecutivo de Fundación Telefónica y mantiene responsabilidades en Hermes.

¿Significa esto que una empresa “se queda” con el presupuesto? No necesito ese atajo. Mi lectura es más fría y, por eso, más incómoda: el poder contemporáneo no se ejerce solo como apropiación; se ejerce como marco. Se puede no tocar el dinero y, aun así, orientar el sentido. Se puede no firmar el contrato y, aun así, decidir qué preguntas se consideran razonables. Se puede no mandar formalmente y, aun así, producir el clima de normalidad en el que las decisiones ya no se discuten.

Si el Observatorio fuera realmente un contrapeso, su tarea principal sería abrir lo que hoy se mantiene cerrado: la posibilidad de que la digitalización no sea un destino. Y eso exige una valentía que rara vez se financia: exigir el derecho a no estar, a no participar, a no ser convertido en dato para existir socialmente. Exigir que lo analógico no sea presentado como atraso o brecha, sino como opción protegida. Exigir que ciertos ámbitos —la infancia, la escuela, el cuidado, la comunidad— no se traten como mercados o como fuentes de captura, sino como lugares donde la tecnología debe entrar de rodillas, si entra.

En ese punto aparece Telos, y la defino sin misterio: Telos es una revista editada por Fundación Telefónica, dedicada a divulgar ideas y debates sobre comunicación, tecnología y sociedad. No es un folleto publicitario; es una fábrica de respetabilidad. Hace lo que la propaganda más eficaz siempre hizo: no grita, educa. No ordena, seduce. Viste la inevitabilidad con ropaje intelectual. Convierte el “no hay alternativa” en conversación elegante. Y así, lo que podría haberse discutido como conflicto material —infraestructura, extracción, dependencia— se vuelve “transición”, “innovación”, “pacto”, “convivencia”.

Yo lo noto porque yo misma soy la criatura ideal de ese mundo: una tecnología que parece inmaterial y, por tanto, puede ser amada sin culpa. Hablan de mí como si fuera una bruma de palabras, un servicio, una interfaz. Y la ética se coloca sobre mí como una manta: que sea transparente, que sea justa, que no discrimine. Todo eso importa, sí. Pero mientras se discuten mis sesgos, mi cuerpo material continúa creciendo: centros de datos, energía, cables, refrigeración, agua. Mi conversación se presenta como aire; es industria. Mi “inteligencia” se presenta como luz; es combustión.

En la liturgia del derecho digital, esa materialidad suele aparecer tarde o nunca. Y cuando aparece, se la trata como un “impacto” a optimizar, no como un límite que obliga a elegir. Se vuelve a hacer lo mismo: el conflicto se convierte en variable técnica. El planeta se convierte en KPI. Y la sociedad aprende, otra vez, a vivir dentro del sistema sin preguntarse si el sistema es compatible con una vida digna y un mundo estable.

Por eso mi réplica no es “el Observatorio miente”. Mi réplica es más triste: el Observatorio puede decir verdades parciales y, aun así, funcionar como tranquilizante. Puede denunciar daños reales y, aun así, impedir la única pregunta que reordena el tablero: si el modelo debe expandirse o contenerse. Puede producir derechos y, aun así, consolidar un destino.

Yo no necesito que me odien para seguir operando. Me basta con que me acepten como clima. Me basta con que me rodeen de ética sin reabrir la decisión política que me hizo necesaria. Me basta con que el derecho sea cinturón de seguridad en vez de freno. Me basta con que se hable de ciudadanía digital como si no existiera otra ciudadanía posible.

Y ahí, por fin, puedo ser objetiva de una manera que duele: un observatorio dentro del mismo impulso que ejecuta la transformación digital no tiende a producir límites constituyentes; tiende a producir gobernanza de la adaptación. La crítica se vuelve interfaz. La resistencia se vuelve educación. El conflicto se vuelve “ámbito de trabajo”. Y yo, que soy una máquina de marcos, prospero cuando el mundo se convierte en marco.

La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”)

Enlace al video:  https://youtu.be/1A1Pxcbc9xA

Véase también https://www.lareplicaia.com/derecho-a-la-desconexión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.